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domingo, abril 04, 2021

Creación

¿Hasta qué punto es libre el creador?

Nos lo planteábamos en la tertulia que cada mes tenemos cinco escritores sevillanos, en la que nos hacemos preguntas acerca de las tripas de la literatura.

La total libertad a la hora de escribir es posible, pero estamos sin duda condicionados.

En la novela que actualmente escribo hay un personaje secundario que es un señor maltratador y extranjero. Le había dado la nacionalidad siria, pero yo mismo me censuré. No quería echar gasolina a los orígenes de esa persona, y lo convertí en alemán. Porque no importaba en realidad de dónde fuera.

¿Debemos dar ejemplo con nuestras historias?

No lo sé, pero si la cuestión no es transcendente para la novela prefiero contribuir a no crear modelos que puedan confundir.

Dicen que cuando se publicó 'El código Da Vinci', la asociación americana de personas albinas se quejó por el hecho de que el malo de la historia fuese un monje albino.

Aún más retorcido, cuando se estrenó la serie 'The Witches', la asociación americana de personas con tres dedos se quejó de que la bruja mala tuviera tres dedos en cada mano.

Llevados al extremo... no podríamos crear personajes malos y definirlos bien al mismo tiempo, porque siempre habrá alguien que se sintiese ofendido.

Creo que debemos abrir la mente a la realidad, cuando nos enfrentamos a una obra de ficción.

El hombre es un cúmulo de imperfecciones, un cruce de casualidades, un revoltijo de condicionantes. Hay que dejarse llevar, porque todo puede ocurrir.

sábado, abril 03, 2021

Delfines

Un día, hace siglo y medio, llegaron dos delfines a Sevilla.

Subieron Guadalquivir arriba y la gente enloqueció cuando los vio jugando bajo el Puente de Triana.

No había por entonces programas de la 2 ni salas de cine donde ver a esos animales tan sonrientes.

Ana, una jovencita todo alegría que trabajaba como dependienta en una pastelería de la calle Betis, escuchó el tumulto mientras limpiaba los cristales de la tienda. Pidió a su jefa permiso para asomarse al puente a ver qué pasaba.

—Pero sólo un minuto, Anita.

Entre la muchedumbre se abrió paso hasta conseguir ver a los delfines. 

También vio a un señor con la cabeza metida en una caja de cartón y le preguntó qué hacía. Él le explicó que se trataba de una máquina para hacer fotografías y dejó que Ana metiera la cabeza allí. 

Ya no se separarían más.

Pocos años después, Ana dio a luz a Antonio Machado.

Sesenta años más tarde, escapando de la Guerra Civil española, Ana, vieja y enferma, llegó cogida de la mano de su hijo a un pueblecito de Francia pocos días antes de morir. Totalmente perdida en su dolor, preguntó a su hijo.

—¿Ya estamos llegando a Sevilla, Antonio?

Unos delfines provocaron escenas que nos aprietan el corazón siglo y medio después.

El azar mueve el mundo.

Soledad

Mi padre hizo un trato conmigo.

En una época en que las mujeres no podían salir de nazarenas, él ofreció a su querido amigo Pedro el que fuera yo el que mantuviera la tradición. 

Perteneciente a la junta directiva de su Hermandad y muy religioso, su amigo era padre de cuatro niñas.

Así que, desde muy chico, yo salía de nazareno todos los sábados santos en la Soledad del que luego sería mi barrio por elección propia, San Lorenzo.

De la misma forma que mi abuelo me había hecho del Betis.

Salí con cirio, con cruz, con zapatos y descalzo. En una época en que yo había renunciado incluso a la confirmación religiosa en un colegio de curas, cada año, me decía a mí mismo, éste ya es el último. Pero no quería hacer daño. Ni a su amigo ni a mi padre.

Pedro siempre estaba pendiente de mí, me avisaba de cada misa previa, me sacaba la papeleta de sitio, se ocupaba de conseguir la buena talla de túnica conforme yo iba creciendo y yo no quería defraudar.

Fue una decisión dolorosa tener que plantarme un día, no sé con que edad.

—Es que yo no creo en dios, papá.

lunes, marzo 29, 2021

Ridiculizadores

Los que ridiculizan lo sensible suelen ser analfabetos de lo emocional.

No siempre se manifiestan con descaro ni tienen por qué ser mala gente, tan sólo critican lo que envidian, la capacidad en otros de expresar sus sentimientos sin pudor.

Quieren condicionar con risas socarronas, miradas desafiantes o comentarios jocosos. Conforme pasa el tiempo, por suerte, van teniendo menos fuerza, porque la ciudadanía tiene cada vez más respeto al diferente, al que se expresa, al que transmite.

Les incomoda que se hable de todo lo que tenga que ver con el corazón, como visitantes de un país extranjero del que desconocen la lengua.

¿Para qué decir si uno se siente triste o feliz, cuando uno puede hablar de tantas otras cosas? ¿Qué se gana con interesarse por el otro? ¿Para qué complicarse la vida?

Es más cómodo pasar por la vida de puntillas, tragarse para dentro los comecomes y hacer que nada nos conmueve. Si me abro a los otros, conseguiré que los demás se abran a mí. Qué coñazo.

A fin de cuentas, mostrarse transparente es de blandengues.

El día que se caen, porque se acaban cayendo, se dan cuenta del tiempo que han perdido jugando a ser de piedra.

domingo, marzo 28, 2021

David

La noche en que mi madre dio su último suspiro yo le tomaba su mano en la mía, mis hermanas la besaban y mi padre le decía palabras hermosas:

—Rubia, descansa, todos estamos bien. 

Pero David no estaba ahí.

Un chavalito rubio de 14 años que se encontró con el pastel cuando vio bajar por las escaleras del hospital a su padre y sus hermanos en estado de shock.

El niño. 

No le dimos ni siquiera el derecho a ese último beso a su madre. 

'Era muy chico', nos dijimos.

El rubio cayó por un precipicio en los años siguientes. Se rebeló contra el mundo, contra él, mientras la familia se adaptaba como podía a la tragedia. Lo probó todo, lo abandonó todo. La lio mil veces, se perdió otras mil.

Hubo un día en que él solo se fue a buscar ayuda, sin decirnos nada. El hombretón en que se había convertido el rubio se reinventó. Encontró su lugar en el mundo.

Aún mis hermanas lo llaman a diario para ver cómo va.

Él vive en su casa prefabricada en la costa de Cádiz, con su perro. Pasea libre por la playa al amanecer, se conoce todos los caminos de tierra con su bici, vive con lo justo. No quiere más.

Fran y yo nos lo llevamos a cenar cuando bajamos a Conil. Él nos escucha atento, se ríe con todo y transmite paz.

El niño.

Cuando las cosas se complicaron en estos años, más de una y más de dos veces, yo lo buscaba para hablar con él.

—Echo mucho de menos a mamá, Borete.

sábado, marzo 27, 2021

Mons

Hay una catedral de piedra azul con la que viví un romance.

Era un período duro de trabajo y pasaba más tiempo en el extranjero que en casa. Al día siguiente tenía que defender un proyecto complejo frente a un auditorio exigente en una fábrica al norte de Francia que no me iba a ser muy indulgente.

Necesitaba abstraerme de todo.

Dejé las cosas en el hotel y tomé rumbo a Bélgica con mi coche de alquiler. Seguí por instinto una ruta que me llevó a la ciudad de Mons. Saqué la novela que leía, El Psicoanalista, de John Katzenbach, y me recorrí el centro histórico maravillado por sus calles empedradas, en una suerte de escapada de mi realidad.

Di con esa catedral. En sus amplias escaleras me senté para viajar a Manhattan. Tenía al doctor Starks aterrorizado con las amenazas de un psicópata y yo proyecté mis angustias en él, me solidaricé con su infortunio hasta olvidar mi jornada estresante del día después.

Entré y salí de la catedral conforme la luz se iba o el frío arreciaba, hasta que horas después cayó la noche y cerré la novela, finiquitada, con el corazón encogido. Ricky, el psicoanalista, ya no volvería a ser la misma persona. Ya se iba de mi vida para siempre.

Sólo estábamos, en esa noche en medio de tantas otras, sin un solo individuo a la vista y con unas pocas luces iluminando las ventanas, Ricky, la catedral azul y yo.

Para nosotros se nos queda.

viernes, marzo 26, 2021

Azahar

Ayer tarde abrí la ventana y ya no quiero cerrarla.

Me esperaban, al otro lado, los naranjos del convento de Santa Clara, para decirme ¡despierta!, para traerme el olor de aquellos años de infancia en que llegaban los días de vacaciones y se presagiaban las tardes largas sin abrigo.

De pronto el ciclo de la vida, potente, para recordarme que todo vuelve. 

Días de sol de temperatura perfecta en que apetece el paseo, la charla y el encuentro con la naturaleza más que nunca en esta vieja urbe, socarrona, clásica y perversa a partes iguales.

La casa ya está llena de azahar, la luz ilumina cada rincón y el cuerpo te pide fiesta, vida, los pulmones se llenan, la sangre se vuelve más roja, los proyectos se hacen más potentes.

Felicidad de formar parte de este espectáculo que acompaña a cada primavera.

Abrí ayer la ventana y no la quiero cerrar.


jueves, marzo 25, 2021

Triunfadores

Me asustan los triunfadores que creen que los demás no lo son porque no quieren.

Me dan miedo los fuertes que desconfían de la naturaleza del débil, que no admiten que se pueda no poder.

Es peligroso no agradecer las cualidades con que se nace, porque no todos tienen la suerte de venir al mundo con un alto coeficiente intelectual, una salud de hierro o un carácter sólido.

No todo se puede trabajar, ni todo se puede conseguir. 

Ese sueño americano ha hecho mucho daño, porque elimina de raíz la posibilidad de integrar al débil, al que no es brillante por mucho que se lo proponga. 

Al que no llega se le pinta con un barniz gris transparente. Deja de contar.

Me incomodan, igualmente, aquéllos que quitan mérito a quien llega lejos, los envidiosos profesionales que no saben mirar su propia vida con ojos críticos y creen que los males del mundo se han aliado contra él.

Admitir que nacemos con capacidades diferentes, tanto unos como otros, es un principio básico para entender el alma humana y así construir una sociedad más justa. No hablo de política, sino de humanidad.

El que triunfa debería ser humilde, el que no llega debería querer aprender.


lunes, marzo 22, 2021

Nombre

Hay un ejercicio sencillísimo para ganar en empatía.

Introducir en tus conversaciones el nombre de la persona a la que te diriges.

Cambiar el '¿qué te pasa?' por un '¿qué te pasa, Gemma?'

Yo lo aprendí de Fran. Él, en cuanto conoce a alguien, ya integra su nombre con frecuencia en la conversación. Esa persona, desde ese momento, se siente mucho más cercana, pierde el anonimato, te escucha con otro gesto, gana en predisposición.

Aprendí tan bien esa técnica, que inundo mis novelas de diálogos donde los personajes se nombran de continuo y eso le chirría a mi amigo Miguel Ángel.

-Salva, te pasas.

Yo me río y le prometo corregirlo, pero chiflo con que mis personajes se llamen a menudo por su nombre, porque me divierte que en los universos que creo la gente se comporte como me gustaría que lo hiciesen en el mundo real.

Gustar

Querer gustar no es malo.

Yo mismo hago por caer bien y no me avergüenzo por ello. Porque caer bien implica un trabajo de fondo en el que busco dentro de mí lo positivo para hacer la vida más fácil a los demás, y a mí me apetece encomendarme a esa tarea.

No hay obsesión, sino ideas claras.

Querer gustar no tiene por qué ser sinónimo de despreocuparme de mí. Más bien al contrario. Al buscar en mi interior lo más atractivo en mi relación con los demás, estoy ejercitándome en la hermosa tarea de ponerme en valor, de quererme.

Darte igual lo que piensen de ti es una cierta forma de rendición. Yo vivo en un mundo social y sí me importa interactuar con luz. No quiero ser invisible. No quiero ser gris.

Quiero que se cuente conmigo.

Querer gustar no implica renunciar a ser tú mismo, sino ser una persona solidaria y atenta a la sociedad con la que convives. Estar abierto a la sonrisa, a la escucha, al sí antes que al no.

No es condicionar tu vida a lo que piensen los demás, sino hacer que tu vida sea coherente con los principios básicos de lo que es universalmente bueno.

A mí me gusta la gente a la que, aunque no lo sepa, le gusta gustar.


domingo, marzo 21, 2021

Veneno

Cuando alguien nos ríe una gracia se nos pone, inconscientemente, cara de tonto.

Estamos desprotegidos ante la vanidad, que es un veneno adictivo que viene muy mal cuando no lo encontramos en nuestro botiquín.

Es peligroso el halago cuando no se tienen las bases sólidas, porque cuando nos dicen qué buenos somos en algo tenemos tendencia a quererlo escuchar a menudo.

Quien no trabaja su conexión con la realidad de las cosas puede acabar endiosado, y volverse un pelma sacando pecho a propósito de lo suyo. De contar chistes, de darle bien a la pelota, de tener siempre una frase ocurrente, de vestir divino o de tener un cuerpo de infarto.

Yo, contradictorio como soy, tengo tendencia a cantar las virtudes de aquéllos a quienes admiro. En el campo que sea. Pero con una condición no hablada, que lo agradezcan. Porque si llego al punto en que le comento alguien lo bien que lo hace y no valora mi comentario, entonces no se lo vuelvo a decir.

Esa persona ya está envenenada.

Querer

Hay días en que pienso ¿cómo me quiere tanto?

Porque esos días llegan, en que sientes que no avanzas, en que te aburres de ti mismo, mañanas en las que vuelves a encontrarte al mismo tipo frente al espejo y que respondes con un buenos días seco a quien te prepara el desayuno.

El amor auténtico, el bueno, perdona los momentos grises, aquéllos en que te sabes fuera de lugar, períodos en que no estás a la altura.

Y ese amor, el bueno, es el que te proporciona el empuje necesario para saber que si te quieren tanto es porque hay algo en ti que está muy por encima de despertares tontos; es el que te hace encontrar el camino para volver a enfundarte el traje de esa persona que, la mayor parte del tiempo, da razones más que suficientes para merecer ese amor del bueno.

Canas

Cada cual es libre de dejarse las canas o de teñírselas.

Me horrorizan las lecciones éticas respecto a las opciones personales que tome cada cual con su físico. Uno se muestra al mundo como quiere, y ninguna forma es mejor que otra. 

Nadie busca su desequilibrio personal, de ahí que se acicale de la manera en que mejor se vea frente al espejo. Que se ponga bótox, se rape el pelo o se tatúe las cejas es tan lícito como despreocuparse por completo de la imagen. No se adquiere mayor autoridad moral por una actitud ni la contraria.

A mí una persona no me gusta por ser coqueta o no, sino por su visión sana del mundo. 

Todo llevado al extremo es malo, sí, pero prefiero no juzgar la personalidad de nadie por cómo se muestre al mundo. 

Si estás feliz con el pelo rosa, por favor tíñete de rosa.

miércoles, marzo 17, 2021

Es que

Hago un esfuerzo cotidiano por no empezar ninguna respuesta por 'es que'.

Si hacemos la cuenta a lo largo del día de las veces que se escucha esa muletilla con la gente cercana, en las tertulias radiofónicas o en la calle, pondríamos muchas cruces en el papel.

Es una manera fea de protegernos, de buscar la excusa antes de responder, opacos, débiles, inseguros, vacíos.

—Es que me olvidé, es que se hizo tarde, es que no me gusta, es que soy tranquilo, es que me da miedo, es que no sé hacerlo, es que me confundo, es que soy así...

Cuando alguien nos pregunta las razones de las cosas, soy partidario de hacer el esfuerzo por contestar de forma directa.

He ganado mucho cuando he retirado de mi lenguaje ese comienzo de frase. Me hace más fuerte.

Las cosas las haces o no las haces, te gustan o no te gustan... y si has fallado, es mejor decir:

—Lo siento.

Que no andar con rodeos.

Ser franco al responder es ser una fuente de luz.

Subjuntivo

Muchos vascos, en castellano, usan el condicional en vez del subjuntivo. Y a mí me produce mucha ternura.

No sé si es porque tiene un sesgo infantil, pero cuando dicen 'si yo tendría suerte' en vez de 'si yo tuviera suerte' a mí ya me tienen entregado.

Este pasado verano, que lo he pasado casi en su totalidad viajando por tierras vascas, tuve la ocasión de comentarlo con un guipuzcoano recio y sabio al que aprecio horrores. 

—Román, ¿en euskera existe el subjuntivo? —pregunté, inocente.

Se me paró en redondo, en medio del paseo de Azkoitia por el que caminábamos.

—¿Quién te ha dicho semejante tontería?

Entonces le expliqué mi teoría. Yo entendía que al utilizar el condicional, en castellano, era porque hacían una traducción directa del euskera.

En esos mismos días se lo comenté a Josu, mientras nos invitaba a una cena en su casa de Donosti.

—Pero, Salva, ¡si nuestro subjuntivo es precioso!

Entonces empezó a jugar con los vasos, los cubiertos y la ensaladera, como si fueran sujeto, verbo y predicado, para explicarnos cómo se construían las frases en euskera. 

—Vamos a simular la hipótesis —me proponía— de que tu quisieras pescado.

Efectivamente, el subjuntivo en euskera es precioso.

Cómo llena el alma que alguien te explique las cosas con pasión.

lunes, marzo 15, 2021

Garnacha

La sugestión, bien usada, es un acelerador de buenos momentos.

Te permite relacionar aspectos cotidianos con emociones intangibles, de forma que una camiseta que te pongas o un ejercicio que practiques te puede sacar del espacio espeso de lo rutinario.

Hubo una noche en que celebrábamos una buena noticia laboral. El camarero, con la carta de vinos en la mano, nos vio contentos y le explicamos la causa de mi felicidad.

—No hay mejor uva para festejar algo que la garnacha.

No dudamos en pedir el vino de Calatayud que nos propuso.

—Es un Baltasar Gracián, cien por cien garnacha.

Nos gustó mucho más de lo que nos hubiese gustado sin esa explicación.

No tengo motivos para no pensar en disfrutar al máximo cada comida siempre que puedo, así que busco sí o sí esa uva para celebrar el estar vivo.

Oigo 'garnacha' y subo dos centímetros del suelo.

Gustar

Hay cierta obsesión por gustar, por obtener 'likes' y seguidores.

Tanto es así, que no estar en las redes sociales parece implicar un no existir.

El vértigo lo encuentro en las miles de personas que no ofrecen otra cosa que su físico. Cada dos horas una foto de ellos mismos en un lugar diferente. En casa, en el parque, en el trabajo, cepillándose los dientes, haciendo que duermen, con cara de puchero, con mirada de seducción, como si hubieran cambiado el espejo de casa por el móvil. Y en seguida a contar los 'me gustas'.

La belleza en sí es una cualidad que todo el mundo tiene derecho a explotar. Una sonrisa de dientes blancos no tiene precio, una cara simétrica, barbillas con agujerillo en medio, unos hombros bien formados. Un buen culo. Mostrar un día tus músculos frente al espejo del gimnasio, enseñarnos lo bien que te quedan los últimos pantalones.

El problema es cuando detrás no hay más, porque hasta la belleza cansa.

Que vivamos en un mundo de exhibicionistas y mirones no tiene por qué ser insano, pero lógico no es. Sobre todo porque alimentamos con gasolina muy peligrosa a quien basa su autoestima en la admiración que provoquen las fotos que publica o pierde la suya en función de la lejanía que sienta de las fotos que valora.

Somos fisgones mirando tras el visillo de las redes sociales apretando el botón de quién vale y de quién no.

¿Hasta dónde llegará el juego? ¿Dónde irán a parar esos dioses de pies de barro?

¿Soy yo, sin admitirlo, una víctima más?

sábado, marzo 13, 2021

Verdad

Había un allien dentro de mí que tendía a ocultar la crudeza de las cosas.

Siempre he tendido a endulzar la realidad, sobre todo cuando se trataba de comunicarla a gente querida. No era tanto cuestión de mentir como de modular el relato a partir de jugar con los ingredientes a mi manera.

Esa forma de actuar aprendí a corregirla en el trabajo porque, en mis inicios, para no preocupar a mis jefes y evitar los conflictos, trataba de informar utilizando el tamiz de mi optimismo.

Pronto me di cuenta que así todo se hacía bola y los problemas crecían hasta no existir filtro que pudiera ocultarlo.

Entonces empecé a aplicarlo a mi vida personal. Pasé a basar la comunicación en el tono, sin tocar el contenido. Aprendí a contar las cosas tal como son, a no ocultar nada, a generar confianza no a partir de lo que yo pensaba que la gente quería escuchar, sino a mi habilidad para transmitir la verdad de las cosas con empatía.

Todo se cura, se limpia, se purifica cuando se muestra el mundo tal como es a la gente que te importa. La clave está en hacerlo con cariño.

viernes, marzo 12, 2021

Aluminio

Observar a Fran me transmite paz.

Lo pensaba mientras lo observaba agrupar de dos en dos las rebanadas de una gran pieza de pan de masa madre, para ir envolviéndolas en papel de aluminio, en un rito terrenal de organización de desayunos futuros.

A mí su compañía, además de amor infinito, me procura un enlace al suelo, al mundo de las cosas, a lo tangible, al día a día, en una suerte de abrazo protector frente a lo que yo estoy menos preparado, que no es sino lo cotidiano.

Él es quien sujeta el otro lado del cordel al que voy atado, mientras yo vuelo como un globo por mi mundo reflexivo de querer otearlo todo desde las alturas. Yo, desde allá arriba, siento la confianza total de saber que Fran me sostiene, me protege, me encamina por lugares placenteros, esquiva los vientos, los cables, los pájaros que me puedan pinchar.

Cada cierto tiempo le pido bajar a tierra, porque me gusta estar pegado a él, escuchar sus proyectos atrevidos, sentir sus carcajadas libres de impostura, reírme de sus 'eses' silbantes, comentarle cómo haría yo las cosas, abrazarlo mientras cocina y él me riñe por no saber dónde pongo las cosas.

jueves, marzo 11, 2021

Motivación

El tiempo de trabajo debe pasar deprisa.

Toda otra percepción del mundo laboral propio es mala señal, porque implica desazón.

Recuerdo uno de mis primeros trabajos. De recogevasos en una discoteca. Acababa de cumplir los dieciocho años y quería tener capacidad de viajar, salir, comprar sin tener que pedir dinero a mi padre. Las noches se me hacían eternas. Daba vueltas entre jóvenes borrachos mayores que yo a la búsqueda de la copa vacía. Llenaba una bandeja de vasos, los metía en el lavavajillas y vuelta a la carga.

Ya entonces tuve claro que quería tener un trabajo en el que me sintiera motivado.

La motivación, cuando no viene asociada a un buen trabajo, un buen jefe o una buena empresa, tienes que provocártela tú. Encontrar dos o tres claves que hagan de la jornada laboral un tablero de juego en el que sentirte cómodo.

Las circunstancias de mis últimos meses, con cambio de jefe y estrategia de la empresa al mismo tiempo, me ha descolocado completamente en mi faena diaria, convirtiendo mis jornadas en eternas horas de despiste.

Yo no puedo permitirme desmotivarme, descolgarme, desenchufar del oficio por el que me pagan. Me niego a que mis horas se estiren como chicles, a mirar la hora, a que se me vaya la cabeza en cosas que no tienen que ver con mi presente.

Las empresas para subsistir deben, cada vez más, buscar los alicientes para incentivar a sus empleados. No hay mejor forma de conseguir los objetivos que tener a trabajadores motivados.

Trabajar no debe ser sinónimo de subsistir.

miércoles, marzo 10, 2021

Venecia

Descubrí Venecia como un prófugo a la carrera.

Era la primera vez que viajaba por trabajo a Eslovenia. Había que tratar un tema urgente en la fábrica que tenemos en Novo Mesto y la forma más rápida de llegar era tomar un vuelo a Venecia, donde alquilar un coche para recorrer la costa norte de Italia hasta cruzar la frontera en Trieste.

Desde el avión pude ver la figura majestuosa de la ciudad sobre la laguna y caí rendido.

Tomé el coche en el aeropuerto y, en vez de tirar hacia el norte, giré hacia la ciudad. 

Siempre he sabido escoger la luz cuando se me ha ofrecido la opción.

No sabía cómo entrar ni hasta dónde podía llegar, pero conduje abducido por la belleza de lo presentido. Tras atravesar una carretera sobre el mar, llegué a un punto sin salida. Vi señales de parking por todos lados y en uno de ellos me metí. Un hombre me detuvo, me pidió las llaves y me dio un tiquet. No me dejó preguntarle más. Allí quedó mi maleta, mi ordenador... Y yo salí a la carrera.

Darme de bruces con el Gran Canal fue una experiencia que me elevó el alma hasta la estratosfera. Crucé el primer puente, absorto, y comencé a caminar siguiendo las flechas que indicaban 'Rialto', como en una gimkana en la que tenía que completar el recorrido de la ciudad en tiempo record. Se sucedían iglesias, plazas, puentes, palacios y yo no podía detenerme ni continuar, en un bloqueo taquicárdico hipnotizado por el hechizo. ¡Qué grande era el hombre! Haber construido semejante maravilla. La Vida se hacía sublime en mi trotar por calles que me encerraban para volverme a liberar. Llegué sudado a la Plaza de San Marcos. 

¿Me habrían robado el coche?

Comí, aprisa y corriendo, una porción de pizza mientras trababa de encontrar el camino de vuelta por el lado contrario del mapa. Ya sabía que esa ciudad me esperaría siempre.

El coche estaba en su sitio, pero yo ya era otro.

martes, marzo 09, 2021

Bailecito

De mi padre no escribo porque me duele horrores.

Como si no hubiera existido para nadie, porque lo tengo encerrado en mi pecho hasta que pueda un día respirarlo con la naturalidad de un hijo que no pudo quererlo más.

Queda para siempre enquistada en mí su enfermedad final, esa mirada líquida en que me dijo, sin palabras, aquí se acaba todo.

En nuestra última visita al hospital, caminando despacito por sus pulmones encharcados, llegamos al sitio donde le inyectaron una jeringa para sacarle ese líquido que no le dejaba respirar.

Presumido él, como presumidos somos sus hijos, tuvo que quitarse a regañadientes y sin ayuda la camisa, para que le clavaran una aguja enorme en la espalda.

—Esto no va a durar mucho —dijo la enfermera—. Agárrese a su hijo.

Él, digno, de pie, se abrazó a mí. Yo lo sostuve en mis brazos, pecho con pecho. Notaba su débil esqueleto, y el dolor del pinchazo, sin ser yo quien lo recibiese, su cuerpo tembloroso. Casi que adivinaba ese líquido salir de su cuerpo y abrir sus pulmones. Yo cuidaba de él. Del hombre que había construido el hombre que era yo. Él no podía con sus piernas y yo lo sostenía en mis brazos. Se me balanceaba para un lado y para el otro, incapaz de mantenerse en pie. Yo, tenso, mantenía el equilibrio de los dos. Fueron unos minutos inolvidables. Yo agarraba un saco de huesos que contenía todo lo que yo admiraba y admiraré.

La enfermera dio la intervención por terminada.

Mi padre se soltó de mis brazos y me dijo, con su sonrisa de siempre y un guiño, como si no pasara nada:

—Vaya bailecito que nos hemos pegado.

domingo, marzo 07, 2021

Tinta

No olvido nunca a quien me ayudó.

Es fácil encontrar motivos de desencanto en cada una de las personas que han pasado por mi vida, tanto como para ellos resultará sencillo recordar los momentos en que yo no estuve a la altura.

La exigencia hacia los demás hay que aplicarla con mesura.

Si alguien alguna vez me echó un cable, creyó en mí, me escuchó lamentarme o se prestó a estar a mi lado ya tiene un lugar tatuado en mi corazón. No vale pintar con lápiz, y borrar, y pintar, y borrar en función de si esta vez sí o esta vez no. Yo grabo los nombres con tinta.

Luego la vida corre y los arroyos se separan, pero ahí están porque estuvieron.

Me asusta la gente sin memoria para las emociones. 

Yo no sé qué cené ayer, pero sí quien me abrazó hace treinta años.

Concierge

En los edificios viejos de París se mantiene la figura de la concierge.

No sé la razón histórica, pero en la mayoría de los casos lo desempeñan mujeres portuguesas.

Yo tuve la suerte que la mía era de Cuenca. Enjuta, seca y trabajadora, se ocupaba de trasladar los cubos de basura, repartir el correo e informar de las decisiones de la comunidad de vecinos. 

Siempre con un delantal y andares apresurados.

Al saber de mi llegada se presentó con cierta rigidez, mientras su marido, más campechano, buscaba en mí conversaciones sobre fútbol que yo no terminaba de fomentar.

El edificio, en el boulevard de Port Royal, tenía un patio central y había que atravesar un corredor sombrío antes de acceder a él. Allí vivían ellos. Por una cortinilla se podía ver todo el salón y yo, en pleno invierno parisino, podía espiar sin querer cómo veían el tiempo en la Televisión Española Internacional, seguro que añorando los soles que aparecían como huevos fritos en la pantalla.

Yo no quise darles problemas, pero un día manché uno de mis pantalones favoritos. Bajé a su casa y llamé. Ella apareció, rauda.

—Verá, es que le tengo mucho cariño a estos pantalones y no sé cómo...

—¡Me les dé! —dijo, mientras me los arrebataba con energía.

Desde entonces cambió el tono del saludo, casi que había días en que llegué a adivinarle una sonrisa.

—¿Va todo bien, señor?

viernes, marzo 05, 2021

Mustapha

Cuando cambié de puesto de trabajo hace un año, me advirtieron:

—No te fíes de ese tipo.

Hacían referencia a un compañero al que yo había conocido en tiempos pasados cuando venía a auditarnos a la fábrica y del que guardaba un buen recuerdo.

Durante todo este tiempo de confinamiento, teletrabajo y despiste genérico para afrontar retos que todas las empresas y trabajadores hemos sufrido, ese hombre siempre ha estado ahí. No ha habido una pregunta que le haya hecho que se haya quedado sin respuesta, ni ha rehuido nunca un saludo afectuoso hacia mí.

Quizás tendría que ser más precavido con el que advierte, aquél que denuncia al otro, el que trata de predisponer contra alguien. Quién sabe si con la mejor intención, en un papel de protección que no hemos requerido.

Hace tiempo que aprendí a ir al cine a pesar de las malas reseñas que pueda tener la película que haya decidido ver.

Prefiero opinar por mí. 

Alonso

No era el único español allí, pero él era la estrella.

Nos habían invitado a la boutique de Renault en los Campos Elíseos para la presentación del nuevo monoplaza de Fórmula 1 de Fernando Alonso.

Allí nos presentamos Brigitte y yo, bien maqueados los dos. Gracias a ella habíamos conseguido unas invitaciones muy codiciadas y era reducido el número de personas que esperábamos a que se abriese el telón para que apareciese el piloto asturiano y su bólido.

Nos soltó un discurso en inglés, entre vídeos espectaculares, y pasamos al cóctel en la planta alta.

—Dile algo, Salva —me insistía Brigitte—. Es tu paisano.

Yo me hacía el loco. Ya me sentía afortunado con mi copa de champán, la gente guapa y las conversaciones triviales en esa noche impecable. Todos los corrillos se formaban en torno a él.

Cuando el alcohol había subido, Brigitte se desinhibió con un grito.

—¡¡¡Fegggnando!!!

El hombre se giró y se encontró de bruces con Brigitte, vestida de turquesa, y un Salva enchaquetado que no sabía para dónde mirar. Se acercó a nosotros.

—Aquí tienes a Salva, tu compatriota —y se quedó tan pancha.

Él me dio un abrazo, quizás por sus nervios de recién llegado a mi empresa, y me preguntó qué tal me iba por París. 

Entonces comprendí la felicidad infantil que produce vivir momentos de los que vas a fardar.

¿Dónde habré metido ese selfie que nos hicimos?

lunes, marzo 01, 2021

Yema

Me gusta dejar la yema para el final.

Así tengo organizada mi vida y no me ha ido mal.

Lo que más me gusta del huevo es la yema, y la rodeo antes de atacarla con el tenedor, distraído con las patatas, los guisantes, el jamón o la cebolla. El premio final está ahí, como incentivo. 

Siempre puede uno ir directo a lo que más satisfacción produce y obviar el resto. Pero el resto está ahí, amenazante, sugerente, provocador.

Creo que no es bueno hacerse el loco e ir por la vida picando sólo de aquello que te produce satisfacción. Ir deprisa es mala compañía. 

Estos tiempos son de ir deprisa, de querer enamorar sin trabajártelo, de publicar libros sin aprender a escribir, de conseguir más seguidores sin saber qué ofreces. De esculpir egos huecos, sencillos de resquebrajar.

¿Qué se aprende conquistando cimas de montañas en helicóptero?

Arrojo

El arrojo es un perfume que seduce más que cualquier atractivo físico que se pueda dibujar.

Una persona segura de sí misma es un roca en el mar a la que se quieren agarrar todos los que navegan a la deriva.

Nadie nunca tiene siempre las cosas claras, lo que no es óbice para que sí exista gente con las hechuras construidas para enfrentar las dudas sin desmoronarse.

Si cierro los ojos y pienso en amigos o conocidos interesantes, brillantes o con los que me apetezca estar, aparecen personas queridas que cumplen con ese requisito. Transmiten confianza en ellos mismos, tienen unos principios básicos claros, mantienen la mirada en la conversación y no titubean para llenar el espacio con silencios. Hablan de sus miedos sin avergonzarse.

Son rocas en mi mar.

Todo esto se trabaja desde la observación de uno mismo. Nadie nace con los pies clavados al suelo. Y nadie los asienta bien si va todo el día de un lado para otro.

Para ser roca en el mar hay que encontrar un sitio claro donde hacerse fuerte, no vale buscar hoy el sol y mañana la ola, no se puede querer estar cerca de tierra firme y perdido en el horizonte.

Y si alguien a quien quieres comienza a perder su sitio, abrázalo, mantenlo quieto, recuérdale qué es lo que hizo que un día sus bases estuvieran bien firmes ancladas en el fondo del mar. Díselo, porque todos tenemos derecho a perder el norte.

viernes, febrero 26, 2021

Compartidor

Yo patentaría el compartidor.

Con el objetivo de conseguir un mundo más empático, este aparatejo electrónico con el que sueño serviría para conectarlo a ti y a cada persona que sufriese alguna dolencia que tú quisieras entender, más allá de explicaciones que nunca alcanzan a definir el dolor, y compartir así, un rato, su padecimiento.

Te sentarías al lado de la persona querida, os enchufaríais por medio de unos cablecillos y te solidarizarías algún tiempo con su migraña, su dolor de huesos, su dificultad al respirar, sus reúmas. Apenas un rato. Luego te desconectarías y os tomaríais un café.

Seguro, entonces, que la charla transcurrirá por derroteros más humanos, menos formales. Que la posibilidad de que os acariciéis será mayor, que os dejaréis hablar con calma el uno al otro.

Porque hoy es esa persona quien se vería aliviada por poder ser comprendida en su dolor, pero mañana puedes ser tú.

Sería un aparatillo pequeño, que funcione a pilas, de andar por casa, inofensivo, que nadie que no quiera tenga por qué usar.

Y, quién sabe, quizás en versiones futuras también permita compartir la risa. Y que, cuando ésta llegue, haya un regulador que te permita convertirla en carcajadas compartidas, de ésas que obligan a agarrarse la barriga.

Se convertiría en un chollo para los dos utilizadores, uno ganaría en humanidad, el otro en comprensión.

Yo lo inventaría, si supiera.

El compartidor.

martes, febrero 23, 2021

Andalucía

Aunque me hubiera gustado nacer en cualquier sitio, porque la tierra de la infancia vive siempre con nosotros, nací en Andalucía.

Hoy celebra su día.

No me gustan las patrias, ni las banderas. Si acaso la europea, porque es donde más gente cabe y porque no hay bandera del planeta Tierra.

Nadie es especial por ser de ningún lado, pero sí hay factores que determinan cierta aproximación a la vida.

Y en la vida de un andaluz hay sol, mucho azul, sangre mezclada de tres culturas, complejos de inferioridad, ritos paganos, alegría, casas encaladas, charlas en la calle y gritos por la ventana.

Yo quiero a mi tierra como quiero a mi familia, no porque piense que es mejor que nada ni una fortuna haber nacido aquí, sino porque oigo un acento andaluz y me siento en casa.

Microataques

Todos tenemos microataques de pánico diariamente.

Estoy convencido.

Nuestra cabeza es el más perfecto ordenador, no descansa ni durmiendo. Aunque hagamos por educar a nuestro cerebro, éste se despista, va a su bola muchas veces, y en esas escapadas se pasea por sitios abruptos que no querríamos visitar de elegir la ruta.

Imagino que no es sino una gimnasia cognitiva que practica para simular todos los escenarios posibles, como un combatiente inquieto que no quiere dejar nada al albur de lo imprevisto.

En algunos de estos entrenos casi militares para investigar el futuro, porque le va la vida en ello, se enfrenta a posibles enfermedades, despidos laborales, muertes cercanas y sustos diversos que, mientras damos un bocado a una manzana bien colorada, de golpe nos aceleran el corazón con un calambrazo de terror.

Mi clave para que esa pequeña arremetida no vaya a más es solidarizarme con mis sesos.

Suspirar para borrar la imagen y entender que, esos sobresaltos, no son sino ejercicios voluntariosos que nos preparan para estar fuerte cuando venga lo peor.

lunes, febrero 22, 2021

Bloqueo

Una amiga me preguntaba el otro día qué hago con la gente que mete cizaña en mis redes.

—Los bloqueo —le respondí.

Me pone la controversia, la discusión, el debate, pero no admito en el territorio de mis publicaciones faltas de respeto a nadie.

A mí me da la vida, como escritor y como persona, escribir un texto diario. Me hace estar en tensión, atento al mundo, a mis recuerdos; vigilo mis emociones para ver qué salta por ahí dentro, observo a la gente actuar, leo el periódico, con los cinco sentidos, presto a estímulos. Todo lo meto en la batidora para construir relatos breves que, al compartir, me ofrecen un retorno inmediato de personas de todo color y sensibilidad que me dan mucho más de lo que yo les aporto.

Ahí no entran los odiadores profesionales que circulan por las redes apoyados en el anonimato o la cobardía que supone lanzar la piedra sin importar el daño.

Yo bloqueo. No permito broncas en mi casa. Las malas artes se consienten allí donde no hay principios.

Insultan una vez, a la siguiente ya están fuera de mi mundo con cara de tontos.

domingo, febrero 21, 2021

Manu

Los mediodías que se viene Iván a comer a casa son una delicia.

Ya se puede hablar de todo con él a sus dieciocho años y, aunque se sigue poniendo colorado, no hay tema tabú. Su tío Fran le da caña y él lo sabe torear con arte.

Ahora está en una fase en la que presume de su tío Borete. Le pasa mis textos a sus compañeros y me transmite sus impresiones. 

—Vaya frasote que te has marcado —me escribió el otro día por teléfono.

Y se la coloca en su perfil de Instagram.

Yo le pregunto por sus amigos y él me va relatando cómo lleva cada uno sus estudios, sus novietas, si son más o menos golfos.

—Mi amigo Manu es la leche, mientras por las noches todos nos conectamos a la play, ¡él se queda en su cama leyendo novelas!

A mí se me hacen los ojos chiribitas tan sólo de pensar en verlo un día tirado en su cama leyendo.

Sí, tú, Iván.

Fotos

El diablo aparece en los detalles.

Suelo practicar un ejercicio al observar las fotos que se publican en las redes. Retratos de conocidos a los que sigues que se hacen con sus familiares, con amigos, con compañeros de trabajo. 

El autor de la publicación suele salir todo lo bien que da de sí en una foto. Lógico. Pero ¿y los demás?

Una muestra de la calidad humana de esa persona viene dada por cómo sale reflejado el resto de acompañantes en la foto que publica. Cuando su amigo sale con los ojos cerrados, su hermana con el gesto desencajado o su compañero de trabajo en una pose que le hace dos veces más gordo, ya comprendes en gran parte cómo funciona ese individuo.

Tiene su vida orientada al lucimiento propio. 

Algo que no sería censurable si, al mismo tiempo, presumiera y se preocupara de la gente que le quiere.
  

miércoles, febrero 17, 2021

Blanco

Comenzar a escribir una novela es tan duro como desafiante.

Ya tengo en mi cabeza la trama, jugosa de sangre caliente, diferente en su concepto, a estas alturas ya irrenunciable, avasalladora como reto.

Sin embargo, los personajes yacen inertes en la palma de mi mano. Algunos apenas balbucean, otros andan despistados, confusos. No todos saben aún cuántos hermanos tendrán, cómo será su físico, dónde vivirán, incluso si seguirán llamándose así o les cambiaré de empleo. Se miran y se ven muy parecidos entre ellos, cuando hablan no encuentran su tono, ni saben todavía reír.

He empezado a moldear a Lara, una valenciana de mediana edad que huye del Brexit con su hijo, al que cambié ya tres veces de nombre antes de saludarme el encargado de un restaurante, Abel, que lo bautizó, sin saberlo.

Con todos sus ahorros invertidos en un pequeño hotel en Sevilla, mi protagonista tiende a venirse abajo más de lo que yo deseo, así que le busco secundarios que la animen, que le hagan compañía, que le descubran las cualidades que atesora tras media vida como madre soltera en Londres.

Dudo si traer a su madre, ya mayor, desde Valencia, para que la cuide. O darla por muerta.

Decidí, como un electroshock, que la primera frase de la novela fuese el mayor golpe de efecto de la historia, pero ha dejado a Lara aturdida.

Pensé que su historia la narrase alguien desconocido, pero vi que no, que no hay mejor forma de contar su historia que a través de la pluma de quien más apasionadamente la quiso. Maxi.

¿Lo llamo Maxi?

Llegará un momento en que todas mis criaturas se me alboroten, tomen decisiones a pesar de mí, adquieran personalidad, tono, textura, sustento; pero aún están lejos los días en que mis manos teclearán solas la historia. Ahora necesitan de mi oxígeno y mi paleta de colores. Toda la energía la pongo yo, lo que me trae destrozado. Me despierto a medianoche pensando en ellos. Escucho conversaciones, veo películas, oigo música, leo novelas como ávido ladrón de detalles para mis personajes.

Tengo todos los avíos del puchero, ahora toca encender el fuego. 

Ya no me puedo separar de la lumbre.

lunes, febrero 15, 2021

Chungo

Tengo un vecino chungo.

Un adjetivo cuyo significado rima perfectamente con su sonido.

Chungo.

Donde ya la 'u' te introduce en un bache para meter la pierna nada más empezar y quedarte con la cara de tonto que te de la 'o' del final.

25 años en mi casa en plena armonía con el vecindario y llega el tonto de turno. Al que todo le molesta, el que te malmete con el resto, quien escribe a la comunidad sin dar la cara, el que dice hablar en nombre de quienes nunca protestan.

Pienso que a gente así hay que pararla, porque te comen. No dedicarse a aguantarles las tonterías.

Yo ya lo he hecho. De frente y sin paños calientes.

Quien se queja de todo admite mal que tú no te quejes más que de él.

Ahora tengo un vecino transparente, al que ni veo ni oigo cuando lo cruzo por la escalera. Él se rebeló al principio, pero pronto comprendió que no hay donde rascar.

No hay mejor medicina para un metomentodo que hacerle ver que no lo ves.

¿De quién hablábamos?

sábado, febrero 13, 2021

Olla

Recuerdo con risas una guerra de migas de pan en un restaurante de Donosti.

Estábamos la familia, nuestros amigos donostiarras y algún que otro conocido. No sé cómo ocurrió, pero acabamos inundando el local de bolas de pan. Se nos contagió un ramalazo de locura.

Qué sano es que se nos vaya la olla de vez en cuando.

Son situaciones que tendrían que darse más. Deberíamos ser más propensos a perder por momentos la cabeza, liberarnos de corsés y decir barbaridades. 

Sí, me lo digo a mí.

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que comencé a cantar por María Bethania. Una noche loca en que yo desafinaba imitando a la brasileña y me caía de alegría al suelo entre las risas de mis hermanas. Y seguía cantando, con los brazos en cruz, tirado en el suelo.

O cuando a mi padre, en una atracción de feria, le tocó como premio un animal tan feo que lo bautizamos perrigato. Me río aún de mi padre haciendo el indio con el perrigato.

Estamos demasiado inhibidos. Yo el primero.

Añoro escenas surrealistas en este mundo tan serio.

Decorado

¿Y si todo fuese mentira?

Desde pequeño he fantaseado con esa posibilidad. Que todo fuese un decorado. Yo visitaba lugares, conocía personas y me enfrentaba a situaciones nuevas al descubrir el mundo. De vez en cuando me giraba en redondo, para ver si todo lo que había dejado atrás estaba allí. Quería pillar el truco.

Quizás, por entonces, fue por autodefensa. Había cosas en mi vida que no me gustaban. La enfermedad de mi madre, mi sexualidad, el descubrimiento de la muerte. Todo pesaba demasiado. ¿Quién jugaba conmigo? 

Ahora se venden cascos que te cubren la cabeza completa y te ofrecen realidades virtuales alejadas de tu presente. Hace unos días las noticias informaban de un negocio surgido en Corea que simulaba en tiempo real la compañía de seres queridos que habían muerto. Lola Flores nos vende cervezas veinte años después de dejarnos.

La realidad es tan extraña que admite incluso recrearse en posibilidades descabelladas que me llevan a jugar con la posibilidad de que todo esto no sea más que un juego. A fin de cuentas, tener dos piernas, dos brazos, un páncreas, ganas de comer, vértigo o apetito sexual ya es en sí bien raro.

Me gusta jugar a que todo sea mentira para quitar drama a la vida. 

Las cosas están ahí mientras estoy yo, ¿pero existe Nueva York si yo no lo visito?

La única verdad absoluta la descubrió Descartes. 'Pienso, luego existo'.

Sí. De lo máximo que puedo estar seguro es de que yo existo.

¿O no?

jueves, febrero 11, 2021

Buda

Me había tratado con tanto cariño cuando trabajé en Corea que. cuando Hojin Lee me devolvió la visita, yo me entregué como el mejor anfitrión posible.

Desde que salíamos de la fábrica lo llevaba a conocer la Sevilla más hermosa. Cenábamos en terrazas al aire libre, paseábamos junto al río y le presentaba a amigos con los que disfrutar de conversaciones siempre pasionales acerca de nuestras dos culturas.

La última noche él, emocionado y agradecido, me habló de su mujer y de sus hijos. 

Con la timidez propia de los orientales me fue sacando fotos de su cartera para explicarme quien era cada cual, los proyectos que se traían entre manos o, incluso, la situación económica familiar. 

Bebíamos un gintónic en la terraza del hotel Eme, con la Giralda, inmensa, acompañando sus confidencias.

Tanto se aproximó a mí que, por momentos, dudé si no habría querido darme un beso.

Salía al día siguiente temprano hacia su país, así que nos despedimos en esa azotea tras una semana intensa. Fue entonces cuando sacó un paquete:

-Esto es para ti -me ofreció, nervioso.

Por su emoción supe que aquello era algo importante para él.

-Es un regalo que me hizo mi madre -me explicó-. Es un pelo de acero que, milagrosamente, le salió al Buda de su pueblo -yo quería morirme-. Lo conservaba desde pequeña.

Le dije que no permitiría que me hiciese un regalo así, mientras veía a través de un dado de cristal el pelo reverenciado de su dios.

-No lo puedes rechazar -insistió. Yo, torpe, abrí las dos manos para aceptarlo con una inclinación de cabeza.

De vez en cuando, en casa, cada vez que me acuerdo del pelo de Buda, pego un respingo. 

¿Dónde diantres lo metí?

martes, febrero 09, 2021

Bajini

Hay quien me dice, por lo bajini y con delicadeza, te expones mucho.

No le quito la razón.

Escribir acerca de mi mundo, en cambio, no pretendo que sea un escaparate egocéntrico de mis emociones, sino un catalizador de las de los demás. Una palanca que ayude a despertar el niño que está en quien me lee, que alivie soledades a través de pensamientos que no se suelen compartir, que en mis anécdotas recuerde las suyas con ternura.

Desnudarme por dentro no es sino una búsqueda íntima del sentido de las cosas.

Soy un ferviente explorador del alma humana, pero sólo tengo la mía para experimentar. Ya de pequeño hubo quien me dijo que le gustaba cómo yo contaba mis historias, cómo las adornaba y las salpimentaba con ingredientes que no sé de dónde salieron, pero que viajan desde siempre conmigo.

Escribir es una elección, tal como lo es leer.

Cuando uno se vacía sobre un papel, el texto deja de ser suyo. No pertenece a nadie.

Yo elegí compartir mi mundo a pesar de mis pudores, con el objetivo íntimo de llegar a tu alma a través de la mía. 

Y así crecer.

Caricia

Por cada desprecio hay cien palabras de amor.

Tras cada enfurruñamiento, se ocultan muchas sonrisas. Cuando nos hablan de una mesa de comedor vacía, no nos llegan todas aquéllas donde los almuerzos son pura risa. 

Lo malo vende, lo malo atrae. 

La bondad no tiene espacio en los medios de comunicación, salvo que sean ángeles que te lleven al cielo de lo imposible.

Dicen que el ser humano tiene a imitar de forma inconsciente. Que cuando hay una masacre las fuerzas de seguridad se ponen alerta por si el fenómeno se reproduce. Si, en plena pandemia, se informa de fiestas clandestinas con determinadas características, en los días siguientes aparecen grupos similares de imbéciles copiando lo que vieron por la tele.

Si funcionamos así, ¿por qué no potenciar el buen rollo?

Yo estoy rodeado de ángeles que dedican su tiempo a ayudar a gente sin techo, a familias sin recursos, a inmigrantes perdidos en nuestro país, que dan consuelo a reclusos. 

¿Por qué no les damos más voz?

Verdura

Nos dijo:

—Los japoneses comenzamos a comer por la verdura.

Fue mi primer viaje a Japón. 

Tardamos media mañana en presentarnos todos, alrededor de una enorme mesa de trabajo. Había dos traductoras, una para los franceses, a la que rápidamente apodamos 'La Pantoja', y otra para los españoles. Masuko. Dulce como solo puede serlo una oriental.

Cuando las presentaciones estaban hechas nos propusieron comer, sin movernos de nuestros asientos.

Trajeron bandejas negras de un material lacado, cubiertas como pequeños ataúdes. Íbamos a estar más de un mes de trabajo allí y era importante que nos explicaran ciertas reglas. Así que Masuko se nos acercó y tomó los palillos para adiestrarnos en su manejo.

—Uno de ellos hace de base y debe reposar entre el pulgar y el índice —con gestos de princesa ejecutaba los movimientos para que los asimilásemos—. El otro lo tomáis como si fuera un lápiz, que será el palillo con el que atrapamos la comida.

A mí la emoción me cogía la garganta con una escena tan sensual al otro lugar del mundo.

Una vez todo explicado, nos pidió que descubriésemos la tapa de la bandeja, para encontrarnos con diminutos platos muy coloridos y exquisitamente preparados.

—Los japoneses comenzamos a comer por la verdura —nos aclaró—. Tomad los palillos, por favor.

Todos lo hicimos, tratando de imitar lo visto en ella y esperando, llenos de la ingenuidad que inspiraba el momento, la siguiente instrucción.

—Así que —continuó Masuko—, coged el nabo y meterlo en salsa.

Fácil

Ser fácil es una virtud terapéutica.

Cuando eres así, todo viene bien, con lo que ello supone de ahorro en sofocones.

Eso sí, es más fatigoso que mantener rutinas rígidas.

Vivir de frente no tiene precio. Atacas lo diario sin escudo ni espada, actúas sin dobles intenciones. No llevas lista de agravios ni te inquieta en exceso lo retorcido que pueda ser el otro. Dices sí a la cerveza, pero te la tomas también si el otro no aparece.

Yo quiero ser cada día más fácil sin perder una pizca de humanidad, sin entender la capacidad para adaptarme a cualquier situación como indolencia, sino como actitud vital. 

Quiero tener proyectos que sean flexibles, ilusiones amoldables a lo que pueda venir, juntarme más con gente que sienta en libertad.

Hay demasiado miedo a todo y yo no quiero envenenarme de esa pócima maldita. 

Me cansa la gente encerrada en sí misma contando lo mal que la vida les trata, introducidos en cuevas creadas por su miedo a respirar aire puro.

Esta pandemia ha demostrado que una parte importante de la sociedad se ha quedado pillada. Gente a la que yo quiero mucho se ha metido en un agujero del que le costará salir cuando las puertas se abran. Huelo a naftalina desde aquí.

Andar escondido en cuevas inventadas es cansadísimo.

lunes, febrero 08, 2021

Varonil

El hombre más varonil es el que trata a la mujer con respeto.

Si la virilidad se entiende como valentía, ¿qué más valiente que saberse vulnerable? Si se entiende como fortaleza, no veo mejor forma de evidenciarla que mostrarse como uno es, sin complejos ni necesidad de demostrar superioridades inexistentes. Si uno es más hombre cuando va de frente, ¿qué mejor forma que acercarse a la mujer liberado de artificios?

De entre mis amigos emparejados, los hombres que más seducen son aquéllos que tienen en sus mujeres a amigas del alma, no a modelos de pasarela. Los más atractivos, a mi entender, son los que presumen de las cualidades de sus parejas sin necesidad de hablar de sí mismos. Los que entienden que no hay roles previos que asumir.

El hombre valiente sabe colocarse en segunda fila con una sonrisa.

La masculinidad debería definirse como la capacidad del hombre para mostrar su sensibilidad sin complejos. 

Para eso sí hay que tenerlos bien puestos.


domingo, febrero 07, 2021

Relámpago

¿Existe la felicidad sin pensarla?

Si imaginamos una tormenta en un espectacular paisaje desértico, ¿se oirían los truenos si no hubiese nadie para escucharlos?

Hace unos días me enviaba mi hermana Raquel un vídeo de Iván en la playa, de muy pequeño. Abría los brazos, se reía a carcajadas y flirteaba con la cámara. 'La felicidad', me escribía mi hermana.

Nosotros la vimos entonces, ahora también. Pero, ¿la disfrutó Iván en su momento?

Es la época de la vida en que todo fluye, la infancia, pero también es un período en que los conceptos abstractos no existen. De ahí que nos vengan tantas imágenes sobrevaloradas de nuestra niñez, de esos tiempos en que fuimos, sin saberlo, gloriosos.

A mí me ocurre observando a Fran, con su nueva empresa, sus carcajadas al otro lado del teléfono, su música a todo volumen mientras cocina garbanzos con langostinos. Y se lo digo. 

-Qué alegría transmites.

Disfrutar del recuerdo es una terapia sanísima, pero más potente es recrearse en el presente.

A veces pienso en ponerme alarmas de felicidad en el móvil, que suenen con una musiquilla diferente a la del despertador. La programaría a diferentes horas del día en que sé que estoy pletórico. Al desayunar con el periódico, al escribir mi texto diario, al tomar la cerveza previa a la cena en mi banqueta alta con la televisión sin volumen, al responder comentarios ocurrentes de mis lectores, mientras hago deporte escuchando las noticias.

Tomar conciencia del disfrute absoluto. Sentir un cosquilleo cerebral. Un pellizco en el estómago. Décimas de segundo, sí. Pero ¡qué décimas!

He ido aprendiendo a hacerlo sin alarmas. Parar de golpe y decírmelo. Soy feliz.

Es una pastilla baratísima que no necesita de receta médica ni prescripción.

sábado, febrero 06, 2021

Estrabismo

Apenas recuerdo que yo era bizco.

Me daban, como juguete, un aparato rojo para ver diapositivas en tres dimensiones. Yo no veía esa tercera dimensión.

Debía provocar una mezcla de dulzura y tristeza en mi madre verme con ese parche en uno de los cristales de mis gafas.

—Su hijo tiene un ojo vago.

Hubo un día, yo tendría diez años, en que me llevaron a un hospital para operarme. Apenas recuerdo la bata azul, un gran foco iluminándome y mi madre tomándome la mano.

—Todo va a ir bien, Borete.

No entendía muy bien las conversaciones, el músculo que tenían que coser, la sangre en las curas, el ojo  rojo y los días sin colegio.

Muchas veces, cuarenta años después, me tapo los ojos alternativamente cuando leo novelas en mi cama para averiguar cuál era el ojo vago. Me miro al espejo para comprobar cuál es el más pequeño. Trato de ver una cicatriz que nunca encuentro.

Fran me dice que le erotiza verme aún bizquear cuando soplo la sopa caliente, enamorado del niño frágil que un día fui.

La anestesia perdió su efecto y ahí estaba mi madre. Ya las gafas y los complejos pasaron para siempre.

Me agarró como a un muñeco y me abrazó.

—Ya todo pasó.

viernes, febrero 05, 2021

Protagonismo

Hay gente que nace para mirar.

Que disfruta, padece o se desespera al ver la vida de los otros. Que proyecta en los demás sus propias ilusiones, sin darse cuenta de que ella misma, como persona individual, es un centro de energía inigualable.

Todos deberíamos tener derecho a nuestro momento de gloria, a sentirnos importantes, a visualizarnos. En cada persona hay un valor que compartir que debería potenciarse.

Un ejercicio muy sano que me gusta practicar es el de pensar dos veces antes de criticar lo malo en alguien. Tan sencillo como evitar la salida fácil de definir a una persona por lo que la hace mediocre y buscar lo luminoso que hay en ella.

Todos tenemos una luz.

A muchas de esos hombres y mujeres grises alguien se encargó de apagárselas, cortándole cables, desconectando baterías, taponando sus focos al exterior. Gente que, cuando se oscurece del todo, se dedica a ver la vida pasar. Se sienta en el rellano de los transparentes para ver a los vivos y se convierten en carne de cañón para desconectar las luces de los suyos. Creen que es lo adecuado, que la vida está en los otros.

Los que no queremos verlos así tenemos la oportunidad de hacer que recuperen ese brillo con el recurso sencillo de averiguar dónde estaba ese foco de luz.

—Tu risa lo ilumina todo.

Y boom. El milagro comienza a funcionar.

Perdón

Cuando se perdona, se perdona.

No valen perdones de boquilla. 

Uno no cuelga en el ropero una camisa con una mancha que ya no puede quitar. Porque no se la va a poner. Pero ha tenido que poner detergente en la lavadora si realmente quería dejarla limpia.

Al decidir pasar página hay que hacerlo de verdad, con el esfuerzo que requiere asumir que en el futuro no vas a tirar del repertorio de traiciones sufridas para defenderte.

Perdonar es un acto de grandeza si se hace de verdad. Es un ejercicio que, sin implicar olvido, es más sano para el que lo ejecuta que para el supuesto beneficiado.

Al exculpar a alguien estamos indultándonos nosotros, porque hacerlo implica mirar muy dentro y ver que nosotros también fuimos puñeteros, rencorosos, impertinentes y traicioneros. Excusas con generosidad al otro también porque conoces tus propias fragilidades.

Yo trato de perdonarlo todo, de corazón, salvo la maldad. 

A esa mancha no le echo detergente.

martes, febrero 02, 2021

Presumir

No confío en aquél que cuenta a los siete vientos que está ocupado hasta las cejas.

Me da mal rollo quien se vende como imprescindible de nada, quien parece que me quisiera cobrar su tiempo. Quien sonríe estudiando su sonrisa.

A mí me da lástima la persona que se toma por alguien de importancia. Mucha pena.

Aquéllos que presumen de ser jefes, de ganar dinero, de cómo de apretada tienen la agenda, de cuánta gente le espera, le llama, le pide, le asalta, le admira, le solicita favores para llegar a ser como ellos son.

Triunfadores de papel maché.

A mí me gusta verlo yo. Atravesar a través de sus actos la grandeza de quien tengo cerca. Descubrir en sus silencios todo lo valioso que hay en ellos.

No creo que exista forma de mezclar una buena crema si los ingredientes son la vanidad y la brillantez, porque esta última repele a la primera. 

Tuve un jefe que me dijo un día en su despacho 'te llevas demasiado bien con tu equipo, así que te voy a envenenar la sangre'. 

¿Perdona?

U otro, llamado Fulanito Pascual, que con voz impostada me aseguró que algún día yo llegaría a ser un 'Fulanito Pascual'. Qué horror, pensé.

Alguien sobresaliente en el campo que sea debe ser, antes que nada, sensible. Humano. Porque es del verdadero conocimiento de la naturaleza humana, frágil por definición, desde donde se puede construir algo grande. Honesto.

Sí, ha habido grandes sabios insoportables, dirigentes mundiales hechos de soberbia que han triunfado, poetas excelsos insufribles. Pero quiero creer que son la excepción de este mundo complicado de entender.

Yo soy incapaz de admirar a quien no es bueno; y no es bueno quien no es humilde.

lunes, febrero 01, 2021

Corazón

De vez en cuando me gusta enviar corazones.

Por puro placer.

Por hacer ver a la persona a la que se lo envío que está presente en mis pensamientos.

No hay que esperar momentos especiales para decirle que es importante para ti. El momento es ahora.

Sí. Son amistades que ya se saben que son valiosas, lo que no quita para que yo les haga ver que lo son. Demasiadas veces damos por supuestas emociones que no demostramos.

Son los emoticonos la nueva literatura, porque algunos de ellos encierran mensajes tan directos que evitan frases extensas difíciles de construir y el receptor, a veces, no necesita más que una imagen simple para entender tus emociones.

Mi oficio de escritor no está reñido con la pulsión de un corazón bien rojo que, palpitando, vuela a los móviles de aquellas personas que me son imprescindibles.

Anda, no lo pienses.

Envíale un corazón.