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sábado, abril 06, 2024

El ser humano

 Contaba acerca del único accidente de circulación que he tenido. Íbamos por la sierra de Cádiz en dos coches, hacia una casa de campo que habíamos alquilado para un fin de semana largo. Yo conducía el segundo.


Lloviznaba.

En una curva, el que conducía Araceli se salió de la carretera.

—Lo que es el ser humano —expliqué yo—. Yo me salí justo detrás y no nos matamos de milagro.

—Así que no fuiste tú, sino el ser humano —ironizó mi amiga Carmen.

Tenía toda la razón. Cuando hacemos algo bueno, es mérito nuestro. Cuando nos pegamos un castañazo, la responsabilidad es del mundo mundial.

domingo, julio 02, 2017

Araceli

La otra noche me desperté sobresaltado. Soñaba que dormía, solo, en casa de mis padres. Me levanté a beber agua y oí un ruido de cerradura. Descalzo, en silencio, me acerqué a la entrada. La puerta se abrió y apareció Araceli. No olvido su mirada al ser descubierta por mí. Me desperté de un grito.

La habitación aún estaba a oscuras. Acelerado por la visión, traté de conciliar el sueño, con la imagen clavada de Araceli siendo descubierta al entrar de madrugada en una casa que pensaría vacía.

Buceé por los años de juventud y di con el intenso viaje que hicimos con mi Clío por toda Europa. Rafa, ella y yo. Cómo tuvimos que refugiarnos en el camping de La Molina el mismo día en que una avalancha causaba una catástrofe en el de Biescas; la discusión con un policía en las calles de París por un semáforo que yo no reconocía haberme saltado; los planos del viaje volando por los aires camino de Bruselas; su petición comedida de que no dejara el volante, 'me da miedo cómo conduce Rafa'; las tardes largas paseándonos los fríos parques de Copenhague; el sol fuerte por las calles de Berlín y los huevos fritos que nos preparaba una 'froilán' anciana en un bucólico camping a las afueras de Zurich.

Se me venía su risa contagiosa mientras trataba de volver a dormir. Inseparable de mis hermanas, leal y tranquila. Dulce. Tal vez entraba en casa de mi padre a buscarlas y se dio de bruces conmigo.

No olvido la llamada de Raquel a mi despacho de París. 'A Araceli le han detectado un cáncer'. Desde 2000 kilómetros de distancia le envié un ramo de rosas. Las más rojas. No tardó en responderme.

Estaba guapa con su pañuelo en su cabeza, dando tumbos entre la esperanza y el horror. Al final no pudo. No sé hace cuántos años ya... Pero esa noche me la encontré. Sonó la cerradura y la descubrí. Maldigo haberme despertado, no haberle podido ofrecer un abrazo, aunque fuera sólo un abrazo de sueños inventados, aunque lo que me contase fuese lo que yo quisiera oír. Que todo iba bien. 

miércoles, diciembre 03, 2014

Fráncfort

Cuando uno se pasea por Fráncfort una mañana laborable cualquiera de finales de noviembre entiende que los alemanes tenga en su imaginario colectivo la Costa del Sol como señuelo de otra vida posible, aunque sólo sea por saber que ésta existe.

Elisa y yo salimos del hotel hace justo una semana, antes de las ocho de la mañana, para aprovechar las dos horas de las que disponíamos antes de tomar el avión de vuelta tras un viaje de trabajo al norte de Francia.

Mis recuerdos de Fráncfort eran los de un verano mochilero con nuestra añorada Araceli y mi amigo Rafa, hace casi veinte años y con la mochila encima. Sin ser las imágenes que conservo de entonces nada nítidas, sí pude confirmar cómo ha crecido la ciudad, sobre todo en altura, y la importante actividad económica que se mueve por allí, tan distante en todo de nuestra Andalucía a medio gas.

Lo que sorprende más a un andaluz, al menos a mí, es el cielo gris, el frío intenso y la escasez de luz.

El centro se recorre en un rato. Tuvimos la suerte de encontrarnos a horas tan tempranas la catedral abierta, con un amplio coro ensayando en el interior, lo que nos sirvió para entrar en calor. Maravilloso.

'Me gustan las catedrales del norte, tan austeras', comentó Elisa, en contraposición a nuestras iglesias cargadísimas del sur. Le pregunté si era creyente, algo de lo que nunca había tenido ocasión de hablar con ella.

'¡¿Yo creyente?!', exclamó sorprendida. '¡Qué va, Salva!', confirmó mientras, en un gesto instintivo, mojaba sus dedos en el agua bendita y se santiguaba maquinalmente.

sábado, agosto 03, 2013

Gante

Mis noches en Gante han sido, literalmente, de ensueño.  Hacía tiempo que no dormía tan profundamente e integrando sueños siempre dulces.

Seguro que ayuda la belleza de la ciudad, la lejanía del trabajo, la buena compañía y los recuerdos de visitas pasadas.

En el McDonald's donde tuvimos que cenar el primer día, al haber sobrepasado todo posible horario europeo, ya comí con 19 años, con dos amigos de la infancia con los que me lancé a conocer mundo montados en un tren. La vista, comiendo hamburguesas, sigue siendo tan espectacular como entonces: las tres torres: San Nicolás, el Belfort y San Bavón. Época en que no podría ni imaginar que la vida acabara tratándome tan bien.

Años después volví con Araceli, mi añorada Araceli, y Rafa. Con mi clío blanco de ingenierito recién fichado por la Renault.  Al mismo camping, con otros ojos.

Hace diez años tuve la oportunidad de enseñárselo a mi amor, descubriendo en un viaje memorable el políptico del cordero místico de Van Eyck.

Ahora, de nuevo, abandono Gante, con una vida coherente a mis espaldas y la sensación de que en años volveré a esta ciudad de gente con caras sacadas de cuadros medievales, de canales de agua estancada rajando la urbe en pedazos, de trozos de historia medieval con rastros negros del pasado de España.

Cervezas, canales, lienzos flamencos, timidez en el trato, batidos de chocolate y un McDonald's que, quién lo diría, puede alcanzar a ser romántico.