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viernes, diciembre 11, 2020

Turandot

Cuando viví en París conocí a gente interesantísima. 

Entre otros a un canario del que no recuerdo el nombre. Un abogado apuesto que me sacaba unos diez años y aparecía en escena cuando le apetecía. 

Una noche me invitó a la ópera junto a su novio, actor, y una amiga danesa judía de pelos muy rojos. Los tres, maravillosos.

Era en Bastilla y se trataba de Turandot.

Yo iba con el corazón abierto, dispuesto a rendirme al espectáculo.

Por entonces no sabía nada de esa ópera y mi única experiencia había sido ver la Cenicienta de Rossini en la Garnier, una obra cómica que no llegó a cautivarme.

Con esas premisas nos sentamos en una de las primeras filas. Me dejé llevar por una princesa china que cantaba con un hula-hop fluorescente bailando en su cintura, como en el principio de la Guerra de las Galaxias, sin enterarme de nada pero entregado del todo.

¿Turandot es un país? pregunté a la danesa, ingenuo, en el entreacto, mientras degustábamos un vino blanco.

¡Es el nombre de la princesa! exclamó en un inglés agudísimo.

A la vista de mi azoramiento me aclaró que podía leer la traducción en simultáneo justo arriba del escenario.

Vibré inmensamente con las tres preguntas que le hace la princesa a su futuro pretendiente. Casi me ahogo de la emoción cuando cae la noche y Calaf tiene que soportar la presión de la venganza de su amada, que busca por todo Pekín con el ejército movilizado alguien que lo delate.

Nos fuimos a cenar justo después y yo no podía soportar la impresión.

Estoy seguro de que ellos tres, a quienes nunca volví a ver, alguna vez habrán comentado, entre risas, que nunca verán a nadie más turbado ante una representación artística que al sevillanito que esa dulce noche se les unió.

martes, octubre 09, 2018

Esperanza

Aunque me estrené con una ópera cómica de Rossini en el teatro Garnier, no fue sino hasta unos meses después, en la Bastilla, donde caí conmocionado a la belleza de Turandot.

No era posible conexión más hermosa con el alma humana, no cabía una emoción más incontrolable producida por un evento externo a mi vida personal.

Turandot aparece por todos lados en mis relatos, mis blogs, mis novelas, mis reflexiones acerca, sí, del sentido de la vida. Exagerado tal vez, pero un aria en un teatro de ópera es de los pocos momentos en que dudo acerca de la no existencia del alma humana. Si el hombre ha conseguido crear desde la sensibilidad más pura obras que llegan tan dentro, es que hay esperanza de que seamos más que carne con huesos.

Este pasado fin de semana de Rodríguez en Sevilla me sorprendió con la muerte de la Caballé, a quien no tuve la fortuna de escuchar en directo. Sin embargo apagué luces, rebusqué por la red y fui escuchando una a una todas sus arias, en escenarios de medio mundo. Su presencia rotunda, los enormes ojos negros, su risa infantil y ese llevarnos fuera de nosotros en prolongados pianísimos.

Hace nada que la enterraron en la tumba junto a sus padres, a la gran dama de familia humilde que nos maravilló gracias a su profunda sensibilidad. Ya descansa la niña catalana junto a sus padres, ya el final llegó al principio, pero nos deja, para romperlo todo, sus ojos negros mirando al infinito mientras canta a la esperanza con música de Vivaldi.

'La Esperanza'