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sábado, octubre 22, 2022

Arroz a la cubana

Se me solucionan todos los sinsabores con un arroz a la cubana.

Como una zanahoria a un conejo, yo arreglo una dura mañana laboral sólo con pensar en ponerme ese platazo, con salsa casera de tomate preparada con mucho chup-chup.

A fin de cuentas, la felicidad la encuentra uno con facilidad en lo sencillo, cuando confirmas que en la vida no hay más, que nadie levita ni vive en orgasmos infinitos. 

Cuanto antes se aprende, antes se despeja el camino.

Que todo el sentido de la vida puede estar en un arroz a la cubana (con tomate casero).

sábado, septiembre 10, 2022

Bechamel

Me gusta tanto leer como los canelones con bechamel.

No son incompatibles.

Ayer, cuando escribía acerca de mi emoción por la muerte de la reina inglesa, hubo quien me echó en cara no lamentar la muerte de los niños bombardeados en la guerra o de los ancianos muertos por Covid. 

Además de no haber leído mis textos referidos a estos temas, que no tenían por qué, les aclararía que todos tenemos un corazón muy grande para sentir emociones. Incluso muchas al mismo tiempo. Somos así de interesantes los humanos, que tenemos grandes capacidades, muchas veces desaprovechadas, para sentir y empatizar.

Hay una minoría de lectores que, cuando yo critico, humildemente, algo que no me gusta de mis compatriotas, me dicen que me vaya de España; que si digo que algo me gusta de Japón, me piden que me saque el pasaporte japonés; que si comento que Auster es maravilloso, me acusan de no haber leído a Philip Roth; que si flipo con el arte contemporáneo, que me vaya al Museo del Prado; que si me preocupa el racismo contra los negros, estoy contra los gitanos.

Ser sensible a algo no es dar una patada a todo lo demás.

Es cansino enfrentarse a argumentaciones tan simples, cuando lo hermoso de la vida es pasar por mil mundos en un minuto mientras paseamos por la playa.


viernes, marzo 04, 2022

A gusto

―Qué a gusto estoy.

Es todo un mantra cuando lo proclamas, con sinceridad, entre los tuyos.

Y funciona también, vaya que sí, cuando te lo dices a ti mismo sin hablar.

Hay muchas ocasiones, a diario, en las que es muy recomendable cantar al aire pequeños bienestares en los que una brisa, una charla, un aperitivo o unas risas ponen a nuestro cuerpo en estado de un exquisito abandono de todo lo que no sea ese momento.

Sucede, sin embargo, que no nos lo decimos. Y cuando a las vivencias no se les pone nombre, por sencillas que sean, puede que pasen desapercibidas.

Yo intento siempre practicarlo. Decirlo en voz alta a mi gente cercana. Tan fácil como aprovechar un instante de silencio. 

―Qué a gusto estamos.

E inmediatamente los pulmones se llenan, el diafragma se recoloca y una corriente de placer del bueno se hace fuerte entre nosotros.