miércoles, octubre 15, 2025
Narcolanchas
domingo, agosto 10, 2025
Yonqui
El tipo, muy colgado, justo frente a mí, me gritaba, malhumorado, mientras me tomaba un café junto al Spree.
Que el hombre no tuviera cuerpo ni para ponerse en pie, de la cogorza que tenía, y que yo estuviera acompañado por Fran, Mariángeles y Martín, hizo que aguantara el chaparrón sin inmutarme.
Yo apuraba mi magdalena de chocolate antes de empezar nuestra ruta vespertina por Berlín. El hombre volvía a la carga, con los ojos inyectados, en un alemán casi militar. ¿Qué me estaría diciendo?
Cuando las palabras no se entienden, no se nos puede herir.
sábado, abril 29, 2023
Desorden
sábado, octubre 09, 2021
Opinión
jueves, abril 25, 2019
Desorden
-Hermoso título -me dijo-. ¿Me puedes contar la historia?
Su acento, fuerte, era mexicano; su aspecto, de familia bien. Yo venía de recorrerme Europa con cuatro perras hasta casi el círculo polar ártico, él venía a desintoxicarse en una finca para familias pudientes en un pueblecito de Córdoba.
Me enseñó un neceser con ampollas de cristal que debía tomar; por pudor no me atreví a preguntar a qué estaba enganchado. A cambio, le hablaba de mí, de las gaviotas que no nos dejaron dormir en Helsinki, de nuestro deambular perdido por las calles de Berlín, de mis estudios recién empezados de Ingeniería. Sus cinco años de más eran un muro enorme, pero el miedo en sus ojos marcaban su vulnerabilidad.
Yo no podía imaginar por entonces que se pudiesen vivir escenas tan hermosas que se acabasen para siempre; que la vida, que recién me abría las puertas a terrenos inexplorados de carne, soledad y emoción, me tuviera preparado un futuro tan luminoso, tan divertido, tan pasional. Tan duro, a veces.
Ya son casi 25 años escuchando sonar cada día la alarma a las 6h de la mañana, ya no seré mil cosas que por entonces le hubiera dicho al mexicano que habría querido ser.
Recuerdo su abrazo, sus miedos al bajar del vagón, mis nervios anotándole mi dirección en la entradilla de una novela que nunca terminé, porque pensé que un día me escribiría para devolvérmela y contarme cómo le fue.
Hay días, pocos, en que añoro de forma salvaje esos tiempos de desorden.
domingo, agosto 09, 2015
Bótox
Mis primeras imágenes de Londres son olfativas, el olor a césped, a bosque del aeropuerto de Luton; y el frío al bajar la escalerilla del avión. El viento y la piel clara de la azafata deseándome una feliz estancia.
Allí estaba mi prima Bele para recogerme y llevarme a su casa de doble planta y jardín de un barrio de las afueras. Londres era calles anchas, hileras de adosados victorianos y tiendas de paquistaníes con mucho naranja enredado con el gris del sol inexistente. Londres era juventud, la mía, mezcla de razas, copas en el Soho y alguna que otra droga prohibida en los tejados de la casa de mi prima, enredados en mantas y confidencias duras de asumir. Era discusiones de amor pasional y descubrimiento de la sexualidad, era sentirse hormiga torpe entre multitudes que buscaban cosas que yo no quería.
Era perros corriendo por jardines que no necesitaban árboles; era borrachos peleándose en Leicester Square y pelos teñidos de rosa y violeta; era taxis camuflados de conductores negros y ladrillos rojos helados.
No sé cuántas veces he vuelto desde entonces, no las suficientes como para evitar verme madurar junto con los cambios de esta vieja ciudad irreverente. Sigo viendo los mismos naranjas entre la bruma, y el olor a curry, y los parques interminables de hierba mojada con niños jugando al criquet. La veo retorcerse entre grúas que se mueven en círculos vertiendo hormigón, como una vieja coqueta inyectándose bótox para seguir el ritmo de sus invitados sin que éstos sepan todo de sus cicatrices.