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miércoles, octubre 15, 2025

Narcolanchas

El gran payaso-emperador que cree gobernar el mundo ha decidido hacer juicios sumarísimos tomando una Coca-Cola en sus campos de golf de Florida.

Ni siquiera eso: ha dado libertad a los suyos para asesinar sin mayor prueba que su palabra —lo que es igual a menos cero— a presuntos delincuentes en supuestas narcolanchas que no tienen derecho a defenderse.

¿Hacia eso vamos? ¿Quieren naturalizar el crimen de estado? ¿Anestesiarnos ante las barbaridades cometidas por el abuso de poder?

Si se equivocan, serán daños colaterales. Si aciertan, se habrán desecho de personas que tienen derecho, qué menos, a una defensa.

Estamos en los tiempos de los matones y mejor no destacar: te aporrean.

domingo, agosto 10, 2025

Yonqui

El tipo, muy colgado, justo frente a mí, me gritaba, malhumorado, mientras me tomaba un café junto al Spree.

Que el hombre no tuviera cuerpo ni para ponerse en pie, de la cogorza que tenía, y que yo estuviera acompañado por Fran, Mariángeles y Martín, hizo que aguantara el chaparrón sin inmutarme.

Yo apuraba mi magdalena de chocolate antes de empezar nuestra ruta vespertina por Berlín. El hombre volvía a la carga, con los ojos inyectados, en un alemán casi militar. ¿Qué me estaría diciendo?

Cuando las palabras no se entienden, no se nos puede herir.

sábado, abril 29, 2023

Desorden

Bajaba en tren hacia Sevilla, cuando aún no existía el AVE.

Tenía 20 años, había recorrido media Europa con mi amigo Francis, que se quedó en Madrid, y regresaba a casa con los pulmones llenos de la alegría que da conocer el mundo.

Estaba absorto en una novela hermosa de Millás, 'El desorden de tu nombre'.

—¿Qué lees? —Me preguntó un chico mayor que yo, de acento mexicano.

Le pasé el libro y, entusiasmado, le expliqué de qué iba, mientras me escuchaba con los cinco sentidos.

Él, sentado frente a mí, me explicó entonces que viajaba asustado. Su familia, bien situada, lo había enviado desde México a un retiro en una finca de Córdoba, para desengancharse de las drogas. A mí esa historia me marcó en carne viva. 

¡Qué historias se aprendían viajando!

Me enseñó unos botecitos de plástico con un líquido transparente, que tomaba para soportar el síndrome de abstinencia. ¡Estaba tan solo!

Yo quise irme con él. Dejar mi vida de estudiante a un lado e irme con él. A desengancharme también de drogas que no tomaba.

Le regalé mi novela sin terminar, donde le dejé unas palabras, mi dirección y el teléfono de casa de mis padres. Me temblaba la mano al escribir.

—Si necesitas cualquier cosa, llámame.

Nos despedimos con un abrazo desgarrador en la estación de Córdoba.

Yo, un pipiolo de 20 años, metido en mi coraza, sentí la fuerza del enamoramiento por primera vez.

¿Llamaría alguna vez a casa de mis padres?

sábado, octubre 09, 2021

Opinión

Hay mil asuntos sobre los que no tengo opinión.

O sobre los que mi opinión podría cambiar en función de mi estado de ánimo.

Debemos ser valientes para asumir que hay temas que no dominamos y no romper el silencio con teorías sobre aquello que desconocemos.

No sé si es bueno legalizar la droga o la prostitución, como mucho puedo hacerme preguntas honestas acerca de lo que supondría el que se hiciera. No sé si es conveniente que la industria se robotice cada vez más, porque lo que supone de logro, al eliminar tareas repetitivas o fatigosas, implica también disminución en los puestos de trabajo. Desconozco si es buena idea enfrentarse a China por no ser un estado democrático, porque el gigantesco país es tan poderoso que desestabilizarlo podría implicar traer el caos al planeta Tierra.

Quiero saber de mucho, pero sé que no llegaré a asimilar tantos conceptos como para ser una persona capaz de argumentar acerca de lo divino y de lo humano.

Admiro a quien tiene criterios claros, al tiempo que me asusta que sus argumentaciones no tengan bases lo suficientemente sólidas como para mantenerse en pie.

¿En manos de quién estamos?

Nuestro futuro debería estar supervisado por sabios buenos, que tengan los medios y la mesura para saber decidir, pero eso va contra las bases mismas de la democracia.

Dudar de todo es sano, aunque yo dude hasta de la duda en sí.

jueves, abril 25, 2019

Desorden

Éramos sólo dos en un compartimento de los antiguos trenes que hacían la ruta Madrid-Sevilla. Yo tendría 20 años, él 25. Me preguntó qué leía y le enseñé la portada de la novela de Millás, 'El desorden de tu nombre'.

-Hermoso título -me dijo-. ¿Me puedes contar la historia?

Su acento, fuerte, era mexicano; su aspecto, de familia bien. Yo venía de recorrerme Europa con cuatro perras hasta casi el círculo polar ártico, él venía a desintoxicarse en una finca para familias pudientes en un pueblecito de Córdoba.

Me enseñó un neceser con ampollas de cristal que debía tomar; por pudor no me atreví a preguntar a qué estaba enganchado. A cambio, le hablaba de mí, de las gaviotas que no nos dejaron dormir en Helsinki, de nuestro deambular perdido por las calles de Berlín, de mis estudios recién empezados de Ingeniería. Sus cinco años de más eran un muro enorme, pero el miedo en sus ojos marcaban su vulnerabilidad.

Yo no podía imaginar por entonces que se pudiesen vivir escenas tan hermosas que se acabasen para siempre; que la vida, que recién me abría las puertas a terrenos inexplorados de carne, soledad y emoción, me tuviera preparado un futuro tan luminoso, tan divertido, tan pasional. Tan duro, a veces.

Ya son casi 25 años escuchando sonar cada día la alarma a las 6h de la mañana, ya no seré mil cosas que por entonces le hubiera dicho al mexicano que habría querido ser.

Recuerdo su abrazo, sus miedos al bajar del vagón, mis nervios anotándole mi dirección en la entradilla de una novela que nunca terminé, porque pensé que un día me escribiría para devolvérmela y contarme cómo le fue.

Hay días, pocos, en que añoro de forma salvaje esos tiempos de desorden.

domingo, agosto 09, 2015

Bótox

Mis primeras imágenes de Londres son olfativas, el olor a césped, a bosque del aeropuerto de Luton; y el frío al bajar la escalerilla del avión. El viento y la piel clara de la azafata deseándome una feliz estancia.

Allí estaba mi prima Bele para recogerme y llevarme a su casa de doble planta y jardín de un barrio de las afueras. Londres era calles anchas, hileras de adosados victorianos y tiendas de paquistaníes con mucho naranja enredado con el gris del sol inexistente. Londres era juventud, la mía, mezcla de razas, copas en el Soho y alguna que otra droga prohibida en los tejados de la casa de mi prima, enredados en mantas y confidencias duras de asumir. Era discusiones de amor pasional y descubrimiento de la sexualidad, era sentirse hormiga torpe entre multitudes que buscaban cosas que yo no quería.

Era perros corriendo por jardines que no necesitaban árboles; era borrachos peleándose en Leicester Square y pelos teñidos de rosa y violeta; era taxis camuflados de conductores negros y ladrillos rojos helados.

No sé cuántas veces he vuelto desde entonces, no las suficientes como para evitar verme madurar junto con los cambios de esta vieja ciudad irreverente. Sigo viendo los mismos naranjas entre la bruma, y el olor a curry, y los parques interminables de hierba mojada con niños jugando al criquet. La veo retorcerse entre grúas que se mueven en círculos vertiendo hormigón, como una vieja coqueta inyectándose bótox para seguir el ritmo de sus invitados sin que éstos sepan todo de sus cicatrices.