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domingo, marzo 13, 2011

Nada que hacer

No hay mayor placer visual que aterrizar un día sin nubes en cualquier lugar del mundo.

Es tan lento ese acercarse a la tierra y el avión ralentiza tanto su velocidad que se puede disfrutar de un espectáculo bestial, inimaginable para la humanidad durante milenios. Ver tu mundo desde el cielo, las personas como hormigas, los ríos como pasillos de agua calma y las ciudades como juguetes de lego.

Hace pocos meses, con mi natural atracción por la geografía, un avión de Japan Airlines aterrizaba en el aeropuerto tokiota de Narita. El día estaba despejado, llegábamos desde Corea y memoricé la ciudad de Chiba en la aproximación a la pista.

Hoy veo una refinería de esa ciudad en llamas, una central nuclear ardiendo y ese Japón tantas veces visitado relamiendo sus heridas.

Hay películas morbosas acerca de catástrofes. Es impactante ver olas arrasar con todo lo que aparece a su paso a una velocidad de vértigo y observar los coches como si fueran clics de famóbil siendo tragados por el mar.

Ayer, al cerrar el telediario, pusieron las imágenes con música de Bach. El dolor era inmenso.

Personas que no son juguetes muriendo ahogadas sin remisión. ¡Cuántas historias anónimas!

El pueblo japonés es fuerte. De peores ha salido.

Ahora sólo pienso en ellos, en su dolor y en su fuerza para recuperar la vida.

No hace mucho me paseaba por las calles de Tokyo, observando con admiración esa cultura milenaria, comprando libros con los que entender su caligrafía, que cada día miro un rato en casa.

Todo lo construido por el ser humano, incluso por el japonés, es nada cuando la naturaleza se rebela. Estructuras de hormigón se vienen abajo con olas de diez metros.

Ante la brutalidad de esta naturaleza que nos hace vivir, no hay nada que hacer.