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Mostrando entradas con la etiqueta Dolor. Mostrar todas las entradas
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jueves, abril 30, 2026

Resquemor

Fran usa mucho una palabra que no estaba en mi vocabulario.

—¿Te sigue doliendo la muela?

—No, pero tengo un ligero resquemor.

Es raro el día que yo no tenga uno. Hoy es aquí en la ingle izquierda, mañana por donde el hígado. Y si no lo tengo, mi mente lo busca. Ese punto sutil que desafina.

Son las sombras del animal que somos, el recordatorio sordo de nuestra fragilidad.

—Verá, doctor, convivo con un resquemor.

miércoles, abril 15, 2026

Papá

La muerte de mi padre fue una escena bellísima en medio del dolor.

Rodeado de nosotros, sabiendo que ya no sufría, esas últimas horas fueron de una ternura infinita donde no podía caber más amor.

Cuando su hija mayor se tumbó a su lado se agarró a ella en posición fetal, mientras Mónica quedaba entre sus brazos, con el llanto sereno de quien sabía que el fin se precipitaba.

Incluso esperó a Raquel para lanzar el último suspiro.

Un hombre más. Coherente, desastre, currante, leal. Una persona buena más que se iba, como cada día miles que se van.

Pero era nuestra persona buena.


jueves, diciembre 04, 2025

Muerte

Desde hace años hay una anciana que se muere en nuestro patio.

Sus gritos de dolor no paran desde no sé ya muy bien cuándo. A cualquier hora del día o la noche, de pronto surgen los ¡ay! continuos que se me meten en la piel para recordarme lo horrible que puede llegar a ser la vida.

Son tres hermanos los que conviven en ese piso. Él es un impresentable y a las dos mujeres las recuerdo, de siempre, asomadas a su ventana, dando los buenos días a cada vecino que salía por el portal.

Cada mañana suenan los gritos desesperados de una a la otra:

—¡Carmen! ¡Carmen!

Es angustioso tener que irse del mundo así.

jueves, octubre 30, 2025

Merengue

Hay lágrimas que no imaginas que puedan llegar de golpe, pero ayer aparecieron.

Apagué luces para ver el funeral de las víctimas de la DANA y la atmósfera de dolor se apoderó de mi salón, acariciando el clímax de tristeza cuando Naiara cantó el amor por su marido muerto, Slim, un inmigrante a quien conoció en Mallorca, venido de Túnez, y al que llevó a su tierra valenciana cuando se casaron.

Con quien compartía su vida desde hacía 25 años.

Narró cómo esa maldita noche llegó con sus hijos a casa y allí no estaba Slim, cómo atravesó todos los terrores hasta recibir la terrible noticia de que ya nunca más lo vería con vida.

Habló entonces de un pastel que hizo su marido unos días antes. Naiara tomó el merengue que lo coronaba y lo guardó en el congelador. Incapaz de comerlo, incapaz de tirarlo.

Así quedaron tantas vidas: como un merengue en el congelador.


domingo, octubre 26, 2025

Llorar

No solo tenemos el íntimo derecho a llorar nuestros dolores, sino que pocas actividades me parecen más sanas para calmar al frágil individuo que habita en nosotros.

A lo que no tenemos derecho es a llorar todo el tiempo. Y cuando hablo de llorar, me refiero también a la queja y al lamento.

Porque nuestro desconsuelo, cuando se prolonga, lo embadurna todo de tristeza y parálisis; esa hiedra lo agarra todo por las piernas, las nuestras y las de quienes nos quieren.

Yo comparto trabajo con gente a la que no le he escuchado en meses otra cosa que lamentos. Y, aseguro, que esas personas perjudican seriamente, no solo mi productividad, sino mi salud mental.

martes, marzo 25, 2025

Beso

Mi juventud sentimental fueron tres amores no correspondidos en los que desperdicié una década de corazón por dar.

El primero, malagueño, me tuvo en vilo toda la época universitaria. Nos buscábamos, nos mirábamos, nos sonreíamos. A mí se me eternizaban los veranos sin saber de él. No hace mucho lo encontré en el AVE de vuelta de Madrid. Los dos enchaquetados, los dos hechos dos señores. Me enseñó fotos de sus hijas.

El segundo, italiano, estudió Erasmus en Sevilla. Lo conocí en la República Dominicana, en el viaje fin de carrera. Allí me tomaba de la mano, me seguía allí adonde yo iba, me hablaba de sus sueños de futuro. A la vuelta, un día de Feria, le confesé mi amor. Se quedó en el más atroz de los silencios.

El tercero, sevillano, me tuvo enredado durante años recién llegado a Renault. No había día en que no nos cruzásemos. Mucho tiempo después se lo dije. Él se limitó a sonreírme.

Llegué a los treinta años con el sabor a derrota de haber sufrido lo indecible sin, ni tan siquiera, un beso.

domingo, diciembre 15, 2024

Sábato

Decía Sábato que el sufrimiento es mucho más didáctico que la felicidad.

Duele admitirlo, pese a la carga de certeza que encierra la afirmación, por mucho que estas aseveraciones no sean fácilmente demostrables por la ciencia.

¿Qué investigador se atrevería a meterle mano a esta teoría? ¿Cómo medir cuánto nos enseña el dolor?

Lo cierto es que cada uno de nosotros tenemos nuestro bagaje personal, sabemos a los precipicios a los que nos hemos asomado y situamos con rapidez los dos o tres momentos más desgarradores de nuestras vidas.

Fue en esos instantes cuando descubrimos la tremebunda realidad del alma humana.

martes, octubre 22, 2024

Juventud

Me recorre desde los treinta años la sensación de que me hice joven tarde, de que empecé a disfrutarlo cuando otros terminaban de serlo.

Mi espíritu siempre luminoso me hace tomarlo como una ventaja, pese a la desazón, porque ataqué esa época de descubrir el sexo, las juergas, la aventura de sentirme vivo con las armas de un trabajo fijo, un cuerpo ya hecho y un lugar propio donde dormir.

Sin embargo, muy para mí, sé que me robaron esa parte de mi vida, la de los ventitantos, la de compartir el descubrimiento del mundo junto a los amigos, la de enamorarme hasta las cejas y ser correspondido, la de cantar a los cuatro vientos que era feliz, porque nunca lo era.

Atravesé el túnel, sí, mientras la vida corría a mi lado y yo la observaba desde mi ventana, tomé las fuerzas para no caer, como tantos sí lo hicieron, y poder decirme a mí mismo que nadie escribiría mi futuro.

Tardé quince años en quitarme la carga de la culpabilidad por algo que no había cometido.

Descubrir la homosexualidad en los tiempos de mi adolescencia fue perder una juventud que ya nadie me devuelve.

La homofobia es el horror, creedme.

miércoles, octubre 09, 2024

Nariz

Veníamos de dar un largo paseo por un parque, que no conocía, de Sevilla, en una zona muy humilde de la ciudad, cuando nos cruzamos con dos señoras de edad avanzada.

Una de ellas sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó al pasar a nuestro lado.

Me giré hacia Fran y le dije:

—¿Lo has visto?

Él asintió.

—Qué dolor de vida.

Sí, los dos habíamos visto su nariz deforme, morada como una berenjena. 

Tendría cerca de 80 años y toda una existencia sonándose con un pañuelo sin estar resfriada.

domingo, octubre 06, 2024

Papá

Que mi padre fuese un tipo extrovertido fue una bendición en mi vida, diría que en la de los cuatro hermanos.

Porque podía haberse recluido en la esfera de dolor que siguió a su viudez tan temprana, pero no lo hizo. De haberse metido hacia dentro, quizás habría arrastrado a sus hijos detrás.

Él entendió que el mejor homenaje que podía hacer a su rubia era disfrutar los muchos años que le quedaban por vivir.

Lo que mi madre le pidió.

En multitud de ocasiones he recordado, y recuerdo, sus palabras acerca del dilema de afrontar los problemas desde el encierro en uno mismo, esas tardes en las que llamaba a la puerta de mi habitación, a oscuras, cerrada a cal y canto, y me decía:

—Borete, te enfadas con el mundo y el mundo no se entera. No te recrees en tu dolor. 

miércoles, agosto 21, 2024

Pesadillas

Quien no tenga pesadillas sobre su futuro, que levante la mano.

Quien te lo intente hacer creer es poco de fiar.

Todos sudamos frío de vez en cuando al pensar en qué ocurrirá mañana, con nosotros, con la gente a la que amamos, con nuestro mundo.

¡Es bueno anticipar situaciones duras!

Así llegamos mejor armados para cuando llegue el día de tener que bregar, de nuevo, con el peso del dolor.

Mirar siempre a la luz crea ceguera.

sábado, abril 20, 2024

Achicar

Tengo dos grandes amigos que pongo como ejemplo cuando hablo de empatizar.

Llegué a ellos por sus mujeres y se han hecho tan imprescindibles en mi vida como ellas.

Cuando los analizo, arrastran en su mochila la carencia del afecto paterno. Más acusado en uno que en otro, pero los dos han padecido la frustración de no sentirse amados cuando eran pequeños.

No hace falta más que rascar un poco para que eso salga a la luz. Ese dolor. 

De ahí que me sorprenda cómo de bien han gestionado esa actitud áspera del progenitor, hasta convertirse en dos personas de las más nobles que conozco. Buenas en el sentido amplio de la palabra.

Quisieron achicarlos y crecieron dos tallos hermosos, pese a algunas raíces podridas con las que aún tienen que batallar.

Tal vez para siempre.

Cómo duele un padre malo.

viernes, abril 12, 2024

Fea

—La vida es fea —me decía hace unos días un amigo, en el tanatorio, tras dar el último adiós a su madre.

—La vida es fea hoy —le respondí—. La vida es fea hoy para ti, para nosotros, que estamos aquí contigo.

Sí, así se ofrece a menudo, sin piedad, malaje, dañina, cruel. 

Devastadora.

Me quedé pillado con su frase, que deshice, ya de vuelta, con esos días de sol en las playas de Conil, con los festivales que celebramos en su casa de campo, las fiestas de disfraces, el nacimiento de sus niñas, las cervezas en la Alameda, su pasión al hablarnos de su empresa, las discusiones divertidísimas con su mujer.




sábado, marzo 23, 2024

Macarena

Como ese sobre en el que nos escribió antes de morir y no me atrevo a leer, mi madre se aparece este día en el que yo cada vez estoy más lejos de Sevilla, de esas calles frías de madrugada en las que pasean a esa Macarena que le provocaba unas lágrimas enormes al verla pasar.

—Mira, Borete, mira cómo viene cada año a llevarse nuestras penas con su gran manto. Mira cómo se las lleva.

Su Borete ya es un hombre que no cree en vírgenes que nos salven, pero en ese Boretillo que ella dejó aún resuenan sus palabras, ese niño que no entendía las lágrimas de una madre que vivía sus últimos años.

Intenté varios años reencontrarme con esa virgen, en el mismo cruce con la calle Francos donde ella un día me habló de un manto milagroso, pero en el estómago se me hace un agujero de infinito dolor, porque veo a la gente llorar, gentes a las que yo querría explicar que no hay superpoderes en esa Macarena.

Que las penas siguen y las madres se van.

viernes, enero 26, 2024

Maldecir

Tenemos todo el derecho a maldecir nuestra suerte, a gritar con rabia que nadie tenía derecho a meternos en este sinsentido del vivir.

Lo grave es cuando lo hacemos a todas horas y con cualquier argumento.

Sí, la vida nos ofrece escenarios dolorosísimos de los que no se libra ni el más afortunado; sí, nos hace pequeñitos, vulnerables, insignificantes cuando quiere. No tiene compasiones con nadie y es justo protestar, aunque nuestro grito no vaya a otro lado que al más grande de los vacíos.

A cambio, hay días de pleno sol que, quizás, compensan los desengaños y dan sentido a lo que, a veces, pensamos que no lo tiene.

Ese sol puede ser una sonrisa.

jueves, enero 04, 2024

Salir

Las personas a las que mejor les va son aquellas que no se enrocan en el por qué a mí y se lanzan a por el cómo salgo de esta.

No se debe andar de espaldas, así es difícil ver la luz que se abre en el horizonte. 

Todos sufrimos reveses, a uno no le conviene creerse especialmente desgraciado ni que la naturaleza o el destino se haya cebado con él.

Al pasado hay que mirarlo para aprender, no para echarle las culpas.

lunes, diciembre 12, 2022

Embadurnado

A la tristeza hay que mirarla de frente cuando viene a visitarnos; debemos sudar su presencia y entender las razones de su aparición, porque si echamos la vista hacia otro lado, ella nos embadurna con un aceite paralizante del que resulta difícil desprenderse.

No intentar buscar las razones de ese ataque de pesadumbre supone condenarse a que siga apareciendo, hasta acostumbrarnos a vivir con una eterna melancolía.

Me ocurre como tras las pesadillas. Me esfuerzo por recordar el mal sueño, para así entender bien mi angustia subconsciente. Una vez que doy con la escena que lo provocó, me dedico una sonrisa y empiezo el día con el ánimo despierto.

Si me entra una pena enorme al recordar a quien se fue, que me entra, le rindo el homenaje sincero de mis lágrimas y mi dolor, con calma, sin escondérmelo, apagando luces, dejando todo de lado, poniendo el corazón.

Cuando miras para otro lado por no querer sentir a esa tristeza que viene a verte, acabas por no saber para dónde mirar, porque la pena se instala por todos lados, se agarra aquí y allá y te secuestra.

lunes, noviembre 21, 2022

Dolor

Ayer escribí un texto sobre el dolor físico que he borrado esta mañana.

Lo eliminé por el miedo a causar un daño real a alguien que lo pudiese leer, alguien que padezca molestias crónicas que les hagan la vida imposible y no captase mi sentido del humor.

A fin de cuentas, en ese relato me disculpaba al principio y al final por si alguien se sentía ofendido, y cuando necesitas disculparte tanto de antemano por hacer algo, mejor no lo hagas; aunque no quería más que hablar de mi experiencia con la enfermedad, de cómo consigo privilegiar la mente frente al cuerpo, hacer ver cuánto podemos hacer para superar una crisis y proponía varios juegos. Juegos que me funcionan. Quería poner una sonrisa al dolor.

Sin embargo, lo borré. Por respeto, por miedo al rechazo, por inseguridad, por empatía con quien sufre.

No sé cuántos de mis textos están en la carpeta de lo irrecuperable, ni cuántas veces he pecado de demasiado precavido.

Yo quería proponer un juego, pero no sería correcto si tan sólo una persona se sientiese ofendida por hablar con una sonrisa del estigma de la enfermedad.

domingo, noviembre 20, 2022

Molestias

De las molestias sólo nos acordamos cuando éstas llegan.

Padecemos dolores crónicos que, en su mayoría, tardan semanas en desaparecer, aunque tengamos siempre la sensación de que el malestar que hoy sentimos se hará eterno en nuestras vidas.

A mí me gusta jugarle la partida a ese pinchazo en la espalda, en la rodilla o en la cabeza que creemos que nos acabará matando.

Las reglas son facilonas. Si el dolor viene de imprevisto, un punto para él. Si, en cambio, soy yo el que me acuerdo espontáneamente de él, por inexistente, un punto para mí. Que me coge comiendo y me pega un latigazo, ya vamos dos a uno; que me estoy duchando y veo que no me duele nada, ya estamos dos a dos.

Así que llego a la cama, me siento en el borde y me digo, estoy en plena forma. Así que gané por tres a dos.

Aunque haya días en los que pierdas, el hecho de marcarle algún que otro golpe al dolor te sirve para confirmar que todo pasará. Que somos más listos. Que vamos a poder.

La mente juega un papel tan importante que es capaz, más veces de la cuenta, de derrotar a las quejas del cuerpo.

(Mi empatía más sincera con aquéllos a los que el dolor siempre les gana la partida)

miércoles, noviembre 09, 2022

María Emilia

María Emilia se fue ayer de Sevilla.

Tras pasar sus días propios de duelo, compartir con nosotros unas tapas y muchas risas, María Emilia se volvió a Estocolmo.

Exiliada en Suecia de la desaparecida y terrible dictadura uruguaya, tras un período de cárcel en su país, consiguió formar una familia en tierras escandinavas, donde ha pasado más de media vida.

A su hija pequeña le dio en su juventud por estudiar danza, empezó por bailes tribales hasta que se topó con el flamenco. Se vino a vivir a Sevilla para formarse y arrastró, en su periplo, a su hermano. Los dos únicos hijos de María Emilia.

Sofía, la niña, volvió a Suecia y ahora es una afamada bailarina de flamenco y danza contemporánea. Felipe, el mayor, se quedó en Sevilla. Apasionado de la música, participaba en programas de radio y montó un pequeño estudio en su apartamento. Se hizo querer.

Lo doloroso es que Felipe nació con un problema cardíaco. Ya en Sevilla, la cosa se fue complicando. Su madre lo acompañaba a los hospitales, cuidaba de él. Hace unos años, con treinta y tantos, el corazón de Felipe no pudo más.

María Emilia pasó una temporada dolorosa, sola, en el apartamento vacío de su hijo. Fue por esa época en que la conocí. Vital, ilustrada, divertida, trabajadora, ella nos abdujo, a mí y a muchos, con su tremenda sensibilidad.

Ahora, a sus 71 años, vive entre Montevideo y Estocolmo. De vez en cuando, aparece por sorpresa en Sevilla. Se la pasea recordando los lugares en los que su hijo Felipe fue feliz.

Qué potencia de mujer, cuánta bondad, qué fortaleza. Si el mundo estuviera lleno de personas como María Emilia otro gallo nos cantaría.

Ayer se nos volvió a ir.

Luego me preguntan de dónde saco personajes tan interesantes para mis novelas.

Me los regala la vida.