Nunca fui guapo, pero gustaba.
Era un adolescente curioso que lo leía todo, se apuntaba a un bombardeo y decía siempre que sí.
Pronto descubrí que eso era atractivo, que las chicas se me acercaban en los bares y que acabábamos besándonos cuando el alcohol me daba fuerzas para disimular.
Quería que me quisieran. Quería querer.
Ese jovencito fue ralentizando las salidas cuando sabía que aparecerían Lena, o Socorro, o Maribel. Para evitar que me pidieran un beso, hablaba menos, escuchaba más. Empezó a darme pánico que se fijaran en mí. Terror.
Aprendí a borrarme.
No había llegado a los veinte años y ya me recluía los fines de semana en la casa familiar.
—¿Hoy tampoco sales, Borete? —me preguntaba mi padre, sin imaginar los destrozos que me arrasaban por dentro.
—Tengo que estudiar, papá.
Ávido de un beso no clandestino de alguien como yo, un día inesperado, diez años después, con toda la amargura de una juventud dedicada a construir al ingeniero perfecto, encontré la fuerza para dar una patada enfurecida al armario.
Lo destrocé. Sí.
Pero uno no sale indemne, porque a esas alturas ya me había destruido demasiadas veces para evitar mostrarme.
Media vida después aún tengo terrores nocturnos acerca de ese niño que se obligó a no gustar.