Hay lugares que ocupan un espacio inamovible de tu memoria y que solo necesitan un clic, normalmente el olor, para mostrarse.
Yo no sé qué combinación de aromas, seguro que mucho de
hierba, algo de humedad, quizás bosque, probablemente polen de primavera, hacen
que, de golpe, estando en cualquier paisaje perdido, me encuentre en
Mequinenza. Un pueblecito zaragozano donde de jovencillo participaba en los
campeonatos de España de remo.
No me ocurre a menudo, ni siquiera cada año, es un ataque
desprevenido, quizás no solo el olor.
Es el clic y me veo en Mequinenza, con esas patillas
escuálidas y un zumo de pera en la mano.