Soy muy cagueta con el agua.
Que estuviese a punto de ahogarme hace 30 años tiene mucho que ver.
Ya desde el barco en el que hicimos el tour por el Lago de Garda nos alentaron a visitar esa playa de rocas pulidas con el tiempo. Así que allí llegamos al día siguiente, con el bañador y ganas de experimentar.
Pero vimos la capa de verdina sobre las rocas, las gentes preparadas con zapatos para el agua y las dificultades para llegar a la orilla. Solo se veía a chavales, que son de goma.
Fran lo tuvo claro:
-Ni loco me meto ahí, para que se nos destroce el viaje buscando un hospital.
Yo, ufano, me quité la camiseta y los zapatos, y con más miedo que siete viejas me metí poco a poco. Resbalón a resbalón. Hasta que me dejé ir en una roca para acabar en el agua.
Lo difícil fue volver. Me apoyase donde me apoyase, la roca me devolvía adentro.
A base de tranquilizarme y estudiar los pliegues de las piedras, lo conseguí.
Para cualquier otro serían unas risas, para mí una necesidad: saber que lo pude hacer.