Mi hermana Mónica solo repetía este sábado:
—No quiero imaginar que a papá lo hubieran tenido que desalojar así, con una camilla y casi sin ropa, a los ochenta y tantos años.
Sí, la forma más empática de entender lo que ha ocurrido con Maricarmen es ponernos en su piel.
Afortunadamente mi padre no tuvo problemas porque consiguió comprar su piso de renta antigua, tenía una buena pensión y a cuatro hijos pendientes de él. Pero nadie está a salvo.
Hay quien se cree con el derecho de dictar sentencias. De olvidar la compasión y la fragilidad.
Si la ley es así, la ley se cambia.
No podemos seguir siendo carroña de aquellos a quienes las personas les molestan en sus ansias de hacer más dinero.