Eran 28 apretados en una sala de la ONG donde trabajan con gente sin hogar.
Carmen nos explicaba que hacen terapias de biodanza cada tarde para ayudarles a sacar todos los demonios que llevan dentro. No está permitido hablar en ese rato, tiene que ser el cuerpo el que les ayude a expresarse.
─El otro día apareció un chaval mauritano, guapísimo, con una brecha en la cabeza llena de grapas.
Propusieron tras la danza una pregunta: ¿en qué lugar os sentís más seguros?
Todos encontraron un sitio en su memoria, menos el chico recién llegado.
─No me he sentido seguro nunca en ninguna parte.
Terminaron el día con una tradición, hacerle un pasillo al recién llegado para abrazarlo. Se agarró a Carmen con la emoción de un niño.
─Al día siguiente vino a verme ─me contaba ella─. Lo pasé a mi despacho y se derrumbó.
─Venía a darte las gracias por tu abrazo de ayer.