En esas mañanas vaporosas de domingo en las que me sumerjo en artículos periodísticos a los que me resulta difícil entregarme el resto de la semana, aterricé en la isla de Ascensión.
Un islote británico en mitad de la nada, casi tan lejos de África como de América.
Hace doscientos años era un gran pedrusco desértico a vista de pájaro. Hoy un vergel.
Y de eso trataba la historia, de que la mano del hombre también puede hacer mucho bien, de que podemos revertir lo árido en fértil. De que hay esperanza.
Yo me veía allí. En Ascensión. Escribiendo historias que ocurrirían muy lejos de allí.
Ya tiene su estantería en la biblioteca de mis sueños.