Incluso me invitó al Guggenheim.
—Aquí no pagas tú —me soltó Jone.
Recorrí con ella y con Luisma las salas del museo en una tarde primaveral en que la luz lo invadía todo, mientras nos poníamos al día de tanto tiempo sin vernos.
Acabamos la tarde escuchando a un grupo de jazz tomando un refresco.
—¡Cómo ha cambiado Bilbao! —me decía.
Una delicia de ciudad y una delicia de pareja.
Son las recompensas de escribir un post cada tarde, que me reciben ángeles allá donde voy.