El miedo es que es gente amable.
Se me había estropeado el móvil y busqué un taller en Bolonia para arreglarlo. El taxista que me llevó a las afueras de la ciudad tuvo un trato impecable conmigo. Llamó al negocio para explicarles que transportaba a un turista español que se había quedado sin teléfono y tomó todos los atajos para llegar antes de que el taller cerrara.
Con toda esa simpatía, a pocos minutos de terminar el trayecto, empezó a despotricar de los negros, de los africanos, con un lenguaje tan áspero, hablando de ellos como animales salvajes, que no supe sino quedarme bloqueado y suspirar por bajarme de ese coche cuanto antes.
Están entre nosotros y pueden parecer encantadores.