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miércoles, junio 22, 2016

Ámsterdam

Este verano vuelvo a una de mis ciudades fetiche: Ámsterdam.

Siempre me prometo conocerla en invierno, pero siempre acabo volviendo en verano, cuando una marabunta de gente escandalosa la pasea como un parque de atracciones.

Es igual. También me gusta Venecia a pesar de las multitudes cruzando el puente de Rialto o Estambul y las aglomeraciones del Gran Bazar.

Iremos con mi hermana Raquel e Iván; ya tenemos los billetes de avión, los hoteles y los pasajes de tren que nos permitirán comenzar la ruta en la coqueta Lille, para atravesar territorio belga en múltiples paradas por Bruselas, Gante, Brujas y Amberes.

No sé quién está más ilusionado, si los que van por vez primera o quienes repetimos por enésima vez este viaje por ciudades empedradas llenas de canales donde las cervezas casi se mastican.

Sueño con el rato que pasaremos viendo el políptico del Cordero Místico de Van Eyck en la catedral de San Bavón gantesa, o con las carreras que se pegará Iván en el parque Leopoldo de Bruselas mientras buscamos la pagoda, o la cena que nos tenemos prometida en el Kleine Zavel de Amberes desde que lo descubrimos hace años. O volver a hipnotizarme con la diminuta lechera de Vermeer en el Rijksmuseum.

Viajar también es anticipar los días que se disfrutarán.

La otra noche, esperando en la barra de un bar a unos amigos, no pude sustraerme a la conversación de dos mujeres. Hablaban de organizar un viaje e iban descartando ciudades sin contemplaciones:

-Ahí ya he estado.

Haber estado es un argumento muy endeble para desechar una nueva aproximación, seguro que sorprendente, a las ciudades que un día te enamoraron.

martes, mayo 17, 2011

Lille

A determinados sitios no llega uno si no es con algún argumento específico.

Mi relación con Lille no sería tal si no trabajase en Renault, donde no trabajaría si no hubiese decidido estudiar Ingeniería ni leyese el País, y seguramente no habría elegido Ingeniería si no lo hubiesen hecho mis amigos de bachillerato.

Lille es fría y elegante. La gente del norte de Francia es simpática a pesar de los elementos.

No conozco días soleados en esta ciudad en la que ayer disfruté de una cena a solas con vino de Burdeos.

Nunca estuve acompañado en Lille.

Es un punto la soledad. Ver desde un cristal de un restaurante la gente pasar. Sentirte invisible. No tener que hablar más que contigo mismo.

A la gente le asusta la soledad.

La soledad es bonita en Lille porque la gente te sonríe cuando te ven beber vino y escribir, a solas, en una servilleta.

La gente de Lille no es parisina.

El teatro de la ópera es espectacular, todo en piedra, pero más lo es el antiguo palacio de la Bolsa.

Lille es como La Coruña. La visitas en medio día pero, al igual que La Coruña, es una ciudad agradable para vivir, manejable, triste y lluviosa.

Por Lille luchó el Rey Sol durante años.

La gente en Lille es mayoritariamente rubia.

Lille ha sido invadida varias veces, por pueblos distintos, y ese fulanismo la hace coqueta.

No me gustan las ciudades que presumen de ser vírgenes.

Me gusta estar en sitios donde no soy nadie.

Si es que soy alguien en algún sitio.

Lille se pronuncia 'Lil'.