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domingo, marzo 08, 2026

Iraníes

A los defensores de las brutalidades cometidas en Gaza e Irán se les llena la boca defendiendo las causas feministas y LGTB de esos países como argumento principal para defender que se los masacre.

Deberían empezar por defenderlo en su propio país.

¿Quién es tan inocente para creer que Trump está devastando Irán para liberar a sus mujeres? 

¿Quién, en su sano juicio, duda de que no lo haría de no ser por las cantidades ingentes de petróleo que atesora en su suelo?

Yo estuve trabajando en Teherán y vi esa realidad infame del trato a la mujer. Un país gobernado por una teocracia intolerante que no respeta los derechos de su pueblo. Y no es buscando la destrucción total, como se jacta el payaso americano, como se busca el bien de un país.

De esas bombas saldrá más odio aún. Más destrucción.

Hay medidas mucho más eficaces para hacer cambiar el destino de un pueblo sometido: condicionar la compra de bienes materiales a que se respeten derechos básicos sería un buen principio. El persa es un pueblo viejo, que entendería bien que para vender caviar o petróleo tendría que reorganizar su mundo.

Medidas que tienen que ver con las leyes y la palabra. Pero debemos querer utilizarlas.

Y ni siquiera la vieja Europa ha querido hacerlo. Puede más la codicia. Por eso, casi todos, miran para otro lado.

domingo, diciembre 14, 2025

Frankfurt

A Sardasthi la conocí en Teherán en una visita de trabajo.

Ingeniera brillante, madre de familia, deliciosa conversadora, me hizo las cosas muy fáciles en un viaje estresante, por el tema a tratar, en un país desconocido que sufría uno de sus mayores temporales de nieve.

El ingenierito sevillano estará siempre agradecido de haberla tenido a ella en esas circunstancias.

En una de las últimas comidas de trabajo, ella nos situó en una mesa apartada del resto.

Salva, no puedo más.

Hablaba de un país teocrático en que la mujer era menos que nada y donde todo lo dominaba la religión.

De eso hace diez años. Esta semana recibo un WhatsApp de ella para decirme que está trabajando con su familia en Frankfurt.

lunes, junio 23, 2025

Teherán

Yo he estado trabajando una semana en Teherán.

Es poco tiempo, pero suficiente para pasearme por sus calles, tener reuniones de trabajo, comer en sus restaurantes, hablar con defensores del régimen de los ayatolás y con algunos radicalmente contrarios al gobierno islámico.

Tiempo para arrodillarme en una mezquita chií y verlos rezar.

No es una urbe hermosa, pero tiene lugares preciosos. Era invierno y la nieve encumbraba unas montañas que se metían en la ciudad. Así, nevado, visité el suntuoso palacio de Golestán y sus salones de cristal.

Hoy están recibiendo bombas. Las lanzan contra un gobierno criminal, pero las reciben ellos: el que me regaló pistachos, aquel que me tomó de la mano para cruzar una avenida sin semáforos, quien se ofreció para acompañarme por el gran bazar, esa mujer que me habló, con temor, del futuro de sus niños.

domingo, abril 27, 2025

Alcohol

Tras un viaje caótico, retenidos un día entero en el aeropuerto de Catar, llegué en medio de un temporal de nieve a Teherán, a las tres de la mañana.

Sin haber comido nada, pedí que me llevaran un sándwich y un par de cervezas a la habitación del hotel. Cervezas que me sentaron de maravilla, y tras lo que pude dormir a pierna suelta unas horas, con ese puntito del alcohol que se hace mucho más potente cuando estás agotado.

Al día siguiente, tras terminar de trabajar, pedí otra al llegar al hotel.

—No sabía que sirvieran cerveza en Irán.

El camarero me respondió que era sin alcohol.

—Pero ayer me tomé una que sí lo tenía —le comenté.

—Imposible, caballero. Está prohibido por ley.

Total, fue un colocón psicológico.

Ahora he descubierto en Portugal un vino riquísimo 0,0. Me preparo unos tintos de verano buenísimos sin pecar. Todo es ponerse. El puntillo me lo fabrico yo, a lo iraní.

lunes, diciembre 26, 2022

Normal

Cuánto daño ha hecho el adjetivo normal.

Asociado al concepto de 'lo más frecuente', ha conseguido estigmatizar muchas realidades paralelas, tan normales, por humanas, como cualquier otra.

Históricamente, se ha educado al zurdo para ser diestro, al homosexual para esconderse, al gordo para que muera a base de dietas, al noctámbulo para cambiar los hábitos, al solitario para que socialice, al inmigrante para que no se le note mucho...

Si juntamos a todos los que padecemos alguna "anormalidad", nos percatamos de que cualquier comportamiento o realidad humana que no haga daño al otro es normal de por sí.

Es más, una sociedad será más sana cuanto más realidades refleje, donde quepan todos, donde nadie pueda ser marginado por cómo vista, cómo coma, en qué crea, en qué lengua se exprese o con quién se acueste.

Cada vez que señalemos a alguien, lo estamos sacando del equipo con nuestro dedo acusador.

No hace mucho, en nuestra España había dirigentes que decían gobernar para la gente normal. ¡Qué dolor!

Aún hay políticos que lo pretenden. Les asusta la diversidad. Les asusta su propio país y la gente que lo compone. Sueñan con una nación de heterosexuales cristianos blancos castellanoparlantes, que es mucho más pequeña que el país que realmente somos.

Hay lugares del mundo donde lo normal se legisla por decreto y se convierten en una fábrica de crear personas infelices.

jueves, noviembre 17, 2022

Catar

Llegué a Catar por pura coincidencia.

Mi vuelo de trabajo a Teherán tuvo que desviarse por el temporal de nieve que padecía la capital iraní, así que nos desviaron al emirato a la espera de una mejora en mi destino.

Los imprevistos son un regalo para la gente curiosa, así que me propuse disfrutar de la experiencia las 24 horas que pasé en suelo catarí.

Ya desde el avión se podía comprobar la inmensa obra de ingeniería que suponían las inmensas urbanizaciones que ganaban terreno al mar con formas de palmeras, pero ya una vez en tierra veías una ciudad con una vida un tanto artificial, tal vez porque el clima no invita a paseársela.

Al no tener visado, no podíamos pasearnos con libertad por la capital, pero sí pude ver desde el autobús lo que significa un país en construcción, con dinero a espuertas, en mitad de una nada llena de arena.

Lo que más recuerdo es el amanecer desde la ventana de mi hotel. 

Hordas de trabajadores filipinos y malayos camino de las obras de uno de los grandes estadios de fútbol, donde hoy empieza el Mundial. Sin derecho a la ciudadanía, ni protección laboral, vivían hacinados en barracones insalubres ocultos de la ostentación de un país inventado para ser de colores. Han muerto por miles para construir esos escenarios fulgurantes que nos tendrán pegados al televisor, bajo la mirada esquiva de un Occidente que se limitará a gritar a su equipo de fútbol.

El hombre.

sábado, septiembre 24, 2022

Irán

—Estoy cansada, Salvador.

Me había pedido que nos colocásemos en la mesa del fondo, pegada a la pared, con dos compañeros franceses a nuestro lado que hicieran de barrera para poder hablar con libertad.

Yo había llegado a Teherán un par de días antes. La ciudad estaba nevada, por lo que el vuelo se retrasó. Ella, desde la distancia, fue organizando todo para facilitar las gestiones aduaneras, el transporte al hotel, la visita a las fábricas.

Ingeniera muy cualificada, era ella quien dirigía a un equipo de técnicos, que la respetaban.

—Con mi sueldo mantengo a mi familia —me explicó—. Me da miedo que en cualquier momento la cosa se complique y me frenen mi carrera profesional por ser mujer.

A mí me había impresionado el país ya desde el momento en el que pisé el aeropuerto. Con esas mujeres de negro riguroso a las que se les veía sólo los ojos, sentadas en la cinta de recogida de equipajes. 

En mi semana de trabajo allí, no vi a una sola de ellas sin velo.

—Es la ley islámica, Salvador. Es un delito no llevarlo.

Le pregunté si no querría trabajar fuera de Irán y abrió los ojos grandes para decirme que sí.

—En este país todo está dominado por la religión y las mujeres no somos nadie.

No olvidaré esa mesa, la conversación y aquellos ojos grandes, tristes, enrabietados, con ganas de vivir.

jueves, noviembre 04, 2021

Mezquita

Tuve la suerte de poder visitar una mezquita en Teherán acompañado de un anfitrión iraní.

De hecho, él quiso que yo me integrara como uno más en el rezo. 

Ese día nevaba, él me pidió que le imitase, así que me quité los zapatos y los calcetines en el patio ¡a cielo descubierto! Me limpié los pies con agua helada de la fuente. Y las manos. Y la cara. Hice lo que hizo él.

Nosotros seguimos el rito chiíta, por lo que no apoyamos la cabeza en la alfombra.

Me entregó una especie de pastilla de jabón, de madera, que colocaban en el suelo, de forma que al inclinarse hacia delante ese artilugio impidiese que la frente tocase con la moqueta.

Una vez dentro, me coloqué a su lado, entre tantos otros, y lo observé rezar. Fueron minutos mágicos.

Yo, agnóstico convencido, cerré los ojos y vi las lágrimas de mi madre viendo pasar la Macarena, sentí el olor a incienso de la iglesia católica, los fieles santiguándose, los cantos del cura.

El poder de lo inmaterial. 

Estaba a miles de kilómetros de mi ciudad, arrodillado en una mezquita y me sentía en plena armonía con la indescifrable creencia del ser humano en alguien que cuida de nosotros.

domingo, agosto 22, 2021

No tocar

No les des la mano ni las mires a los ojos me aconsejó Hammid―. No las debes tocar.

Cuando tuve que ir por trabajo a Irán, poco antes de la pandemia, lo hice con los ojos muy abiertos. Quería saber de primera mano cómo era aquella sociedad y tenía una semana para descubrirlo.

Tuve dos grandes cómplices en esa corta aventura: el guía que encontré por Instagram y la ingeniera con la que tenía que tratar las cuestiones técnicas que estaban en el origen de mi misión.

Hammid, el guía, resultó ser un fiel defensor de la ley islámica. Con un trato excelente hacia mí, me enseñó Teherán con su mirada. Hablaba con devoción de los ayatolah, criticaba la agresividad de Estados Unidos, me llevaba a mezquitas para mostrarme el rito chií y defendía el modo de vida obligatorio.

Es nuestra ley, Salvador.

Nada más aterrizar, ya comprendí que el uso del velo por parte de la mujer no era opcional. En una semana no vi una sola que no lo llevara.

Yo no puedo más me decía la ingeniera a la hora de comer. Quieren disfrazar de democracia una dictadura religiosa. No hay partidos políticos agnósticos, Salvador. Aquí todo lo domina la religión.

Lo hablábamos con mucho cuidado, en inglés y en voz baja, porque sus compañeros comían en la misma mesa. Hacíamos por poner dos franceses de barrera para poder charlar con cierta tranquilidad.

Poco después, Donald Trump volvió a aplicar el embargo, mi empresa se tuvo que ir de allí y ella se quedó sin empleo. Una tarde recibí un mensaje suyo.

Salvador, necesito que me ayudes a salir de aquí. Al menos a alguien de mi equipo.

A pesar de que lo intenté, no conseguí nada, pero sí sé que ella consiguió escapar a Rusia con la familia. Me envió una foto desde allí, sonriente y con el pelo al viento.

En estos días me desayuno con el drama de Afganistán y pienso en ella. En tantas mujeres con el futuro roto. En cómo sus propios hijos, sus padres, sus hermanos se convierten, sin pudor, en sus propios carceleros. 

Demencial.

martes, agosto 07, 2018

Sollozo

Estaba terminando mi reunión de departamento, tenía a los míos rodeándome para aclarar varios temas puntuales y vi parpadear el icono del Skype con el nombre de Sardasthi.

Como desde que regresé de Irán las cuestiones técnicas con ella las trataba alguien de mi equipo, supe en ese momento que ese pestañeo del Skype era un grito de socorro.

Con su inglés exquisito me preguntó si podía hablar de un tema personal conmigo, le pedí cinco minutos para estar a solas con ella.

-La situación es terrible en Teherán, Salvador.

Las amenazas de Trump se concretan en embargos y la gente se desespera una vez más. En febrero encontré un país motivado por resurgir, una juventud que abarrotaba las calles y un pueblo amable. Estaban los que hablaban con sumo respeto del líder supremo y quienes, protegidos por el inglés y una mesa apartada de restaurante, confesaban estar hasta el gorro del régimen religioso.

Hoy mi empresa está a punto de salir de allí por las coacciones de Trump.

-No te pido ayuda por mí, Salvador, sino por la gente de mi equipo. Haz lo posible por sacar a alguien de aquí. Perdemos el empleo, nuestro futuro, el de nuestros hijos.

Hoy escuchaba en la radio que la Unión Europea quiere hacer frente a las decisiones del Estados Unidos más retrógrado, que se recrea en el machaque de todas las oportunidades de concordia.

Él dirá una barbaridad, el ayatollah de turno otra más grande, a Europa le temblará el pulso y, entre tanto espectáculo canalla, Sardasthi volverá a su casa, con toda su capacidad resolutiva y liderazgo debajo del brazo, a la espera de una nueva luz.

jueves, febrero 01, 2018

Chií

Al entrar en la mezquita principal del Gran Bazar de Teherán, Hamid quiso explicarme el sentido de una vieja fuente que aparecía tras cruzar la puerta.

-Kerbala es una ciudad iraquí que es santa para los chiíes. Allí murió nuestro tercer mártir, torturado por el enemigo. 
Al mártir lo mataron de deshidratación y los chiíes colocan una fuente en cada mezquita, a la que nunca puede faltarle el agua. Entendí, ya en ese momento, que el enemigo era el suní. Más que el cristiano o el judío, el enemigo siempre es el más cercano.
Ya dentro del templo, nos quitamos los zapatos y él tomó una especie de pastilla de jabón dura, marrón. Dudé si coger una… Ya fuera le pregunté el sentido de esa pieza, tras ver que chocaban su frente contra ella al inclinarse sobre la moqueta.
-Los chiíes, Salvador, no podemos tocar la moqueta sagrada con la cabeza. 
Por si no me quedó claro, prosiguió:
-Los suníes sí la tocan-
Una vez en el museo islámico, mostró interés en llevarme a la sala de los manuscritos, preciosos libros amanuenses de colores, hasta dar con el libro buscado.
-Es del siglo XII –comenzó, se trataba de un mapa-. ¿Conoces el conflicto acerca del nombre del Golfo?
Lo preguntó con tal rotundidad que me avergonzó reconocer que no.
-Sí, ellos dicen que es el Golfo Arábigo –los suníes-, pero aquí está bien claramente escrito –en persa- que ése es el Golfo Pérsico –asentí, entregado a la causa chií.
Fue entonces cuando nos acercamos a la vitrina con el original de uno de los más famosos cuentos persas, el del príncipe Rostám.
-¿Quieres que te lo cuente?
Moría por escucharlo.
‘Rostám era un príncipe famoso por su fuerza y valor, ya mató un elefante de pequeño. De joven, aventurero, cruzó a caballo la frontera con territorio turco y se enamoró de la princesa enemiga, con quien tuvo un hijo, Sohrab. Con el tiempo volvió a territorio iraní, abandonando a su familia. Y llegó la Guerra con el vecino del norte. Las fuerzas estaban tan igualadas que acabó interviniendo él, montado a caballo y con armadura. Frente a Rostám, sin poder imaginarlo, estaba su  hijo. Sohrab lo hirió primero, sin saber que era el padre, que se repuso. Entonces cargó contra el turco, sospechando ya que pudiera ser su hijo. Lo malhirió. Pidió, angustiado, que le quitaran la coraza. Se derrumbó al ver la cara de su hijo repudiado. Gritó ayuda a los suyos, medicinas… Pero murió en sus brazos antes de que pudieran llegar’.
Me dice Hamid que hay un proverbio iraní para lamentar las oportunidades perdidas. ‘Son las medicinas de Sohrab’.
Sohrab era turco, pero pudo ser suní.

martes, enero 30, 2018

Hamid

El chaparrón de emociones contradictorias que me está suponiendo este viaje a Teherán explota dentro de mí con un ramalazo de ideas a desplegar e informaciones a investigar. 
Hamid ha sido la trinchera desde donde poder asomar la cabeza a una ciudad que, de no tenerlo a él como catalizador, se me habría escapado por todos lados de tan extraña. Él, sin embargo, me ha permitido acompañarle en sus abluciones y me ha reservado un hueco en la moqueta de su mezquita, regalándome un rato enorme de sosiego sintiendo los espíritus brotar en genuflexiones aprendidas de pequeños. Es él quien me ha llevado al Gran Bazar para presentarme al más viejo preparador de tés, sonriente en su cuchitril de fuegos y cacerolas. He comprobado cómo sus vecinos se meten en todas las conversaciones, aparentando un pequeño pueblo de ocho millones de habitantes. 
Tomamos unos kebabs de corderos tan grandes en su rincón preferido del bazar que no pude terminarme el plato. Lo observé hablando con el camarero y entendí que me disculpaba por haber dejado comida, pero me confesó que estaba rogándoles que se la entregara a los pobres de esa plaza. Ha sido él quien me explicó por qué la ley obliga a las mujeres a llevar pañuelo y ha asumido con naturalidad mi disimulado mosqueo. Me ha sorprendido el fervor con el que habla del líder supremo, Alí Jamenei, sin admitir poner en discusión su carácter democrático. ‘Lo votan los religiosos, Salvador’. Me habló del Sha con respeto, de sus tres mujeres, de la dinastía Palevi y sus errores. Visitamos tumbas de mármol de antiguos reyes, palacios llenos de paredes de cristales y jardines nevados. Y cuando, ante un gran cartel de Jomenei le pregunté, con cierta maldad, si estaba muerto, él me contestó ‘he passed away’.
Me abrió la puerta de una antigua residencia. 
-¿Ves la oscuridad? –asentí-. A esto se le llama ‘ichta’. Es la entrada octogonal a las casas, sin ventanas…
Me explicó por qué hay dos llamadores. Los hizo sonar. El más agudo indicaba que era una mujer quien visitaba la casa, el otro un hombre. Pero si el hombre engañaba utilizando aquél de la mujer, y si al otro lado abría la dueña de la casa, la oscuridad protegía a quien recibía, hecha a lo negro. Si encontraba un hombre tenía tiempo de cubrirse o de cerrar. ‘Así es la naturaleza humana, Salvador, desconfiada’.
Le pedí visitar la torre Azadi, y me llevó a la carrera entre un tráfico infernal. Me daba la mano con naturalidad y me hacía cruzar parando coches. Un policía nos paró.
-Por aquí no se puede atravesar.
Y se sonrieron los dos.

jueves, enero 25, 2018

Teherán

Envié este lunes la foto para obtener el visado por la vía rápida sin advertir de la letra pequeña del comunicado de la embajada iraní: 'No debe aparecer sonriente'. Así que le pedí a la compañera de Comunicación de la fábrica que me hiciera una foto contrarreloj y cara de mosqueo.

Hace unos días leí que deberíamos conocer un nuevo lugar en el mundo cada año y poco después me tuve que organizar este viaje laboral de urgencia a Teherán. No es un sitio que hubiese elegido por placer, porque soy cagueta y existen muchos a prioris, alimentados por decenios de confrontación, guerras y embargos desde el derrocamiento del Sha de Persia, que han corrido paralelos con mi vida personal desde la infancia. Ahora, sin embargo, a pocos días de salir, me horrorizaría suspender el viaje, no poder visitar su gran bazar o dejar escapar la oportunidad de perderme entre las calles por las que huyeron los protagonistas de Argo.

El miedo lo he conjurado fichando a Hamid por Instagram, un guía turístico free-lance que me recogerá en el hotel el único día libre de trabajo con el que cuento para poder visitar los palacios y museos de la gran metrópoli persa, a quien invitaré a comer en el restaurante que él me recomiende y de quien escucharé las leyendas que todo buen cicerone narra de su ciudad.

A partir de este domingo, y durante una semana, quiero olerlo todo, sentir sus calles abarrotadas y entregarme a la pura observación activa de un pueblo milenario.

Tengo apenas tiempo para comprarme alguna novela de Parinoush Saniee con la que alimentar mis horas de vuelo hasta aterrizar en la gran meseta donde descansa la capital.

Qué afortunado me hace trabajar para Renault.