Sigo sintiéndome un intruso los días en que teletrabajo, porque no son míos esos olores mañaneros de cocidos a fuego lento que suben por el patio, ni el quejido repetitivo de las viejas lavadoras, ni el olor a lejía de la escalera.
Esa luz que lo ilumina todo y de la que necesito refugiarme para no volar de allí donde ando maniatado.
Esa casa, incómoda, que me mira raro.
Una gustosa pérdida de libertad en territorio amigo.
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