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lunes, octubre 13, 2025

Prensa

Habituado a leer el ABC de Sevilla desde pequeño, porque no había otro periódico en casa, cuando llegó a las cabeceras el Diario de Sevilla pensé que aumentaría el espectro ideológico en la prensa de mi ciudad. Nada que ver con la realidad.

La prensa local de nuestras ciudades está en manos de empresas que, en su inmensa mayoría, defienden una línea editorial propia de la patronal, e inundada de localismos que adormecen el espíritu crítico de sus lectores.

En la de mi ciudad te atiborran de imágenes de cofradías todo el año y dan más importancia al nombramiento del hermano mayor de una hermandad que a un sevillano que haya registrado una patente en la universidad de Harvard.

¡Y hay tantos paisanos brillantísimos en el terreno de la ciencia, de la investigación, del emprendimiento, de las artes!

No. Prefieren hablar de Jose Manuel Soto.

Religión, toros y fútbol, con unas columnas de opinión en las que transmiten que las ideas progresistas van contra la esencia de una ciudad que no necesita vigilantes de lo que es o no auténtico.

Somos legión los sevillanos que aborrecemos tanto falso purismo. Nuestra ciudad es más grande que todo eso y se hace más válida cuanto más diversa. La machadiana, la de Cernuda, la de Aleixandre, la de Velázquez, la de Chaves Nogales, la de Mañara, la de Blanco White, la de Fernán Caballero, la de Alberto Lista, la de Bécquer. 

Nuestra época más brillante coincide con el período en que fuimos el puerto de conexión entre Europa y América, felizmente invadidos por gentes de otros mundos. ¡Que se abran las puertas!

Nos salva cierta prensa nacional que sí se atreve a tratarnos como adultos, donde la religión, el fútbol o los toros tienen el espacio limitado que le corresponde a una sociedad culta como la española.

jueves, octubre 09, 2025

Claret

Sé que muchos de mis amiguillos de entonces estuvieron allí en su salsa, pero a mí no me vino nada bien estudiar en el Claret, un colegio de curas de mucho renombre en Sevilla.

No tanto por la calidad de la enseñanza, sino porque a mí me hubiera venido mucho mejor un ambiente más acorde con el espíritu de apertura de la transición y no un centro tan poco dado a abrir la mente con ideas venidas de fuera. Recuerdo a mis compañeros celebrar el golpe de Tejero y abominar de la llegada al poder de la izquierda. Pero no solo eso, era un ambiente hostil para un chaval que comenzaba a entender su homosexualidad, que sufría la enfermedad grave de una madre, que dudaba de su fe. 

Cuando anuncié que no haría la confirmación me apartaron como a un apestado. En los tiempos reservados a prepararla, horas lectivas, me expulsaban al patio, pese a ser uno de los alumnos más brillantes de mi curso.

Fran me lo dice, entre bromas, a menudo. 

—¡Qué daño me ha hecho el Claret! 

Sí. Daño a él. Porque cuando pude abrir las alas me las tuvieron atadas con cordeles, en esa época adolescente que nunca volverá. De ahí que arrastre desde entonces pudores, miedos y conflictos que debí airear en su momento.

La otra noche, tras un comentario mío en el que me afloraban esas taras emocionales, Fran soltó.

—Si es que somos del Claret.

Yo le miré raro.

—Del Claret soy yo —reivindiqué.

Él, conmigo ya 22 años, me miró con guasa:

—No, Borete. Ya somos los dos del Claret.

jueves, febrero 15, 2024

Jueces

Tenía un compañero de clase, tan empollón como yo, que tardó hasta los treinta y tantos años en sacarse las oposiciones a notario.

Pudo hacerlo porque tenía una familia pudiente detrás que lo mantuvo durante todos esos años, de encierro conventual, para empaparse de libros gordísimos con leyes por memorizar.

Lo mismo ocurre con los jueces, los inspectores de Hacienda y otras profesiones que, salvo contadísimas excepciones, pertenecen a la clase alta de nuestro país.

No conozco a ningún juez ni notario que provenga de una familia obrera.

De ahí el carácter netamentte conservador de la carrera judicial. Si la vida nos lleva delante de un tribunal, sabemos que quien nos juzgue, muy probablemente, tendrá una sensibilidad que no corresponde con el perfil medio de la ciudadanía.

Incluso siendo un hombre bueno, tendrá un recorrido vital más acomodado que la media, menos conectado con las capas menos favorecidas de nuestra sociedad.

Si los jueces eligieran a su propio Consejo del Poder Judicial, tendríamos uno de los tres poderes de la democracia alejado de la realidad de las cosas. 

Si el pueblo vota, que sean nuestros representantes quienes los elijan.