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martes, junio 12, 2012

Viriato

Este héroe hispano-portugués de la época del imperio romano, conocido estratega y líder admirado por sus enemigos, da nombre a una histórica calle del centro de Sevilla por la que suelo pasear.

El otro día, cuál fue mi sorpresa, la muy católica ciudad se encargó de quitarle el rótulo a esa calle para reemplazarla por el de Madre María Purísima de la Cruz.

A mí me se me retorció el estómago.

Investigando para escribir esta reflexión he comprobado que, al menos, han dejado un trozo de calle para el insigne Viriato, arrinconándolo pero no haciéndolo desaparecer definitivamente.

¿Quién autorizó ese cambio en el nomenclátor? El alcalde popular, Juan Ignacio Zoido.

En estos últimos meses también cambió el de la actriz Pilar Bardem por el de Nuestra Señora de las Mercedes.

Y así seguirá inundando nuestro callejero de homenajes a vírgenes, cristos y santos, para no dejar duda del catolicismo de una ciudad de la que se cree en posesión por haber ganado unas elecciones.

Una ciudad en la que los laicos estamos rodeados por doquier de hermandades de penitencia, procesiones en todas las épocas del año y símbolos ostentosos de religiosidad cristiana.

Nos atacan, a los laicos, como cuatro perroflautas extraviados en una ciudad en la que, piensan, nacimos o vivimos por equivocación, cuando estoy convencido que somos más los que nos indignamos con esta presencia inmisericorde, nunca mejor dicho, de lo católico en nuestra cotidianeidad.

Pero parece que protestar contra esta involución implica ser un traidor a la ciudad, a la tradición, a su esencia.

Y yo, con todo el respeto, me desentiendo de esencias que impliquen talibanismos.

La ministra de Trabajo está convencida, y lo dice a los cuatro vientos sin ruborizarse, que la virgen del Rocío nos sacará del agujero de los cinco millones de parados. Ésa parece ser su principal estrategia política. El alcalde de Sevilla, por su parte, procesiona con el Corpus Christi para remediar la crisis económica.

Y yo me pregunto, ¿a quién nos encomendamos para quitarnos de encima tanto fundamentalismo religioso, casposo y trasnochado?

Yo no me bajo de la lucha por una sociedad más sana. Sí. Más sana, abierta y solidaria; menos hipócrita, beata y torticera. 

viernes, agosto 12, 2011

Alamedeando

Tengo claro que el cariño por mi ciudad y las ganas de que evolucione siempre en positivo me hacen desear con fuerza que Zoido, el nuevo alcalde del PP, haga bien las cosas.

No ganamos nada yendo para atrás.

A un político no se le puede juzgar por apenas unas semanas de mandato.

Sin embargo hay gestos que a mí me hacen prever lo peor. Son simbólicos, tal vez, de cara a su público, sí. Pero ahí están.

Desde hace casi quince años tengo mi apartamento en el centro de la ciudad. Desde ese mismo tiempo, día tras día, un gorrilla envalentonado y amenazante tenía la calle a sus pies. Tras destrozarme varias veces las ventanillas y pincharme las ruedas por no pagarle, hace unos diez años conseguí alquilar una plaza de garaje. Con la llegada del Plan Centro, que impedía una permanencia indefinida de tiempo de coches en la zona vieja de la ciudad, el gorrilla tardó una semana en desaparecer.

Ya lo ha eliminado por decreto. Han vuelto los coches a ocupar las aceras, se ha desperdiciado una inversión millonaria en cámaras de televisión y... el gorrilla ha vuelto a mi calle.

Hace una semana, Zoido eliminó la Oficina de la Bicicleta. En la ciudad donde hay más ciclistas per cápita de España, casi el 7% de la población, y 140 km de carril-bici, donde se va a celebrar un Congreso Mundial de ciudades amantes de la bicicleta, si él no lo impide, toma una decisión sintomática. Tal vez por haber sido creada esa oficina y esos carriles-bici por Izquierda Unida.

Zoido va a cambiar, si no lo ha hecho ya, el rótulo de la calle Pilar Bardem (que no es santo de mi devoción) por el de Antonio Burgos. Éste sí que es sevillano de bien, representa lo que el sevillano 'normal': religiosidad, clasismo, 'grasia' torera y mucho fijata.

A pocos días de haber recibido en loor de multitudes a un grupo numeroso de chavales de toda Europa que van a preparar en Sevilla con rezos y oraciones la llegada del Papa a Madrid, el señor Zoido se destapa con la eliminación de las subvenciones a 'Alamedeando', un festival cultural multifacético (música, exposiciones, teatro...) que se desarrollaba desde hace cuatro años en la Alameda.

Y es que, para el PP, la Alameda es territorio comanche. Para ellos, todos los que vivimos allí somos 'perroflautas'.

Cabría preguntarse como esos 'perroflautas tirados y mugrientos' son capaces de mantener tan vivo una de los barrios más activos de la ciudad. ¿Cómo será posible que se mantengan decenas de restaurantes, garitos, salas de conciertos, de teatro, de exposiciones, de cine a base de 'perroflautas'?

Eso ocurre cuando se introduce como sinónimo de 'perroflauta' todo aquello que no sea 'normal'. Y ya se sabe lo que es 'normal' para un dirigente sevillano del PP.

Para cualquier joven, o no tan joven, que se pase por la Alameda encontrará una sociedad en ebullición, cosmopolita, con ganas de aprender, de discutir, de provocar, de crear.

El PP, con acciones concretas, demuestra que prefiere el rezo al pensamiento, la oración a la reflexión y el silencio a la discusión.

Yo quiero carril-bici, zonas peatonales, festivales culturales, exposiciones que me hagan pensar, teatro que me provoque, encontrar gente rara, de otros sitios, que piense distinto, que hable otras lenguas, que vista como le dé la gana.

Quiero una Sevilla rompedora, que se ría de sí misma, que avance por los senderos de la solidaridad y sea laica, ¡laica!

Somos muchos los que pensamos así.

Y si ser así no es ser sevillano, me voy buscando el perro y la flauta.