Este héroe hispano-portugués de la época del imperio romano, conocido estratega y líder admirado por sus enemigos, da nombre a una histórica calle del centro de Sevilla por la que suelo pasear.
El otro día, cuál fue mi sorpresa, la muy católica ciudad se encargó de quitarle el rótulo a esa calle para reemplazarla por el de Madre María Purísima de la Cruz.
A mí me se me retorció el estómago.
Investigando para escribir esta reflexión he comprobado que, al menos, han dejado un trozo de calle para el insigne Viriato, arrinconándolo pero no haciéndolo desaparecer definitivamente.
¿Quién autorizó ese cambio en el nomenclátor? El alcalde popular, Juan Ignacio Zoido.
En estos últimos meses también cambió el de la actriz Pilar Bardem por el de Nuestra Señora de las Mercedes.
Y así seguirá inundando nuestro callejero de homenajes a vírgenes, cristos y santos, para no dejar duda del catolicismo de una ciudad de la que se cree en posesión por haber ganado unas elecciones.
Una ciudad en la que los laicos estamos rodeados por doquier de hermandades de penitencia, procesiones en todas las épocas del año y símbolos ostentosos de religiosidad cristiana.
Nos atacan, a los laicos, como cuatro perroflautas extraviados en una ciudad en la que, piensan, nacimos o vivimos por equivocación, cuando estoy convencido que somos más los que nos indignamos con esta presencia inmisericorde, nunca mejor dicho, de lo católico en nuestra cotidianeidad.
Pero parece que protestar contra esta involución implica ser un traidor a la ciudad, a la tradición, a su esencia.
Y yo, con todo el respeto, me desentiendo de esencias que impliquen talibanismos.
La ministra de Trabajo está convencida, y lo dice a los cuatro vientos sin ruborizarse, que la virgen del Rocío nos sacará del agujero de los cinco millones de parados. Ésa parece ser su principal estrategia política. El alcalde de Sevilla, por su parte, procesiona con el Corpus Christi para remediar la crisis económica.
Y yo me pregunto, ¿a quién nos encomendamos para quitarnos de encima tanto fundamentalismo religioso, casposo y trasnochado?
Yo no me bajo de la lucha por una sociedad más sana. Sí. Más sana, abierta y solidaria; menos hipócrita, beata y torticera.
El otro día, cuál fue mi sorpresa, la muy católica ciudad se encargó de quitarle el rótulo a esa calle para reemplazarla por el de Madre María Purísima de la Cruz.
A mí me se me retorció el estómago.
Investigando para escribir esta reflexión he comprobado que, al menos, han dejado un trozo de calle para el insigne Viriato, arrinconándolo pero no haciéndolo desaparecer definitivamente.
¿Quién autorizó ese cambio en el nomenclátor? El alcalde popular, Juan Ignacio Zoido.
En estos últimos meses también cambió el de la actriz Pilar Bardem por el de Nuestra Señora de las Mercedes.
Y así seguirá inundando nuestro callejero de homenajes a vírgenes, cristos y santos, para no dejar duda del catolicismo de una ciudad de la que se cree en posesión por haber ganado unas elecciones.
Una ciudad en la que los laicos estamos rodeados por doquier de hermandades de penitencia, procesiones en todas las épocas del año y símbolos ostentosos de religiosidad cristiana.
Nos atacan, a los laicos, como cuatro perroflautas extraviados en una ciudad en la que, piensan, nacimos o vivimos por equivocación, cuando estoy convencido que somos más los que nos indignamos con esta presencia inmisericorde, nunca mejor dicho, de lo católico en nuestra cotidianeidad.
Pero parece que protestar contra esta involución implica ser un traidor a la ciudad, a la tradición, a su esencia.
Y yo, con todo el respeto, me desentiendo de esencias que impliquen talibanismos.
La ministra de Trabajo está convencida, y lo dice a los cuatro vientos sin ruborizarse, que la virgen del Rocío nos sacará del agujero de los cinco millones de parados. Ésa parece ser su principal estrategia política. El alcalde de Sevilla, por su parte, procesiona con el Corpus Christi para remediar la crisis económica.
Y yo me pregunto, ¿a quién nos encomendamos para quitarnos de encima tanto fundamentalismo religioso, casposo y trasnochado?
Yo no me bajo de la lucha por una sociedad más sana. Sí. Más sana, abierta y solidaria; menos hipócrita, beata y torticera.