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domingo, marzo 08, 2026

Iraníes

A los defensores de las brutalidades cometidas en Gaza e Irán se les llena la boca defendiendo las causas feministas y LGTB de esos países como argumento principal para defender que se los masacre.

Deberían empezar por defenderlo en su propio país.

¿Quién es tan inocente para creer que Trump está devastando Irán para liberar a sus mujeres? 

¿Quién, en su sano juicio, duda de que no lo haría de no ser por las cantidades ingentes de petróleo que atesora en su suelo?

Yo estuve trabajando en Teherán y vi esa realidad infame del trato a la mujer. Un país gobernado por una teocracia intolerante que no respeta los derechos de su pueblo. Y no es buscando la destrucción total, como se jacta el payaso americano, como se busca el bien de un país.

De esas bombas saldrá más odio aún. Más destrucción.

Hay medidas mucho más eficaces para hacer cambiar el destino de un pueblo sometido: condicionar la compra de bienes materiales a que se respeten derechos básicos sería un buen principio. El persa es un pueblo viejo, que entendería bien que para vender caviar o petróleo tendría que reorganizar su mundo.

Medidas que tienen que ver con las leyes y la palabra. Pero debemos querer utilizarlas.

Y ni siquiera la vieja Europa ha querido hacerlo. Puede más la codicia. Por eso, casi todos, miran para otro lado.

domingo, mayo 11, 2025

Europa

La llegada del euro coincidió con mi traslado a Francia. 

De la máquina del café de Rueil-Malmaison, donde trabajaba, recogía las monedas con espíritu de coleccionista. Comentaba con mis compañeros de qué país era cada una de ellas y monté con espíritu infantil, en mi casa parisina, una estantería donde las coleccionaba. 

Me falta la de dos céntimos de Malta y la de 2 euros de Luxemburgo les decía, entre miradas de no entender de dónde había salido ese españolito tan entusiasta.

Lo hacía con los pulmones abiertos por lo mucho que suponía para mí avanzar en paralelo con Europa en esa operación de abrir fronteras, de compartir espacios, de internacionalizar soluciones.

Me hizo sentirme mucho menos extranjero en Francia.

Hoy se defiende por todo el continente el éxito que ha supuesto estar unidos. Ochenta años sin guerras dentro de la Comunidad Europea, el mayor período de paz de nuestra historia.

Una unión voluntaria de países que, con todos sus defectos, defienden derechos y valores comunes.

No somos conscientes de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. No debemos permitir que los agoreros nos lleven de nuevo al tiempo de las cavernas.

domingo, abril 13, 2025

Argentina

Eran compañeros de mi empresa que venían de Argentina para unas jornadas de trabajo en Europa. Uno de ellos comentó que era su primera visita al continente.

¿Y qué te parece? me interesé.

Sorprendentemente, antes de hablarme de monumentos, comidas o acentos, me habló de seguridad.

¡Anoche pude caminar solo por la ciudad mientras hablaba por el móvil!

Algo tan habitual para nosotros, los europeos, es un regalo para quien nos visita.

lunes, enero 24, 2022

América

No envidio el modo de vida americano.

Son infinitas las referencias de Estados Unidos que me conmueven, comenzando por mi amada ciudad de Nueva York, a la que siempre tengo ansias por volver. Paul Auster, John Irving, Patricia Highsmith, Philip Roth, escritores que me han marcado de por vida. O cineastas, cantantes, filósofos, actores, películas, libros, modas, propuestas, paisajes, musicales que se han metido para siempre en mis venas y forman parte de quien soy yo.

Toda esa admiración no se transforma en envidia, porque no quiero ser de allí. No me gusta no estar protegido por un seguro sanitario, no me gusta tener que ser fuerte para vivir, no quiero vivir en un país para el que sólo soy válido si soy productivo, porque me gusta pensar que algún día puedo caer y no levantarme, aunque a mi edad no haya tenido que pasar por ningún período de convalecencia ni mis ánimos se hayan visto destrozados hasta el punto de no querer vivir.

Me asusta una sociedad tan individualista, tan de los fuertes.

Yo, que soy fuerte, presumo de ser europeo. Quiero, con todos los defectos que pueda tener nuestra sociedad, vivir aquí.

Quiero pensar que un día seré débil y alguien anónimo tomará mi mano porque el sistema social en el que vivo me permite desfallecer.

sábado, noviembre 13, 2021

Euro

La semana en la que pasamos de la peseta al euro yo me fui a vivir a París.

No tuve que hacerme al franco, sino que aprendí mucho más rápido que el resto el sentido del dinero en la nueva moneda, porque no tenía instintivamente con qué comparar.

En la máquina del café, en el trabajo, compartía charlas con compañeros venidos de diferentes países y yo, cuando recibía la calderilla tras pagar, guardaba los euros para luego jugar con ellos, investigando de qué país procedía cada uno.

Era un abrirse al mundo que iba en paralelo con mis ansias de ser un ciudadano universal.

Sí, seguro que se encarecieron los productos, pero al mismo tiempo era meter a España en la modernidad, en un espacio donde estaríamos más calentitos, más protegidos.

Haber construido esta Europa comunitaria, a pesar de los pesares de todas sus equivocaciones, ha sido una de las mejores decisiones que ha tomado nuestra sociedad. Es la mayor garantía de que no haya más guerras en este viejo suelo tan acostumbrado a tenerlas, es la seguridad de que no se permitirán desvaríos de gobiernos indeseables contra colectivos desfavorecidos.

Yo quiero más Europa, menos fronteras.

Siempre me sonó horrorosa la palabra extranjero.

jueves, julio 01, 2021

Estadística

Nadie es de ninguna manera por haber nacido en ningún lado.

Es algo que parece de perogrullo, pero suele ocurrir que a uno lo etiqueten, antes de conocerlo, por sus circunstancias natales, familiares o culturales.

La Estadística es una materia que me apasionó desde el momento en que la descubrí en la universidad. Y sí, es una ciencia que llega a ser exacta cuanto más número de individuos tome en una muestra.

En cambio pierde su fuerza cuando de una sola persona se trata. Los españoles salen más a la calle, cenan tarde y hablan alto. Pero un españolito cualquiera tiene todo el derecho a ser taciturno y hacer ayuno por las noches.

Ya me ocurría desde mis primeros viajes en tren con mochila por Europa. Tendría 18 años y ganas de conocer el mundo. Me enamoraba de cada encuentro, de cada conversación en inglés, me entusiasmaba observar otras formas de comer, de tocarse. Lo vivía todo en carne viva.

Hasta que, al preguntarme de dónde era, yo respondía que andaluz.

Ay, qué gracioso. Cuéntame un chiste.

Toda mi emoción y mis enamoramientos se me iban a los tobillos.

¡Que no sé contar chistes!


martes, febrero 23, 2021

Andalucía

Aunque me hubiera gustado nacer en cualquier sitio, porque la tierra de la infancia vive siempre con nosotros, nací en Andalucía.

Hoy celebra su día.

No me gustan las patrias, ni las banderas. Si acaso la europea, porque es donde más gente cabe y porque no hay bandera del planeta Tierra.

Nadie es especial por ser de ningún lado, pero sí hay factores que determinan cierta aproximación a la vida.

Y en la vida de un andaluz hay sol, mucho azul, sangre mezclada de tres culturas, complejos de inferioridad, ritos paganos, alegría, casas encaladas, charlas en la calle y gritos por la ventana.

Yo quiero a mi tierra como quiero a mi familia, no porque piense que es mejor que nada ni una fortuna haber nacido aquí, sino porque oigo un acento andaluz y me siento en casa.

jueves, diciembre 03, 2020

Suecia

Un día me dediqué a ver la vida pasar y me gustó.

No tendría aún 20 años y era verano. Estaba recorriendo Europa en tren con mi amigo Francis. Entramos en un supermercado para atesorar fiambre y quesos para futuros bocadillos.

Francis se fue a dar una vuelta y yo me senté en un escalón a la entrada de la estación, sin prisas por tomar el expreso que nos llevaría no lejos del círculo polar Ártico. Fue en ese rato cuando descubrí el enorme placer del anonimato, de no ser nada para nadie, de observar el mundo correr.

Abstraerse de uno mismo, quitarse toda importancia, transparentarse y confundirse con el paisaje.

Era gente más rubia, más alta, no entendía sus palabras. Entraban y salían de Estocolmo sin saberse espiados por un españolito ávido de descubrir lo grande que era el mundo, deseoso de comprobar cómo de iguales éramos, de sentir otras formas de abrazarse, de mirarse.

Fue un momento tan simple como mágico, porque aparece de forma reiterada en mis tiempos de reflexión. Esa estación de tren sueca y gente rubia anónima paseando.

Sentí que no era nadie y me gustó.

martes, agosto 07, 2018

Sollozo

Estaba terminando mi reunión de departamento, tenía a los míos rodeándome para aclarar varios temas puntuales y vi parpadear el icono del Skype con el nombre de Sardasthi.

Como desde que regresé de Irán las cuestiones técnicas con ella las trataba alguien de mi equipo, supe en ese momento que ese pestañeo del Skype era un grito de socorro.

Con su inglés exquisito me preguntó si podía hablar de un tema personal conmigo, le pedí cinco minutos para estar a solas con ella.

-La situación es terrible en Teherán, Salvador.

Las amenazas de Trump se concretan en embargos y la gente se desespera una vez más. En febrero encontré un país motivado por resurgir, una juventud que abarrotaba las calles y un pueblo amable. Estaban los que hablaban con sumo respeto del líder supremo y quienes, protegidos por el inglés y una mesa apartada de restaurante, confesaban estar hasta el gorro del régimen religioso.

Hoy mi empresa está a punto de salir de allí por las coacciones de Trump.

-No te pido ayuda por mí, Salvador, sino por la gente de mi equipo. Haz lo posible por sacar a alguien de aquí. Perdemos el empleo, nuestro futuro, el de nuestros hijos.

Hoy escuchaba en la radio que la Unión Europea quiere hacer frente a las decisiones del Estados Unidos más retrógrado, que se recrea en el machaque de todas las oportunidades de concordia.

Él dirá una barbaridad, el ayatollah de turno otra más grande, a Europa le temblará el pulso y, entre tanto espectáculo canalla, Sardasthi volverá a su casa, con toda su capacidad resolutiva y liderazgo debajo del brazo, a la espera de una nueva luz.

miércoles, agosto 10, 2016

Domo

Subían Raquel e Iván a su habitación del hotel de Gante cuando, en el ascensor, una camarera de la limpieza de origen asiático les preguntó:

-Spanish?

Mi hermana asintió y entonces la limpiadora se acercó para preguntarles:

-Domo?

Siempre insegura con su inglés, mi hermana se quedó bloqueada, con Iván medio escondido detrás. La mujer insistía:

-Domo?

Cinco minutos después, Iván nos contaba a carcajada limpia la escena. Raquel me preguntaba qué significaba 'domo' y yo busqué en el traductor de google colocando todos los idiomas asiáticos posibles. No aparecía nada.

'Domo' se convirtió para nosotros en la palabra fetiche del viaje. Cuando apareció por la ventana del metro la enorme imagen del Atomium, gritamos al unísono: ¡Domo! Cuando en cualquier bar se nos explicaba del tirón la lista de comidas en holandés nos preguntábamos: ¿Domo? Cuando llamábamos a la puerta de nuestras habitaciones del hotel, con los nudillos, la contraseña era: 'Domo'.

Tras un invierno durísimo por la muerte de mi padre, estos días recorriendo Europa al grito de ¡Domo!, salpicado de la risa contagiosa de la inocencia de Iván, nos ha llevado a la edad del pavo, a reconciliarnos con nuestros huesos y a sentir que la vida es más fuerte que todo.

Domo.

miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

domingo, marzo 01, 2015

Tarragona

Tengo infinitos recuerdos de mis viajes por interrail de la época universitaria. Tal vez no me acuerde de lo que hice el martes pasado, pero sí tengo muy vivas las escenas de cada una de las ciudades que visitamos, la gente que se cruzó por nuestro camino o las anécdotas con que se iba nutriendo nuestra mochila cargada de latas de conserva.

Esta mañana, comiendo con mi familia, recordé a mi amigo Quino y su eterna inocencia.

Acabábamos de llegar a Berlín en una de nuestras últimas escalas. El dinero escaseaba, y por tanto la comida. Nos tomábamos de forma solemne pastillas de Micebrina para reducir el gasto en sandwiches. Pero éramos felices.

El día era caluroso y caminábamos ya sin rumbo en busca del camping a través de los inacabables alrededores arbolados de Berlín. No había GPS, ni móviles, ni forma de localizar información y estábamos exhaustos.

Apareció entonces un coche con matrícula de Tarragona y Quino vio el cielo abierto.

-¡¡¡Compatriotas!!!

El coche frenó en seco. Iba una pandilla de gente joven, como nosotros. Y preguntaron:

-¿Catalans?

Entonces fue cuando Quino se giró hacia mí y, con cara descompuesta, me preguntó:

-¿Pero la T no era de Toledo?

lunes, enero 21, 2013

Comparar

Cuando hice mi primer viaje interrail por toda Europa, sin ni tan siquiera 20 años, comprendí que había dos formas de enfrentarse a lo nuevo, que en esas circunstancias lo era todo: las gentes, las lenguas, paisajes, costumbres, vientos y luces; o bien se miraba con ojos vírgenes o bien se pasaba por el filtro de lo ya conocido. Me decanté, como en una prueba de vida, a defender la primera estrategia para siempre.

Iba con un compañero de viaje, tan alucinado como yo por la experiencia de pasar un mes tan lejos de casa sin apenas dinero, que optó por comparar. Todo era mejor, peor o similar que Sevilla y en sus conversaciones siempre acababa mencionando a España.

La grandeza de descubrir, según el planteamiento que yo abracé, era enfrentarme al mundo, a lo desconocido, al extraño con la falta de prejuicios que supone no obsesionarme por pensar cómo son de diferentes respecto a mí y mis circunstancias.

Es una inocencia forzada, sí; resultando incluso más difícil, con los años, encontrar la libertad total que supone estar dispuesto a integrar lo inexplorado en tu vida. Difícil, sí, mantener la capacidad de sorprenderse.

Siento que se aprende más cuando no se ponen corazas a los vientos que llegan de otros lugares, aún estando éstos dentro de una parte de ti que aún no conoces.

viernes, junio 08, 2012

Euro

Será por mi espíritu novelero, pero yo recuerdo la emoción intensa con la que viví el nacimiento del euro.

Tuve la suerte extraña de que su entrada en funcionamiento coincidiera cronológicamente en el tiempo con el momento en que me fui a vivir al extranjero, a otro país, Francia, que también vivía con ilusión la llegada de una nueva moneda, con todo lo que implicaba de confusión, equívocos, anécdotas.

En esos primeros meses conocí en París a Leire, una riojana que trabajaba, dando la sensación de no saber por qué se fue a vivir allí ni si estaba contenta o disgustada, en una cadena española de zapatos en la rue de Rennes. Recuerdo lo graciosas que a ella le parecían mis reflexiones acerca de la importancia de la entrada del euro, lo que suponía de impactante para el futuro de Europa.

Porque yo soy de las personas que consiguen emocionarse con hechos históricos cuando éstos me parecen que van en el sentido de transformar de veras la sociedad.

Leire se reía cuando yo explicaba el placer que sentía al echar un euro en la máquina de café del trabajo, esperando con ansia no el café, sino el cambio, para ver de qué países eran las monedas de cinco, diez o veinte céntimos que devolvía.

Si el hombre, el europeo en este caso, se ponía de acuerdo sobre algo tan visceral, si era capaz de ceder algo tan patriótico como era la moneda, entonces era posible todo. Podríamos pensar en un futuro realmente universal, las fronteras serían cada vez más reliquias, ayudadas por el acuerdo de Schengen, e iríamos atacando los problemas que afectaban el corazón del hombre dejando a un lado sentimientos exacerbados de adhesión a banderas, que no hacen más que enredar creando problemas ficticios.

A alguien como yo que le gustaba viajar más que a un tonto un lápiz, poder hacerlo sin tener que visitar oficinas de cambio era de alguna manera hacerlo menos extranjero en ciudades cuyo lenguaje no entendía.

Han pasado algo más de diez años desde entonces.

Ahora hemos visto que todo se asentaba en bases muy endebles, que la unión monetaria era más ficticia de lo que nos hacían creer. A los que no entendíamos de economía, los más, no nos dijeron que abrazar el euro era someterse a dictados de los mercados o de Alemania.

Yo, sin embargo, creo que no puede haber otro camino que el de tirar hacia delante. En lo único en que coincido con el ministro Montoro, desagradable, repelente y resabiado hasta decir basta, es que la única salida debe ser más Europa, más euro.

No podemos dejarnos llevar por agoreros y ultranacionalistas, por fachas y rompe-escaparates. Esta lección de descrédito general que está viviendo Europa, en que cada cual parece querer salvar su propio pellejo, debe servir para avanzar en una mayor integración, para encontrar mecanismos que hagan que nuestra economía sea más solidaria, eficaz y humana.

Éste, nuestro querido continente, ha vivido muchos siglos, milenios, de batallas y malentendidos. Millones de muertes de inocentes en trincheras, bombardeados y masacrados sin saber muy bien ni compartir las causas de su propia tortura. Por egoísmos.

Sin embargo Europa es el lugar donde yo quiero vivir, donde mejor se defienden los derechos del hombre, donde la cultura te golpea a cada paso, donde el hombre ha encontrado mayor acomodo a su dignidad como persona.

No demos pasos atrás ni nos dejemos llevar por gritos de sirena. Quiero seguir tomando café y sorprendiéndome con los reversos de las monedas de euro.

lunes, mayo 07, 2012

Hollande

Sabemos que corren vientos decisivos en nuestra vieja Europa, un continente que parece no aprender de su pasado y se permite votar en masa a partidos xenófobos, fascistas y retrógrados como si no hubiéramos tenido en el pasado guerras brutales por nacionalismos inflamados como pregonan las huestes de, por ejemplo, Marine Le Pen.

En Francia se decidía, en esta época convulsa, si seguían cinco años más con un presidente conservador que hablaba sin tapujos de cerrar fronteras, llenándosele la boca de patrias, banderas y relacionando todo lo malo con el islam y el inmigrante, cómplice con Merkel de una Europa cada vez menos social y más yanqui, donde se denigra al débil, se cercena la educación y se busca la austeridad no a base de pedir esfuerzos a los mercados ni impuestos a los especuladores, sino a partir del recorte de pensiones, servicios sanitarios y ayudas al estudio.

Una comunidad europea comandada sin escrúpulos por dos países que no se acomplejaban en tratar al resto de la Unión con arrogancia, decidiendo en un despacho de Berlín o París hasta cuánto se tenían que apretar el cinturón los países periféricos.

Asemejarnos a Estados Unidos en lo peor, aniquilando protección y derechos excusándose en una austeridad que sólo hace daño a quien vive con lo justo, supeditándolo todo a adelgazar cualquier cosa que suene a solidaridad, sin preocuparse del sufrimiento de la gente corriente ni de las consecuencias que para toda una generación traerá este frenazo. Querer ser como Norteamérica sin tener la unión sentimental que allí sí tienen, ni la solidaridad que allí sí existe entre estados. Copiar lo peor sin tener las bases de una sociedad armonizada.

En estas elecciones se decidía si seguíamos por el camino de la soga al cuello, del desprecio al desfavorecido y la alabanza a los mercados o si, ahondando en nuestra historia reciente y mirándonos en el sabio espejo de nuestro pasado, se buscaba una Europa más solidaria, abierta y combativa.

No podemos asumir la degradación moral de nuestra sociedad para rebajarnos al nivel de China con el objetivo de competir con ellos, tenemos que conseguir que sea China quien se europeíce y entienda que sólo hay un camino para el progreso: los derechos del hombre, las libertades, el respeto a las reglas laborales construidas durante decenios por las generaciones que nos precedieron.

Hay que saber que se tiene que racionalizar al máximo el gasto, se tiene que conseguir una función pública lo más productiva en nuestros países y debemos asumir una fiscalidad progresiva, realmente justa, en función de nuestros ingresos; pero no podemos condenarnos a no invertir en nuestro progreso, en la investigación y el desarrollo, ni debemos descuidar la formación de los que nos sucederán.

El reto no es fácil, sino complejísimo, pero no vale todo en tiempo de crisis y, por poco margen de votos, mi querida Francia ha dado un vuelco a la historia.

Hollande se equivocará, dará pasos erróneos y se tragará muchos sapos, pero el paso hacia una Europa social y más humana ha sido un paso de gigante.

lunes, febrero 13, 2012

Selectivos

Recuerdo los cafés en la época universitaria. Era lo más interesante de por entonces. Sentarse entre clase y clase, o escaparse de las tardes de biblioteca, para reunirse a arreglar el mundo en torno a un café y unos pasteles.

Había días en que la cosa se alargaba y nos introducíamos en el mundo de los chupitos.

Hubo un tiempo en que cada vez que me emborrachaba, repelente de mí, demostraba a mis amigos que era capaz de escribir en una servilleta 50 ciudades de Francia, de Inglaterra, de Italia o Alemania y contar algo específico de cada una de esas ciudades.

'Venga, ¿qué país queréis?'

Dejando a un lado la idiotez del reto, la poca relación con una ingeniería y ese punto de sabelotodo, ya por entonces me preguntaba por qué me 'ponía' tanto el hecho geográfico en sí, ese lado humanista que me llevaba a soñar otros mundos, descubrir sitios nuevos...

Quizás el origen estaba en mis primeros viajes interrail, aquéllos en que por un precio irrisorio te permitían recorrer libremente Europa en tren durante un mes. Con diecinueve años, y después con veinte, tuve la oportunidad de visitar decenas de ciudades entre Sevilla y el Polo Norte, y eso me marcó para siempre.

Ver un mapamundi me excitaba (¡y aún me excita!).

En cambio, si me preguntan por modelos de coches, a mí, que trabajo para Renault, casi que no sé distinguir uno de otro (salvo si son Renault, que ésos sí me los sé todos).

¿Qué es lo que nos hace ser selectivos en nuestras ilusiones?, ¿qué provoca que a alguien le flipen las motos, a otros los sellos, o las óperas, o la historia, o las chirigotas de los carnavales de Cádiz?

Lo triste, tal vez, sería no tener con qué dar el coñazo a los amigos cuando uno se emborracha.

viernes, diciembre 23, 2011

Perverso

Perverso es el sistema que el hombre se ha dado para estructurar la sociedad occidental tal como la conocemos hoy en día.

Se dice que el sistema capitalista es el menos malo, y seguramente sea esto cierto, pero en estos tiempos negros que corren vemos que para algunos es menos malo que para otros.

El Banco Central Europeo, una institución pública que debe velar por los intereses de la sociedad, decide prestar una cantidad ingente de dinero -el equivalente, si no me equivoco, a la mitad del Producto Interior Bruto de España- a los bancos - entidades privadas que tienen como único objetivo sus balances económicos y sus accionistas-.

Esta acción del BCE se encuadra en un plan de acción de choque para que la banca no se asfixie y tenga liquidez para no caer.

Pero somos inocentes si pensamos que ese dinero va a ir a parar a las empresas y particulares que necesitan financiación. Muy lejos de todo ello, los bancos van a utilizar ese dinero baratísimo -1% en tres años, imposible de conseguir por el resto de los mortales- para invertir en activos financieros rentables que les hagan engordar sus cuentas.

Es decir, dinero público para empresas privadas cuyo único interés es el suyo, sus números y su mochila.

No entiendo de economía pero, ¿por qué no trasladar ese medio billón de euros a institutos oficiales -públicos- de crédito cuya única misión sea, esta vez sí, apoyar a proyectos innovadores, bien estructurados, sanos y en dificultad, a autónomos que atraviesan baches y no por ello quieren abandonar?, ¿cuántas empresas más tienen que caer por no poder financiar sus inversiones o pagar los salarios por falta de liquidez?

Los gobiernos europeos están cada vez más a la derecha, cada vez más cercanos a la gran banca, cada vez más temerosos de imponer tasas a las transacciones financieras especulativas.

Éste es nuestro sistema, el menos malo, ¿el más humanitario?

domingo, junio 26, 2011

Machacados

Europa no lo sería sin los discursos de Platón o la ética de Socrates. La democracia es una palabra hermosísima que Grecia entregó, como tantas otras, al ser humano. Palabras eternas y actuales.

Hoy leía acerca de la proliferación de indigentes en las calles de Atenas, los cierres de negocios y la rabia no siempre contenida.

El mundo occidental concedió no hace mucho la organización de unos Juegos Olímpicos al país que los creó. Y con ello le entregó un regalo envenenado que vació sus arcas para unas semanas de gloria.

Cuando Grecia entró en Europa no pensó estar entrando en una cueva de tecnócratas liderados por una Merkel ansiosa de disciplina monetaria, con un Banco Central que sólo mira por el crecimiento de alemanes y franceses.

Los políticos griegos, como tantos otros, han cometido errores imperdonables. En su caso especialmente graves, porque falsearon las cuentas para anunciar un déficit que era mucho mayor del publicitado. Es un país donde hay mucha economía sumergida y un empleo público inflado. Bien. Arreglémoslo entre todos, como europeos que vivimos en comunidad. Pidamos sacrificios, sí. Pero no criminalicemos a un pueblo culto y trabajador. No arruinemos a una generación a la ignominia y la falta de esperanza.

Pidamos control y ajuste, pero propongamos un plan de choque para ese país hermano, busquémosle fondos europeos para fortalecer su industria, llevemos allí, aunque sea un gesto simbólico, alguno de los organismos que se reparten en el centro de Europa. Démosle voz al Sur. Tenemos capacidad sobrada para ello. Somos grandes, estamos preparados.

Esta Europa, sin embargo, es carnaza de mercados y burócratas, nos hacen entender. No hay lugar para la imaginación ni la solidaridad.

¿Dónde está la ilusión con que se nos vendía a este viejo continente como un pueblo unido con la aparición de la Comunidad Europea?

Si ser europeo significa vivir a lo alemán, yo me bajo de este tren.

lunes, junio 20, 2011

Gante

Con 19 años y dos amigos, llegamos a nuestro centro de operaciones en Gante. Hacíamos interrail y se nos iba el alma intentando conocer cuantos más países mejor en un ansia adolescente por descubrir mundo.

Allí había un camping imponente, rodeado de campos verdes en pleno agosto.

Se celebraba esos días la Feria Gantesa y la ciudad era una fiesta. Recuerdo que, en una parada de autobús, intenté sacar mi mejor francés para preguntar acerca de una dirección. La mujer me miró con mala cara.

He vuelto muchas veces a Gante. Siempre lo quise enseñar a la gente querida. La pequeña patria de Carlos V, ciudad de torres viejísimas y canales siempre ensombrecida por su vecina Brujas.

Hace casi un año que Bélgica no tiene gobierno. Las dos grandes comunidades del país no se ponen de acuerdo.

Antes, los valones, los ciudadanos de lengua francesa, eran los mejor situados económicamente. La producción siderúrgica les daba poder en plena revolución industrial y sus vecinos flamencos, de lengua holandesa, eran menos, más pobres y se veían casi obligados a expresarse en francés.

Las tornas cambiaron y ahora los flamencos ven a los valones como un pueblo subsidiado. No se ponen de acuerdo ni el mínimo común que permita sacar un presupuesto adelante.

Con el tiempo conocí ciudades valonas como Mons o Tournai que no me hacían más que acordarme de mi querida Gante.

Desde cerca, se tiene escasa capacidad para ver lo que une y mucha habilidad para poner barreras con lo que separa.

Del pueblo belga, culto y educado, me gustaría descubrir la sensatez de quien sabe mirar en positivo su futuro. Entender que el destino del hombre es unirse, no atizarse con reproches menores. Nadie mantiene a nadie en Bélgica porque todos pagan los impuestos según sus posibilidades. Es un país de ciudadanos, no debe serlo de comunidades enfrentadas.

En Bélgica se batalla por el futuro de la sociedad. Porque, ¿queremos encerrarnos en nuestras peculiaridades o ganar con las diferencias en el otro?

Yo me quedo con Bélgica.

martes, mayo 17, 2011

Lille

A determinados sitios no llega uno si no es con algún argumento específico.

Mi relación con Lille no sería tal si no trabajase en Renault, donde no trabajaría si no hubiese decidido estudiar Ingeniería ni leyese el País, y seguramente no habría elegido Ingeniería si no lo hubiesen hecho mis amigos de bachillerato.

Lille es fría y elegante. La gente del norte de Francia es simpática a pesar de los elementos.

No conozco días soleados en esta ciudad en la que ayer disfruté de una cena a solas con vino de Burdeos.

Nunca estuve acompañado en Lille.

Es un punto la soledad. Ver desde un cristal de un restaurante la gente pasar. Sentirte invisible. No tener que hablar más que contigo mismo.

A la gente le asusta la soledad.

La soledad es bonita en Lille porque la gente te sonríe cuando te ven beber vino y escribir, a solas, en una servilleta.

La gente de Lille no es parisina.

El teatro de la ópera es espectacular, todo en piedra, pero más lo es el antiguo palacio de la Bolsa.

Lille es como La Coruña. La visitas en medio día pero, al igual que La Coruña, es una ciudad agradable para vivir, manejable, triste y lluviosa.

Por Lille luchó el Rey Sol durante años.

La gente en Lille es mayoritariamente rubia.

Lille ha sido invadida varias veces, por pueblos distintos, y ese fulanismo la hace coqueta.

No me gustan las ciudades que presumen de ser vírgenes.

Me gusta estar en sitios donde no soy nadie.

Si es que soy alguien en algún sitio.

Lille se pronuncia 'Lil'.