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sábado, marzo 16, 2024
Histéresis
No puedo negar que la carrera de Ingenieros fue un episodio duro.
Huérfano de madre a pocos días de comenzarla, atormentado por mi sexualidad, estudiar esa carrera era una condena más en la que sentía que hacía lo que los demás esperaban de mí, no lo que yo deseaba.
Fue un período tormentoso al que trataba de buscarle rendijas por donde asomarme al mundo futuro que sí quería vivir, de ahí que jugara a darle un enfoque a unos estudios tan fríos con una visión humanista, y así aprender de la vida, de modo que me empezaron a emocionarme algunas asignaturas, como las ecuaciones diferenciales o la física electrónica.
Hay dos términos que retuve para siempre, la entropía y la histéresis, tan fácil de explicar el primero como complicado el segundo, si no es a base de fórmulas.
La entropía viene a ser aquella ley física que viene a confirmar que tendemos siempre, sin excepción, al desorden. Nunca, jamás, se vuelven a dar las mismas circunstancias en la vida. La repetición total no existe. ¡Y cuántas veces no me habré lamentado de ello!
La histéresis, por su lado, la siento día a día, pero nunca he sabido explicarla, hasta que el otro día la visualicé.
Aunque sean los mismos metros de distancia, no hay la misma emoción antes y después de un abrazo, cuando estás a diez metros de esa persona a la que quieres abrazar, que a diez metros de ella cuando ya te ha achuchado.
Eres otra persona en el mismo lugar.
viernes, junio 30, 2023
Sabio
sábado, marzo 11, 2023
Radical
—Hay que huir de los radicalismos.
Esa era la conclusión de nuestras reuniones en la cafetería de la universidad. Cada uno pensábamos diferente, pero sabíamos escucharnos. Nos sentábamos durante horas a arreglar el mundo con veinte años. Éramos tres amigos inseparables que compartíamos aula en la escuela de Ingenieros de Sevilla.
Yo, por entonces, estaba en plena ebullición. Tras estudiar en un colegio de curas hasta los dieciocho, entrar en la universidad me abrió las puertas a un mundo inmenso donde todo era posible. Una vez pasada la peor parte del duelo por la muerte de mi madre, yo solo quería vivir, encontrar mi sitio, descubrirlo todo.
Ellos dos estaban ennoviados, lo que no evitaba que saliésemos los tres de cervezas cuando acababa la semana. Con poco más de veinte años, trabajaba en mi interior la manera de hacerles partícipe de algo que necesitaba compartir. Decirles que era homosexual.
Sin embargo, una noche, cuando paseábamos cerca de un bar de ambiente gay en Sevilla, uno de ellos dijo, señalando el local:
—Contra eso sí que hay que ser radical.
A mí se me heló la sangre.
Retrocedí en un segundo varios años hacia atrás en la aceptación de mi homosexualidad. Me metí para dentro, integré que nadie nunca sabría nada, rechacé mi naturaleza como algo sucio. Tardaría casi una década en confesar a alguien de mi entorno mi condición.
Esa amistad se desvaneció al terminar la universidad, pero veinte años después el destino volvió a unirnos. Asistió a la presentación de una de mis novelas en su ciudad. Tras el acto, se acercó a mí, emocionado. Yo ya no escondía mi amor por Fran.
—Salva, siento mucho haber dicho barbaridades en el pasado.
Yo acepté las disculpas. No quise decirle cómo de inmenso fue el dolor que me provocó en su momento y los años de juventud que perdí por personas como él, como las que en su día fue él.
A día de hoy ese hombre tiene una hija lesbiana, nacida en esos nuestros años de universidad, de la que no se puede sentir más orgulloso. Como no puede ser de otra manera.