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martes, octubre 13, 2020

Oportunidad

Por querer ayudar a un negocio familiar, recién empezado a trabajar con veintitantos años, me vi prácticamente en la ruina de un día para otro. No supe calcular los riesgos y los bancos me dieron un revolcón.

Mi futuro era prometedor, pero el presente se me hizo desolador. Acababa de comprarme una casa y los préstamos no me dejaban respirar.

Acudí a cuatro amigos que me querían. Sabía quién tenía posibilidad de ayudarme y quién no. Les expuse mi situación y les dije que cualquier respuesta por su parte la entendería.

A Bárbara, Montse e Ignacio les faltó tiempo para dejarme una importante cantidad de dinero. El cuarto, no importa su nombre, me dijo que no.

En menos de un año había reorganizado mi vida y a mis tres amigos les devolví, con una invitación a cena incluida y de forma individual, el dinero que me dejaron. 

El cuarto, durante largo tiempo, cinco, diez, quince años después, cada vez que salía de copas conmigo, y bebía de más, acababa con la misma cantinela.

¡Qué me gustaría haberte dejado ese dinero el día que acudiste a mí!

Yo le echaba la mano por encima del hombro.

Esa oportunidad, amigo mío, la perdiste para siempre.

lunes, mayo 04, 2020

Sabios

Si la reflexión es habitual en mí, más lo es aún si me veo inmerso en un encierro. Y al estar en un encierro, reflexiono sobre qué consecuencias nos traerá.

Son tantas las personas que lo están pasando mal, tenemos tantos amigos impactados de lleno por el parón económico, que la principal contribución que me planteo nada más poder hacer vida normal será la de consumir. Maldita palabra. Consumir. En estos tiempos en que se critica con fiereza la sociedad consumista, culpable para muchos de haber llegado al agujero donde nos encontramos metidos, yo me planteo consumir.

Pero, ¿qué hacer?

¿Puede una sociedad estar viva sin el trueque? Si nos dedicamos a aprovisionarnos exclusivamente de aquéllo que es imprescindible, ¿no moriría la sociedad de inanición? ¿Dónde dejaríamos el placer?

Sí. Está el consumo responsable. Pero, ¿quién lo define? ¿Quién nos educa para practicarlo?

No podemos martirizarnos pensando en que si me compro unos pantalones estoy emitiendo no sé cuántos gramos de CO2, o tomarme un zumo y crucificarme porque las naranjas han hecho 10.000 kilómetros en avión.

Necesitamos sabios que nos digan cómo actuar. No sugiero que sustituyan a los políticos, pero sí que los políticos basen su acción en ellos. En las personas sabias, para que se legisle de forma que no se pueda consumir una naranja que se cultiva a 10.000 kilómetros ni comprar pantalones fabricados en condiciones de insalubridad por trabajadores explotados.

Son los sabios quienes debieran decir a los políticos que no todo es posible, que así nos hundiremos cada cierto tiempo en un agujero y acabaremos destrozando nuestro planeta.

Pero desgraciadamente el consejero que tiene el político al lado es el financiero, no el sabio. Es el guardián del capital, bendito tesoro.

Los ciudadanos debemos ser responsables, claro que sí. Yo quiero gastar mi dinero para disfrutar del placer de vivir y contribuir a que otros saquen adelante sus negocios. ¿Soy un irresponsable?

domingo, abril 19, 2020

Conmoción

La clave de la salvación en esta pandemia está en el hecho de que todo el Primer Mundo ha sido atacado por igual. Mal irían las cosas si fuera el África Negra o el Sudeste Asiático los únicos perjudicados.

No ha sido una catástrofe natural en el sentido apoteósico del término, en cuanto a que las infraestructuras y el tejido productivo están plenamente a salvo. Todo está en su sitio para el día después; la clave es llegar enteros a ese momento. De ahí la importancia de que nuestros gobiernos, los de esos países que se dicen civilizados y prósperos, consigan mantener las constantes vitales de sus pueblos durante este tiempo.

Porque, a fin de cuentas, todo será dinero. El dinero que se inyecta para poder hibernar mientras no encontremos el antídoto, la vacuna.

Y el dinero es ficticio, no más que un invento del ser humano. Un invento en manos de los bancos centrales de los grandes países. Los países ricos se endeudarán con sus propios bancos centrales. Llegará un momento en que todos mirarán para otro lado y harán desaparecer esa deuda.

La clave es que es un problema genérico y de ricos.

Nadie está a salvo y ésa es nuestra salvación.

miércoles, mayo 10, 2017

Dinero

Al poco tiempo de comenzar a trabajar en Renault, con veintitantos, me vi salpicado de un puntual problema económico, ajeno a mí y que no viene a cuento detallar, en que de golpe me encontré totalmente arruinado en el corto plazo. Todo mi capital era una nómina interesante, un contrato fijo y ganas de comerme el mundo.

Al tener la suerte de contar, desde que tengo uso de razón, de tanta gente que me quiere, decidí explicar el detalle de mi situación a aquéllos de entre mis amigos que podían ayudarme. Así lo hice, a corazón abierto.

Bárbara, con la que hoy he pasado una tarde deliciosa, me dijo que me veía al día siguiente en la calle Virgen de Luján. 'Allí tengo las dos sucursales de mis dos cuentas. Sacamos tanto dinero como sea posible'. Mi querida Montse no tardó en firmarme un cheque. Jose Ignacio me prestó un millón de las antiguas pesetas. Incluso Paco, mi jefe, se involucró con quinientas mil pesetas. ¡Confiaban a ciegas en mí!

No tardé en recuperarme, en menos de un año ya les había invitado a cada uno de ellos a una cena, en la que les entregaba el dinero prestado con la mayor de las emociones.

Hubo alguien, sin embargo, que me dijo no.

Durante los años siguientes, en las numerosas veces en que nos veíamos los fines de semana para salir de copas, siempre que bebía más alcohol de la cuenta me decía: 'Salva, lo que daría por volver a esa tarde y poder decirte que sí, que tenías mi dinero a tu disposición'. 

jueves, diciembre 25, 2014

Frugal

Es un adjetivo poco escuchado en el habla diaria, pero de enorme actualidad gracias a la crisis.

Alguien de mi equipo de trabajo me preguntaba no hace mucho por su significado, al oírlo y visualizarlo en presentaciones estratégicas de empresa, donde adquiere un contenido especial: 'hacer lo máximo con la mínima inversión', lo que vendría a ser sinónimo de: 'exprime tus neuronas para encontrar soluciones sencillas a problemas complejos'.

Esta nochebuena mi hermano David ha vuelto, como en el célebre anuncio, a casa. Como cada año, por cierto.

Aunque vive cerca, en la costa de Cádiz, y solemos visitarlo durante el año, especialmente cuando hace buen tiempo, la única ocasión del año en que nos vemos toda la familia al completo es en la cena de ayer.

Con David me pasa algo muy agradable: cada vez me da más alegría verlo. Ha sido un chaval complejo, el cuarto y último hermano, que ha vivido de forma atropellada durante mucho tiempo, convirtiéndose en el ejemplo concreto de superación cuando la vida te abofetea y tú te haces cómplice de tu propia destrucción.

Él es feliz en su casa de madera, con sus paseos por la playa con el viejo Bronco, las clases de futbito a los niños del Palmar, su yoga en Conil, los paseos en bici, su trabajo en un bar de primera línea de playa y su eterna risa inconfundible.

Es de estas personas con las que no tendrías ninguna conexión si no fuese tu hermano, pero por la que lo darías todo, de las que no esperas nada y, sin darte cuenta, un día te das cuenta de que tienes mucho que aprender de ella, de su simplicidad, la fortaleza y la capacidad para vivir feliz de forma austera.

Hace unos días leía en un diario que comer poco te hace ganar años de vida. Imagino que podría hacerse una analogía con el no poseer. No querer tener, sino sentir. Ése es mi hermano.

No diga frugal, ¡diga David!

jueves, abril 10, 2014

Utopía

La situación que vive nuestro país es terriblemente dura, de ahí que episodios como el que estamos viviendo estos días tras el desalojo de la Corrala la Utopía nos enfrenten de lleno al punto de miseria al que hemos llegado.

Cifras escalofriantes que retratan cientos de miles de desahucios en los últimos años.

Nuestros gobernantes han evitado la posibilidad de la dación en pago, que hubiera permitido hacer menos cruel la vergüenza que supone tener que abandonar el hogar por la imposibilidad de abonar las cuotas inmisericordes de hipotecas que se firmaron en tiempos en que esta pesadilla era imposible de imaginar.

Los sucesos de hoy no son sino un titular más de la indefensión del ciudadano frente al derrumbe de un sistema financiero que ha sido lo primero que se ha buscado salvar. Estaremos endeudados de por vida, como nación de ciudadanos libres, para pagar los desmanes de banqueros sin escrúpulos que aparcaron la ética para hacer la bola cada vez más grande, con cláusulas abusivas, informaciones sesgadas y primas multimillonarias con las que asegurar un futuro insolidario.

Pero la solución al entuerto no puede ser la de pisotear los derechos de quienes no ocuparon viviendas vacías. No se puede promover la ilegalidad a pesar de las utopías. Las doce mil familias sevillanas que están en lista de espera de una vivienda social no tienen derecho a ver como, una vez más, se ríen de ellos.

Quien ocupó la Corrala estaba desesperado, no lo pongo en duda, pero no podemos nunca premiar al que se salta las normas si queremos seguir pensando en una nación futura de ciudadanos libres.

Lo fácil, muchas veces, es injusto.

martes, marzo 04, 2014

Tombuctú

Hablaba de mi predilección por comprar productos de la tierra cuando alguien saltó:

'A mí me da igual si los tomates que compro vienen de Los Palacios o de Tombuctú'

Fundamentaba su idea en la falta de información acerca de dónde iba a ir ese dinero, 'quizás esté mejor empleado el de Tombuctú', o falta de apego a la tierra, 'no me une nada más a una persona anónima de Los Palacios de lo que me une a una de Tombuctú'.

Conversar con alguien que pone en tela de juicio tus principios es muy enriquecedor. A mí, al menos, me motiva que traten de echar por tierra, con respeto y en positivo, mis formas de conducta porque es una manera de meditar hasta qué punto mis razonamientos son acertados o no.

En el fondo, al decir que tengo preferencia por comprar tomates de Los Palacios o Conil, lo que ese hombre estaba criticándome era, no sin argumentos, mi compra a ciegas basada en criterios nacionalistas o provincianos.

Hay dos posibilidades inteligentes ante estas réplicas: o unirte al bando del que argumenta en tu contra o refutar con elementos más sólidos.

¿Por qué prefiero comprar productos de mi tierra?

Porque es mi humilde aportación a construir una sociedad más equilibrada, que sí, no deja de ser la mía, con lo que de comportamiento de tribu eso conlleva. Ante esa crítica me gusta defenderme llevando el razonamiento al extremo: si un familiar mío abre un negocio, hago por gastar en él. Pero éste también puede ser un argumento perverso. ¿Es que puedes comparar a tu ciudad, tu región o tu país con tu familia? Resulta poco convincente, entonces, mi razonamiento.

¿No se resume todo a un puro instinto de supervivencia tribal?

Consumo productos cercanos para favorecer a mi tribu y, de paso, no enriquecer a la otra.

El argumento 'sano' por tanto tiene que admitir un cierto punto de 'sentimentalismo' al abordar este principio, del que no me bajo, de querer consumir de lo cercano, de gastar el dinero en mi tierra.

Pero, ¿no es ése un razonamiento utilizado por el populismo más casposo? ¿No grita eso en sus mítines el Frente Nacional de Marine Le-Pen?

Quiero gastarme el dinero aquí porque en esta parte del mundo donde me tocó vivir hay mucha gente a la que quiero. No hay otra. Debo bajarme del burro y reconocer que en mi razonamiento aparentemente moderno y solidario hay un punto importante de nacionalismo-provincianismo-tribu que no me gusta reconocer.

Es todo un reto para mí encontrar bases más sólidas sobre las que construir esa convicción, tal vez equivocada, de que es positivo gastar tu dinero, en la medida de lo posible, en productos y negocios de tu tierra.

Me jode dudar de mis principios.

domingo, diciembre 08, 2013

Bomberos

Aunque pienso que a veces pueda resultar sano aplicar razonamientos empresariales a la gestión pública, en cuanto a eficacia, incentivos o transparencia, hay determinados términos muy peligrosos de trasladar, sin traducción previa y de golpe y porrazo, al ámbito de lo público, como han venido haciendo no pocos gobiernos en estos últimos años.

Hablo de la rentabilidad.

Es cierto que los dineros publicos, a los que el ciudadano contribuye con su parte correspondiente de esfuerzo y riqueza, deben ser administrados con la máxima sensatez. No tiene lógica hacer una autopista entre dos pueblos distantes cien kilómetros y con cien habitantes cada uno, por mucho que eso facilite la comunicación entre las dos familias con parentesco que habitan cada uno de esos dos pueblos. Sí, razonar al extremo sirve para desestimar determinadas decisiones. En el político honesto debe residir ese grado de responsabilidad necesario para saber medir dónde termina la justicia social y dónde comienza el derroche.

En mi opinión, debería ser de perogrullo que un hospital público mirase bien por sus cuentas, observando con lupa las compras de medicamentos, favoreciendo los genéricos, así como los gastos en luz, calefacción, establecer criterios racionales en gastos de comida, seguridad, empleando la maquinaria más compleja y cara con criterios de buen uso y penalizando conductas inapropiadas. Para ello, los servicios públicos deben estar dirigidos por profesionales a los que se les pidan responsabilidades basadas en criterios de eficacia, haciéndolos copartícipes, amén de cumplir prioritariamente con los objetivos propios de su sector, de la consecución de resultados económicos del presupuesto del organismo al que pertenezca.

Una escuela pública debe tener la capacidad de administrar unos recursos dignos para obtener unos resultados determinados, y se debe incentivar a aquellos centros, y a aquellos profesionales concretos, que consigan sobrepasar la media; una remuneración que no debe de ser entendida sino como gratificación al buen trabajador, solidario, líder y proactivo profesional que cumple sus objetivos y no descuida el ámbito de responsabilidad que se le ha otorgado.

Teniendo en cuenta todo esto, algo muy lejos de ser norma en grandes sectores de nuestro país, hablar de rentabilidad, sobre todo cuando a ésta la apellidamos de social, roza los límites de lo inhumano.

¿Qué rentabilidad hay que buscar en la atención a los discapacitados? ¿Cómo podemos justificarla cuando se trata de familias sin recursos que afrontan una grave enfermedad? ¿En base a qué rentabilidad hablamos cuando dejamos a un chaval sin universidad por no tener dinero ni capacidad de ser brillante viviendo en un entorno desestructurado?

Como bien decía Iñaki Gabilondo en una entrevista hace bien poco, ¿qué rentabilidad justifica el mantenimiento de un parque de bomberos?

miércoles, octubre 16, 2013

Miseria

Es duro reconocer que la miseria lo está invadiendo todo, incluso la parte sana de la sociedad que un día luchó contra ella.

En una suerte de epidemia irrefrenable que comienza por adormilar al enfermo, los afectados van sucumbiendo poco a poco a sus efectos, sin suerte de solución.

Actúa implacable tras el primer atisbo de reacción de los anticuerpos de la sociedad, cuando ya parece lejana esa marea humana en forma de batas blancas, camisetas verdes o indignados que conseguían llenar tantas plazas como se propusiesen.

Esa miseria, hija del dinero mal parido y sucio, desangra primero los ideales para a continuación desecar el orgullo y luego llenarlo todo de justificaciones y autocompasión.

El grueso del pueblo, adormecido por esa falta de horizonte en qué creer, comienza a bajar los brazos, a hacer sus cuentas con pagas de beneficiencia que acaba por considerar un triunfo y se vuelve un producto más de esa falta de esperanza.

Desde arriba, el que todo lo gana con esa falta de rebeldía en el pueblo, disfruta, con ojos miopes, con los salarios bajos, las condiciones draconianas y el abuso permanente. Como si esa podredumbre no fuera a volverse contra ellos.

La miseria nos hace miserables sin que sepamos verlo.

La esperanza es que, más pronto que tarde, aparezcan líderes sanos, aún no inoculados por el virus, que consigan liberar a mi gente de esta pandemia narcotizante.

Necesitamos despertar del mal sueño y creer de nuevo.

martes, abril 30, 2013

Suiza

Suiza es un concepto tanto como un país, que podría equipararse a ciertos estratos de nuestra propia sociedad.

He tenido la suerte de visitarlo varias veces, sus lagos inmensos como pequeños mares, el paisaje verde de montañas redondeadas, las cumbres lejanas, las ciudades limpias de parterres cuidadísimos y un exquisito comportamiento ciudadano, frío y distante, desconfiado, impecable, altivo.

No es un país que viva sólo del dinero depositado en sus bancos, pero no sabemos distinguir hasta qué punto el haber llevado una política financiera opaca le permite mantener un estado del bienestar imposible de generalizar por doquier.

Sede de las Naciones Unidas sin formar parte de ella, neutral para todo lo que no sea recaudar dinero, Suiza es una forma de vivir sin querer reflexionar sobre qué bases.

Cada uno nace donde le toca y defiende su tierra por simple coherencia, pero la sociedad suiza tiene un punto de raíces podridas que acaba manifestándose a veces a partir de posturas hipócritas en forma de votos soberanos de su pueblo.

Sostenerse a partir de la falta de compromiso con ningún otro pueblo del mundo, fundamentando gran parte de su riqueza en la opacidad y el egoísmo de partes enfermas de avaricia de esos otros pueblos es una forma desleal de progreso que no puede servir de modelo a nadie.

Es una sociedad impecable en la gestión de su democracia o la defensa de los derechos humanos, pero ¿sobre qué bases?

martes, marzo 05, 2013

Dación

Nuestro sistema económico resulta a veces necesariamente incomprensible si se intenta mirar con ojos limpios.

Si cuando un banco te concede un préstamo hipotecario lo hace utilizando como garantía el valor del inmueble quiere decir que se está asegurando de que, en caso de impago, tendrá una propiedad que vale, cuanto menos, el importe que concedió al cliente.

Llegados al caso del impago, independientemente de las causas humanas que haya detrás, debería cancelarse toda relación entre cliente y entidad a partir del embargo de la vivienda que vale, al menos, tanto como el préstamo concedido.

¿Qué hace que además se le cobre al desahuciado un capital que le condena de por vida?

Si una de las razones es el hecho de que la vivienda no vale lo que la deuda entre banco y deudor, entonces es que se infló el valor de la misma para aumentar artificialmente el crédito (y las ganancias consiguientes). Habría, por tanto, mala fe por parte del binomio banco-tasador.

Si la razón es que la banca no previó el derrumbe de los precios entonces estamos admitiendo que el único riesgo cae siempre de la parte del más débil, testigo mudo de la avaricia de directivos insaciables en sus bonus.

Nos explican los más sabios doctores de la economía que saldar la deuda con la entrega (léase desalojo) del inmueble implicaría un quebranto para la entidad bancaria.

¿Por qué?

Si el valor por el que la ha tasado no corresponde con la realidad quiere decir que los precios están inflados y alguien está haciendo un negocio sucio, usura, a nuestra costa. Esto implicaría que la vivienda debiera colocarse en su valía real y, consecuentemente, se haría más asequible para el ciudadano, menos rentable para la banca.

La deducción simple que se obtiene de este razonamiento es que fueron las entidades financieras las que inflaron los precios para su único beneficio, dejando desprotegido al ciudadano corriente cuando descubre que el valor de su vivienda no cubre ni de lejos la deuda contraída.

Lo dicho, no es comprensible el sistema financiero en que estamos inmersos a no ser que se tome como base la desvergüenza de los que lo hicieron posible, miraron hacia otro lado o no supieron legislar.

La dación en pago es la única salida honesta para cubrir de dignidad el derecho a la compra de una vivienda.

Si la banca hubiera admitido que una caída de precios como consecuencia de la explosión de una burbuja inmobiliaria hubiese conllevado pérdidas, es decir, si la dación en pago hubiese sido una figura legal desde que esta sociedad se hizo adulta y democrática, entonces quizás no habrían jugado las entidades financieras a los cromos con los ciudadanos de este maltratado país y tendríamos un sistema político-económico menos corrupto.

viernes, diciembre 07, 2012

Involución

En nombre de la crisis se está produciendo un fenómeno terrible en gran parte del mundo civilizado, pero de forma especialmente virulenta en España.

A los recortes económicos con el único objetivo de alcanzar el déficit se unen otros que no tienen nada que ver con este objetivo y sí con uno mucho más concreto, volver a tiempos clasistas en que el poder recaiga sin dudas en aquél que posea el dinero y el que abrace la religión católica. No tenemos más que analizar los pasos dados por dos ministros tan retrógrados como Wert y Gallardón, que en pocos meses se quieren cargar derechos conseguidos durante varias generaciones de democracia española. Se apunta contra la laicidad en la escuela, contra el derecho de la mujer a un aborto digno o se subleva a regiones con políticas no consensuadas que atacan a sus lenguas para enfrentarnos a unos españoles con otros, con palabras gruesas, altaneras y chulescas que pretenden hablar en nombre de un pueblo español del que yo no me siento parte.

A todo ello se unen medidas realmente perversas, como la de amenazar con quitar el sueldo a los políticos electos, con un deformado mensaje populista, para que quien acabe optando a gobernarnos sea aquél que viva de las rentas y pueda permitirse jugar a elaborar presupuestos como quien juega a los clicks de famóbil.

Todo vale contra el déficit, incumpliendo su programa en cada una de sus medidas: eliminación de becas, copago (repago) sanitario, eliminación de pagas extras, congelación de las pensiones, subidas de impuestos, expulsión de inmigrantes del sistema de salud, introducción de tasas judiciales hasta para registrar el nacimiento de un crío... Pero sin atacar otros frentes que pudiesen hacernos llegar a ese déficit con otras armas más honestas, como las de conseguir imposiciones efectivas a las transacciones financieras y especulativas, penalizar con impuestos significativos a las grandes fortunas que esconden sus riquezas en productos complejos (como las SICAB) y, sobre todo, luchando por crear empleo.

No veo una política industrial que intente apoyar aquello en lo que somos fuertes. Somos muy buenos en energías renovables, en industria aerospacial, en la turística, en la editorial, la automovilística, la investigación médica, la del diseño textil, la de construcción ferroviaria o la agrícola y ganadera. Tenemos una lengua hablada en medio mundo y multinacionales expandidas por todo el planeta que son orgullo de un buen hacer. ¿Por qué no apoyamos a estos sectores? Con medidas inteligentes de desgravaciones, asesoramiento, ayudas a la contratación, encuentros internacionales. ¡Qué bueno sería convencer a cada una de las multinacionales de nuestro país para que contratara, al menos, a un españolito en cada lugar del mundo donde tuviesen una tienda, estudio, oficina bancaria o tajo de obra! Serían decenas de miles, llevarían con ellos nuestra lengua y la imagen de sociedad dinámica y volverían con un currículum mucho más rico.

Aunque fuesen planes no suficientemente productivos, hay que lanzar al menos ideas en positivo de que las cosas pueden cambiar y de que el gobierno se preocupa no sólo de retirar dinero y prestaciones a los ciudadanos, sino que también piensa en nosotros como su principal preocupación, poniéndonos en lugar de los mercados.

¡Hay que construir ilusiones!

Cada idea emprendedora tendría que tener un apoyo inmediato de la administración pública, no ncecesariamente económica, aunque sea para sacar adelante una de cada diez que se propongan. Para eso queremos a los políticos que nos gobiernan, para que ayude al pueblo que los eligió, lo escuche y facilite las cosas.

¿Para cuándo el enlace directo entre institutos de formación profesional y empresas?, ¿para cuándo dejamos el que nuestras universidades sean modelos de gestión pública a la escucha del mercado laboral?, ¿hasta dónde hay que llegar para que se facilite la creación de empresas en una ventanilla única?

Para conseguir que un país se levante hay que elaborar un mensaje alentador a base de proyectos. Y este gobierno no tiene ninguno. Sólo recaudar dinero olfateando entre la miseria.

jueves, noviembre 29, 2012

Peajes

A los políticos se les pueden excusar los errores, faltaría más. Incluso en los tiempos convulsos que corren se entiende aún más complicado gobernar. Nos enfrentamos a escenarios tan nuevos que resulta difícil aplicar medidas estándares, ensayadas. Todo es nuevo y cada día parece peor que el anterior.

La dificultad de su misión no les puede privar de la crítica por los pasos mal dados; ellos decidieron en su momento aportar soluciones y deben hacerse responsables del efecto que sus medidas provocan.

Ahora paso unos días en Portugal, buen ejemplo de gestión atolondrada de la miseria que asuela al sur de Europa.

El gobierno de Passos Coelho decidió hace años imponer peaje en la autopista que recorre todo el Algarve desde la frontera española. No importaba que esa obra se hiciera con financiación de fondos europeos o que implicase crear un muro económico entre dos regiones que llevan poco tiempo haciéndose permeables tras siglos de incomunicación. Todo por obtener más euros con la corta mirada que implica no pensar en la pérdida de turismo que eso conlleva, y aún a sabiendas de que éste es la principal fuente de ingresos, con diferencia, de esta región sureña.

La caída del tráfico ha superado el cincuenta por ciento en esta autopista, algo que podía preverse. Lo que cabría exigirle a esos gobernantes es que hubieran pensado que esa carretera llevaba también al centro del Algarve, desde donde partía la A2 que conduce a Lisboa, de peaje desde que se construyese. Pues bien, la bajada de tráfico en el trayecto del Algarve ha provocado, como efecto dominó, una menor utilización de la autopista a Lisboa. Haciendo la suma, se encuentran con la sorpresa de que la operación ha generado, en su conjunto, una pérdida de 29 millones de euros respecto a lo que ya recaudaban antes de imponer una tasa que penaba a la población del Algarve, a sus comercios, al turismo que le visitaba y a las relaciones fraternales con su vecino español.

Políticos que nos hacen más pobres, más miedosos y recortan nuestros sueños.

domingo, septiembre 16, 2012

Poupar

En mis muchos viajes a Portugal, me gusta pasearme con los ojos bien abiertos observando la realidad que nos ofrece este país vecino, tan cercano geográficamente pero a veces tan distante en sus formas, su esencia o sus anhelos.

Tengo la ventaja, dado lo sencillo que es leer el portugués para un español, de poder desayunar hojeando la prensa portuguesa o viajar de copiloto en el coche leyendo la cartelería de sus pueblos. Incluso uno va haciendo el oído a su musicalidad y puede comprender los principales noticiarios o los comentarios de la radio comercial.

Hay una palabra que se repite por todos lados, siendo de aquéllas que necesitan un traductor si no fuera porque se entiende rápidamente al meterla en contexto.

Poupar.

En los anuncios de los bancos, en los reclamos de las gasolineras, en la fachada de los supermercados, en la entrada a los centros comerciales. El poupar lo inunda todo.

En Portugal se viene sufriendo desde hace años lo que poco a poco ha ido llegando a España, en forma de recortes inmisericordes y subida de impuestos brutal.

Al llevar tantos años yendo de forma habitual al Algarve puedo afirmar que se percibe una enorme tristeza en el pueblo llano, en cuanto te despegas un poco de las zonas construidas exclusivamente para turistas de la Europa norteña y te adentras en los pueblos de interior, siempre humildes y solícitos.

A los portugueses no se les puede acusar de haberse metido en grandes burbujas inmobiliarias, ni han destacado por grandes casos de corrupción ni tienen autonomías a las que se pueda acusar de haber despilfarrado el dinero público. Sin embargo, ahí están, sacrificando todo el bienestar conseguido en decenios por un castigo excesivo de los mercados financieros.

Ahora viajas por el país y el único mensaje repetido es uno: Poupar.

Para poupar (ahorrar) hay que ter (tener).

jueves, agosto 23, 2012

84

Hace unos meses, duchándome, me dio por leer acerca del bote de gel con el que me enjabonaba. Olía muy bien. Entre los ingredientes y las instrucciones me encontré en letra pequeña un 'made in England'.

Me dio que pensar. Las sensaciones no fueron buenas.

Nos bombardean desde las plazas financieras de Londres, especulan con nuestra deuda como país y además nos venden el champú.

Es cierto que gracias al turismo inglés y el alemán no hemos caído aún a las puertas del infierno, pero cierto es igualmente que si vienen es porque les ofrecemos una calidad hotelera y de restauración impecables en entornos que para sí quisieran.

No tengo ninguna intención de hacer un alegato entre los míos contra la compra de productos venidos de esas tierras, pero sí es cierto que el descubrimiento me concienció para comenzar a observar, de forma metódica, los códigos de barras de cada producto que meto en la cesta.

Desde que tengo uso de razón he hecho lo que ha estado en mi mano para apoyar los negocios que han montado mis hermanas, o mis amigos, o la familia en general. Prefiero gastar un poco más, perder algo de confort o repetir más veces en un sitio si sé que estoy haciendo porque la gente que me rodea pueda recibir un pequeño empujón en su tarea de salir hacia delante.

No soy hombre de banderas, pero ahora soy consciente de que el 84 es el inicio del código de barras del producto español, y prefiero hacerme con un champú fabricado en Barcelona o Badajoz, que no uno producido en Sheffield.

En situaciones límite como las que vivimos no hay que lanzar mensajes xenófobos ni andar con patrioterismos, pero sí es recomendable una cierta sensibilidad para hacer un consumo responsable y solidario.

Si me ponen dos bolsas de magdalenas en un estante, tomaré antes la portuguesa (código 56) que la alemana (código 40), aunque tuviese que sacrificar un poco el sabor.

No debemos cerrar los ojos ni dejarnos avasallar.

domingo, agosto 19, 2012

Pocas luces

Ante la abrumadora petición de prórroga de la ayuda de 400 euros a los parados de larga duración que planteaban casi todas las asociaciones sociales y políticas, a las que yo me unía sin lugar a dudas, por lo terriblemente doloroso que supondría dejar a determinadas familias sin un mínimo ingreso, acrecentando el porcentaje de población bajo el umbral de pobreza en nuestro país, hay determinadas certezas que consiguen desmoralizar.

Veía el telediario y aparecía una chica de poco más de veinte años con un bebé recién nacido en brazos, echando espuma por la boca en su reclamación de esa ayuda porque llevaba más de dos años sin trabajar, al igual que su marido y no tenían ningún ingreso.

Una prueba más de la falta de educación, insolidaridad social, falta de sentido común e incultura de nuestra sociedad.

Si tú y tu marido lleváis más de dos años en paro, ¿cómo se os ocurre tener un crío?

¿Dónde enseñamos que para construir un proyecto de vida en familia primero hay que establecer unas bases sólidas?

Es fácil pensar que el país, que somos todos, tenemos que financiar la crianza de chavales que son carne de cañón para actuar con la misma falta de luces que sus padres de aquí a veinte años.

Mientras en nuestro país no consigamos elevar el nivel cultural, educativo y formemos en ética, en los verdaderos valores de una sociedad moderna, solidaria y emprendedora no conseguiremos salir del impasse en que nos encontramos.

La desmoralización viene, de hecho, por la perspectiva que tenemos de que caminamos en sentido contrario, adelgazando la estructura educativa, disminuyendo las exigencias de calidad y dificultando a estudiantes sin recursos el acceso a la enseñanza universitaria.

A los que nos sentimos comprometidos con una visión progresista, que creemos en el reparto de la riqueza y que abominamos de crear guetos de pobreza en nuestras ciudades se nos viene el mundo encima cuando vemos a personajes como éstos, que vociferan con maldiciones pidiendo la ayuda del Papá Estado cuando ni siquiera son capaces de ordenar sus propias vidas. 

miércoles, julio 18, 2012

Salmonete

Día espléndido de verano. Playa del Palmar, en Cádiz. Recibo a mis amigos Paolo y Mariángeles, ella con su novio. Ambiente inmejorable.

Por aquella época mis hermanas regentaban un chiringuito que era lo mejor que existía por allí, lo que suponía un aliciente para frecuentar esa zona de la costa. 

Decidimos comer un plato de pescado al mediodía en un lugar recomendado por ellas y por mi padre. No se nos olvidará a Mariángeles y a mí nuestro plato: Salmonete.

La camarera y dueña en seguida me reconoce como el hermano de las del chiringuito vecino, como hijo del padre que para por allí todos los días con amigos a tomar una cerveza.

Nos sirven los cuatro platos y a mí se me hace la boca agua con mi pescado, un salmonete de escamas brillantes y rosadas con la carne tierna. Mariángeles, en cuanto le empieza a quitar la piel al suyo se encuentra con algo totalmente diferente, desmenuzado, con aspecto de no haber estado sano. Lo prueba y lo confirma: ¡qué raro sabe!. Lo pruebo yo, lo prueba Agustín, lo prueba Paolo. Incomible.

Llamamos a la jefa del lugar y ella, viendo salmonete contra salmonete, dice que no encuentra diferencia. Con una sonrisa amable le invito a probarlo. Se lo lleva con cara de pocos amigos y casi se le olvida preguntar qué otra cosa quiere mi amiga que, con el estómago cerrado, le dice haber terminado de comer.

Al llegar la hora de la cuenta, nos casca los dos salmonetes. Tratando de calmar los ánimos del personal, la llamo y le explico lo ocurrido.

-Debe haber una confusión.

-Confusión ninguna, bien que le había metido mano al pescado. Faltaba casi medio salmonete.

-Estuvimos probándolo para confirmar que no era solo mal aspecto.

Displicente, se lleva la cuenta.

-¡Tendría que cobraros medio!

Ahí salió mi lado malo. Yo no me iba por nada del mundo de allí sin pagar el medio salmonete.

Ganar medio salmonete, podrido. Perder cuatro clientes, amigos y familiares.



domingo, julio 15, 2012

La palabra dada

Creo que pocos ciudadanos españoles son inconscientes respecto a la situación dificilísima que nos ha tocado vivir.

Tal como se están desarrollando los acontecimientos, sin embargo, pienso que la clase política subestima esa conciencia colectiva de asunción de la gravedad del período que atravesamos.

Cuando Rajoy presentó su agresivo programa electoral, estableció una serie de compromisos con esos ciudadanos que, mayoritariamente, le votaron.

Es claro que este político, presidente del Partido Popular, conocía de primera mano las cuentas de la gran mayoría de las comunidades autónomas, porque es su partido quien gobernaba.

Del mismo modo, en los tiempos que corren es difícil ocultar cifras por parte del gobierno central o el resto de comunidades. Más de un mecanismo tiene nuestra democracia para fiscalizar las cuentas públicas.

Es un hecho, por tanto, que Rajoy había establecido su programa en base a datos conocidos: Deuda, déficit, paro. Es otro hecho que sabía en qué situación se encontraba inmersa Europa y cuál era la posición de los mercados respecto a los países del Sur.

En base a todo esto debió establecer un diagnóstico y una determinada cura, materializada en un programa electoral que se presentó a votación en noviembre del 2011.

Pues bien, recién elegido, en el primer Consejo de Ministros, vino a hacer lo contrario de lo que había prometido: Subió los impuestos y abarató el despido.

En todo este tiempo ha ido deshaciendo a base de decretos-ley todos los compromisos que un tiempo atrás acordó con la ciudadanía.

Ridiculizó a Zapatero por subir el IVA, por tocar el salario de los funcionarios, por eliminar la deducción de la vivienda.

¿Qué información le faltaba a este hombre para no haber respetado su compromiso con el pueblo?

Si era tan ingenuo como para pensar que el simple cambio de gobierno iba a resolver los problemas de España debemos deducir que no estaba a la altura de las circunstancias, ni él ni su partido. Si, por el contrario, era consciente de que el simple hecho de retirar a Zapatero no era argumento suficiente para que España recuperara la confianza de los mercados, entonces estamos hablando de un ser maquiavélico y manipulador.

Inoperancia o inmoralidad, lo único cierto es que nos gobierna un señor que no ha sabido mantener la palabra dada.

Eso es imperdonable y antidemocrático.

viernes, julio 13, 2012

Privilegio

Cuando se ve el sistema hundirse a nuestro alrededor, los que quedamos en la montaña de arena de la estabilidad deberíamos ser consciente de lo privilegiada de nuestra situación y asumir la responsabilidad de hacernos solidarios con los que lo están perdiendo todo.

No admitirse privilegiado es un error enorme en los tiempos que vivimos porque la situación es tan crítica que nadie está a salvo de ser el siguiente, por muy lejano que veamos el precipicio.

A todos los que tenemos un sueldo a fin de mes y no debemos ningún recibo de la hipoteca nos corresponde demostrar que esta nave que zozobra tiene capacidad de mantenerse a flote.

La mejor manera de ser solidario es trabajar mejor que nunca, hacer de nuestras empresas u oficios modelos de conducta y luchar por la perfección. Defender nuestro mercado de trabajo desde la excelencia en nuestro comportamiento diario.

También se defiende el futuro de la sociedad en la que vivimos compartiendo, consumiendo, invirtiendo, haciendo ver a los que sufren situaciones límites que los que estamos aún en el sistema tenemos nuestro pensamiento en ellos y estamos pendientes de alargar los brazos para rescatarlos de las aguas enfangadas contra las que luchan.

Es el momento de apretar los dientes, mantener el ánimo alto por los que no lo tienen y compartir con aquéllos que no ven asideros donde agarrarse nuestra parte de futuro que, aún, está a salvo.

O nos salvamos todos, o del naufragio no nos salva nadie.

lunes, julio 02, 2012

Himán

Sé por amigos del gremio que el negocio periodístico está especialmente tocado por la crisis, necesitando reinventarse para conseguir que los menores ingresos publicitarios que genera internet no destrocen la parte del pastel que es financiada por inversores privados, más ahora que las instituciones públicas están cerrando el grifo en cuanto a introducción de información pública o compra masiva de ejemplares se refiere.

A todo ello se une que las fuentes informativas se socializan. Es difícil que ocurra algo en cualquier lugar del mundo donde no haya un móvil, y algunos de alta calidad fotográfica, para grabarlo. Además la gente, el lector, cada vez tiene más ganas de expresarse, hay más criterio y más fuentes donde comparar, por lo que la proliferación de blogs, páginas informativas, algunas de ellas tremendamente especializadas y de calidad o enlaces a los medios de otros países suponen un reto aún mayor para la prensa, radio o televisiones clásicas por las que nos hemos dejado guiar desde que tenemos uso de razón.

Hasta los lectores más empedernidos, como yo, que buscan siempre el hueco para disfrutar de un buen periódico en papel en una cafetería tranquila un fin de semana cualquiera, sin que haya relojes que perviertan, entramos sin querer en la dinámica de la prisa, el café rápido y la mirada acelerada de los titulares de cuatro o cinco cabeceras para palpar el pulso a la actualidad.

Todo esto implica que hay menos dinero y, consecuentemente, las empresas del ramo tienen que recortar. ¿Cuál es el trozo más grande del queso? El personal. Eso provoca un estrés intrínseco en el profesional del periodismo, que en muchos casos acaba aceptando peores condiciones laborales, menos sueldo y más horas, para trabajar en un perímetro mayor del que no llega a controlarlo todo.

No hay que ser muy avispado para comprender que esa tensión que pone al periodista en el ojo del huracán implica, estadísticamente, una merma en la calidad del producto ofrecido y, por ende, una disminución de la confianza del lector.

El otro día leí un titular en El País, periódico que ha sido y es una de mis referencias, referido a un asunto deportivo en el que venía a decir que 'el portero era un 'himán' para los balones'.

Escandalizado por el error garrafal no tuve tiempo de ser el primero. Había múltiples comentarios criticando ese despiste mayúsculo. Aún así, y siendo una noticia de primera plana, el periódico tardó horas en corregirlo.

Sí, han eliminado a los más bajos del escalafón, los correctores ortográficos. Y los segundos serán los que vigilan por el buen uso de la página web. Después vendrán los fotógrafos menos 'brillantes', los comentaristas menos 'polémicos', y se empezará a mirar con lupa cuántas entradas provoca tal o cual articulista para sacarlo de la nómina o proponerle un tres por dos.

Ante situaciones así no queda otro remedio que pensar a lo grande, buscar alternativas diferentes y asegurar una actividad que siempre va a ser necesaria.

¿Dónde está la solución?

Mi opinión es que la calidad atrae al público y perdiéndose ésta se entra en un círculo de caída a los infiernos.

¿Cómo compaginar calidad y falta de recursos?

Con buenos gestores que sepan optimizar la oferta y adecuarla al lector. No se puede informar de todo, a todas horas y a cualquier precio.

Es fácil opinar y difícil llevarlo a cabo. El reto es apasionante, seguro.

Los que confiamos en la profesión periodística deseamos con ansia que ésta recupere su sitio a costa de una política inteligente, no miserable, de quienes tienen el poder de decidir.