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viernes, agosto 14, 2026

Sheinbaum

Me encanta la presidenta de México.

Dejando de lado que simpatizo con su línea política, es una mujer que transmite calma en todo lo que dice: desde un avance en la economía o el lamento por una desgracia.

Porque la sigo, me aparece con frecuencia en el móvil. Y ahí paro la pantalla, para escuchar lo que me quiera contar.

Se echan de menos esos discursos pausados de Saramago, de Mújica, de Sampedro.

Algo que no debería ser excepción.

jueves, mayo 15, 2025

Mújica

La muerte de Pepe Mújica me ha producido un desamparo similar al que sentí cuando nos dejaron José Saramago o José Luis Sampedro, ángeles que te hacen creer en que otra humanidad sería posible si los escucháramos con más atención.

Uno de los razonamientos que más me afectó de entre los muchos que le escuché a ese humilde señor tenía con ver con su canto a la austeridad, en cómo vendemos nuestro tiempo para ganar dinero y cuánta de esa plata la gastamos en productos que no necesitamos.

Regalar ese tiempo es perder libertad.

Hemos construido una sociedad terriblemente consumista, yo me incluyo, en la que se ha priorizado todo aquello que se puede comprar frente al disfrute sencillo de la charla, la reflexión, el paseo y la caricia.

domingo, enero 28, 2024

Inmortalidad

Uno de mis principales argumentos para no creer en la inmortalidad es la pura observación del género humano.

Hay gente tan mala, tan mediocre, tan absurda que destrozarían cualquier futuro en armonía por los tiempos de los tiempos. Auténticos bultos con ojos.

Yo habría hecho inmortal a Saramago, A José Luis Sampedro, a Montserrat Caballé, para que alegrara aún más el paraíso con sus arias...

Sin embargo, paseas un rato por cualquier ciudad y empiezas a rogar a quien corresponda que, por favor, esto no sea eterno.

sábado, septiembre 16, 2023

Esfuerzo

Uno no puede ser culto por ciencia infusa, detrás debe de haber décadas de lecturas diarias del periódico, de novelas, tienes que haber visto cientos de películas, documentales; tras una persona formada hay un trabajo ímprovo, casi siempre placentero, de querer entender el mundo, los países, las sociedades, la historia, la ciencia, la humanidad. 

Ser una persona culta es una decisión que se toma en los albores de la vida y a la que pueden contribuir unos padres despiertos si captan ese plus de curiosidad necesario para que el proceso se desarrolle.

Ser culto no es sinónimo de bondad, pero sí está cercano al de la sabiduría. Ha habido monstruos bien sabios.

Cuando se juntan los dos, el conocimiento trabajado y la bondad innata, aparecen genios como José Saramago, como José Luis Sampedro, como Eric Fromm, que se yerguen como faroles serenos en el horizonte, para decirnos hacia dónde nos convendría caminar.

martes, abril 09, 2013

Sampedro

Seres humanos como el que nos acaba de dejar son los que dan sentido a nuestro paso por el mundo.

Personas que se plantean la existencia en términos de dignidad, compromiso con el que sufre, que son críticos furibundos contra el poder del dinero y la ignominia a la que la obsesión por él nos conduce, que se mojan por defender los derechos de los que nunca han tenido nada, personas así son las que nos deben servir como guía para vivir la vida con una alegría auténtica.

Aún embelesado por la lectura de La sonrisa etrusca, una novela siempre presente, con José Luis Sampedro me pasa como con Saramago, que está la persona por encima del escritor.

En él la ética tomaba forma humana, con los defectos inherentes a ésta pero incólume al desaliento.

Cuando una persona es coherente hasta el último momento, su muerte llega incluso a tener sentido para redondear una vida completa.

Dicen que pidió un Campari antes de morir, se lo bebió y quedó dormido para siempre.

Te queremos mucho.

Muchos.

miércoles, marzo 20, 2013

Admirar

Tenía un amigo, porque los amigos también dejan de serlo, que decía sorprenderse por mi capacidad para admirar.

Yo, en mi fuero interno, me decepciono con la gente que no sabe hacerlo.

Quien no admira, entiendo, pertenece a ese núcleo de personas cuya filosofía de vida es que 'todo el mundo es malo' y justifican cualquier virtud en el otro en algún interés oculto, complejo físico o emocional o estrategia insana.

Nadie es perfecto, y tal verdad es algo tan de perogrullo como que hay personajes que tienen la virtud de hacer resplandeciente un día gris con su palabra, sus comportamientos, la sabiduría, el humor o la bondad con que rocían sus vidas.

Yo admiro a compañeros de trabajo, sin rubor. Por su capacidad de pedir las cosas con una sonrisa,  por su disposición a la colaboración o por su efectividad para sacar tareas adelante sin quejarse.

Admiro a quien se hace a sí mismo, a quien comparte sus reflexiones, a quien es humilde y a quien no ha perdido la capacidad de aprender.

Admiro al viejo José Luis Sampedro o a José Saramago -porque los muertos dejan de serlo desde que se instalan en la memoria de quien les sobrevive- por hablar tan claro del género humano.

Perder la capacidad de tener modelos de conducta es dejar de creer en las posibilidades de progreso de uno mismo como ser humano.

miércoles, marzo 04, 2009

El placer del lector

De una editorial de un periódico nacional anoté hace algún tiempo que leer te hace más libre, más feliz y más divertido. Una idea se puede expresar de mil maneras, pero me quedé con la frase por rotunda.

Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con el que nos cruzamos por cualquier calle.

Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.

Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.

Mis hermanos se ríen de ese período de mi vida, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.

Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.

Pero yo leía.

El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, ‘Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol’, Julia O’Faolain me comentó que ‘cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien’; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba ‘que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...’ mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, ‘¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!’. Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, ‘Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo...’ afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, ‘la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá’.

Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, ‘En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno’, pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: ‘El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos "felicidad" no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos’. Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que ‘nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros’. A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, ‘la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’. ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, ‘¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?’. Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, ‘...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio’ o de nuevo Kundera, ‘el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir’.

El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, ‘El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo’ que no sabría definirlo mejor. Quizás Amélie Nothomb, cuando me escribía 'Sería bueno acudir a las exposiciones así, por casualidad, con toda la ignorancia posible. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta'.

Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, ‘en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla’.

Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Mika Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda… Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.

He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé cómo los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y he ayudado a sanar gente.

Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster ‘es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida’.

Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.