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domingo, enero 25, 2026

Políptico

Llevaba años sin ver el Políptico y pude entrar por cuestión de minutos en la catedral de San Bavón.

—Si usted no tiene prisa —me dijo quien me vendió la entrada—, quédese hasta el final. Es el momento más bonito del día.

Apenas éramos cinco personas, una pareja de tortolitos japoneses, un matrimonio belga de avanzada edad y yo.

Cada tarde cerraban el retablo de Van Eyck como ceremonia final, cuando ya apenas entraba luz por las vidrieras en el viejo templo gantés.

Con toda la paciencia sanísima de una espera de media hora contemplando cada detalle, el ritual comenzó.

Con un mecanismo sencillo, empezó a cerrarse de forma automática el tablero mientras un viejo canónigo nos explicaba las pinturas, tan llenas de colores en el frontal, a las que iban tapando los tablones grises que imitaban a esculturas.

La historia de este políptico es la historia de los últimos siglos en Europa, de su espiritualidad, de los movimientos políticos que lo llevaron de un país a otro.

Tuve la suerte de llegar unos minutos antes de que cerrasen las puertas para sentir la emoción de una de las escenas más bellas.

Siempre hay tiempo para el recogimiento.

domingo, abril 24, 2022

Repetir

Que el ansia de descubrir no nos quite el lujo de repetir.

Sí, hay muchas veces en las que volver al lugar donde fuimos felices acaba por ser un desengaño, porque idealizamos situaciones en las que confluyeron circunstancias que no se pueden volver a reunir.

A mí me gusta equilibrar lo conocido con aquello por desentrañar. Cuando esto se consigue la armonía se hace más presente en tu vida. 

Hago por cuidar, mucho, de todo lo que me proporciona seguridad, bienestar, satisfacción, de esas personas, bares, escritores, ciudades, canciones que me hacen sentir bien en mi piel. Les doy su lugar, me lo doy a mí en ellos. No quiero dejar de leer a Auster, o visitar de nuevo Gante, o sentarme a oscuras en casa y escuchar sin pausa a Zazie. No quiero perder mis cenas con Elisa, los desayunos con Fernando, los viajes con amigos a Portugal.

Hago, al mismo tiempo, por integrar aires nuevos. ¡Siempre! No tengo ningún cupo lleno de nada. Quiero aventurarme en novelas de autores desconocidos, viajar a ciudades donde no sepa dónde se encuentra su catedral, apuntar en servilletas nombres de cantantes que tú me vas a recomendar.

Quiero introducir en mi vida a quienes aún no he tenido la suerte de conocer.


domingo, enero 23, 2022

Caídas

Estábamos en nuestro restaurante preferido de la ciudad belga de Gante.

Yo me di un leñazo contra el suelo que aún me duele.

Cenábamos Fran, mi sobrino Iván, mi hermana Raquel y yo. Había ido al servicio y paseaba maravillado por la estructura de metales, cristales y maderas del Pakhuis. Despistado como soy, no vi una tarima y me di el batacazo de mi vida. Despierto como es Fran, me vio desde diez metros de distancia y se murió de la risa.

Aun hoy en día nombramos Gante y se desternilla.

Yo soy un especialista en caídas espectaculares, porque estoy en la luna de Valencia. 

He tenido la suerte de que en muchas de mi caídas y chocazos contra farolas no había nadie mirando, pero cuando esto ocurre no puedo sino reírme de mí mismo y anotarlo en el listado de esos momentos que quedan para siempre en la retina de lo feliz que he sido.

lunes, julio 05, 2021

Escudos

Cuando viajé por primera vez por Europa, nada más llegar a Burdeos, descubrí el mundo de los escuditos.

Piezas de tela bordadas con el símbolo de cada ciudad. 

Solían comprarlo los mochileros para coserlo en su petate y así dar muestra de los sitios por donde habían ido pasando.

A mí me encantaba coleccionar, así que me llevé todo el viaje a la caza y captura de los escuditos. París, Bruselas, Gante, Brujas, Ámsterdam, Copenhague, Berlín, Zurich, Ginebra... Lo recuerdo como si fuese ayer. 

Mi mochila era prestada, así que, al no poder coserlos, decidí guardarlos en una caja.

Me llevé veinte años obsesionado con tener el máximo número de ellos. No valía que nadie me los regalase al viajar. Debía ser yo, siempre poniéndome retos. Pero el radio de acción se ampliaba, y en América o Asia esos souvenirs no eran fáciles de encontrar, para mi disgusto.

Con el tiempo me fui dando cuenta de lo tonto que puede ser querer almacenar recuerdos en una caja de metal.

Las experiencias no se miden en escuditos ni viajar es una competición por ver quién recorre más kilómetros.

Los escudos están en el corazón.

lunes, agosto 22, 2016

Muero

En una de las paradas de nuestro viaje por Europa de estas vacaciones recién terminadas, mi sobrino Iván me imitaba, con risas, y repetía con voz impostada una frase mía:

-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.

Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:

-¡Es que tú te mueres por todo!

Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'

Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.

miércoles, agosto 10, 2016

Domo

Subían Raquel e Iván a su habitación del hotel de Gante cuando, en el ascensor, una camarera de la limpieza de origen asiático les preguntó:

-Spanish?

Mi hermana asintió y entonces la limpiadora se acercó para preguntarles:

-Domo?

Siempre insegura con su inglés, mi hermana se quedó bloqueada, con Iván medio escondido detrás. La mujer insistía:

-Domo?

Cinco minutos después, Iván nos contaba a carcajada limpia la escena. Raquel me preguntaba qué significaba 'domo' y yo busqué en el traductor de google colocando todos los idiomas asiáticos posibles. No aparecía nada.

'Domo' se convirtió para nosotros en la palabra fetiche del viaje. Cuando apareció por la ventana del metro la enorme imagen del Atomium, gritamos al unísono: ¡Domo! Cuando en cualquier bar se nos explicaba del tirón la lista de comidas en holandés nos preguntábamos: ¿Domo? Cuando llamábamos a la puerta de nuestras habitaciones del hotel, con los nudillos, la contraseña era: 'Domo'.

Tras un invierno durísimo por la muerte de mi padre, estos días recorriendo Europa al grito de ¡Domo!, salpicado de la risa contagiosa de la inocencia de Iván, nos ha llevado a la edad del pavo, a reconciliarnos con nuestros huesos y a sentir que la vida es más fuerte que todo.

Domo.

miércoles, junio 22, 2016

Ámsterdam

Este verano vuelvo a una de mis ciudades fetiche: Ámsterdam.

Siempre me prometo conocerla en invierno, pero siempre acabo volviendo en verano, cuando una marabunta de gente escandalosa la pasea como un parque de atracciones.

Es igual. También me gusta Venecia a pesar de las multitudes cruzando el puente de Rialto o Estambul y las aglomeraciones del Gran Bazar.

Iremos con mi hermana Raquel e Iván; ya tenemos los billetes de avión, los hoteles y los pasajes de tren que nos permitirán comenzar la ruta en la coqueta Lille, para atravesar territorio belga en múltiples paradas por Bruselas, Gante, Brujas y Amberes.

No sé quién está más ilusionado, si los que van por vez primera o quienes repetimos por enésima vez este viaje por ciudades empedradas llenas de canales donde las cervezas casi se mastican.

Sueño con el rato que pasaremos viendo el políptico del Cordero Místico de Van Eyck en la catedral de San Bavón gantesa, o con las carreras que se pegará Iván en el parque Leopoldo de Bruselas mientras buscamos la pagoda, o la cena que nos tenemos prometida en el Kleine Zavel de Amberes desde que lo descubrimos hace años. O volver a hipnotizarme con la diminuta lechera de Vermeer en el Rijksmuseum.

Viajar también es anticipar los días que se disfrutarán.

La otra noche, esperando en la barra de un bar a unos amigos, no pude sustraerme a la conversación de dos mujeres. Hablaban de organizar un viaje e iban descartando ciudades sin contemplaciones:

-Ahí ya he estado.

Haber estado es un argumento muy endeble para desechar una nueva aproximación, seguro que sorprendente, a las ciudades que un día te enamoraron.

sábado, agosto 03, 2013

Gante

Mis noches en Gante han sido, literalmente, de ensueño.  Hacía tiempo que no dormía tan profundamente e integrando sueños siempre dulces.

Seguro que ayuda la belleza de la ciudad, la lejanía del trabajo, la buena compañía y los recuerdos de visitas pasadas.

En el McDonald's donde tuvimos que cenar el primer día, al haber sobrepasado todo posible horario europeo, ya comí con 19 años, con dos amigos de la infancia con los que me lancé a conocer mundo montados en un tren. La vista, comiendo hamburguesas, sigue siendo tan espectacular como entonces: las tres torres: San Nicolás, el Belfort y San Bavón. Época en que no podría ni imaginar que la vida acabara tratándome tan bien.

Años después volví con Araceli, mi añorada Araceli, y Rafa. Con mi clío blanco de ingenierito recién fichado por la Renault.  Al mismo camping, con otros ojos.

Hace diez años tuve la oportunidad de enseñárselo a mi amor, descubriendo en un viaje memorable el políptico del cordero místico de Van Eyck.

Ahora, de nuevo, abandono Gante, con una vida coherente a mis espaldas y la sensación de que en años volveré a esta ciudad de gente con caras sacadas de cuadros medievales, de canales de agua estancada rajando la urbe en pedazos, de trozos de historia medieval con rastros negros del pasado de España.

Cervezas, canales, lienzos flamencos, timidez en el trato, batidos de chocolate y un McDonald's que, quién lo diría, puede alcanzar a ser romántico.

lunes, junio 20, 2011

Gante

Con 19 años y dos amigos, llegamos a nuestro centro de operaciones en Gante. Hacíamos interrail y se nos iba el alma intentando conocer cuantos más países mejor en un ansia adolescente por descubrir mundo.

Allí había un camping imponente, rodeado de campos verdes en pleno agosto.

Se celebraba esos días la Feria Gantesa y la ciudad era una fiesta. Recuerdo que, en una parada de autobús, intenté sacar mi mejor francés para preguntar acerca de una dirección. La mujer me miró con mala cara.

He vuelto muchas veces a Gante. Siempre lo quise enseñar a la gente querida. La pequeña patria de Carlos V, ciudad de torres viejísimas y canales siempre ensombrecida por su vecina Brujas.

Hace casi un año que Bélgica no tiene gobierno. Las dos grandes comunidades del país no se ponen de acuerdo.

Antes, los valones, los ciudadanos de lengua francesa, eran los mejor situados económicamente. La producción siderúrgica les daba poder en plena revolución industrial y sus vecinos flamencos, de lengua holandesa, eran menos, más pobres y se veían casi obligados a expresarse en francés.

Las tornas cambiaron y ahora los flamencos ven a los valones como un pueblo subsidiado. No se ponen de acuerdo ni el mínimo común que permita sacar un presupuesto adelante.

Con el tiempo conocí ciudades valonas como Mons o Tournai que no me hacían más que acordarme de mi querida Gante.

Desde cerca, se tiene escasa capacidad para ver lo que une y mucha habilidad para poner barreras con lo que separa.

Del pueblo belga, culto y educado, me gustaría descubrir la sensatez de quien sabe mirar en positivo su futuro. Entender que el destino del hombre es unirse, no atizarse con reproches menores. Nadie mantiene a nadie en Bélgica porque todos pagan los impuestos según sus posibilidades. Es un país de ciudadanos, no debe serlo de comunidades enfrentadas.

En Bélgica se batalla por el futuro de la sociedad. Porque, ¿queremos encerrarnos en nuestras peculiaridades o ganar con las diferencias en el otro?

Yo me quedo con Bélgica.