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martes, marzo 04, 2014

Tombuctú

Hablaba de mi predilección por comprar productos de la tierra cuando alguien saltó:

'A mí me da igual si los tomates que compro vienen de Los Palacios o de Tombuctú'

Fundamentaba su idea en la falta de información acerca de dónde iba a ir ese dinero, 'quizás esté mejor empleado el de Tombuctú', o falta de apego a la tierra, 'no me une nada más a una persona anónima de Los Palacios de lo que me une a una de Tombuctú'.

Conversar con alguien que pone en tela de juicio tus principios es muy enriquecedor. A mí, al menos, me motiva que traten de echar por tierra, con respeto y en positivo, mis formas de conducta porque es una manera de meditar hasta qué punto mis razonamientos son acertados o no.

En el fondo, al decir que tengo preferencia por comprar tomates de Los Palacios o Conil, lo que ese hombre estaba criticándome era, no sin argumentos, mi compra a ciegas basada en criterios nacionalistas o provincianos.

Hay dos posibilidades inteligentes ante estas réplicas: o unirte al bando del que argumenta en tu contra o refutar con elementos más sólidos.

¿Por qué prefiero comprar productos de mi tierra?

Porque es mi humilde aportación a construir una sociedad más equilibrada, que sí, no deja de ser la mía, con lo que de comportamiento de tribu eso conlleva. Ante esa crítica me gusta defenderme llevando el razonamiento al extremo: si un familiar mío abre un negocio, hago por gastar en él. Pero éste también puede ser un argumento perverso. ¿Es que puedes comparar a tu ciudad, tu región o tu país con tu familia? Resulta poco convincente, entonces, mi razonamiento.

¿No se resume todo a un puro instinto de supervivencia tribal?

Consumo productos cercanos para favorecer a mi tribu y, de paso, no enriquecer a la otra.

El argumento 'sano' por tanto tiene que admitir un cierto punto de 'sentimentalismo' al abordar este principio, del que no me bajo, de querer consumir de lo cercano, de gastar el dinero en mi tierra.

Pero, ¿no es ése un razonamiento utilizado por el populismo más casposo? ¿No grita eso en sus mítines el Frente Nacional de Marine Le-Pen?

Quiero gastarme el dinero aquí porque en esta parte del mundo donde me tocó vivir hay mucha gente a la que quiero. No hay otra. Debo bajarme del burro y reconocer que en mi razonamiento aparentemente moderno y solidario hay un punto importante de nacionalismo-provincianismo-tribu que no me gusta reconocer.

Es todo un reto para mí encontrar bases más sólidas sobre las que construir esa convicción, tal vez equivocada, de que es positivo gastar tu dinero, en la medida de lo posible, en productos y negocios de tu tierra.

Me jode dudar de mis principios.

lunes, agosto 13, 2012

La familia No-Tocar

Es extraño que perteneciendo a una familia que se siente tan a gusto de serlo, en que hemos sido tan queridos desde pequeños, donde los cuatro hermanos nos hemos tenido siempre y en la que nuestro amor por nuestros padres ha sido tan de verdad y tan profundo, seamos tan ariscos.

Ya a mis hermanas, algo mayores que yo, les llamaban en su pandilla las 'sin-tocar', no por connotaciones sexuales, sino por su poca predisposición a la caricia, el abrazo o los besos entre amigos.

Parecemos suecos.

Se supone que uno se forma como persona con lo vivido desde muy pequeño, período que no puedo más que considerar como tremendamente feliz. Recuerdo el beso de mi madre cada noche, tras darse un paseo por cada habitación, o lanzarme dando un salto encima de mi padre cada vez que venía del trabajo.

El caso es que nos vemos, a estas alturas, y aún somos reacios a darnos besos, como si costaran caros o nos fuéramos a desgastar.

No sé cómo interviene la genética para construirnos así, tan distintos en lo esencial pero tan parecidos en los gestos, las manías, las reacciones y las miradas.

Veo a Iván, tan pequeñillo, y ya aprecio ciertos achaques característicos de familia 'No-Tocar'.

Siempre estamos dispuestos a una charla, un paseo, una cerveza, somos tremendamente fáciles para quedar cuando se nos solicita... pero, eso sí, sin tocar.

viernes, noviembre 11, 2011

Cerrado

Ayer me acusaron de intransigente.

Fue en una discusión nocturna, amigable, en casa, con gente de confianza, mientras cerveceábamos y esperábamos a nuestra amiga Carmela que viniera a hacernos un pavo que no terminó de hacer.

Esperando a las pizzas salió un tema político en que yo no quise entrar, porque me chirriaban los razonamientos que se utilizaban. Pero mi amigo Antonio era insistente.

Sé que, una vez que entro, soy vehemente; y entré.

A saco.

Debe ser verdad que tengo un punto de intransigencia y así se debe llamar a lo que yo, inteligentemente para mi argumentario, defino como pasión a la hora de defender mis ideas.

Pero de pronto me dicen que no escucho, y puede que las ansias por explicar me hagan no valorar el discurso de mi interlocutor.

La vida es un progreso continuo y, desde esa base, tengo que aceptar las críticas para eliminar esa visión de lo que a veces soy y me repele.

Critico a quien no escucha, a quien no sabe ponerse en la piel del otro, a quien se cree poseedor de la verdad para, de golpe, en una noche relajada de cervezas, perder el paso y naufragar.

Seguiré en mis trece, pero más relajado. La pasión me lleva a la intransigencia.

lunes, octubre 24, 2011

Una vida

Si uno debe tardar tiempo en reconocerlo de sí mismo, más difícil aún es para un amigo descubrir en el otro un proceso depresivo.

No he pasado nunca por ese trance, pero la depresión debe suponer un desafío casi irresoluble para aquél que la padece.

Cuando uno se arrastra de la cama para ir al trabajo y no ve hermosura en nada, la espiral se va cerrando casi siempre hacia dentro, hacia lo oscuro, lo negro.

Quien está cerca a veces tiene pistas y a veces no, porque la persona que está contra el mundo también lo está de algún modo contra ti, a pesar de que las apariencias dicten amistades que no existen cuando uno no puede ver más allá de su congoja.

Son varias las veces que he tenido gente querida al lado sumida en procesos de hundimiento y me reconozco torpe para investigar, tener la habilidad para comprender que no hay agresividad hacia mí, sino un torrente de desasosiego que se canaliza en todas direcciones.

Deberíamos recibir lecciones de psicología básica para saber si a un ser humano que se hunde le resulta contraproducente o no que tú le digas que sólo se vive una vez, que el daño producido tiene como gran perjudicado al mismo que lo provoca y que sumirse en la negrura del no ver sentido a nada lleva a cerrar las ventanas a cualquier escapatoria.

Se me cae el alma viendo a un ser querido así.

El tiempo pasa deprisa, la vida es una, sin borrador ni local de ensayo; pero para ver eso se necesitan luces, focos, al menos una rendija.

Me gustaría tener las claves para encontrar esas rendijas que me lleven a aportar luz, y aire, a aquél que se queda encerrado en su propia trampa.

lunes, julio 11, 2011

Demonios

Cuando se llega a una edad los tanatorios son localizaciones inevitables, pero cuando las tragedias aparecen en la infancia o la adolescencia, esos demonios te persiguen de por vida.

Sé que me equivoco al sentir como personas especiales a aquéllas que han vivido situaciones dramáticas en períodos en que no las merecían. Pero nadie merece sufrir cuando se están abriendo las puertas de la Vida.

De entre estas personas encuentro las que colocaron un caparazón a sus vivencias más negras y no las nombran, ni escupen ese veneno del terror de encontrarse desvirgados por un dolor inmenso cuando los amigos disfrutaban del sol resplandeciente que supone el despertar al amor, al sexo, al mundo.

Yo no estoy entre ellas, siempre evidencié mi dolor y consideré una terapia compartirlo con mis próximos.

Sin embargo, entiendo que no hay posturas desacertadas, que todo es plausible. Quizás cada alma sepa qué es lo que le conviene, nadie actúa evitando la felicidad personal a conciencia.

Yo tengo junto a mí personas que sufrieron un dolor inmenso y nunca, nunca, hablan de ese pasado intenso. Tienen una sonrisa y viven el presente, proyectando si acaso sus dudas en el futuro.

Quizás su forma de escupir el veneno es ésa, demonizándolo, ignorándolo, ridiculizándolo, riéndose de él.

viernes, julio 08, 2011

Jugar a otro

Es un juego que todos practicamos inconscientemente, pero que deberíamos ejercitar más a menudo para sanearnos por dentro.

A mí, por ejemplo, me gusta escuchar música pensando que soy Isaac, leer una novela con los ojos de Mariángeles, ver una película con las emociones de Fran, hacer un viaje con la capacidad de sorpresa de mi hermana Mónica.

Jugar a sentir qué sentiría el otro de quien bien conoces su sensibilidad.

De pronto oigo toda una tarde un disco de Mayte Martín y trato de abstraerme para intentar investigar cómo lo integraría mi adorada cantante francesa Zazie, porque pienso que ella sabría emocionarse con los poemas de Manuel Alcántara cantados por la voz desgarrada de la catalana.

Hay momentos en que realmente consigo dejarme llevar tanto y tan bien, que llego a construir en mi interior simulaciones de las emociones de la gente a la que quiero y, por ende, me hago más cercano y conocedor de sus esquemas.

Es muy hermoso tratar de olvidarte completamente de ti, dejando todo prejuicio en el cajón de lo prescindible, para tomar prestado sin pedirlo el mundo de otro y, desde allí, observar la vida discurrir.

miércoles, mayo 04, 2011

Elisa

De diecinueve años, francesa y familia de nuestro amigo Txema, Elisa dijo sí a la primera cuando su tío le propuso venir a la Feria de Sevilla de este año. Estábamos en París en pleno invierno y era la primera vez que se encontraba con él.

Diciendo entender más español del que entiende pronto comprendió, nada más aterrizar el domingo, que estaba entrando en una ciudad compleja.

Charlar, beber, reír, comer y tocar palmas en un círculo infinito es difícil de entender hasta para un nativo de estas tierras si no fuese porque nos han educado, desde pequeños, a disfrutar del colorido de una semana festiva en una ciudad artificial.

Cuando lo ves desde otros ojos, de otra generación y otro país, comprendes la extrañeza e incluso el bloqueo que puede provocarse.

La mañana del martes llamó a su madre y no paró de llorar. Querría irse seguramente a París en el primer avión de vuelta.

Estuvimos todo el día pendiente de ella. Durante la comida trataba de explicarle en francés las claves de esta fiesta que empezó como agrícola y ganadera y terminó siendo lo que es hoy, un puro canto al placer de vivir en esta vida tan dura a veces. A todo respondía con monosílabos.

La tarde se fue completando con amigos que cruzábamos, casetas a las que nos invitaban, conocidos a los que sueles ver sólo en Feria. Le presenté a mi amigo Manuel, el director de cine. Éste venía con Nicole, una pintora neoyorquina recién venida a Sevilla para instalarse. Se nos unieron periodistas en la caseta de la cadena Ser, llegó Carmen, la chica que interpretará a Gloria en la película, luego mi amigo Santi, que nos presentó a sus padres, luego aparecieron unos americanos que conocimos días antes. Pasamos de los rebujitos al jamón y del jamón a las tortillas. Tuve conversaciones trascendentes, las que se tienen cuando el alcohol te suelta la lengua y dices cosas que tal vez no debieras. Bailé, bromeé con Badi, nuestra querida amiga marroquí y con Félix, un colega escritor que nos invitó a cenar la semana próxima. Esperamos a que a Ángeles Verano le hicieran un reportaje en televisión, nos acercamos a la caseta de mi amigo David, donde pude hablar del Betis con un vigués con veinte años de carnet del Celta, o con su amigo Toño, riojano criador de vinos.

Cuando habían pasado quince o veinte horas de sus llantos adolescentes, Elisa estaba bailando, o intentándolo, unas rumbitas con Badi.

lunes, marzo 28, 2011

Algarroba

Cuando dejé la casa familiar para irme al piso céntrico de la Alameda que terminaré de pagar en veinticinco años, le regalé a mi padre mi viejo ordenador, ya por entonces casi una reliquia.

A mi padre el ordenador le sirve, le servirá cuando aprenda a utilizarlo, como simple máquina de escribir. Especialista en Historia de España, su único interés es poder escribir la vida y obra de todos nuestros reyes, escritores, políticos... No se puede ser más feliz que mi padre haciendo árboles genealógicos de nuestra monarquía.

Contento con el regalo de su hijo, impaciente por aprender, se plantó en el Corte Inglés. Buscó dónde estaban los ordenadores y a algún encargado enchaquetado para preguntarle:

Yo quiero un libro para aprender a utilizar un ordenador.

Al parecer, el dependiente le preguntó:

¿Qué sistema operativo utiliza?, ¿MS-2?, ¿Windows?

Mi padre, altanero y guasón, le respondió:

Como usted siga hablándome así, cojo la puerta y me voy.

De eso hace más de diez años, y sigue escribiendo a mano las biografías reales.

Fue por esa época cuando un compañero de trabajo al que tengo especial cariño, en esos tiempos en que empezaban a instalarnos ordenadores personales corporativos a cada uno, recibió una llamada de un proveedor de San Sebastián. Mi despacho era contiguo al suyo, separándonos un panel de cristal que no llegaba al techo. De pronto, me pega un grito:

¡Salva!

Me asomé por el cristal para preguntarle en qué podía ayudarle. Él, con diez o doce años más que yo, tapó el auricular para preguntarme:

Este hombre me quiere enviar el plano de una pieza por internet.

Y me lo decía como si al proveedor vasco se le hubiese ido la cabeza.

Claro, le respondí, dale tu correo electrónico de Renault.

Me miró con cara de pánico, así que se lo apunté. No había más que poner su nombre, un punto, su apellido y @renault.com.

Se lo dejé encima de la mesa y me quedé esperando el final de la conversación.

Sí, sí, tenemos correo electrónico.

Entonces empezó a deletreárselo. Lo malo fue cuando llegó a mitad de camino:

Eso es... mi apellido y luego... algarroba... renault punto com.

¡¿Algarroba?!

Grité yo.

¡¿Algarroba?!

Gritó él.

No se me olvidará su cara al teléfono.

domingo, marzo 20, 2011

Ni el Rey

Con mi hermano David siempre he tenido la relación que define a la unión de dos personas extrañas que se quieren.

El pequeño de la casa, fue el único que quedó fuera de la habitación del hospital donde falleció mi madre.

David nos esperaba, acunado por nuestros familiares, en la planta baja de esa clínica de infausto recuerdo. Tenía quince años. La familia, sin la madre, se desperdigó en dolores y vidas nuevas que se abrían.

Dejó de estudiar, se convirtió en un chaval complicado, desubicado, rebelde.

El verano siguiente a tan dolorosa pérdida, mi padre decidió alquilar un apartamento en nuestra playa de siempre, La Antilla. Mis hermanas ya tenían su propia vida, así que entre semana estábamos a solas mi hermano y yo. Recuerdo que yo no dejaba de estudiar las asignaturas pendientes de mi difícilisimo primer curso de ingeniería mientras David disfrutaba de su pandilla de entonces.

Una noche, mientras yo veía la tele tirado en el sofá de ese apartamento de muebles provenzales, un amigo de mi hermano llamó, excitado, a la puerta. A David y otros dos chavales los habían cogido tirando piedras a unas obras abandonadas del pueblo. A falta de padre, fui yo a rescatarlo. En el cuartelillo de la Guardia Civil estaba los tres niños, acojonados, aguantando los malos modos que por entonces se estilaban.

Yo traté de imponerme calma y pregunté qué delito habían cometido. Me respondieron de forma chulesca. Les dije, con muchos nervios, que los chavales estaban asustados y no merecían ese trato. Uno de los guardias civiles, se abalanzó sobre mí y me rompió la camisa, empujándome contra la pared.

Entonces salió David. Mi hermano cogió a ese hombre y lo levantó como si fuera un muñeco.

¡A mi hermano no lo toca ni el Rey!

viernes, marzo 11, 2011

Fácil

Con el tiempo uno aprende a apreciar determinadas características en la gente que le rodea.

A mí me gusta la gente fácil. Sin ser fácil sinónimo de simple. Me gusta la gente compleja, en cuanto a que tenga un mundo interior amplio, pero al mismo tiempo accesible, receptiva, atenta, cercana.

A Santi lo conocí en la biblioteca provincial de Sevilla. Nos habían invitado, junto a Javier Márquez, como autores jóvenes con publicaciones recientes para hablar del difícil mundo editorial.

Tanto él como Concha, su editora, me encandilaron.

Ese día salí pitando de allí porque había quedado, pero memoricé su libro: 'El que no vuela es porque no quiere'. Algún tiempo después lo compre, lo leí. Relatos cortos donde determinadas obsesiones se repetían, con un lenguaje directo, terrible e inocente a la vez. Le escribí gracias a que me hice con el email el día de la charla.

Por entonces vivía en Manchester.

En una de sus visitas a Sevilla quedamos. Volvió a aparecer Concha, su editora, que me habló de su pintura y nos invitó a una exposición hermosa en un bar de Triana donde se confundían dos temas enfrentados, el nacimiento de su hijo (a ella la conocí embarazada) y la muerte en accidente de moto de su hermano.

Santi se fue a vivir a Brasil y a Concha la retuve como contacto irrenunciable en esta Sevilla en la que a veces parece difícil, cada vez menos, encontrar gente que te provoque.

Hace meses apareció de nuevo Santi por Sevilla, al parecer para vivir por una larga temporada.

Santi es de las personas que sabes que te escuchan cuando te tomas una cerveza una noche cualquiera. Es casi imposible que te diga que no cuando apetece dar un paseo, organizar una cena o pegarte una fiesta.

El otro día me contó acerca de su sequía literaria. Tiene ideas buenísimas que no voy a contar a nadie, gente con superpoderes y 'mostros' que nos atacan. Quiero que se lance a escribirlas.

Me gusta la gente fácil.

sábado, febrero 26, 2011

Operación Salmorejo

A la semana de haberme mudado a París, tras haber firmado un contrato de entre tres y cinco años de trabajo, me entró un ataque de pánico. ¿Qué he hecho con mi vida? Era pleno enero, apenas había luz del sol, las temperaturas eran gélidas y no conocía a nadie allí. Mi puesto, además, era de nueva creación y había que darle contenido a partir del trabajo con personas de distintas direcciones que me miraban con el recelo con que se suele mirar a un extranjero que viene a ocupar un asiento del que no saben si es merecedor.

Así que, a pesar de no encontrar un vuelo barato, organicé mi primera Operación Salmorejo. Llamé a todos mis amigos sevillanos y los cité en el bar Eslava un viernes por la noche, a sólo una semana de haberme ido, para invitarles a unas cervezas y unas tapas de Salmorejo.

Fue emotivo.

El tiempo fue pasando, yo me fui adaptando a mi nueva ciudad, a sacarle punta a mi trabajo y a soportar mejor el tráfico, el frío y el carácter parisino. Las Operaciones Salmorejo continuaban, pero se espaciaban cada vez más en el tiempo.

Cuando ya íbamos por la novena o décima, apenas venía nadie a tomar esas cervezas. La distancia es el olvido.

Mi apartamento de París, en pleno barrio latino, era anfitrión de múltiples visitas de amigos y familiares que me hacían feliz.

Llegó el día, tres años después, del regreso a Sevilla. Dejaba atrás una experiencia enriquecedora, una ciudad a la que vuelvo muchas veces al año, amigos franceses y una sensación de haber superado con éxito una etapa de mi vida.

En Sevilla me reencontré con menos amigos, los auténticos, los que casi nunca fallaron en mis sucesivas Operaciones Salmorejo.

A menudo me cruzo con los otros, los que me llamaban 'hermano', los que rápidamente se organizaron viajes de quince días a mi piso de París y que no supieron mantener el hilo abierto.

Nos cruzamos, yo les miro a la cara y me susurran, sin sonido, un hola endeble.

Entonces entendí que el viaje había tenido una cualidad más, había filtrado lo auténtico de mi vida emocional.

sábado, febrero 12, 2011

Pasado

En la biblioteca de mi memoria hay una escena que vuelve a mí a menudo. Mañana veraniega de playa en La Antilla, mi pandilla de entonces tumbada en la arena y risas a carcajada limpia, como sólo se puede reír con ocho o nueve años. Poco importan los motivos de esa felicidad tan sana y despreocupada que no volvería. No de esa forma.

Es teoría comunmente aceptada que el pasado hay que dejarlo atrás. 'La clave de la felicidad está en saber vivir el presente'.

Pero es que todo es presente. No hay futuro ni pasado en nosotros porque lo que existe es todo construcción de los que lo percibimos, interpretamos y disfrutamos.

En mi presente están las palmeras de chocolate que me tomaba con Mariángeles junto a la biblioteca de la Universidad, entre pausa y pausa de estudios.

Me gusta tumbarme una tarde cualquiera con las luces apagadas, en silencio, a solas y disfrutar de lo que he ido siendo.

Construyo terapias no invasivas ni químicas a base de ordenar esa biblioteca imaginaria que me lleva a ir comprendiendo por dónde están las claves de mis sentimientos.

Mi presente es pasearme con mis padres y mis hermanos por la Plaza de América y cerrar los ojos, histérico, aguantando los picotazos de las palomas a las que, aunque haga treinta años, estoy dando de comer ahora.

sábado, enero 29, 2011

Fiabilidad

Se me puede pecar de exigente, aunque yo no exija nada sino simplemente razone en voz alta la importancia que doy a ser una persona fiable cuando, sobre todo, de tus amistades se trata.

Todo comenzó con una broma hacia mi amigo David. En una época pasada en que su vida era más 'turbulenta' llegábamos a reírnos por su escasa fiabilidad. Quedar con él era saber que no aparecería.

Entre los intangibles de las relaciones humanas está precisamente la confianza en el otro. Y ésta se va fortaleciendo o destruyendo sin darnos apenas cuenta.

Entiendo que no hay nada más sano que tener la absoluta certeza de que las personas que te importan van a estar ahí. Que si quedan contigo van a aparecer, que si les pides que te echen un cable te lo van a echar. Saber que ante cualquier petición te van a decir, de entrada, que sí.

Porque cuando entre dos personas existe un vínculo de amistad sincero y cabal, sabemos dónde están los límites de nuestras anhelos respecto a ellos.

Es mentalmente muy sano tener certezas sobre tus amigos. Que si has quedado dentro de tres días para ir al cine, allí estará. Que no te va a dejar con la cena tirada en casa. Que si envías un SMS de socorro, él o ella sabrán responderlo como si les fuera la vida en ello.

Si quedas conmigo, antes se cae el mundo...

jueves, diciembre 16, 2010

Contagio

Hace años se me quedó grabada una reflexión de mi amigo Ignacio que me desarmó:

―La felicidad, Salva, no es contagiosa.

Te sientes impotente cuando tienes a alguien querido a tu lado, y ves que pasan los años, las historias o los proyectos por su vida y no terminan de coger el toro por los cuernos de la estabilidad emocional, del disfrute de las pequeñas cosas, de la relativización de lo que estas personas cercanas consideran importante, esencial para dar sentido a su existencia.

Esa frase se me quedó grabada por lo cruda que es, por la verdad que arrastra.

Es doloroso no poder inyectar parte de tu emoción por la vida a personas que te importan, sobre todo cuando el tiempo va demostrando que no son circunstanciales sus actitudes negativas ante los retos que se nos plantean de continuo.

Hay gente tan querida a la que zarandearía mil veces para transmitirle mi verdad, las ganas de cruzar tantos puentes hacia sitios que sé que en un futuro me harán tan completo como lo soy ahora porque, ante todo, es el juego de ir y venir, de proyectar nuevos horizontes lo que nos hace felices.

Achucharles y decirles que la vida no será maravillosa al otro lado de la línea que colocan artificialmente como objetivo. No hay que encontrar la pareja, el apartamento, el gran amigo, el trabajo que mereces, una nueva ciudad ni diez kilos menos.

Porque, cuando atraviesen esa meta, se darán cuenta de que no hay situaciones milagrosas que te hagan ser feliz. Y trazarán otra línea.

No, la felicidad no es contagiosa ni las estrategias vitales las venden en botes de cristal.


jueves, noviembre 11, 2010

Dos martinis

Me gusta la gente que no se avergüenza de su felicidad.

A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.

Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.

El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!

Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.

Y decirlo. ¡Me siento feliz!

El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.

Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:

'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:

Dos Martinis'.

martes, noviembre 02, 2010

Pablo

No es fácil encontrar una persona con quien estar casi un mes de viaje de trabajo, cambiando cada dos días de país, tomando aviones, metros, taxis, buscando bancos donde cambiar dinero, preparando presentaciones de trabajo, soportando la presión de personas desconocidas hasta ese momento en fábricas que visitamos por vez primera sin tener el más mínimo encontronazo o malentendido.

Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.

En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.

Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.

domingo, septiembre 19, 2010

25 años

A las nueve de la noche de un día como hoy, a finales de septiembre, hace 25 años, mientras sonaba lejana en el hospital la musiquilla de apertura de un telediario, escuchábamos las últimas respiraciones, cada vez más lentas, de mi madre.

Ya más de media vida sin ella, aún hay días en que me levanto confundido, décimas de segundo en que pienso que aún está entre nosotros, gracias a la magia de los sueños.

Fue tan duro el golpe, a mis dieciocho años, que tardé mucho en reconstruir los cimientos de mi nueva vida. Duro de entender porque, de golpe, me daban la medicina de lo atroz que es la muerte. Asumir que una mujer hermosa de cuarenta y pico años se podía ir así, tan despacio, sufriendo lo indecible sin que el hombre ni la medicina pudiesen salvarle de esa muerte anunciada.

Ya no me daría más besos al acostarme, ni volvería yo a ayudarle a liar croquetas, ni le enseñaría mis deberes, ni me prepararía más canelones con foie-gras, ni iríamos a comprarme la ropa en autobús al centro, ni desayunaría más con ella en ninguna casa de la playa. Ya para siempre huérfano, tocaba ir por el mundo desde entonces sin su protección.

Con cuatro hijos ya criados, no pudo disfrutar de su madurez, ni de un matrimonio hermoso como el que compartía con mi padre, ni de sus lecturas veraniegas, o los cafés de los martes con sus amigas o sus cabezadas tras las noticias. Ni ver a sus hijos hacerse adultos, ni conocer a su nieto, ni envejecer.

Sin que ninguno lo quisiéramos, nos estaba haciendo ese día de hace 25 años un regalo enorme: entender realmente la vida. Su dureza, sí, pero también su valor. Hacernos más fuertes.

Mis dieciocho años no me permitían ver en ella defectos que tal vez descubriría con el tiempo. Mi memoria es clara recordando su estilo, el cariño, la buena educación, su dulzura y generosidad. Pautas de comportamiento que se hicieron modelos para mí.

Mi espíritu claramente agnóstico entra en contradicción cuando pienso que uno de los cimientos de la nueva vida que reconstruí fue, y es, el de luchar por ser una buena persona, tener una vida recta y sana, hacer las cosas bien, ser coherente, cuidar de mi familia, ser fiel a mis amigos para no traicionar su memoria, hacer que se sintiera orgullosa de mí.

Esa búsqueda de la felicidad, que tan cerca tengo a diario, como homenaje eterno a mi madre muerta.

sábado, septiembre 04, 2010

La casa de la playa

Tuvimos la osadía hace unos cuatro años de embarcarnos en la compra de un pequeño apartamento en Conil.

Cuando nos lo vendieron nos explicaron que jamás construirían delante nuestra y tendríamos de por vida las maravillosas vistas del río Salado, del campo de Vejer, el Parque de la Breña y el faro de Trafalgar, la torre de Castilnovo y las playas vírgenes que conducen al Palmar.

En menos de un año se presentaron grandes excavadoras para meterle mano a ese terreno vendido como eternamente virgen, en esas estrategias rastreras de una importante parte del mundo empresarial, especialmente inmobiliario, por mentir, deformar, hacerse los locos...

Afortunadamente, las edificaciones de enfrente dejaban un hueco justo frente a nuestro dormitorio, por lo que mantuvimos en gran parte las vistas que nos enamoraron. Aunque ahora haya que desnudarse observando de reojo a un posible vecino mirón.

Con los primeros inviernos, el terreno empezó a ceder, las humedades a entrar. El dinero gastado en pintar, empapelar algunos rincones... se resquebraja con las grietas de casi un centímetro que rajan de arriba abajo el edificio. Ese edificio de materiales de primera.

Escrúpulos, ninguno.

A pesar de todo, no estamos en absoluto arrepentidos de habernos hecho con este pequeño lugar del mundo de la costa gaditana. Este verano han estado por aquí casi todos nuestros grandes amigos. Marta con su sonrisa eterna, inocente de ideas claras, Isaac el revolucionario, sacándonos cada dos por tres de paseo, Mariángeles de conversaciones profundas y divertidísimas, David pura educación y cariño, Miguel, el portugués más vitalista, Vincent y Elodie, nuestra pareja francesa favorita, siempre asombrados por los pasionales españoles, Raúl el tranquilo y observador, Cinta con sus nervios de boda próxima, Pilar lectora empedernida y entusiasta de paisajes nuevos, la Polemique de paseos larguísimos por la playa.

Que nuestra casa de la playa, un verano más, sea el lugar de encuentro de nuestros amigos es el mejor sortilegio contra grietas y mirones.

viernes, agosto 27, 2010

Ternura

Este fin de semana he llevado a mi padre a la playa, como tantos otros.

Era media tarde de viernes, oíamos la radio y, en un momento dado, giré la mirada y le vi dando una cabezada, intentando luchar por no quedar dormido. Fue una ráfaga de menos de un segundo. ¡Lo vi tan mayor!

Esa misma noche, ya en Conil, mi amigo David nos hizo una foto a los dos mientras veíamos la pantalla grande de una retransmisión deportiva. Perfil de padre e hijo. La foto no tenía desperdicio. Era yo y mi futuro, él y su pasado. La misma nariz grande, el mismo poco pelo, idéntica postura.

Sigue siendo tan seductor como siempre, elegante y buen conversador. A pesar de las operaciones a corazón abierto continúa con su rutina de cervezas de mediodía y sus tardes rodeado de libros de historia, gran parte de ellas solo en su casa, la que fue nuestra durante tantos años de infancia, adolescencia y juventud. La que nos sirvió de nido para crecer en un ambiente espléndido, roto de cuajo por la muerte cruel y lenta de mi madre.

Siempre tendré en mi cabeza su llanto calmado, con las manos de su mujer en el lecho de muerte, mientras se apagaba en un último suspiro y cómo él le decía suave... 'mi rubia, mi rubia...'

No sé cómo podía estirar tanto su sueldo de perito agrícola para haber conseguido darnos siempre lo que necesitábamos, incluso más. Veraneos de tres meses en la playa, estudios universitarios.

Los años últimos van llegando y no sé cómo de fría se siente la llegada del final, ni qué pasa por su cabeza cuando el corazón le flaquea y le obliga a meterse bajo la lengua una pastilla contra los infartos.

A mi padre sus hijos le hemos hecho más abierto en su visión de la vida, él nos ha educado a ser personas respetuosas.

No olvido los abrazos, escasos sí, pero sentidos, que me ha dado en los momentos críticos.

Es tan reconfortante saber que tienes a alguien tan incondicional a tu lado como desasosegante admitir que sin él ya no habrá más ángeles de la guarda con nosotros.

Miré al lado, lo vi dar cabezadas y me produjo una inmensa ternura.

Materia

Entre los recuerdos de mi infancia está el armario sin fondo de la habitación de mi abuela.

Como en los cuentos de hadas, este armario poseía cualidades mágicas. Allí entraba mi abuela (sí, casi entraba de cuerpo entero) y sacaba cualquier cosa. Rebuscaba sin dejarte mirar, y aparecía con caramelos, con un regalo, un libro, fotos, galletas, periódicos, un reloj de su infancia, un juguete de antes de la guerra...

Había noches en que mis padres nos dejaban allí para dormir mientras ellos se iban de cena y, como yo era el más noctámbulo de mis hermanos, acababa durmiendo en su gran cama.

Cuando abría el ropero a mí me daba pánico y excitación. ¿Qué sacaría esta vez de ese agujero negro?

Conozco a mucha gente como mi abuela, incapaz de tirar nada a la basura, recogiendo cada pizca de materia de sus recuerdos.

Yo, en cambio, soy especialista en tirar, en no coger cariño a lo material. Hacer limpieza y retirar todo lo que significa pasado. No por temor a nada, ni como protección inconsciente, creo, a que ataquen fantasmas venidos de otros tiempos.

Un coche, una casa, un reloj, una camiseta... no son más que materia.

Mi memoria no es especialmente rica ni detallista, pero prefiero jugar con mis emociones y el pequeño almacén de mis neuronas. No quiero enfrentar las pelusas de objetos venidos de otras vidas, mías, sí, pero que ya quedaron atrás.