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martes, diciembre 05, 2023

Abrazo

Siempre consideré mi inscripción en un club de remo como una de las decisiones más sabias de mi adolescencia.

Empujado por mi madre, que observaba en mí a un niño demasiado metido para dentro, un día de primavera, a los trece años, me planté en el círculo de Labradores para conocer a quienes serían mis amigos durante muchas temporadas.

Pasaba de un ambiente masculinizado, católico y cerrado a un escenario abierto al aire, liberal y donde se podía tratar con chicas.

Estaba, sobre todo, Anchoa, el entrenador, que me recibió, supongo, con consignas claras por parte de mi familia acerca de cuáles eran mis circunstancias. Yo, enclenque, tímido, despistado, siempre fui tratado por él con un profundo respeto.

La vida explosionó para mí a los dieciocho años, dejé el remo y toda una adolescencia de entrenamientos diarios. Siempre mantuve, a pesar de la distancia, el contacto con Anchoa. 

Hasta que, hace unos años, una enfermedad cabrona se lo llevó.

Anoche soñaba mis historias, entre amigos, entre risas, en esos sueños míos surrealistas en los que tan bien me lo paso. Buscábamos el hueco de una barra para tomar algo cuando, de pronto, apareció Anchoa, sentado en un taburete.

Me tiré de bruces encima y me abrazó con esa energía que solo tenía él.

Me apretó tanto que me desperté.

lunes, septiembre 26, 2022

Vergüenza

Los vergonzosos tenemos un punto de egocentrismo.

Hay un desajuste que hace que creamos que todo el mundo nos mira. Y el mundo suficiente tiene ya con observarse a sí mismo. 

Yo era de los que de pequeño me escondía tras las faldas de mi madre, de aquellos que enrojecían simplemente con que me dirigieran la palabra, de los que cerraba puertas y ventanas cuando iba a vestirme no fuera a ser que me viera el vecino de enfrente.

Hubo un día en el que un amigo francés ejerció una terapia brutal conmigo. Me convenció, no sin dificultad, para dar un tremendo grito en medio de una avenida abarrotada de gente.

Apenas nadie se giró hacia mí.

Desde ese día tomé conciencia de la mucha importancia que nos damos y de lo pequeñitos que en realidad somos, lo que no es un problema, sino más bien una liberación.

Cuando me asalta el niño tímido que llevo dentro al hacer algo fuera de lo habitual, me acuerdo del grito que un día me atreví a dar y sigo a lo mío.

La gente sin vergüenza es mucho más atractiva.

jueves, agosto 18, 2022

Crímenes imaginaros

Me divertía contar las novelas que leía. 

Mantenía a mis amigos embobados. Hacía trampa, utilizaba las historias inventadas por otros para poner a prueba mi capacidad de emocionar, dando pinceladas por aquí y por allá para hacerlas más divertidas o terroríficas en función de los ojos de quienes me escuchaban.

Hubo un verano de adolescencia, cuando mi hermana Raquel me descubrió a Patricia Highsmith, en el que quedé prendado de sus 'Crímenes imaginarios', una preciosa novela en la que el protagonista, un escritor como el que yo soñaba ser, imaginaba el asesinato de su vecina de enfrente, una anciana que vivía sola en una casa aislada, en medio del campo, frente a la suya.

El escritor simulaba cómo un ladrón entraba, la mataba y envolvía su cuerpo en una alfombra, para sacarla de allí. Entonces él hacía lo mismo, sin anciana dentro, para calcular los tiempos, el recorrido, las dificultades de ese asesino. Hasta que un día la vieja desaparece y alguien denuncia haberlo visto a él, sacando una alfombra enrollada de la casa.

No sé cuántas veces lo conté, ni cuántos giros le inventé, pero recuerdo que, por un rato, yo me volvía el centro de atención de mis amigos que, embaucados, me pedían que les contase más. 

Yo, un chaval introvertido, con grandes conflictos en la cabeza, había descubierto un don en mí. Sabía contar historias.

domingo, marzo 20, 2022

Estar

No hay razones para sentirse inseguro en una conversación entre desconocidos.

Tal vez me lo diga a mí mismo.

Hay muchas ocasiones en las que rompemos el silencio con frases simplonas, que no reflejan la valía que hay en nosotros, y que salen por pura incomodidad cuando nos encontramos en un ambiente extraño, entre personas que no conocemos lo suficiente, donde aparece ese 'yo' nuestro que no sabe cómo hacer para salir airoso, no parecer tímido ni arrogante.

Yo trato de practicar la naturalidad, que comienza por no destacar, sino observar y escuchar. Entender de quién te rodeas, con todos tus sentidos puestos en ello, para pasar más tarde a la estrategia perfecta de la repregunta.

¿Y cómo se vive en Albacete? ¿Estudiaste ingeniería en Vigo? ¿Desde cuándo trabajas en Repsol? ¿Hace mucho que te jubilaste? ¿De dónde viene tu afición a la música? ¿Tanto te gusta la novela negra?

De pronto, esa persona a la que acabas de conocer se ve halagada por tu interés, te responde y rompe de esa manera esa esfera de cristal que se establece entre desconocidos.

Querer destacar por ti a las primeras de cambio es de muy torpes, destaca por tu interés en los demás y cogerás rápido tu sitio.

Es una técnica que no falla.

martes, noviembre 30, 2021

Timidez

La timidez y los complejos los eliminé de modo racional.

El cerebro, bien usado, es el arma más potente que poseemos, con permiso del corazón.

La cuestión es no dejar pasar la vida hasta encontrar los mecanismos que nos defiendan de debilidades que no hay motivos para tener.

Sí, hay situaciones que nos superan, acaloramientos, sonrojos, sudores, miradas que nos delatan. Ante eso, racionalidad. ¿Qué me hace a mí menos que al de enfrente? ¿En qué me gana a mí nadie?

Yo pasé gran parte de mi juventud analizando mis disfuncionamientos, que eran numerosos y no me gustaban. Comprendí, con cierta dificultad, que todo estaba en mi cabeza. Luego la solución también debía estar ahí. En mi cabeza.

Si yo sufría, sufría yo. Si yo me arrugaba, me arrugaba yo. Si me achicaba, no eran los demás que engrandecieran, era yo quien los hacía grandes a mis ojos.

Aprendí el valor que había en mí. En mi sonrisa. En opinar, en levantar la mano, en tomar el control.

Sabía hacerlo tan bien como los demás.

lunes, noviembre 20, 2017

Inseguro

Yo fui tan tímido de joven que no me solidarizo con los que lo son.

No siempre, pero la timidez suele ir de la mano de la inseguridad, el no confiar en las propias capacidades, infravalorarse.

El paso del tiempo, sin embargo, suele ofrecerte las herramientas para ir descascarillando esa capa de cristal que falsamente nos protege, que nos obliga a caminar con miedo.

La inseguridad, a fin de cuentas, suele ser problema de gente egocéntrica. Lo digo porque lo fui. Esa supuesta debilidad viene dada por el hecho de creerse suficientemente importante como para pensar que el mundo está pendiente de ti.

El tímido, en el fondo, se ve empoderado de cierta relevancia personal. Pero el mundo no está pendiente de nosotros.

Recuerdo mi primer viaje a Manhattan, hace quince años. Mi amigo Kristian me pidió gritar a pleno pulmón en plena Quinta Avenida. Me reí. Insistió. Le dije que estaba loco. Se frenó y se cruzó de brazos.

-No me muevo hasta que grites.

Protesté como un niño chico, pero sabía que tenía razón.

Me tapé la cabeza, miré hacia todos lados de esa inmensa avenida. El gran Kristian me miraba desde su metro noventa, con los brazos cruzados.

Grité todo lo alto que supe.

¡¡¡Aaaaaaaahhhhhhh!!!

Apenas un hombre de rostro asiático se giró, del susto, por pura cercanía. El resto de la ciudad seguía rulando, con todos sus colores amarillos y sus trazos de cristal.

domingo, febrero 05, 2017

Ridículo

Tengo devoción por mis verdaderos amigos y Carmen Tamayo ocupa un lugar privilegiado entre ellos, porque la quiero, la admiro y me aporta luz.

Siempre enredada en proyectos creativos, esta licenciada por la Escuela de Interpretación de Cristina Rota, compagina su trabajo como coordinadora en un centro de personas sin hogar, como trabajadora social que es, con la dirección de una compañía teatral para adolescentes en su pueblo.

Hace pocos días inauguró, junto con un par de socios, un centro cultural en un barrio humilde de Sevilla donde crear cultura: teatro, fotografía, cine, literatura, música. Todo tiene cabida allí.

-Salva, empezamos fuerte con un intensivo de teatro todo un fin de semana. Cuento contigo.

Allí estaba yo. Por ella y contra mi sentido del ridículo. Entregado e incómodo a la vez. 12 alumnos que nos citamos en ese espacio de la Macarena un viernes por la tarde, con más vergüenza en el cuerpo de la que queríamos reconocer.

Extirpando nuestros prejuicios con mucha música, coreografías imposibles, a base de hacernos gritar, inventar vehículos con que desintegrarnos, utilizando nuestros textos, animándonos a llevar objetos personales, provocando abrazos, Carmen nos ha ido llevando a un territorio en el que no pensar tanto en el qué dirán para concentrarnos en el qué sentir y cómo transmitirlo; nos ha arrimado al país donde se escucha de verdad, aquél en que los humanos alejan sus tonterías para rozarse sin mirar qué ropa llevas o cuántos años acabas de cumplir. Nos ha hecho abrir los cajones atascados de nuestras emociones para convencernos de que se pueden airear al viento sin complejos, porque nadie se va a asustar de ver en ti lo que ellos esconden, sin querer, de sí mismos.

Anoche, tras una cena con amigos, me abrí un pasillo en el bar de copas para mostrar mi coreografía entre el asombro general de quien me conoce.


domingo, diciembre 27, 2015

Pena

Intento aplicarme una máxima: nunca des por supuesto el estado de ánimo en el otro. Lo hago porque, incluso en quien menos te imaginas, pueden circular las mayores tragedias personales ocultas tras una sonrisa o un semblante neutro. Tragedias que pueden pivotar en torno a complejos físicos, enfermedades reales o ficticias, ansiedades o frustraciones, timideces estrambóticas o miedos irreprimibles.

Cuanto más cerca tuya está el otro más fácil es que las palabras desanuden esos terrores internos que impiden respirar a pleno pulmón. De ahí que uno, pienso, deba estar atento a los signos, sutiles la mayoría de las veces, que denotan que alguien querido, o cercano, se reconcome por dentro.

Eso no me impide, sin embargo, huir de los profesionales de la pena, de aquéllos que no han querido trabajar en su vida su parte sana y llevan todo el día puestas las gafas de ver nubes negras. Los del 'no' por respuesta y la excusa por bandera, que venden su sonrisa a precio de oro sin tú siquiera querer comprarla.

Suelen ser, estos profesionales del drama, los que justifican tu buen humor en malas prácticas, tus ganas de vivir en falta de principios o excesiva ingenuidad, y que se regodean anunciando los males que vendrán en cuando te descuides. Los del 'ya te lo dije', que disfrutan con los batacazos ajenos.

Gente que no se entera de que no son centro del mundo y que pasan por la vida haciendo menos fácil la vida de los demás, vendiendo banderas negras.