x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

Mostrando entradas con la etiqueta Nariz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nariz. Mostrar todas las entradas

lunes, mayo 19, 2025

Pasado

Despertaba con placidez el domingo sin despertador y conseguía entrelazar imágenes de mis sueños, en los que corría, entre risas, por la orilla de la playa de mi infancia, perseguido por mis amigos. No me podían pillar.

Antes de abrir los ojos, viajé, ya consciente, a esos tiempos de sol y luz.

Sí, descubrí que había risas de dolerme la barriga que ya no aparecen en mi presente, como también había mucho miedo a ser desplazado por mi pandilla, a esa nariz tan grande que no paraba de crecer, a no saber qué estudiar, a perder a mi madre. Miedo al despertar sexual. Miedo al mundo.

No me cambio por ese chaval que fui. Ahora las risas son otras. Menos dependientes de los otros, más elaboradas por mí.

lunes, julio 29, 2024

Reírse

De muy jovencillo estaba obsesionado con mi nariz. La veía enorme comparada con la de mis amigos.

Con el tiempo, el complejo de la nariz se vino a convertir en amargura por la caída del pelo. Sé que no tenía ni dieciocho años, porque recuerdo comentárselo a mi madre, que trató de quitarle importancia. Ella murió a los pocos días de yo llegar a la mayoría de edad.

Aunque fui quitando de entre mis neuras la nariz y la calvicie, cualquier mención que hicieran a ello me volvía a meter en el agujero.

Pasé por la fase de ir quitándole importancia, muy poco a poco, hasta que yo mismo empecé a hacer bromas de ello.

Es, en ese punto, cuando te ríes de ti mismo, cuando estás sanado.

martes, noviembre 28, 2023

Nariz

De joven quería cambiarme la nariz, con los años empezó a agobiarme la pérdida del pelo y ahora, que soy un cincuentón, lo que me gustaría sería tener una sonrisa en esa cara de palo que la naturaleza me ha dado.

Me llevo las horas en mi mundo y, cuando despierto de mis ensoñaciones, me imagino, desde fuera, enfadado.

Hay quien nace con una mirada luminosa, otros con una expresión triste, yo, si no se me conoce, parezco el estrangulador de Boston.

Así que, cuando me acuerdo, lanzo una sonrisa al aire, que me hace mucho bien.

Fran, cuando me pilla ensimismado, me lo dice.

—Voy a comprarte un kilo de naranjas para que las chupes y se te quite esa cara de cuerno.

Hace años fui a terapia con un psicólogo, un hombre fantástico, que me enseñó ciertas técnicas para  crecer. Él me insistía.

—Salva, cuando sonríes, las células de tu cuerpo empiezan a bailar.

lunes, mayo 23, 2022

Alfombras

A los japoneses borrachos los meten en el asiento trasero de los taxis como si fueran alfombras.

Seguro que han inventado ese juguetillo, el del taxi con borracho incorporado, porque lo inventan todo.

Son tremendamente serios en el trabajo. En cada uno de mis muchos viajes laborales que he hecho a ese país, en distintas fábricas, ciudades y edificios de negocios, hemos pasado horas analizando con exhaustividad las cifras, hemos comparado formas de trabajar, he tomado mil apuntes acerca de buenas ideas para aplicar en mis rutinas diarias. 

Desprenden, más que sabiduría, seguridad a la hora de resolver problemas, con una mente despejada que consiguen centrar maquinalmente en el puro objetivo industrial o financiero. No se te distraen.

Casi siempre, eso sí, después de la maratoniana jornada laboral, acabábamos en algún restaurante cercano para beber. No quiero imaginar el poco tiempo que pasan con sus familias.

Beben cerveza. Mucha. Muy fría. Muy rápido. Las piden en litronas, se sientan en la postura del indio en el tatami y te llenan de continuo el vaso, por lo que es difícil llevar la cuenta. Entonces les ves ponérseles los mofletes colorados y se tocan la nariz para referirse a ellos mismos.

—Yo —y se aprieta la naricilla con el dedo índice— tengo dos hijos, Salvador —te dice uno.

—Yo —con el dedo en la nariz también—, vivo en Yokohama.
—Yo —y me tocaba la mía, que vale por tres narices japonesas— alucino con lo rápido que bebéis cerveza.

Entonces llega el momento en el que uno gira la cabeza y cae dormido. Del tirón. Sus compañeros, habituados, buscan un taxi, lo estiran y lo cogen como una alfombra. Abren las dos puertas traseras y uno desde un lado empuja, el otro desde la otra puerta tira de él. Cierran y le dan la dirección al taxista.

Imagino a la mujer del hombre-alfombra un rato después, ya en la puerta de la casa, con el dedo en su propia nariz, diciendo.

—Yo no me merezco esto.

viernes, abril 22, 2022

Fi

Los griegos pusieron al servicio de la belleza la letra φ (phi). La bautizaron así en honor al escultor Fidias.

Ella indica la proporción áurea, al equivaler a un número que representa la relación ideal por la que se rige lo hermoso. Encerrando un cuerpo humano en un rectángulo con esas magnitudes, obtienes la perfección humana.

Todos sabemos, al menos intuimos, que la belleza es simetría, proporcionalidad, armonía. La mayoría somos conscientes, también, de que con ese don sólo nacen unos pocos elegidos.

A mí me encantó que en 'La casa de papel' dieran protagonismo a Alba Flores, quien borda su personaje de Nairobi, porque ha ayudado con su enorme nariz aguileña a demostrar que otras bellezas son posibles.

¡Cuántos chavales con narices así no habrán subido su autoestima en los últimos años!

Sería muy de agradecer que las firmas de moda juvenil, sobre todo éstas, apuesten por cuerpos alejados del 'phi', por piernas anchas, por tetas pequeñas, por brazos largos, por tetas enormes, por cabeza chicas, por culos metidos para dentro, por cuerpos en forma de pera, de manzana, de limón.

Cuando un jovencito o jovencita va a comprarse ropa con sus ahorros, se da cuenta de que las tallas están hechas para sus ídolos de Instagram, no para ellos.

Hay quienes se ríen de eso, hay quienes, más débiles, querrían tirar su cuerpo a la basura. 

Un cuerpo en el que van ellos en su interior.

miércoles, noviembre 03, 2021

Asakusa

No se puede visitar Tokio sin pasear por Asakusa.

La capital japonesa es una megalópolis hecha a trozos, tan inmensa que se pierde en el horizonte cuando subes a un rascacielos para observarla. Una ciudad que apenas guarda restos de lo que fue hace siglos por culpa de la Segunda Guerra Mundial y cuyo principal atractivo es precisamente su modernidad, las pintas de la gente por la calle, los edificios de formas imposibles, sus escaparates, los mercadillos, las callejuelas donde, de golpe, te encuentras un restaurante diminuto donde sabes que te van a dar de comer bien.

Para los guiris está Asakusa. Un templo budista rojo que conforma una pequeña ciudad dentro de la ciudad.

Si siete veces he ido a Tokio, siete veces he visitado Asakusa. Haces fotos de ensueño en su jardín, con su pequeño riachuelo, los puentes, las geishas que lo pasean. Una estampa del país que esperas encontrar.

La penúltima vez que estuve en Japón casi se me escapa, así que convencí a Pablo, mi compañero de viaje, para ir a cenar por la zona, con idea de darnos un paseo por sus calles antes de que cayese la noche.

Con el templo ya casi vacío, un matrimonio japonés de ancianos se acercó a mí y me hicieron gesto, cámara en mano, de que querían alguien que les retratara. Les hice una reverencia y les pedí la cámara.

—No —me dijeron, por medio de signos—. Y se la dieron a mi amigo Pablo.

A mí me pidieron que me colocara en medio de los dos para aparecer en la foto.

Yo me quedé de piedra, entre halagado y avergonzado, pero me coloqué entre ellos.

Tuve la suerte de que la mujer hablaba algo de inglés, así que, tras posar varias veces con mi mejor sonrisa, les pregunté por el sentido de la foto.

—Es que usted tiene una nariz muy grande.