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domingo, marzo 27, 2022

Semáforo

No se veía un coche a los dos extremos de la avenida, así que crucé.

Una mujer de avanzada edad me tomó por el brazo y me metió en la acera, tras soltarme un discurso indignado en danés. Me señalaba el semáforo en rojo para los peatones. Yo sólo supe decir:

—Sorry.

Era un domingo tranquilo y soleado en Copenhague, al que acabábamos de llegar en nuestra ruta adolescente de aventuras con Interrail, tras recorrer media Europa en tren. Yo aún tenía la cabeza amueblada como un crío, así que obedecí a la reprimenda de la señora.

Hay días, muchos, en los que me acuerdo de esa mujer al atravesar una calle por donde no debo. Y siempre me planteo que soy un afortunado por haber nacido en una sociedad menos cuadriculada que aquélla que se relame en una educación cartesiana que no sabe lo que es la mano izquierda.

lunes, julio 05, 2021

Escudos

Cuando viajé por primera vez por Europa, nada más llegar a Burdeos, descubrí el mundo de los escuditos.

Piezas de tela bordadas con el símbolo de cada ciudad. 

Solían comprarlo los mochileros para coserlo en su petate y así dar muestra de los sitios por donde habían ido pasando.

A mí me encantaba coleccionar, así que me llevé todo el viaje a la caza y captura de los escuditos. París, Bruselas, Gante, Brujas, Ámsterdam, Copenhague, Berlín, Zurich, Ginebra... Lo recuerdo como si fuese ayer. 

Mi mochila era prestada, así que, al no poder coserlos, decidí guardarlos en una caja.

Me llevé veinte años obsesionado con tener el máximo número de ellos. No valía que nadie me los regalase al viajar. Debía ser yo, siempre poniéndome retos. Pero el radio de acción se ampliaba, y en América o Asia esos souvenirs no eran fáciles de encontrar, para mi disgusto.

Con el tiempo me fui dando cuenta de lo tonto que puede ser querer almacenar recuerdos en una caja de metal.

Las experiencias no se miden en escuditos ni viajar es una competición por ver quién recorre más kilómetros.

Los escudos están en el corazón.

domingo, julio 02, 2017

Araceli

La otra noche me desperté sobresaltado. Soñaba que dormía, solo, en casa de mis padres. Me levanté a beber agua y oí un ruido de cerradura. Descalzo, en silencio, me acerqué a la entrada. La puerta se abrió y apareció Araceli. No olvido su mirada al ser descubierta por mí. Me desperté de un grito.

La habitación aún estaba a oscuras. Acelerado por la visión, traté de conciliar el sueño, con la imagen clavada de Araceli siendo descubierta al entrar de madrugada en una casa que pensaría vacía.

Buceé por los años de juventud y di con el intenso viaje que hicimos con mi Clío por toda Europa. Rafa, ella y yo. Cómo tuvimos que refugiarnos en el camping de La Molina el mismo día en que una avalancha causaba una catástrofe en el de Biescas; la discusión con un policía en las calles de París por un semáforo que yo no reconocía haberme saltado; los planos del viaje volando por los aires camino de Bruselas; su petición comedida de que no dejara el volante, 'me da miedo cómo conduce Rafa'; las tardes largas paseándonos los fríos parques de Copenhague; el sol fuerte por las calles de Berlín y los huevos fritos que nos preparaba una 'froilán' anciana en un bucólico camping a las afueras de Zurich.

Se me venía su risa contagiosa mientras trataba de volver a dormir. Inseparable de mis hermanas, leal y tranquila. Dulce. Tal vez entraba en casa de mi padre a buscarlas y se dio de bruces conmigo.

No olvido la llamada de Raquel a mi despacho de París. 'A Araceli le han detectado un cáncer'. Desde 2000 kilómetros de distancia le envié un ramo de rosas. Las más rojas. No tardó en responderme.

Estaba guapa con su pañuelo en su cabeza, dando tumbos entre la esperanza y el horror. Al final no pudo. No sé hace cuántos años ya... Pero esa noche me la encontré. Sonó la cerradura y la descubrí. Maldigo haberme despertado, no haberle podido ofrecer un abrazo, aunque fuera sólo un abrazo de sueños inventados, aunque lo que me contase fuese lo que yo quisiera oír. Que todo iba bien. 

jueves, diciembre 25, 2014

Frugal

Es un adjetivo poco escuchado en el habla diaria, pero de enorme actualidad gracias a la crisis.

Alguien de mi equipo de trabajo me preguntaba no hace mucho por su significado, al oírlo y visualizarlo en presentaciones estratégicas de empresa, donde adquiere un contenido especial: 'hacer lo máximo con la mínima inversión', lo que vendría a ser sinónimo de: 'exprime tus neuronas para encontrar soluciones sencillas a problemas complejos'.

Esta nochebuena mi hermano David ha vuelto, como en el célebre anuncio, a casa. Como cada año, por cierto.

Aunque vive cerca, en la costa de Cádiz, y solemos visitarlo durante el año, especialmente cuando hace buen tiempo, la única ocasión del año en que nos vemos toda la familia al completo es en la cena de ayer.

Con David me pasa algo muy agradable: cada vez me da más alegría verlo. Ha sido un chaval complejo, el cuarto y último hermano, que ha vivido de forma atropellada durante mucho tiempo, convirtiéndose en el ejemplo concreto de superación cuando la vida te abofetea y tú te haces cómplice de tu propia destrucción.

Él es feliz en su casa de madera, con sus paseos por la playa con el viejo Bronco, las clases de futbito a los niños del Palmar, su yoga en Conil, los paseos en bici, su trabajo en un bar de primera línea de playa y su eterna risa inconfundible.

Es de estas personas con las que no tendrías ninguna conexión si no fuese tu hermano, pero por la que lo darías todo, de las que no esperas nada y, sin darte cuenta, un día te das cuenta de que tienes mucho que aprender de ella, de su simplicidad, la fortaleza y la capacidad para vivir feliz de forma austera.

Hace unos días leía en un diario que comer poco te hace ganar años de vida. Imagino que podría hacerse una analogía con el no poseer. No querer tener, sino sentir. Ése es mi hermano.

No diga frugal, ¡diga David!

martes, agosto 13, 2013

Copenhague

Como todo en la vida, cuanto más se viaja más difícil es encontrar el cosquilleo de la primera vez, aunque casi siempre compensa el ir reemplazando la visión borrosa, exenta de matices, de esa vez inicial. Las emociones en carne viva se convierten, si hay actitud, en placenteros paseos sin rumbo en el que lo de menos es el edificio concreto y lo de más es conseguir formar parte, de pleno, del paisaje.

A Copenhague llegué, con diecinueve años y una mochila, otro lejano verano, ávido de romper mis fronteras utilizando los kilómetros como estrategia.

Como si fuese ayer, recuerdo aquel cámping urbano, al que volví dos veces, en cuyo césped bien cuidado me tumbé un buen rato, íntimo, viendo pasar las nubes, veloces, manchando un frío cielo azul.

"Todos caminamos sobre nuestros pies, el suelo está abajo y el cielo arriba. Aquí son más altos, más rubios, pero somos lo mismo".

Me hizo falta esa tumbada en un cámping danés para comprender que yo era un ser del mundo, tanto y tan válido como cualquier otro.

Hoy, en Copenhague, descubro la virtud de la sonrisa danesa, la agresividad de su clima, lo austero de su comportamiento. Observo una sociedad mucho más igualitaria que la española, donde no hay trabajo menor, donde los rubios, y rubias, te atienden en el hotel, conducen sus bicicletas, recogen tu comida, te sirven la cerveza o te explican, en un aeropuerto y con una sonrisa, que tienes que tirar el bote de desodorante a la basura para montar en el avión.