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sábado, febrero 12, 2022

Arrugas

Cenábamos en San Sebastián y me senté un rato en la mesa de los críos.

Era fin de año, nos habíamos juntado muchos amigos en casa de Txema y Paula, y yo quise conocer a los chavalillos que me acababan de presentar.

Se quedaron en silencio al verme allí, en su pequeña mesa llena de comidas de colores. Me presenté y les pregunté cómo se llamaban, tras quedarme prendado con la mayor, de nueve años.

Le pregunté acerca del colegio, de sus amigos, del euskera, de cómo se llevan entre ellos. Ella me explicaba todo con una inocente candidez que me enamoró. No hay edades que te impidan admirar a una persona.

Al día siguiente me interesé por ella.

—Es una niña inteligentísima —me confirmó Paula—, pero arrastra complejos enormes. No le gusta su físico ni tener unos padres tan mayores.

A los niños con una sensibilidad extrema todo les remueve por dentro y esa niña se sentía feílla, además de rara por tener unos padres que parecían abuelos, sin darse cuenta de la luz que desprendía y que yo supe ver.

Paula entonces me contaba que le decía a su madre.

—Mamá, ¡pero si es que tienes incluso arrugas dentro de las arrugas!




sábado, febrero 13, 2021

Olla

Recuerdo con risas una guerra de migas de pan en un restaurante de Donosti.

Estábamos la familia, nuestros amigos donostiarras y algún que otro conocido. No sé cómo ocurrió, pero acabamos inundando el local de bolas de pan. Se nos contagió un ramalazo de locura.

Qué sano es que se nos vaya la olla de vez en cuando.

Son situaciones que tendrían que darse más. Deberíamos ser más propensos a perder por momentos la cabeza, liberarnos de corsés y decir barbaridades. 

Sí, me lo digo a mí.

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que comencé a cantar por María Bethania. Una noche loca en que yo desafinaba imitando a la brasileña y me caía de alegría al suelo entre las risas de mis hermanas. Y seguía cantando, con los brazos en cruz, tirado en el suelo.

O cuando a mi padre, en una atracción de feria, le tocó como premio un animal tan feo que lo bautizamos perrigato. Me río aún de mi padre haciendo el indio con el perrigato.

Estamos demasiado inhibidos. Yo el primero.

Añoro escenas surrealistas en este mundo tan serio.

miércoles, diciembre 14, 2016

Izan

Seguramente por no tener hijos, tengo una sensibilidad especial para sorprenderme con los niños a los que quiero. Además de a mi sobrino Iván, hay un chavalillo de 3 años con el que he pasado largas horas desde que naciera en San Sébastian: Izan.

En euskera 'izan' significa 'ser'.

Este pasado puente hemos estado en su casa, la de mis amigos Txema y Paula, padres de Izan. Al estar ellos trabajando algunos de esos días, he tenido mucho tiempo para pasear con él y comprobar cómo va avanzando en su dominio del lenguaje. Me cuenta todo de sus compañeros de clase, con esas 'eses' tan marcadas del norte. No para de hablar.

A mí me gusta preguntarle, para ponerme al día de sus progresos y poder calibrar hasta qué punto comprende las cosas, cuál es su nivel de conocimiento del mundo que le rodea. Él, simpático donde los haya, no huye ninguna respuesta.

Íbamos caminando por La Concha cuando le pregunté:

-Izan, ¿tú sabes dónde vivimos Fran y yo?

-En Sevilla -respondió raudo.

-Ahá. ¿Y tú? ¿Dónde vives tú?

-En mi casa.

-Ya, pero... ¿dónde está tu casa?

-No muy lejos de aquí -me respondió serio, señalando hacia atrás, extrañado de mi despiste y de mi risa floja.

Me contaba Paula, su madre, que un día llegó del colegio y le preguntó:

-Amá, ¿tú sabes decir tacos?

Paula negó rápidamente con la cabeza, pero él se adelantó.

-Yo sí se uno.

-¿Cuál? -Preguntó Paula.

-¡Tonto!

-Ay, mi niño. Pues sí, sabes decir un taco.

-Venga, dilo tú.

Paula se lanzó:

-¡Tonto!

-¡Hijoputa! -Respondió él.

Días después le comunicaba a su madre lo que había decidido hacer cuando fuera mayor.

-¿Qué harás, mi niño?

-Cuando sea mayor, diré todo el tiempo ¡hostia!

domingo, febrero 22, 2015

Ostras

Disfrutábamos de un fin de semana soleado en Marbella con nuestros queridos Txema y Paula.
Tras cada agotadora temporada anual en sus dos negocios donostiarras, aprovechan sus merecidas vacaciones de temporada baja para darse un disfrute continuo de los sentidos que, generosos como son, hacen por compartir con nosotros cuando podemos unirnos a ellos.

Estábamos en El Ancla, un restaurante de pescados blanco y luminoso, asomado al mar, en San Pedro de Alcántara.

Champán y ostras, para empezar. Yo, con un estómago poco amigo de esas exquisiteces, para mi pesar, pedí mi caña de rigor; no por ello menos entusiasmado por el placer de ver las caras de felicidad.

Txema ofreció a Olatz, la cuidadora del pequeño Izan, la bandeja de ostras.

-¿Quieres?

-No lo sé -respondió ella, cohibida, tras admitir no haberlas comido nunca.

-En esta vida no hay que dudar, niña -le vino a decir Txema-. Sí o no.

Ella lo escuchaba con los ojos bien abiertos.

-Pero ten bien claro que la ostra que no te tomes hoy, ya no te la tomarás jamás.

Olatz alargó la mano.

miércoles, febrero 04, 2015

Idiomas

Como cada invierno, Paula y Txema bajan desde Donosti a nuestro Sur para disfrutar de unos largos días alejados de las rutinas estresantes de sus negocios; se adaptan a nuestras costumbres, se encuentran con sus numerosos amigos y aprovechamos las noches para compartir cenas donde ponernos al día.

Desde hace casi dos años hay un nuevo actor en esta película invernal: Izan. El jovencito rubiales es ahora el centro de atención con su hiperactividad, los mofletes rojos y su risa contagiosa.

Para hacer más fácil la vida social de estos días, se han hecho acompañar por la niñera, Olatz, una joven veinteañera estudiante de Educación Infantil que no se separa del enano, con una consigna secundaria clara: comunicarse con él en euskera. Al ser ellos castellanohablantes decidieron aprovechar las muchas horas de la cuidadora al lado de su hijo para que éste se hiciera con la lengua vasca.

Resulta entrañable comprobar las miradas que Izan echa a Olatz cuando ésta lo regaña con palabras incomprensibles y, hasta cierto punto, todos estamos pendientes de si el pequeño entiende o no ese vocabulario.

Ayer apareció nuestra querida Carmen con su hija Lucía, que no anda lejos de los ocho años. Hablaban entre todos, con Olatz integrada en la conversación, mientras tomaban café. Lucía, atónita, comprobaba cómo la niñera dejaba de hablar castellano cuando se dirigía a Izan para volver al castellano en la conversación con Paula, y empezó a construir una teoría.

Poco a poco se acercó a Olatz para confirmarla:

-Con Izan hablas un idioma para bebés, ¿verdad?

viernes, enero 06, 2012

Regalos

El mejor regalo es aquel que te hace recordar a la persona que te lo ofreció.

Tengo en casa, por ejemplo, una pintura de acuarela de la cocina de mi pequeño apartamento parisino que me regaló Javi 'Ligre'. La tengo justo a mi lado cuando me pongo a cocinar y no sólo me retrotrae a otros tiempos en que era tan feliz como ahora sino que me hace pensar en Javi y Cristina.

En aquella época parisina a mi amigo Paolo le dio por comenzar a pintar. Cuadros abstractos con colores muy fuertes en grandes lienzos. Vivía en un estudio de 15 metros cuadrados y tenía cuadros por todos lados, casi no cabía para dormir. Él me mostraba cada uno de ellos y me explicaba el motivo de cada composición, con la pasión que Paolo ponía en todo aquello que realizaba. Un día quedé para tomar unos vinos con él y me trajo un cuadro amarillo yema con trazos circulares azules, rosas, blancos en su interior que, una vez llegado a Sevilla, coloqué en lugar preferente en el salón. Eso me hace que cada día tenga un momento de recuerdo hacia mi amigo italiano.

David me regaló un abrecorchos automático que me hace pensar en él cada vez que tomo vinos, a Mariángeles la tengo presente continuamente en forma de libros inolvidables, o a Isaac y los sofás blancos comprados a Mango, o los maravillosos anillos de Txema y Paula.

La gran vela roja que nunca se acaba que nos regalaron mis hermanas o el jarrón blanco que nos trajo Mamen.

Te hacen un regalo para introducirse elegantemente en tu vida y uno se deja invadir por ellos, porque se les quiere.

miércoles, agosto 17, 2011

Donostia

Cuando hay amigos en ellas, las ciudades que visitamos siempre nos resultan acogedoras, de ahí que me resulte difícil desligar San Sebastián de Txema y Paula, y de Ainhoa, Peio, Román, Ignacio, David, Badi y todas las personas que se han encargado de hacerme feliz en esta tierra.

Mi primera visita al País Vasco fue hace muchísimos años, a Elgoibar. Fue por cuestiones de trabajo y no tuve oportunidad de acercarme a Donostia. Desde mi hotel de trabajo en Zarauz mis compañeros me explicaban que esas luces que se veían a lo lejos pertenecían a la ciudad.

Luego tuvimos la suerte de que Txema y Paula se cruzaran por nuestras vidas y que, incluso, tengamos un apartamento casi construido para nosotros en la trasera del Victoria Eugenia.

San Sebastián es una postal. La naturaleza y el hombre se han conjurado para hacer de ésta una ciudad estéticamente impactante. Edificios neoclásicos en avenidas rectilíneas junto a bahías, montañas, playas y verde frondoso.

Aquí, en esta ciudad donde me encuentro pasando las vacaciones, te reciben con los brazos abiertos al decir que eres sevillano. Incluso los abertzales más radicales que me han presentado.

Aún así hay un aroma de falta de libertad para hablar. Miradas y silencios que lo dicen todo, y una sensación de que los amos de la calle son los que llevan las camisetas con la ikurriña.

Donostia está lejos de ser libre. Y no creo que su libertad sea el paraíso soñado por aquéllos que, con todo el derecho del mundo, quieren una ciudad en que yo tenga pasaporte extranjero.

lunes, enero 19, 2009

Resistencia

Cuando accedes a personas llenas de calidad humana, de sabiduría y fortaleza, no tienes menos que darte con un canto en los dientes.

Hace ya más de dos años que hablé en este mismo blog de Román Sudupe, antiguo dirigente del PNV y Presidente de la Diputación de Guipúzcoa.

Este pasado viernes tuve el honor de que él presentase mi reciente novela en San Sebastián. Según me contaba Txema, cuando se le propuso, dio su ok sin el más mínimo reparo.

En el momento de los agradecimientos, en que yo alababa el altruismo y generosidad de mis amigos Txema y Paula, en todo lo concerniente a la organización del acto en sí, al yo relacionar esas actitudes desprendidas con el verdadero sentido de la felicidad, Román tomó el micro para recordar al filósofo danés Kierkegaard. ‘’ La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más’’.

Rato después, mientras almorzábamos en el Nagusia Lau, comenzó a hablar con mi amigo Helio de Viktor Frankl, el psicoterapeuta judío que explicaba cómo los que tenían más oportunidades de sobrevivir al holocausto alemán eran aquellos que tenían una meta, una ilusión más allá de esas rejas asesinas.

Yo había llegado de Sevilla acatarrado y, tras la tensión del acto de presentación en sí y cuando todos estábamos sentados en el restaurante, noté que me subía la fiebre, era incapaz de probar bocado. Entendí que no era apropiado retirarse.

Román nos habló de Zorba el Griego y el Grito de la Materia, de Erich Fromm y El Corazón del hombre, del sentido de la vida tras la muerte, de cómo nuestra materia se integra en la materia que nos transciende y del rastro que dejamos en nuestros semejantes, en que vivimos mientras nos recuerden, en cómo podemos ‘hablar’ con los que ya no están.

De vez en cuando me miraba y me decía: ‘Salva, resistencia’. Se aprieta los dientes, se aguanta la fiebre y se resiste.

Esa misma tarde me di un paseo por San Sebastián, entré en la librería Lagun y compré un libro de Erich Fromm, El Corazón del hombre. Ya casi lo estoy terminando. Habla de las personalidades necrófilas y de las amantes de la vida (biófilas). De amar en lugar de querer:
‘…el biófilo no vive en el remordimiento y la culpa, que no son, después de todo, más que aspectos de la aversión a sí mismo y de la tristeza. Se orienta rápidamente hacia la vida y procura hacer el bien…’

‘Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo todo los que sirve a la muerte. Bueno es la reverencia para la vida, todo lo que fortifica la vida, el crecimiento, el desarrollo. Malo es todo lo que ahoga la vida, lo que la angosta, lo que la parte en trozos. La alegría es virtuosa y la tristeza es pecaminosa’.

Eché en falta a Mariángeles, una gran amante de la vida que hubiera disfrutado como una cría con este gran seductor, culto, profundo, campechano y generoso que es Román Sudupe.