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martes, diciembre 24, 2024

Pánico

Hay quien tiene pánico a la Navidad.

Suele coincidir con aquellos que han sufrido pérdidas en fechas cercanas a las de estos días, días que ejercen de impulsores del vacío que supone no contar con esos seres queridos.

Estas fechas potencian recuerdos de casas llenas, de risas tontas, de escenas tiernas que puede que no vuelvan, o no en el mismo grado, con las personas de entonces ni la alegría de nuestros tiempos jóvenes.

Ese pánico se vuelve odio al villancico, al turrón y a los programas enlatados que se repiten una y otra vez para recordarles que hubo un tiempo en el que sí creyeron en la Navidad.

lunes, octubre 02, 2023

Delfines

El restaurante se llamaba Delfines, en francés, o algo parecido. Lo había buscado en Google mientras llegábamos en ferry a Tánger para trabajar.

Había mucha faena en la fábrica que visitábamos, así que fuimos tres compañeros del equipo de Calidad desde Sevilla: Rafa, cerca de cumplir los sesenta, yo, en los cuarenta, y Migue, el yogurcín.

Tras una paliza de jornada, les propuse ir al Delfines a cenar. Anochecía.

Tánger es una ciudad amable, en la que siempre me moví con tranquilidad, pero la zona donde nos marcaba el GPS se salía de los barrios que yo controlaba.

Así que preguntamos a un transeúnte, que nos miró con cara rara. 

—¿Allí queréis ir? —Preguntó, con expresión de espanto. Los tres dijimos que sí—. ¡Pero ya mismo va a ser de noche! —Nos asustamos!— Y tenéis que atravesar ese descampado —el descampado nos produjo terror—, y subir esa escalera... —¡altísima!

Nos infundió tal pánico que salimos los tres corriendo como alma que lleva el diablo. Migue llegó a lo alto de los escalones cuando yo no había llegado al primero y Rafael, asfixiado, corría tras de mí, maldiciéndonos y tocándose el corazón.

—Me va a dar un infarto —protestaba, sin resuello.

¡Qué contagioso es el miedo!


martes, junio 06, 2023

Cosquilla

El miedo sería perder esa cosquilla en el estómago al verlo enredar con sus cosas por casa.

Que tomando unas cervezas no me entrasen ganas de meterle mano a sus rodillas por debajo de la mesa.

Que no esperase cada mañana su mensaje de buenos días, que no pusiera su cara sobre mi tripa al ver una peli para dormir.

El pánico vendría de no tener ganas de ir con él a la playa, de no apetecerme hacerle de desayunar, de imaginar que un día no me dé un abrazo al entrar.

El terror sería un día no sentir nada.

jueves, septiembre 30, 2021

Sudar

Me ocurrió algo en la fábrica que Renault tiene en la ciudad francesa de Le Mans que pertenece al espacio difuso entre lo real y lo fantaseado.

Debía presentar una nueva dinámica de trabajo al comité de Dirección de la factoría. Salí de París a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo a la cita. Me coloqué mi mejor camisa blanca y me perfumé.

Me esperaban alrededor de una gran mesa redonda, y allí tomé la palabra tras presentarme.

Nada más comenzar, me interrumpieron unas cuantas veces con preguntas agresivas y a mí me asaltó la inseguridad. Por mi francés de entonces, por el tema en sí, por la ceremonia del recibimiento. El cuerpo se me descontroló y empecé a sudar. Sudé y sudé. Intentaba mirar la camisa, pero yo sabía que me estaba empapando. En un receso, pregunté por el baño. No había salida posible. Cerré la puerta, me desnudé de cintura para arriba y metí la camisa bajo el secador de manos. 

Nunca me había pasado algo igual, pero me entró pavor a realizar ninguna intervención en público, fuera por trabajo, la presentación de una novela o simplemente decir unas palabras en un encuentro entre amigos.

Un anuncio de televisión me salvó. ¡Había aparecido un producto mágico! Efectivamente, lo comprobé. Te lo aplicabas justo antes de dormir y al día siguiente ni una gota de sudor.

Perdí el miedo.

Ese botecito hace muchos años que se me acabó. Nunca lo volví a usar y nunca más se me descontroló el sudor.

El hecho de eliminarlo de mis pesadillas había provocado un efecto sanador hacia mis miedos.

Olvidé pensar en el pánico de hablar en público y mi cuerpo se hizo fuerte en mí.

martes, febrero 23, 2021

Microataques

Todos tenemos microataques de pánico diariamente.

Estoy convencido.

Nuestra cabeza es el más perfecto ordenador, no descansa ni durmiendo. Aunque hagamos por educar a nuestro cerebro, éste se despista, va a su bola muchas veces, y en esas escapadas se pasea por sitios abruptos que no querríamos visitar de elegir la ruta.

Imagino que no es sino una gimnasia cognitiva que practica para simular todos los escenarios posibles, como un combatiente inquieto que no quiere dejar nada al albur de lo imprevisto.

En algunos de estos entrenos casi militares para investigar el futuro, porque le va la vida en ello, se enfrenta a posibles enfermedades, despidos laborales, muertes cercanas y sustos diversos que, mientras damos un bocado a una manzana bien colorada, de golpe nos aceleran el corazón con un calambrazo de terror.

Mi clave para que esa pequeña arremetida no vaya a más es solidarizarme con mis sesos.

Suspirar para borrar la imagen y entender que, esos sobresaltos, no son sino ejercicios voluntariosos que nos preparan para estar fuerte cuando venga lo peor.