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jueves, mayo 01, 2025

Apagón

Siendo una semana más corta y para atemperar un poco el estrés de mi nuevo cargo, decidí teletrabajar estos días en Portugal, así que el domingo no me volví para Sevilla con Fran.

El apagón en el Algarve fue especialmente virulento, porque perdimos rápidamente la conexión a internet y, con ello, la capacidad de saber qué estaba pasando.

Sin conocer la dimensión de la crisis, practiqué el estoicismo de trabajar hasta que mi ordenador acabó la batería, mientras observaba como la del móvil no paraba de bajar sin posibilidad de hablar con nadie. No tenía un coche donde enchufar el teléfono o escuchar la radio.

Decidí hacerme una ensalada de alubias, busqué mi ebook y me puse a releer 'Crimenes imaginarios' de Patricia Highsmith, porque no dudaba de la llegada de mi ángel redentor.

A eso de las siete de la tarde sonó la cerradura.

El amor también es esto.


jueves, febrero 22, 2024

Redención

La risa es la redención. 

Los libros te llevan a mundos que nunca visitarlas, sí, pero también te lanzan frases que resumen toda una filosofía de vida, para apropiártela para siempre. 

Fue mi hermana Raquel quien me introdujo en la atmósfera de Kallifatides, como ya en la adolescencia me hizo descubrir a Auster o la Highsmith. 

La sensibilidad del viejo escritor griego afincado en Suecia es de una sutileza que te reconcilia con el mundo.

Sí. La risa es la redención. 

lunes, mayo 01, 2023

Infinito

Es en los momentos más dulces cuando uno se plantea por qué el tiempo no es infinito.

Charlas pasionales, un arroz junto al mar, una novela de Patricia Highsmith, paseos por la calle Betis, un mensaje cariñoso de mi sobrino, pelis en la cama junto a Fran.

Buscar el que esas situaciones se repitan por siempre no es pecado. Es tener sangre en el cuerpo. Entender que la vida se compone de episodios de todos los colores e identificar aquellos con los que te quieres quedar. Que todos los jueves se repita esa cena, hacerle la misma fiesta a esa canción, siempre, que todas las tardes llegue un comentario de Carmen Estellés a mis textos.

Luego hay días, hay ratos, hay gentes desagradables, tragos por los que hay que pasar, noticias horrorosas que te hacen comprender el sentido verdadero de las cosas y se quita uno de la cabeza la noble idea de querer que todo dure por toda una eternidad.

Eso sí, que no nos quiten esos instantes en que quisiéramos vivir por siempre.

viernes, noviembre 11, 2022

Vecina

Noooooooo... se murió la vecina —me escribió mi sobrino Iván hace unos días. 

Le contesté en cuanto vi el mensaje para preguntarle de qué mujer me hablaba, porque llevo más de veinte años fuera de la casa familiar y quería aclararle que no me acordaba de quiénes vivían a nuestro lado, pero me llevé una alegría en su respuesta, llena de guasa.

Que no, que es la vecina del libro.

Le envié un emoticono de no estar enterándome de nada, y entonces él me aclaró.

Crímenes imaginarios.

Yo había escrito uno de mis textos de las cinco de la tarde en el que describí lo apasionante que me pareció esa novela de Patricia Highsmith. La alegría era doble, primero porque Iván había leído mi texto, en estos tiempos en los que se dice que la gente joven no hace caso a nada, segundo porque se había animado a meterle mano a la novela.

Esta mañana me escribió para decirme que se la había terminado y que no entendió bien el final. Le hice recordarme los momentos finales de la historia y me los explicó con todo lujo de detalles.

—Qué buen resumen —le confirmé.

Iván, como ahora sé que me lees, lánzate ahora por Brooklyn Follies, de Paul Auster.

A ti, que te gustó tanto Nueva York, te encantará.


jueves, agosto 18, 2022

Crímenes imaginaros

Me divertía contar las novelas que leía. 

Mantenía a mis amigos embobados. Hacía trampa, utilizaba las historias inventadas por otros para poner a prueba mi capacidad de emocionar, dando pinceladas por aquí y por allá para hacerlas más divertidas o terroríficas en función de los ojos de quienes me escuchaban.

Hubo un verano de adolescencia, cuando mi hermana Raquel me descubrió a Patricia Highsmith, en el que quedé prendado de sus 'Crímenes imaginarios', una preciosa novela en la que el protagonista, un escritor como el que yo soñaba ser, imaginaba el asesinato de su vecina de enfrente, una anciana que vivía sola en una casa aislada, en medio del campo, frente a la suya.

El escritor simulaba cómo un ladrón entraba, la mataba y envolvía su cuerpo en una alfombra, para sacarla de allí. Entonces él hacía lo mismo, sin anciana dentro, para calcular los tiempos, el recorrido, las dificultades de ese asesino. Hasta que un día la vieja desaparece y alguien denuncia haberlo visto a él, sacando una alfombra enrollada de la casa.

No sé cuántas veces lo conté, ni cuántos giros le inventé, pero recuerdo que, por un rato, yo me volvía el centro de atención de mis amigos que, embaucados, me pedían que les contase más. 

Yo, un chaval introvertido, con grandes conflictos en la cabeza, había descubierto un don en mí. Sabía contar historias.

lunes, enero 24, 2022

América

No envidio el modo de vida americano.

Son infinitas las referencias de Estados Unidos que me conmueven, comenzando por mi amada ciudad de Nueva York, a la que siempre tengo ansias por volver. Paul Auster, John Irving, Patricia Highsmith, Philip Roth, escritores que me han marcado de por vida. O cineastas, cantantes, filósofos, actores, películas, libros, modas, propuestas, paisajes, musicales que se han metido para siempre en mis venas y forman parte de quien soy yo.

Toda esa admiración no se transforma en envidia, porque no quiero ser de allí. No me gusta no estar protegido por un seguro sanitario, no me gusta tener que ser fuerte para vivir, no quiero vivir en un país para el que sólo soy válido si soy productivo, porque me gusta pensar que algún día puedo caer y no levantarme, aunque a mi edad no haya tenido que pasar por ningún período de convalecencia ni mis ánimos se hayan visto destrozados hasta el punto de no querer vivir.

Me asusta una sociedad tan individualista, tan de los fuertes.

Yo, que soy fuerte, presumo de ser europeo. Quiero, con todos los defectos que pueda tener nuestra sociedad, vivir aquí.

Quiero pensar que un día seré débil y alguien anónimo tomará mi mano porque el sistema social en el que vivo me permite desfallecer.

miércoles, marzo 04, 2009

El placer del lector

De una editorial de un periódico nacional anoté hace algún tiempo que leer te hace más libre, más feliz y más divertido. Una idea se puede expresar de mil maneras, pero me quedé con la frase por rotunda.

Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con el que nos cruzamos por cualquier calle.

Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.

Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.

Mis hermanos se ríen de ese período de mi vida, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.

Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.

Pero yo leía.

El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, ‘Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol’, Julia O’Faolain me comentó que ‘cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien’; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba ‘que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...’ mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, ‘¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!’. Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, ‘Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo...’ afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, ‘la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá’.

Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, ‘En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno’, pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: ‘El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos "felicidad" no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos’. Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que ‘nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros’. A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, ‘la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’. ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, ‘¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?’. Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, ‘...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio’ o de nuevo Kundera, ‘el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir’.

El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, ‘El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo’ que no sabría definirlo mejor. Quizás Amélie Nothomb, cuando me escribía 'Sería bueno acudir a las exposiciones así, por casualidad, con toda la ignorancia posible. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta'.

Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, ‘en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla’.

Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Mika Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda… Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.

He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé cómo los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y he ayudado a sanar gente.

Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster ‘es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida’.

Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.