He debido dormir en centenares de hoteles diferentes.
Porque soy viajero y porque el trabajo me ha regalado durante treinta años ese placer extraño de desaparecer de donde siempre.
Desde hace décadas me repito, cada vez que en la recepción me comunican el número de mi habitación: tengo que apuntarlo. Decir: '229 Oporto', '713 Tánger', '451 Nueva York' y anotarlos en un Excel.
Construirme el castillo con banderitas de los países, como una casa de la rue del Percebe a la que acudir cuando piense en Tokio o en Berlín.
Dejar una traza para el Salva viejecito que un día disfrutará de pasearse por los pasillos de las habitaciones donde voló.
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