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domingo, abril 12, 2026

Sello de la Reina de Inglaterra

Borete mi padre se asomó a mi habitación, un sobre con el sello de la Reina de Inglaterra.

Yo ya sabía quién me escribía.

En mi adolescencia, cuanto más me iba metiendo en mí mismo, más creaba un mundo paralelo de protección. En ese universo estaba mi música. Y dentro de ella, 'Everything but the girl', un grupo londinense que ponía letras al amor, a la nostalgia, a la soledad.

"Nos ha encantado tu carta", me decían. "Un día iremos a tocar para ti en tu maravillosa ciudad".

¿Quiénes son? preguntó mi padre.

Una banda de música, papá.

martes, marzo 31, 2026

Memoria

Mariángeles es mi memoria.

En todos los momentos especiales de nuestras vidas, hemos estado allí. Los tres: ella, su memoria y yo.

En Nueva York, Berlín, París, Londres, Lisboa. En su Huelva, en mi Sevilla.

Me vienen chispazos de un pasado feliz y ella lo dibuja con sus recuerdos.

Eso ocurrió el 14 de diciembre del 2013, tú llevabas un polo rojo y acababas de volver de Japón.

No sé dónde almacena tantas fotos sin papel, cómo enlaza una historia con otra, hasta saber qué comimos ese día, de qué hablamos.

Fogonazos de una vida que ella caza para mí.

domingo, diciembre 08, 2024

Albufeira

Hay una ciudad preciosa del Algarve portugués a la que me resisto a ir cada vez que Fran me lo propone, Albufeira.

Pese a su ubicación privilegiada, las calles encaladas y su playa de arena fina, integrada en la trama urbana, esta localidad se ha convertido en una franquicia de lo británico.

Toda la cartelería en inglés, pubs transmitiendo fútbol de la Premier, grupos de borrachos venidos en tropel desde Londres, comida propia de otros territorios donde lo que predomina es la hamburguesa, los fish & chips y las patatas fritas.

No hace mucho leí un artículo de un rotativo londinense que pedía que en España no dieran de cenar a las siete para los turistas. 'Cuando vamos a España, queremos ir a España y sentirnos en España'.

La portuguesa Albufeira, como tantas otras españolas, ha preferido prostituirse y plantar un decorado falso para hacer dinero fácil.

Con lo bonito que es viajar para no encontrarse con lo que ya tienes en casa.

martes, agosto 20, 2024

Planes

Qué hermosos son los días de verano para planificar los meses por venir.

Planes que, en su mayoría, nunca se cumplirán, pero que tanto bien nos hace imaginar. Tiempo de pensar en quiénes vendrán a cenar a casa, en las escapadas que nunca nos daremos a Londres, en las rutinas deportivas que no sabremos mantener, la pila de autores que leeremos, las tardes semanales de cine que acabaremos anulando, los platos que no aprenderemos a cocinar.

Los escasos huecos del día a día se encargarán de limitar nuestros propósitos de 40 horas diarias, hasta ir modificando levemente lo que ya estábamos acostumbrados a hacer y no nos venía nada mal.

Pero, que no nos quiten soñar. Sería quitarnos el verano.

martes, marzo 14, 2023

Streetxo

La última vez que estuvimos en Londres nos encantó ese local, así que decidimos que nos pegaríamos un buen homenaje el día en el que volvimos.

Apenas tenían un hueco en la barra del restaurante y allí nos acomodamos, con el cosquilleo que produce el volver a sitios en los que has sido feliz.

Nos atendió una chica muy maja, que volvió a explicarnos, como entonces, las reglas del menú. Era divertido ver cómo cocinaban, justo al otro lado de la barra, cocineros disfrazados con camisas de fuerza.

¿No es mucha comida? Pregunté, a lo que la joven me respondió con una negativa rotunda.

Cuando ya íbamos por el tercer plato no podíamos más y quedaban otros tres, que quisimos anular y no pudimos.

No es mejor profesional quien consigue hacer mucha caja una noche, sino el que te anima a volver una y otra vez a tu local.

A nosotros nos perdieron para siempre.

martes, enero 31, 2023

More

Hay una canción de mi grupo favorito, los Everything but the girl, que me eleva el alma. 'Five fathoms'.

Tal vez porque es mi lema de vida.

Esta banda, de exquisita poesía en sus letras, tiene temas tan llenos de vida que me agarré a ella desde que tengo veinte años. Incluso les escribí una carta con esa edad, para decirles que no podían gustarme más. Incluso ellos me respondieron desde Londres, para decirme que vendrían a Sevilla a actuar para mí.

―Borete, hay una carta con el sello de la Reina de Inglaterra para ti.

¿Y qué repite esa canción en su estribillo? I wanna love more. Quiero amar más.

Esa es la clave, querer amar más. No pasar por la vida ocultándose, sino exponiéndose. No mirar hacia lo que nos rodea sin interesarnos. No hibernar, que ya habrá tiempo.

La estrofa repite una frase después. Tengo un río en mi cabeza. Ahí está la fuerza de la poesía. Yo también tengo un río en mi cabeza, que no para de fluir.

I wanna love more. There's a river in my head.

Quiero amar más.

viernes, julio 23, 2021

Tokio

No hubo decisión más acertada en mi juventud que apuntarme a hacer remo.

Tendría 13 años, muy buenas notas y una vida social que se limitaba al paseo de ida y vuelta a clase.

Fue, a esa edad, cuando comprendí la grandeza del deporte, no sólo por lo que implicaba de esfuerzo, disciplina y solidaridad, sino porque me permitió salir de mi caparazón, encontrar ilusiones fuera de mi círculo cerrado, conocer otros círculos sociales y empezar a valorar mi cuerpo.

El deporte es un reflejo aumentado de la vida. Forjar un proyecto, luchar por él, trabajar en equipo, disfrutar de cada paso ganado, comprender cuáles son tus límites, abandonar cuando no puedes más. Como la vida misma. 

Como la vida, también, tiene su parte negra, allí donde entra la corrupción, el dopaje, la trampa.

Disfrutar de un partido de tenis o de un campeonato de natación es un puro disfrute. Cuando sientes que lo entregan todo en pos de la victoria.

Hoy empiezan los Juegos Olímpicos, una vez más, marcando nuestros períodos vitales. Qué época de juventud más hermosa cuando tuve la posibilidad de estar en Barcelona durante las Olimpíadas. 

Sidney, Atenas, Seúl, Atlanta, Londres, Pekín... ciudades que han quedado grabadas en nuestra memoria personal gracias a la grandeza del ser humano, que un día se organizó para ver quién era el más fuerte, el más rápido, el más alto.

El deporte como símbolo de la Vida, porque todos vamos detrás de un sueño.

domingo, julio 11, 2021

Ben

Un día conducía hacia el trabajo y escuché en la radio que Ben Watt estaba muy enfermo.

Se me descompuso el ánimo, como si de un gran amigo se tratase.

Yo le había escrito, de muy joven, cuando salió su disco 'The language of life'. Junto con su chica, Tracey Thorn, formaban el grupo Everything but the Girl.

Rendido a su música en una época compleja de mi juventud, les conté por carta el mucho bien que me hacían sus canciones, la poesía que había en ellas y cómo se quedaban grabadas sus melodías en mi corazón.

"Aprendo a amar el inglés gracias a vosotros"

Meses después, cuando ya había olvidado mi osadía, llamó mi padre a la puerta de mi habitación. 

-¡Una carta con el sello de la reina de Inglaterra! -me comentó, sorprendido.

En ella Ben, de su puño y letra, me agradecía la pasión con la que le hablaba de su música y me prometía que en un futuro vendrían a actuar, a Sevilla, en mi honor.

"Tu maravillosa ciudad", me escribía...

Aparqué triste al llegar a la fábrica tras escuchar de su enfermedad, pero con el tiempo se recuperó, ahora lo sigo por las redes sociales, y algún día le recordaré que me prometió bajar desde Londres para tocar para mí.

miércoles, abril 07, 2021

Tres

Desde hace unos meses, somos tres en la cama.

Fran no tarda en dormirse y es entonces cuando se arropa Lara a mi otro lado. Con su figura más diáfana cada día, me dejo envolver por su forma de ver la vida, sin emitir opiniones. Me engatusa, sin ella saberlo, cuando estoy a punto de dormir.

Cada noche compruebo que está mejor dibujado su pequeño apartamento con vistas al parque londinense de Hampstead Heath, su encuentro con Maxi en la creperie de Kensignton, donde trabajaba de encargada, o el sollozo al separarse de él en Victoria Station, sin saber que estarían veinte años sin verse.

Abrazado a mi almohada, se me eriza la piel con la escena, bien construida en mi cabeza, del estupor que le causó ver una foto de Maxi, el padre de su hijo, dos décadas después, a dos mil kilómetros de Londres.

¡Estaba vivo!

Me tapo y me destapo con el edredón, yendo y viniendo veinte años atrás y adelante. Empatizo con esos jovencillos que eran, comprendo lo que el tiempo les ha llevado a ser, arrebatado por los golpes que da la vida.

Me doy la vuelta en la cama y dibujo una sonrisa en los labios de Lara. Le digo, "¡sé fuerte!" "Siempre lo has sido". "No te arrugues". Y le voy construyendo con plastilina humana amigos, vecinos, compañeros de trabajo que le dan claves para no caer en la nostalgia, para no asumir que fueron veinte años perdidos.

Porque nunca los años son perdidos.

Imagino entonces diálogos, situaciones cómicas, estrategias insanas, con un ojo puesto en Abel, el adolescente educado en Londres que un día se vio en Sevilla, sin comerlo ni beberlo, ayudando a su madre a construirse un futuro diferente.

—No te imaginas a quién he visto en una foto, Abel.

Es en ese momento, en que el sueño me domina, cuando volvemos a ser dos en la cama y me agarro, como cada noche, a Fran.

lunes, agosto 12, 2019

Otro

Una de las imágenes que retengo de mi reciente viaje a Londres es la de una ejecutiva en tacones agachada hacia un mendigo, hombre bien mayor, interesada por saber cómo estaba.

Querer no es poder, al menos no es sencillo.

Me gustaría tener esa capacidad para colocarme en cuclillas y prestar mi ayuda a cualquiera de los mendigos invisibles que me cruzo por mi ciudad. Querría tener la sonrisa perenne de quienes van por la vida con el corazón abierto; ser más disciplinado en mi conciencia ecológica, vencida mil veces por mi pereza; implicarme más en la sociedad civil, no sólo dedicarme a pagar cuotas a ONG's que tranquilizan mi conciencia; me gustaría ser más claro en mis posicionamientos, dejando de lado el miedo a la discrepancia; me apena no ser más constante en mis llamadas a los amigos, acordarme poco de las personas hoy ancianas que fueron importantes en mi vida. Querría tener menos miedo a preguntarle a la gente querida cómo está, ser más divertido contando chistes, no irme tan pronto a la cama cuando salgo de fiesta, ser más solidario con mis compañeros de trabajo, tener menos miedo a las enfermedades, evitar enamorarme de mis rutinas, escribir más, ver menos el móvil, leer más, sentir más, aprender más de música, tener menos prejuicios. Reír más. Amar sin cálculos. Ser ejemplar.

Querría no dejar de ser yo, siendo otro.

miércoles, agosto 07, 2019

Invisible

Pasar unos días solo en una megalópolis donde no hay amistades a quienes recurrir equivale a sumergirse en la más absoluta de las soledades. Eres invisible y esa sensación es definitivamente sanadora; te hace crecer, te provoca el investigarte por dentro, remueve tu pasado para identificar qué es lo que eres, minimiza tus logros para convertirlos en pistas de crecimiento.

Viajar con uno mismo entre calles abarrotadas es tener que hablar contigo, no rehuirte, afrontar quién eres y decidir si quieres seguir otro año más así, qué cosas hay que cambiar, cómo de viejo te sientes, cuántos proyectos te provocan pasión, cuánta gente te quiere, cómo de grande es tu amor por la vida.

No sacar conclusiones es grave, no decidir cambios lo es más.

En estas mañanas londinenses madrugo para desayunar entre desconocidos antes de patearme la ciudad en busca de entender quién soy, aunque sea a través de Ana Bolena, de Mark Rothko, del reflejo del puente del milenio en el Támesis o del sabor de un asado en un restaurante argentino de Marylebone.


miércoles, julio 17, 2019

Aria

Escuchar 'Mon coeur s'ouvre à ta voix' en su representación de los años 70 en el Covent Garden de Londres, observar cómo Shirley Verrett se derrite de amor en los brazos de Jon Vickers suspirando por su ternura es de una emoción indescriptible. Un mecanismo barato y directo para levitar fuera del mundo propio.

Y en ese instante, cuando aún resuenan los aplausos, viajar a Italia y teclear Tiziana Fabbricini en Youtube y dejarse arrastrar por su porte de mujer madura, envuelta en gasa negra, para acompañarla hacia el culmen final de su 'Mamma morta', cuando casi llega a caerse de la pasión con la que canta su desgarro a un teatro de Novara que se deshace en aclamaciones, rendidos como yo ante tanta belleza.

La belleza de Anna Netrebko en Baden Baden, enfundada en un ajustadísimo vestido de oro para ofrecerme una versión magistral de la Casta Diva de Norma, apoyada en una descomunal capacidad de transmitir desde sonidos a capella hasta finales explosivos con la orquesta, tremenda, a sus pies.

Hay tardes, tontas, en que uno puede volar, sin aditivos, sin compañía, sin dispendios, sólo dejándose llevar por la grandeza de mujeres excepcionales que, de vez en cuando, se ofrecen a cantar para mí el placer de estar vivos, la grandeza de la música, el enorme derroche del ser humano por alcanzar el cielo prometido.

domingo, junio 18, 2017

Abadía

Volando de vuelta a casa tras unos maravillosos días en Londres, traigo un regalo especialmente valioso en la maleta, intangible como todo buen tesoro, y no es otro que las horas pasadas en la Abadía de Westminster.
Soy de los de regurgitar recuerdos en mis sueños para aderezarlos con especias de irrealidad que los aderecen hasta llevarlos a la combinación perfecta con la que disfrutar de ellos en el futuro.
Aún frescas, y vírgenes, mis imágenes de ese templo habitado por reyes muertos, inquilinos de tumbas de madera reblandecida, no son sino un fogonazo de la grandeza del pueblo británico por retener a sus héroes adormecidos en el susurro de la eternidad, con piedras que se acumulan con formas humanas retando a la certidumbre de la muerte.
Dickens, Haendel, Newton, Lord Byron... dormidos para la posteridad entre escudos de armas, codeándose con los que no tuvieron más mérito que nacer reyes, humanos con el poder de crear un recinto mágico de piedra y cristal en la que derretir su carne como la madera para que ciudadanos de un tiempo futuro pudiéramos incluir en nuestros sueños las batallas cruentas entre la fama del hombre audaz y el designio feroz de un porvenir maldito.

miércoles, junio 14, 2017

Riñones

Francófilo como soy, llegué muy tarde por vez primera a Londres. Tenía 30 años, vivía una relación sentimental desastrosa y acepté una invitación de mi prima Bele para pasar unos largos días allí. Todo Londres me gustó, lo viví con la ilusión de un adolescente y me integré sin las angustias del turista que quiere visitar cada rincón. Hay una escena recurrente en mi cabeza de esos días, subido al tejado de la casa de mi prima, al anochecer, con mucho alcohol, en el clásico suburbio británico donde vivían, observando a la gente pasar. Chispazos de felicidad.

He vuelto varias veces, siempre entregado. Tengo con la ciudad el romance propio de quien la ha conocido sin las tonterías propias de la seducción forzada por la ingenuidad. La paseo siempre sin rumbo, como se hace con las ciudades que sientes propias.

Ahora aterrizo aquí, en una ciudad convulsionada por el terror y expulsada a su pesar de Europa, con ganas de integrar de una vez el mapa visual de su estructura en mi cabeza. Hacerme con las distancias y los barrios como en mi amado París. Tengo tiempo y ninguna prisa.

En una de mis últimas visitas, deliciosa, con Mariángeles y mis hermanas, de pintas de cerveza y museos a toda prisa, hubo una noche en que, de vuelta al hotel, mi amiga se asustó al ver que nuestro taxi, de conductor paquistaní, cruzaba el Támesis. '¡Pero si Gloucester Road está al otro lado del río!'. Mis hermanas se morían de risa con sus gritos de mujer 'sabelotodo' y yo me planteaba que no conocía los parámetros de la ciudad. '¡Reíd, reíd!', nos decía, incluso al taxista del turbante, que también reía sin saber de qué, 'que este hombre nos está llevando a cualquier sitio para sacarnos los riñones'.

Ése podría ser mi máximo objetivo de estos días, un viaje romántico al Londres más cosmopolita para aprender a cuidar de mis riñones.

lunes, agosto 22, 2016

Muero

En una de las paradas de nuestro viaje por Europa de estas vacaciones recién terminadas, mi sobrino Iván me imitaba, con risas, y repetía con voz impostada una frase mía:

-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.

Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:

-¡Es que tú te mueres por todo!

Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'

Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.

domingo, agosto 09, 2015

Bótox

Mis primeras imágenes de Londres son olfativas, el olor a césped, a bosque del aeropuerto de Luton; y el frío al bajar la escalerilla del avión. El viento y la piel clara de la azafata deseándome una feliz estancia.

Allí estaba mi prima Bele para recogerme y llevarme a su casa de doble planta y jardín de un barrio de las afueras. Londres era calles anchas, hileras de adosados victorianos y tiendas de paquistaníes con mucho naranja enredado con el gris del sol inexistente. Londres era juventud, la mía, mezcla de razas, copas en el Soho y alguna que otra droga prohibida en los tejados de la casa de mi prima, enredados en mantas y confidencias duras de asumir. Era discusiones de amor pasional y descubrimiento de la sexualidad, era sentirse hormiga torpe entre multitudes que buscaban cosas que yo no quería.

Era perros corriendo por jardines que no necesitaban árboles; era borrachos peleándose en Leicester Square y pelos teñidos de rosa y violeta; era taxis camuflados de conductores negros y ladrillos rojos helados.

No sé cuántas veces he vuelto desde entonces, no las suficientes como para evitar verme madurar junto con los cambios de esta vieja ciudad irreverente. Sigo viendo los mismos naranjas entre la bruma, y el olor a curry, y los parques interminables de hierba mojada con niños jugando al criquet. La veo retorcerse entre grúas que se mueven en círculos vertiendo hormigón, como una vieja coqueta inyectándose bótox para seguir el ritmo de sus invitados sin que éstos sepan todo de sus cicatrices.

martes, noviembre 12, 2013

Whatsapp

Hacía tiempo que no veía a Patty.

Las cervezas, con la rapidez de quien quiere contarse todo en poco tiempo, sirvieron para confirmar mi admiración por esta mujer de agallas que un día escapó buscando una nueva vida que supo encontrar muy lejos de lo fácil.

Me habló de Andrius, del eterno gris de Londres, de sus decisiones laborales, racionales y contundentes, de María, de Mariángeles, de la gente que se ha cruzado por nuestra vida. Se interesó por mis proyectos, con esa mirada de quien sabes que te escucha de corazón.

Fran le pidió anotar algo, en ese tiempo precipitado, proponiéndole enviarle información por...

'No tengo Whatsapp'.

De hecho lo tuvo y prescindió de él. Le agobiaban los mensajes acumulados que implicaban la necesidad de respuesta, los compromisos adquiridos sin iniciativa propia, la carga de obligaciones contraídas y las llamadas por realizar.

Patty te lo decía así, sonriendo, reivindicando una libertad que es distinta de la de tantos...

La vi tan linda como siempre, con su carilla infantil, la fuerza de su empuje, cierta melancolía del sur...

Y ligera de equipaje.

domingo, enero 02, 2011

EBTG

Dormía una de mis queridas siestas en la cama, en casa de mis padres. Por la habitación donde dormía y la disposición de los objetos, que recuerdo como si fuese ayer, averiguo que ya estaba en época universitaria y mis hermanas habían abandonado el nido familiar.

En medio del sueño se mezcló una canción y quedé tan impactado por esa voz penetrante, la melodía suave, la letra, en lo que podía entender... que conseguí salir del sueño y llegar al final del tema, ya en el mundo de lo real, para anotarlo.

The language of life.

Esa canción llegaba para mí desde Londres y el grupo se llamaba Everything but the girl.

Soy muy pasional, y novelero, y cualquiera que me conoce bien sabe que flipo con el chocolate blanco, leo siempre a Paul Auster, sufro con el Betis y adoro a Everything but the girl (EBTG).

Empecé a comprar todo de ellos, desde el principio de los tiempos. Las letras eran brutales, las canciones, con un toque electrónico, incapaces de no gustar.

Un día, henchido de emoción tras comprar su último disco, me decidí a escribirles como si fuera un quinceañero. Les conté el porqué de mi adicción a ellos en un pobre inglés.

Everything but the girl, 'todo menos la chica'. Se pusieron ese nombre porque su estudio de grabación estaba frente a una tienda que vendía regalos de boda, te vendían 'todo menos la novia'.

Un día llegó mi padre con el correo. 'Niño, tienes una carta de Londres'.

Glups...

Tracey Thorn y Ben Watt me escribían una carta manuscrita para decirme que un día les gustaría venir a mi hermosa ciudad para cantar para mí.

No sé hasta qué punto esa carta influyó en mí, pero es cierto que me impactó enormemente en una época en que yo andaba perdido por la vida. No la carta en sí, no el mensaje, sino el saber que todo era posible.

Que yo existía.

Cuando pienso en acometer nuevos retos siempre pienso en EBTG. No sé si algún día tocarán para mí, pero si sé que si no les hubiese escrito nunca habría recibido esta carta desde Londres. Para mí...

The language of life.