Dormía una de mis queridas siestas en la cama, en casa de mis padres. Por la habitación donde dormía y la disposición de los objetos, que recuerdo como si fuese ayer, averiguo que ya estaba en época universitaria y mis hermanas habían abandonado el nido familiar.
En medio del sueño se mezcló una canción y quedé tan impactado por esa voz penetrante, la melodía suave, la letra, en lo que podía entender... que conseguí salir del sueño y llegar al final del tema, ya en el mundo de lo real, para anotarlo.
The language of life.
Esa canción llegaba para mí desde Londres y el grupo se llamaba
Everything but the girl.
Soy muy pasional, y novelero, y cualquiera que me conoce bien sabe que flipo con el chocolate blanco, leo siempre a Paul Auster, sufro con el Betis y adoro a
Everything but the girl (EBTG).
Empecé a comprar todo de ellos, desde el principio de los tiempos. Las letras eran brutales, las canciones, con un toque electrónico, incapaces de no gustar.
Un día, henchido de emoción tras comprar su último disco, me decidí a escribirles como si fuera un quinceañero. Les conté el porqué de mi adicción a ellos en un pobre inglés.
Everything but the girl, 'todo menos la chica'. Se pusieron ese nombre porque su estudio de grabación estaba frente a una tienda que vendía regalos de boda, te vendían 'todo menos la novia'.
Un día llegó mi padre con el correo. 'Niño, tienes una carta de Londres'.
Glups...
Tracey Thorn y Ben Watt me escribían una carta manuscrita para decirme que un día les gustaría venir a mi hermosa ciudad para cantar para mí.
No sé hasta qué punto esa carta influyó en mí, pero es cierto que me impactó enormemente en una época en que yo andaba perdido por la vida. No la carta en sí, no el mensaje, sino el saber que todo era posible.
Que yo existía.
Cuando pienso en acometer nuevos retos siempre pienso en EBTG. No sé si algún día tocarán para mí, pero si sé que si no les hubiese escrito nunca habría recibido esta carta desde Londres. Para mí...
The language of life.