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viernes, febrero 28, 2025

Sillas

He tenido dos grandes jefes a los que admiré durante el tiempo que trabajé con ellos. Varios años en ambos casos. Me resulta curioso, en cambio, que de todas las grandes enseñanzas que pude recibir de ellos, me quedé con dos muy tontas que me hacen recordarlos a diario.

Uno de ellos me aconsejó no enrollar el cargador del móvil, al guardarlo, como si fuera una bobina de lana.

—Se te va a romper el cable si sigues haciéndolo así.

El otro siempre llamaba la atención cuando, al terminar una reunión, la gente arrastraba las sillas para levantarse y no las colocaba en su sitio.

Así que, cada vez que termino de comer, me levanto con extremo cuidado, sin hacer ruido, y coloco bien la silla pegada a la mesa; del mismo modo que cada vez que hago la maleta, y la hago a menudo, trato con cuidado el móvil del cargador.

Al menos, los tengo presentes.

viernes, junio 30, 2023

Sabio

Una persona es sabia cuando puede explicar lo más complejo a un niño.

Si no sabe traducir al lenguaje de los profanos sus conocimientos, será alguien brillante en lo suyo, pero le faltará el halo mágico que da la sabiduría.

Yo muero cuando alguien me aclara con cuatro frases la más compleja de las teorías.

La sabiduría, entendida en su acepción más autentica, tiene un componente ético que se alimenta de la bondad, del querer compartir, del enseñar.

Recuerdo a dos profesores, uno de Filosofía en COU, otro de Regulación Automática en Ingenieros, que me provocaban un orgasmo cerebral al desbrozar sus lecciones, me llevaban a momentos de un profundo placer al comprender, aunque fuera por décimas de segundo, la grandeza del pensamiento humano.


jueves, febrero 17, 2022

Enseñar

Siempre que explico un tema que domino experimento un burbujeo cerebral.

Gustosísimo, como unas cosquillas sutiles en la cabeza que deben tener mucho con la química, cuando mis neuronas, generosas, se afanan en organizarse para poner en pie todo esa masa de información que fluye por mi cerebro como Pedro por su casa.

Desde pequeño ya tuve claro que no quería ser maestro, tal vez porque endiosaba la profesión. ¡Los admiraba tanto! Entendía que ir todos los días a dar clase implicaba un esfuerzo enorme, para saberlo todo en todo momento y poder responder a las preguntas de los alumnos más perversos.

Eso no quita que, fundamentalmente en el trabajo, cuando me piden que explique algo, algo que controlo, mis niveles de dopamina suben por las nubes, y alcanzan la estratosfera cuando alguien me pregunta y sé, con todo lujo de detalles, cómo aclarar sus dudas.