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miércoles, abril 03, 2024

Autoridad

Para madurar de forma sana es imprescindible hacerse respetar.

Lo difícil es encontrar el equilibrio en esa tarea de defender nuestro castillo. No debemos establecer murallas inaccesibles ni abrir todos los portones.

Creo que lo entendí desde bien pequeño, que mi vida me iba en ello, en asegurar que nadie se pasaba de la raya conmigo, incluso ya siendo un renacuajo. 

No me ha ido mal.

El problema empieza cuando se ven enemigos por todos lados y la susceptibilidad se convierte en tu compañera de viaje, pero peor es aún no reaccionar cuando alguien te hace sentirte diminuto.

Ése es el arte de vivir, el continuo aprendizaje para encontrar nuestro lugar en el mundo. 

Digno y amigable.

miércoles, junio 28, 2023

Reñir

No me gusta que me riñan. Nada. Nunca. Desde pequeñito. Así que cuando lo hacían, ya me esmeraba yo en que no volviera a ocurrir.

Ese nivel de autoexigencia, con el que nací y que he alimentado con los años, es una de las claves para que la vida me haya tratado bien. Estoy convencido.

Está claro que es más estresante manejarse en ese escenario que implica no fallar, tanto como cierto es que los proyectos no se materializan si no se trabajan.

No sé hasta qué punto esa manera de actuar venía grabada en el espermatozoide o el óvulo que  se convirtieron en mí, pero sé que yo he alimentado esa forma de entender mi mundo.

La dignidad es, para mí, una palabra sagrada. El amor propio.

Cuando mi madre, un profesor, un jefe o un entrenador de remo me cantaban los cuarenta por haber hecho las cosas como no debía yo me encerraba en mi habitación, refunfuñando para dentro, para establecer un plan que garantizaría que no volvería a ocurrir.

Sí. Soy apretado.

jueves, octubre 06, 2022

Relaciones

Que las relaciones humanas se rigen por una relación de equilibrios es de las lecciones más difíciles de aprender.

Por mi vida han pasado no pocas personas que me han atraído mucho, a las que me encantaba escuchar hablar o su forma de enfrentar los desafíos, y que sin embargo no vieron el atractivo personal en mí. 

Admitir que uno no gusta a gente que te interesa es una pastilla difícil de tragar, pero el ser humano funciona así.

Se puede intentar estirar las relaciones a base de compasión, coacción o estratagemas, pero cuando una de las dos partes no siente necesidad de la otra poco hay que hacer.

Cuando se echa en cara a alguien que no devuelve la llamada, que no se acuerda de su cumpleaños, que no le invita a una cerveza, no tiene argumentos sólidos. Si no lo hace es porque no le interesas, al menos no lo suficiente.

No se pueden echar en cara las emociones y preferencias de cada cual.

Entenderlo a tiempo es vivir mejor.

No vale arrastrarse.

domingo, marzo 17, 2019

Digno

Evitar decepcionar a los otros supone un esfuerzo ímprobo que no tiene por qué ser sano. Desprenderse de esas obligaciones es una de las primeras tareas que le encomienda un psicoterapeuta a un nuevo paciente las primeras sesiones. "Piensa primero en no decepcionarte a ti".

El problema, o no, de los que somos especialmente devotos del no defraudar a la gente a la que queremos, es que en el fondo esa obsesión tiene mucho que ver con no defraudarnos a nosotros mismos.

Ya de pequeñito, siendo un moco, me planteaba como reto que nunca se me tuviera que reñir, ni repetir las cosas dos veces. Por eso siempre fui un crío muy bueno, a pesar de la dureza de esa autodisciplina. Tal vez por eso me ha ido esencialmente en la vida, porque no me permito el patinar, incluso admitiendo que la vida debiera ser más relajada y que ese tipo de corazas pueden acabar asfixiando la propia libertad.

Al psicoterapeuta, que lo tuve, le explicaba que a mí me daba placer ser una persona así y que no lo hacía por bondad, sino por egoísmo. Me comporto como quisiera que la gente se comportase conmigo, y eso me produce un tremendo placer.

Con el transcurso de los años voy reconociendo a mis similares, a los 'dignos', a ésos que nunca fallan, que no llegan tarde, que siempre mantienen su palabra, esa gente inequívocamente fiable, coherente. Son pocos, pero me enamoran.


miércoles, noviembre 09, 2016

Desconsuelo

Independientemente de la alta política y la lucha de poderes, lo ocurrido en la elecciones americanas de ayer produce un profundo desconsuelo a quienes creemos con convicción en el progreso de la humanidad.

Se puede decir que fue ese mismo pueblo americano el que dio su confianza, por dos veces, al carismático y humano Barack Obama, que tanto echaremos de menos; pero no vale como argumento comparar dos opciones que navegan en espacios éticos que nada tienen que ver.

Es necesario establecer mecanismos que directamente eliminen de la contienda a personas que no suscriban la Declaración de los Derechos del Hombre, a hombres que consideren a las mujeres como objetos sexuales, a personajes que utilicen el racismo como factor movilizador, a ciudadanos que no hayan cumplido con sus obligaciones fiscales.

Es retorcido el argumento de comentaristas contraponiendo el voto de latinos, mujeres, afroamericanos o gays con el voto de los hombres blancos. ¿Quiere decirse que hay que sumar todo el voto del hombre blanco en el haber de Donald Trump? ¿Es que el hombre blanco americano del siglo XXI ha salido de las cavernas? Hablamos de un país con un 6 o 7 por ciento de paro, de la nación más poderosa del mundo.

Yo no culpo a la sociedad americana, sino al hombre en sí, a su falta de dignidad y de grandeza ante el futuro, a su manera de dejarse movilizar por sus miedos, el egoísmo y la insolidaridad. Al hombre que admite que alguien de otra raza recoja su basura y le ponga la comida por delante, pero al que le molesta compartir un trozo de calle, o de país, con él.

¿Qué viene ahora? ¿Marine Le Pen en Francia? ¿La vuelta a las aldeas y el garrotazo?

Hay días perturbadores en que me confieso desconsolado por la pequeñez del ser humano, miserable y esperpéntico. 

viernes, mayo 16, 2014

De frente


No hace mucho entró alguien de mi equipo en mi despacho y, mirándome a los ojos, me preguntó:

—¿Estás descontento conmigo?

Yo le respondí, con sinceridad, que no. 

Decía verme distante, reconocía haber fallado en algún caso y pedía que le reprochase cualquier comportamiento inapropiado.  Yo le hice ver mi satisfacción con él y su trabajo, le recordé las situaciones concretas en que sí le transmití mis dudas y me comprometí a seguir en esa línea de mutua confianza.

Cuando cerró la puerta me quedé con una sensación de plenitud, efímera, al pensar que otro mundo sería posible si los humanos, en nuestras relaciones laborales, familiares, amorosas o entre amigos nos comportásemos con ese talante limpio, claro y directo; hacer por saber qué piensa el otro de mí por la vía más directa: una pregunta sin frases subordinadas ni rodeos.

El mundo giraría mucho más redondo si, dejando de lado temores infantiles, nos hablásemos de frente.

jueves, abril 10, 2014

Utopía

La situación que vive nuestro país es terriblemente dura, de ahí que episodios como el que estamos viviendo estos días tras el desalojo de la Corrala la Utopía nos enfrenten de lleno al punto de miseria al que hemos llegado.

Cifras escalofriantes que retratan cientos de miles de desahucios en los últimos años.

Nuestros gobernantes han evitado la posibilidad de la dación en pago, que hubiera permitido hacer menos cruel la vergüenza que supone tener que abandonar el hogar por la imposibilidad de abonar las cuotas inmisericordes de hipotecas que se firmaron en tiempos en que esta pesadilla era imposible de imaginar.

Los sucesos de hoy no son sino un titular más de la indefensión del ciudadano frente al derrumbe de un sistema financiero que ha sido lo primero que se ha buscado salvar. Estaremos endeudados de por vida, como nación de ciudadanos libres, para pagar los desmanes de banqueros sin escrúpulos que aparcaron la ética para hacer la bola cada vez más grande, con cláusulas abusivas, informaciones sesgadas y primas multimillonarias con las que asegurar un futuro insolidario.

Pero la solución al entuerto no puede ser la de pisotear los derechos de quienes no ocuparon viviendas vacías. No se puede promover la ilegalidad a pesar de las utopías. Las doce mil familias sevillanas que están en lista de espera de una vivienda social no tienen derecho a ver como, una vez más, se ríen de ellos.

Quien ocupó la Corrala estaba desesperado, no lo pongo en duda, pero no podemos nunca premiar al que se salta las normas si queremos seguir pensando en una nación futura de ciudadanos libres.

Lo fácil, muchas veces, es injusto.

martes, mayo 22, 2012

Despiste

Es desagradable tener que decirle a una persona querida que te falta al respeto por una cuestión aparentemente nimia, como es la de la falta de puntualidad.

Cualquier despiste es perfectamente perdonable siempre que sea ocasional, el problema es cuando esa circunstancia se transforma en norma.

Llegar tarde por costumbre a las citas es intrínsecamente egoísta, denota falta de consideración hacia quien espera y es éticamente reprobable. 

Sé que vivimos en un mundo de prisas y parece que el hecho de criticar la impuntualidad pueda parecer una enfermedad más de nuestro tiempo, asociada a la impaciencia.

La coquetería o el despiste para justificar no cumplir con el pacto que supone verse en un determinado lugar a una hora es una prueba de egocentrismo infantil que descalifica a la persona que lo ejerce.

No valen frases desgastadas tipo 'soy así' o 'siempre llego tarde'. Hay que saber ponerse en la piel de cualquier persona a la que valores; lo que nos hace deducir que si a esa persona con la que te has citado la dejas esperando indefinidamente a que a ti te dé la gana de aparecer estás demostrando poco afecto por aquélla.

Todo nos lleva a la educación, tan poco tenida en cuenta en estos tiempos de crisis. Educación para saber que tan válido como uno mismo es el vecino, el amigo o el hermano, algo que parece de primero de básica. 

La impuntualidad como práctica desacredita, sin tapujos, a quien la ejerce.

Pensar en el otro como si fueras tú, ésa es una buena práctica: la coquetería del despiste es un disfraz de aquél que no valora al prójimo.

Tú quieres verme, dime dónde y a qué hora, que allí estaré sin falta.

viernes, agosto 22, 2008

JK5022 - Respuestas al sinsentido

Tras aterrizar en el aeropuerto de Sevilla el pasado 20 de agosto, proveniente de Gran Canaria, donde he pasado parte de mis vacaciones, me llegó la noticia del accidente ocurrido en Barajas en un vuelo que iba precisamente al aeropuerto que yo acababa de dejar horas antes.

Al día siguiente, cuando las imágenes aterradoras de familiares con caras desencajadas habían pasado repetidas veces por todas las televisiones, dando un largo paseo por las playas de Conil en un día soleado, reflexioné sobre el dolor inmenso, insoportable, de la pérdida de un ser querido, más aún en circunstancias tan trágicas, en gente joven, con tanto horror de fuego, de cuerpos rotos, de gritos de ahogo. Pensar en tu hijo, tu hermano, tu pareja… en esos segundos en que el corazón estalla de miedo al ver que el avión se estrella.

Frente a ese dolor un día espléndido de playa. Bañándome con los ojos en el horizonte de las costas de África traté de buscar algo positivo en tamaña crueldad. Veía a la gente jugando a las paletas en la orilla, a niños con tablas de surf, a familias enteras con sus neveras y no entendía nada.

Hoy los periódicos reflejan historias concretas. Una madre que exigió a quien vino a socorrerla que se olvidara de ella y se ocupase de su hija, mientras se retorcía entre hierros quemados. Unos bomberos que acudían a ver a una niña al hospital tras rescatarla horas antes de entre la chatarra. Cientos de socorristas, bomberos, enfermeros emocionados por lo vivido. Psicólogos tratando de dar un consuelo imposible.

Me quedo con la madre entregando a su hija.

En este sinsentido de la vida, el ser humano siempre da lecciones de cómo es posible vivirla con gallardía y dignidad.

Que nunca olvide esa niña lo que su madre hizo por ella. No puedo imaginar nada más hermoso. Ella se llamaba Amalia Filloy Segovia, salmantina.

En ese instante de generosidad ella me ofreció la respuesta a las preguntas que yo me hacía bañándome en la playa.

lunes, julio 21, 2008

El club de los vivos

Mi pérdida de la inocencia no fue con el sexo. A los trece años, a pocos días de las vacaciones de navidad, me enfrenté a la pesadilla de asimilar que ya nada sería igual. Mi madre tenía que pasar por el quirófano para que le extirpasen un pecho. Traté de sacar ingenuamente de mi padre una confirmación de que eso no podía ser cáncer. Pero él no me dijo que no.

Tal vez detectado veinte años más tarde hoy siguiese viva. Las investigaciones médicas, los avances farmacéuticos y de técnicas operatorias han conseguido aumentar pausadamente el porcentaje de pacientes de cáncer que dejan de pertenecer al club de los sin vida.

Desgraciadamente el peor escenario para una persona a la que comunican un cáncer es cómo la sociedad inmediatamente deja de considerarle un miembro del club de los vivos. Sabemos que nos puede tocar a cualquiera de nosotros. Las estadísticas son tozudas. Según los años y las fuentes, se habla de uno de cada tres, del treinta por ciento, de una cuarta parte, pero las posibilidades son muchas de que algún día nos toque pasar por el trance de enfrentar nuestra suerte o la de alguien próximo a la palabra maldita.

Viven entre nosotros. Se colocan pelucas, pierden kilos, se agarran a nuestras manos pidiendo caricias mientras miran al techo esperando que la próxima revisión vaya a ser distinta, que las células asesinas que le comen por dentro van a aparecer muertas en los informes futuros y que poco a poco el pelo volverá, la cara tomará color y los tratamientos se irán suavizando hasta poder llamar de nuevo al club de los vivos.

Se teme nombrarlo. Murió de una larga enfermedad. Se teme preguntar por conocidos que lo padecen. Mejor no conocer detalles. Tememos tocarnos nuestro cuerpo pensando encontrar algún ganglio, alguna muestra de células asesinas. Mejor imaginar que con nosotros no.

Mi pensamiento hacia quienes se sientan fuera de este club de los que vivimos en aparente sintonía con nuestro cuerpo. Por todos los que se afanan por disimular los efectos de la quimioterapia para no preocupar más de la cuenta. Los que tratan de sacar sonrisas de donde no las hay. A los padres, hermanos, amigos, hijos, abuelos, compañeros de trabajo, primos, conocidos de los miembros de ese club maldito. Cientos de miles en España, millones y millones en el mundo, que gustarían sentirse uno más entre nosotros, entre los que se creen inmunes a la muerte y no miran, no preguntan, no escuchan.

En estos años la historia de una mujer de cuarenta y tantos años a la que detectan un bulto en el pecho, será sin duda una historia dolorosa, pero no tiene por qué terminar en negro.

Mi pensamiento para los que se aferran a la vida. Porque esta vida es de todos y hay que acabar como sea con los clubs que pretenden apropiársela.

A mi madre, una joven mujer de cuarenta y pocos años, la vimos luchar por no mostrar dolor a sus hijos, usar pelucas con toda la dignidad, pintarse las cejas para hacer ver que todo iba bien. Mi madre no pudo luchar contra una maldita célula asesina que se escapó camino arriba por su cuerpo machacado por radiaciones, operaciones y medicamentos. Tras cuatro años de lucha, nos tomó la mano a cada hijo para decirnos que cuidásemos de nosotros, de nuestro padre, de nuestros hermanos… Su lucha digna nos hizo a todos los que la conocimos más humanos, mejores personas y entendedores de lo que es un paciente de cáncer.

Un miembro más del club de la vida.