Íbamos paseando por Tánger y a Fran, a la vista de la atmósfera afrancesada de sus grandes bulevares, se le antojó un crepe de chocolate. Así que bajamos al paseo marítimo, remozado, amplísimo, bordeando una playa de arena fina, y buscamos un sitio donde encontrar su antojo.
—¿Qué desean? —nos preguntó, raudo, un camarero al detenernos frente a su local.
—¿Tienen crepes?
—¡Claro que sí!
Rápidamente nos preparó una mesa, nos dio agua, colocó cubiertos, se interesó por saber de dónde éramos.
—¿Sevilla? ¡Maravillosa!
Cuando ya nos tenía instalados, y camelados, nos trajo la carta.
—No hace falta —aclaró Fran—, queremos unos crepes de chocolate.
Nos respondió con una sonrisa, entró y salió varias veces de la barra. Nos dijo que hacían un café riquísimo.
—No tienen crepes, ¿verdad?
—Verás, amigo... tenemos comida muy buena.
Cualquiera se iba de allí...