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lunes, junio 04, 2012

Correr

En los tiempos que corren, nunca mejor dicho, hay dos tipos de personas: a las que les gusta correr y a las que no.

Los segundos suelen utilizar los argumentos de que prefieren el deporte de equipo, que el hecho de correr es aburrido, de cobardes o que, sin más rodeos, no les gusta dar un palo al agua; los primeros, en cambio, entendemos la carrera como un dificultoso placer inexcusable.

A mí, que me gusta pasar grandes ratos corriendo, me ocurrirá como a buen número de personas, que encuentras diez mil motivos para no lanzarte a la calle, pero esa lucha la acaba ganando muchas veces la voluntad de tomar las zapatillas de deporte y ponerte a ello.

Es duro correr. Es un ejercicio en el que lo mental tiene mucho que ver. Eres tú contra ti mismo y ésa es su principal virtud y perversión. Es difícil, sin embargo, no alegrarse de haberlo hecho una vez que te has dado una ducha tras haber cumplido con el reto.

Es un deporte que te pone frente a frente con tu naturaleza, que te permite reencontrarte con tu capacidad de sufrimiento pero que, al mismo tiempo, transforma el esfuerzo en algo placentero. En uno está la habilidad de conseguir pasar esos minutos utilizando la mente de forma inteligente, no dejando que ella te convenza, a partir del sufrimiento que el cuerpo le transmite, de abandonar, reducir, aminorar o no cumplir con tu objetivo. Y la mente, cuando se pone villana, te llama tonto, te dice repelente, te ofrece pasteles, cervezas y sofás inmensos donde ver películas, te muestra lugares blancos con aire acondicionado y manjares suculentos para hacerte claudicar.

Correr te permite cuidar tu cuerpo, sin duda, y un cuerpo sano es sinónimo de vitalidad; pero además te ofrece, cada vez que te enfrentas al espacio abierto de los kilómetros por recorrer, un desafío de empeño, retándote a no sucumbir.

Es, por igual, sufrido y reconfortante, pero gana el resultado final, la satisfacción del esfuerzo.

En mi vida me he cruzado con mucha gente y, a día de hoy, puedo afirmar que el entusiasmo por este deporte viejo como el hombre no es contagioso: Si no te gusta, no hay nada que hacer.

viernes, julio 15, 2011

Madre Rafols

Hubo una época en que yo era la persona más frágil del mundo.

Me agarraba a los amigos con la ansiedad de quien cree que te quedarás atrás sin remedio.

No tenía ni dieciocho años y las relaciones humanas para mí no eran sanas, buscaba mi lugar en el mundo y tomaba los fines de semana casi como un castigo en el que tenía que encontrar mi espacio fuera de la seguridad de los horarios de clase y la familia. Se suponía que tenía que despegar y no sabía dónde encontrar las fuerzas para ser un joven lanzado, normal, valiente para escapar del nido y tomar mis propias decisiones.

Una noche esperaba a Bárbara en un bar de la calle Madre Rafols. Me pedí una coca-cola y esperé apoyado en la barra. Era un lugar de adolescentes de cuyo nombre no consigo acordarme ni sé si continuará existiendo.

Desde la negrura de mi adolescencia compleja me imaginé en ese mismo lugar siendo un cuarentón. Solo. Con una vida anquilosada en rutinas y sin amigos leales con los que contar.

Puede llegar a ser muy jodida la adolescencia.

Hoy, en cambio, estoy aquí. Con un proyecto de vida precioso, mucho cariño por dar y recibir, sereno, confiado, maduro.


sábado, junio 18, 2011

Papel

Me reconozco un gran lector de periódicos.

De hecho una de las imágenes que para mí representa la felicidad, junto con muchas otras, es un buen desayuno, sin hora tope y con un periódico delante, pudiendo desbrozar cada artículo. Yendo hacia adelante y hacia atrás. Tomando notas sobre alguna ciudad del mundo o algún escritor para investigar en otro momento.

Quien me conoce sabe que, en esos momentos, me vuelvo invisible, introducido en mi esfera de placer en esa mirada al mundo. Afortunadamente comparto mi vida con alguien que respeta mis espacios.

Hoy, sábado, me he levantado tarde y con muchas cosas en mente. Como demasiados sábados recientes, he descartado el paseo a la Campana para comprar el periódico y leérmelo con el café.

Hay días como hoy, meses como los últimos, en que voy perdiendo hábitos que construyen, en pequeñas porciones, mi bienestar emocional.

Entiendo que llegarán momentos más tranquilos en mi vida en que volveré a sumergirme en páginas de papel.

¿O comienza a no haber vuelta atrás?

viernes, mayo 27, 2011

Elitista

Un compañero del trabajo al que aprecio sinceramente, y por tanto aprecio sus comentarios, me comentó el otro día que mi blog estaba desviándose hacia un tono elitista. Por mi insistencia en hablar de la gente interesante frente a la simple, por la importancia que doy a la cultura y la educación y, seguro, por algún comentario desafortunado entre tantas palabras escritas.


Cuando alguien te dice algo así, alguna razón lleva.


Sí, quizás sea elitista, aunque me duela reconocerlo.


Es cierto que tengo capacidad, como todo ser humano, de elegir mis compañías. Nadie busca la infelicidad a sabiendas, por lo que todos nos dirigimos hacia el terreno vital en que sentirnos más cómodos. A mí la vida se me ofrece como algo tan rotundo que no quiero desperdiciar una ocasión de avanzar, y considero que sólo avanzo cuando aprendo, y aprendo rodeándome de gente que me aporte.


Me gusta escuchar a quien tiene mensajes que transmitir y valoro las críticas cuando están expresadas con corazón.

miércoles, mayo 25, 2011

El Fugas

No sé de cuántas maneras me han llamado ya, pero esta pasada feria me han bautizado como El Fugas.

Será la edad, pero es cierto que soy, siempre, el primero en irme a casa cuando de salir por la noche se trata. Llega un momento concreto, tras la cena y mientras tomamos alguna copa, en que la felicidad para mí es irme a dormir.

Desde que viví en Francia tomé una afición especial a las cenas largas, en las que se charla de todo, tienes las orejas abiertas a que te cuenten y disfrutas de un buen vino. No hay cosa que me guste más que cenar pausadamente con mi pareja, con los amigos o la familia.

La afición española al cubateo nocturno, sin embargo, se me hace cansina. Cuando tengo el gintónic en la mano y veo que se lanzan a por la siguiente ronda, mi cuerpo no se deja seducir por el alcohol sino que me pide descanso. Un viejo, vaya.

Disfruto tanto con las mañanas de los fines de semana que me da pereza sólo el pensar en desperdiciarla por una mala resaca.

La gente que me quiere me va conociendo y sabe, eso espero, que cuando digo me voy no estoy diciendo subliminalmente que no esté feliz con ellos, sino que mis tiempos son diferentes.

Soy tan afortunado de tener a mi alrededor a gente que me quiere tanto, que necesito explicarles esto, que El Fugas se vaya a dormir no implica que El Fugas no se divierta.

miércoles, abril 20, 2011

Huida

Decía Luis García Berlanga que, cada vez que había Fallas en su tierra, huía de Valencia. Pero, al mismo tiempo, echaba de menos no estar allí.

Mi madre, muy creyente, me llevaba a ver las procesiones cuando pequeño. Me emocionaba viéndola llorar a lágrima viva viendo pasar el palio de la Macarena. Ella me lo contaba muy fácil.

'Mira, mira cómo vienen meciéndola, mira cómo le tocan música para quitarle el dolor. Todos los años viene con su gran manto para arrastrar con él todas nuestras penas'.

El paso llegaba, ella se quedaba paralizada, me agarraba y se iba ese cortejo de duelo, dejando lleno de plañideras sevillanas el recorrido a su paso.

Siendo chaval me hice hermano de la Soledad de San Lorenzo. No podían procesionar mujeres por entonces y yo, el primer varón de su mejor amigo, era lo más parecido que tenía Pedro a un hijo. Fueron muchos años llegando puntual a la cita de cada sábado santo. Desfilando descalzo, primero con cirio, luego con cruz.

Hasta que la fe se me fue. Se me fue por completo.

Hay quien es tan tradicional que, incluso no creyendo, acompaña cada año a su hermandad camino de la catedral.

Yo no sé.

Me gusta enseñar la Semana Santa a mis amigos de fuera. Lo sé explicar todo, desde las imágenes a las sensaciones, y creo saber resumir la belleza de cada momento.

Hubo un tiempo en que, casi a escondidas, veía la Madrugá recordando los arrechuchos de mi madre, o me acercaba a la Plaza de San Lorenzo a ver recogerse a mi Soledad.

Hoy, como Berlanga de su ciudad, me voy de Sevilla a disfrutar de mi merecido puente de vacaciones. Me esperan Portugal y los míos.

sábado, marzo 05, 2011

Amanecer

Admitiendo que todo es física y química en nuestro cerebro, no sé cómo potenciar el proceso que lleva a mis neuronas a hacerme sentir un cosquilleo cerebral ante la contemplación de un amanecer de un día cualquiera.

Mientras me tomo el zumo de naranja y me asomo a la ventana sureña de mi salón, muchas veces, incluso con frío en el exterior, la abro para oler el día que nace y tomar la pausa necesaria antes de entrar en la vorágine devoradora de un nuevo día.

Hay veces que, como espectador privilegiado desde ese mirador, trato de encontrar ese cosquilleo que no viene, esa emoción ante lo básico que me lleva a tiempos pasados, a la esencia de mí mismo y de mi relación pasional con el vivir.

Será que la rutina, nada química, entorpece los chispazos entre neuronas causantes de esa sensación tonta y barata de felicidad total.

Lo bueno es que hay días, mañanas en que te levantas sin pensar en nada, que tomas el mismo zumo, enciendes el tostador con el mismo sueño y, como un reclamo, la ventana te llama para decirte:

Vente para acá, Salva, vente para acá y mira cómo de bonito se ha puesto hoy el sol para ti.

lunes, enero 17, 2011

Bosnia-Herzegovina

Acababa de tener una reunión con mi equipo de trabajo en la fábrica, estábamos a un par de horas para comenzar las vacaciones de Navidad y, en la puerta de mi despacho y con gesto casi militar, me di de bruces con un señor mayor, vestido gris de faena, chamarra de trabajar en el exterior y una gorra en la mano.

-¿Señor Salvador?

Lo saludé con una sonrisa, esperando que no hubiese ocurrido ningún 'marrón técnico' a falta de un rato para dejar el trabajo por unos días.

-Verá, soy Walter, el jardinero de la fábrica.

Tenía acento andino, y cara de serlo también. Llevo más de quince años trabajando en la fábrica y no se me había pasado por la cabeza que existiese un jardinero. De hecho, tenía la sensación de ver a ese hombre por vez primera.

-Es que quiero regalar a una hija su novela este día de Navidad y no la encontré en las librerías que busqué.

Me quedé de piedra. No sólo no tenía ni idea de quién era él, que seguramente pasará a mi lado decenas de veces durante el año, sino que además él sabía quien era yo y, aún más, estaba interesado en mi novela.

-Espere un momento. Dígame cómo le puedo localizar.

Llamé urgentemente al editor, me dijo las librerías donde lo tenían en ese momento, con seguridad, en existencias y cogí el coche.

Un rato después busqué a Walter para entregarle el libro.

Entonces él me contó que era de Cuzco y me habló de su ciudad, de su familia allí.

Yo fui contando a colegas de la fábrica lo que me había ocurrido y, como compinchados, todos conocían perfectamente a Walter el jardinero.

Qué desazón estar tan poco atento a las personas que tengo al lado.

Como bien dice quien bien me quiere:

Salva, es como si vivieses en Bosnia-Herzegovina.

miércoles, diciembre 22, 2010

El espejo

Era verano, teníamos poco dinero y las hormonas desatadas. Diecinueve años, el susto y la excitación de empezar la universidad y la unión que dan doce o trece años compartidos en el colegio. Suficientemente jóvenes como para creer que estaríamos juntos de por vida, distintos hasta el punto de que hoy casi no sepamos nada los unos de los otros.

Decidimos que fuera Albufeira, en el Algarve portugués, donde compartiéramos una semana en una casa con piscina. Una compra en el híper y los coches de aquéllos que ya tenían carnet y padres con valor para dejárselo.

El otro día se coló por mis manos la foto, todos con gafas de sol, que nos hicimos en el parking de un complejo acuático.

Hubo quien encontró el primer sexo, creyendo durante años que esa niña de Oporto sería la mujer de su vida, hubo mucho alcohol en discotecas en que entrábamos como niñatos y también visitas inolvidables a pueblos hermosísimos del interior.

Yo, a pesar de la importancia que doy al sexo, lo que disfruto del alcohol y los pueblos hermosos, intuía que ésa no era mi vida futura.

La noche final nos fuimos a Portimao. Morenos como tizones, ya teníamos la pandilla de amigas portuguesas con las que celebrar la última traca. Yo llevaba una camisa horrible amarilla de flores verdes diminutas.

Con mucho alcohol, en el baño de una sala de fiestas, tuve la lucidez de enfrentarme al espejo. Me miré detenidamente y me sonreí. Me observé y pensé en retener esa imagen fija para el resto de mi vida. El whisky con coca-cola quizá ayudó a acrecentar de forma extraña esa captación, como un flash deslumbrante que grabase para siempre ese espejo que me ofrecía a mí con diecinueve años y una vida por delante tan intensa que me asustaba.

¡Han sido tantas veces las que he superpuesto a ese chaval de la camisa amarilla de diminutas flores verdes con el Salva actual!

Se aparecen más ojeras, menos pelo y el acné parece imposible de encajar.

Pero sigo guiñándole el ojo a ese crío despistado.

jueves, diciembre 09, 2010

Quererse

En los tiempos actuales hay un mensaje que se extiende como una mancha de aceite: 'Quiérete'.

Tengo amistades casi perdidas que han acudido a psicoterapias de las que el primer mensaje que retuvieron fue: 'tú, primero tú y luego tú'.

Porque si no te quieres a ti ¿cómo vas a ser capaz de ofrecer amor a nadie?

¡Cuánta verdad hay!

El problema, creo, es la simpleza con que la gente entiende esa aseveración.

Quererse.

Yo entiendo la madurez precisamente como eso, como saber quererse a partir de todo lo contrario a establecer barreras en que tú te encuentres en el centro del universo, de tu 'Yo' con mayúsculas.

Uno de mis mayores defectos 'históricos' ha sido el de la susceptibilidad. Tomarme todo comentario mínimamente crítico como afrenta personal, no saber encajar las bromas bienintencionadas, desasosegarme por un mal gesto, una mirada oblicua, un silencio a destiempo.

La madurez, en mí, ha sido fundamentalmente mandar a freír espárragos la susceptibilidad. Soy más persona cuánto más cancha tengo para aguantar carros y carretas y sonreír. Relativizar los cabreos de la gente que me importa y entender que la vida son dos días.

Mi 'Yo' es importante desde el momento en que entiendo que soy una persona social, que vivo en un mundo interrelacionado y que mis fortalezas las sostienen no mis barreras hacia el 'Otro' sino mi capacidad de entender en el 'Otro' a mí mismo.

sábado, diciembre 04, 2010

Censura

A lo largo de nuestra vida, cada día que pasa, nos enfrentamos a situaciones que requieren tomar decisiones que implican, en muchas ocasiones, insatisfacción. Eso nos curte, nos posiciona, haciéndonos menos inocentes, más humanos. Porque frente a la falta de criterio se encuentra la parálisis. Estando paralizados no evolucionamos hacia ningún sitio.

Este humilde blog es visitado por no más de 30 o 40 personas diariamente, muchas de ellas fieles.

Cuando presenté mi última novela en Málaga recurrí a los varios lectores malagueños que tiene este blog. De hecho, una de las primeras personas que comenzó a seguirme 'oficialmente' era un hombre de Marbella, de nombre Miguel.

Para mi sorpresa, ya no estaba entre mis seguidores. Rebusqué entre los comentarios de mis primeros meses de bloguero y lo encontré. Le escribí para enviarle la invitación al acto de Málaga.

Tuve la suerte de dar con él y Miguel aceptó la invitación.

Ya en Málaga me explicó sus motivos para haber dejado de estar entre mis lectores.

'Censuras los comentarios. Tienen que pasar por tu filtro y si algo hemos avanzado en este país es precisamente en la libertad de expresión'.

Entendí su crítica como correcta y traté de darle mis argumentos. No quería ver mi blog con comentarios hirientes, soeces o amenazadores ante los distintos temas que trataba.

Miguel se mostró como un tío encantador, afable y se unió al heterogéneo grupo que cenó en Málaga tras la presentación.

Una semana después me encontré con la primera ocasión en que tuve que dar el tijeretazo. Escribí sobre Puigcercós y su inoportuno, indeseable comentario sobre la fiscalidad andaluza.

Me llegó días después un comentario anónimo poniendo de vuelta y media a los catalanes.

Vivir es tomar decisiones. Seguramente ese lector no vuelva a leerme. Pero en esta humilde página nadie se escudará bajo el anonimato para echar espuma por la boca.

Antes lo cierro.

miércoles, noviembre 17, 2010

Reflexionar

Encontré hace unos días un artículo en la prensa digital que hablaba de la felicidad en relación con la capacidad de integrar pensamientos de cada persona. Se trataba de un estudio de no se qué universidad que venía a concluir que era menos feliz la persona más reflexiva.

Cuanto más vueltas le damos al coco, más sufrimos.

Hay quien puede pensar que no hace falta un análisis estadístico con miles de personas para llegar a una conclusión tan de cajón; sin embargo, yo no comparto el fondo de esta teoría, porque no deja de ser teoría lo que tiene que ver con sentimientos intangibles como lo es el ser feliz o desgraciado. Donde entre la subjetividad pocos bancos de ensayo podrán demostrar nada.

Tal vez mi rechazo a aceptar la validez del estudio sea porque me considero dentro del grupo de los reflexivos. Y sí, puede haber excepciones que confirmen la regla; pero yo voy más allá.

No es que yo piense que la felicidad de las personas menos cerebrales sea la felicidad del tonto, pero sí es cierto que cuando tus ambiciones de conocimiento, de querer entender al otro, de analizar las realidades que nos rodean son fuertes, la vida se presenta más compleja, tal vez más difícil, pero ahí está la clave del disfrute.

Seguro que quien pasa las tardes enteras, horas y horas, jugando a la play station lo hace porque está disfrutando. Es, en su escala, una persona realizada. Otros, a lo mejor, están leyendo la historia de la filosofía griega mientras piensan qué va a pasar con el euro o hacia dónde va la política de Obama. O, no hace falta ser culto para ser reflexivo, estar horas paseando, cavilando sobre la familia, los amores perdidos, los retos por organizar para el día siguiente.

Vivir, entiendo yo -por eso soy reflexivo-, no es matar el tiempo con risas. Porque el tiempo pasa, la play station se te estropea y te planteas, ¿qué tengo yo por dentro?

viernes, octubre 08, 2010

Privilegios

Tras unos meses sin acudir por lo bien que se está portando mi espalda, ayer volví a una nueva sesión de mis encuentros con mi masajista.

La encontré más joven y delgada, sonriente como siempre y dispuesta a atacar cualquier resurgimiento de molestias en ese mi hombro, rebelde desde hace años.

Me tocó, en cambio, el centro del pecho y me dijo que veía un bloqueo en mí.

Tumbado boca arriba, casi desnudo, mirando el techo y escéptico, algo menos con ella, respecto a este tipo de diagnósticos que se hacen a partir de unos manipulaciones rápidas con mis brazos, le comenté que no había nada que me atormentase ni me frenase ni me hiciese sentir coartado.

¿Tus ansiedades? Las voy superando.

Me hizo oler unas gotas de pachuli antes de colocarme boca abajo y hacerme un largo masaje con una piedra de obsidiana y una crema caliente, que preparaba como una pócima mágica, batiendo algo con una cuchara de vez en cuando.

¿Qué sientes? Que el cuerpo me pesa más, que me voy hundiendo placenteramente.

Luego vinieron las piernas, con el gustazo que da saber que tengo dos, y que todo lo que voy sintiendo se va a multiplicar por dos.

Tras el acostumbrado desbloqueo del coxis volví a girar, volvió a tocar el centro de mi pecho. Seguía el bloqueo.

Tocando mi pecho y mi vientre me dijo que hablara desde lo más profundo de mí. Que allí no había escrúpulos ni censuras ni miedos.

¿Qué te preguntarías, Salva?, sin pensarlo, ¿qué pregunta tu interior?

Como si fuese un allien que habitara en mí, Salva preguntó entre músicas extrañas de cacerolas ¿quién soy yo?

Ella respiraba hondo y yo respiraba lento.

¿Quién eres tú? me repetía ella. A mí se me venían imágenes de mi amigo Kristian por las calles de Nueva York gritándome '¡grita, Salva!', '¡grita con todas tus fuerzas!'...

Yo no respondía y era ella entonces quien ponía mi respuesta en su boca... 'Yo soy...', 'yo soy...'

Yo soy uno más, respondió mi allien.

¿Qué más, Salva?

Yo soy humano.

Bien, así, suave. Las luces estaban apagadas, mi cuerpo embadurnado de alguna crema caliente de pachuli, y ella insistía. 'Llega hasta el final, yo soy...'

Yo soy un privilegiado.

viernes, septiembre 10, 2010

Medio kilo

Dice mi amigo Miguel que un hombre, a partir de lo 35 años, engorda medio kilo por año. Es decir, que si queremos cuidarnos nuestro principal objetivo puede ser mantener el peso.

En la época universitaria recuerdo los descansos que nos pegábamos en la biblioteca por las tardes y cómo nos poníamos de palmeras de chocolate, batidos y demás porquerías. ¡Qué tiempos aquéllos! Podías comerte un rinoceronte por las patas que no engordabas. Pura energía, como si fuera una chimenea a la que echases leña, tu cuerpo todo lo fundía.

Cuando llegué a Francia caí rendido a los croissants de almendras. Para más inri, la boulangerie la tenía justo debajo de mi casa. No podía resistir ese olor que penetraba por todos lados. Es de esa época que recuerdo mis primeras luchas contra mi glotonería. Cada croissant que caía implicaba una vuelta haciendo footing a los Jardines de Luxemburgo. Y había días de frío y lluvia en que pasaba junto a los croissants sin mirarlos, de pensar en la carrera que tenía que pegarme luego.

Pocos placeres encuentro más completos que comer bien. Si, además, se es tan goloso como yo, el placer se transforma en venenoso.

Uno de mis sueños repetitivos es tener en mi habitación dos grifos. Uno lo abres y sale chocolate blanco, bien espesito y fresco. Del otro salen gominolas.

La vida se nos intenta hacer cuesta arriba con historias como las del medio kilo, pero no sabe que cuanto más viejos somos tenemos más capacidad de disfrutar otros detalles, no ser tan primitivos y pasar por al lado de croissants a los que, con mucho dolor, le hacemos cortes de manga imaginarios.

sábado, agosto 07, 2010

Zapatazos

Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.

No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.

Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.

Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.

El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).

El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:

¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!

Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.

Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.

La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:

¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!

Jeje.

martes, agosto 03, 2010

Lo sobrio

Lo austero.

Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.

En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.

Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.

Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.

Yo busco lo blanco, la luz.

Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.

No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.

Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.

Yo lo llamo sobriedad.

lunes, julio 12, 2010

Coherencia

Con 42 años ya cumplidos, si hay algún comentario sobre mi persona que me agrade es el de ser coherente, a pesar de las contradicciones a que a veces la vida nos empuja.

De la misma forma, valoro enormemente esa cualidad en los demás.

En el día a día y en los proyectos de vida, un amigo o familiar que se vea venir es una garantía de estabilidad para uno mismo.

Vamos conformando nuestra personalidad sin percatarnos, a base de encuentros y desencuentros, topándonos con gentes, situaciones, sorpresas que nos ponen a prueba, coartándonos o no, en el trayecto emocionante que es el vivir.

Dar giros en redondo despista.

No me gusta hacer nudismo en la playa, me asusto con facilidad, adoro el chocolate blanco, soy reservado con mi intimidad, me gusta el Betis, Paul Auster y visitar París con frecuencia, me considero agnóstico, de izquierdas y puntual, con fuerza de voluntad, nada frívolo y amante de las cenas largas. Soy, mal que me pese, rencoroso y susceptible, siempre en lucha por corregir esos defectos en mí. Obsesivo con las normas de educación o intolerante con el maleducado, doy importancia al saber estar como principio de comportamiento.

Quiero ser coherente, potenciando mis virtudes e intentando ir, poco a poco, dejando atrás lo que detesto en mí.

viernes, junio 11, 2010

Escribir

Ayer tuve la oportunidad de pasar un día feliz, redondo.

El día tenía todas las papeletas para ofrecerme esa posibilidad de satisfacción personal: culminaba, aunque ahora empiece lo más duro, la trayectoria comenzada hace más de dos años con la presentación en sociedad de mi quinta novela; lo hacía, además, rodeado de gente que me aportaba tanto cariño que me desbordaba; y, por si fuese poco, me acompañaban en el acto en sí de presentar el nacimiento de la criatura tres personas entregadas con la historia.

Un rato antes, tomándome un batido de chocolate en casa mientras hacía tiempo para enfrentarme a entrevistas y al acto de la presentación en sí, me pregunté por qué.

¿Qué me aporta escribir?, ¿hasta qué punto quiero conectar con potenciales lectores?, ¿qué quiero contar?, ¿por qué meterme en estos embrollos?

Una de las respuestas la podría encontrar sin duda en la calurosa acogida que me ofrecieron un rato después, pero yo trataba de encontrar una explicación más íntima.

¿Por qué el escribir?

Hay muchas teorías sobre el acto de la escritura, que van desde la inseguridad y la necesidad de autoafirmarse a sobrevaloraciones del ego, pasando por todas las etapas intermedias, que incluyen la humildad de tratar de compartir una visión del mundo o la necesidad casi terapéutica de comunicar para quien no es ducho en otros mecanismos más simples y directos.

Pero en mi caso, ¿cuál es mi motivo?

Mi primera respuesta vendría dada por la posibilidad de estructurar mi interior que me ofrece la escritura. Cuando trato de imaginar bien una larga historia compleja, o bien una frase corta dentro de un párrafo concreto, me obligo a mover fichas que de otro modo, sin un bolígrafo o un ordenador, no estarían disponibles. La inmediatez de las conversaciones o la abstracción de los pensamientos se pierden en el tiempo y se difuminan en nuestra memoria. Tratar de atraparlo en un papel es una forma de asentar teorías, instintos, sensaciones. Es, en mi caso, mi manera de abarcar mi mundo.

La segunda explicación tendría que ver con el hecho de compartir el resultado de esos escritos. ¿Cuánto hay de vanidad? No lo sé, ¿qué parte de inseguridad?, ¿hay algo de búsqueda de afecto?

Es aquí donde encuentro más dudas para responder, porque quizás haya un poco de todo.

¿Qué me hace inventar una historia, toda una maraña de personajes y enfrentarlos a conflictos cruzados?

En el largo recorrido de la humanidad a través de los tiempos siempre ha habido contadores de historias.

Es entonces cuando encuentro la respuesta.

Escribo porque hay personas ávidas de leer, de conocer el mundo desde otros ojos, con otros colores y distinto corazón.

Yo, como lector, me doy entonces la respuesta al yo escritor.

lunes, mayo 10, 2010

Querer gustar

A veces lo confundimos con vanidad, pero fácilmente podemos pasar al extremo de la falta de autoestima, cuando hablamos de la gente que hace lo imposible por caer bien, por resultar agradable a todo el mundo, por gustar como persona.

Me reconozco cercano a ese colectivo de seres humanos, con lo trabajosas que suponen esas estrategias inconscientes de estar a bien con gran parte de la humanidad que te rodea.

Sé, conscientemente, que soy una persona que cae bien y transmite confianza. Eso no es fruto del azar, ni de ser un tío más o menos bueno (que también tendrá algo que ver). Es proceloso el camino para llegar ahí y viene desde muy lejos en el tiempo. ¿Que en su origen existieron inseguridades?, seguro. ¿Falta de carácter?, quizás al principio.

Tratar de mostrar tu mejor cara a personas muy diferentes implicaría, además, cierta hipocresía. No se puede estar a las buenas con gente de modos de vida radicalmente opuestos y visiones contradictorias. ¿O sí?

Mi experiencia personal me dice que sí, que es posible.

Con el tiempo, es cierto, vas dejando de lado a aquellos que te resultan insoportables, a los que, para ti, son insulsos, a los desagradables en el trato, a los falsos, a los lamentatodo, a los poco fiables, a los insensibles.

El paso de la vida puede convertirse, si se ejerce bien, en un filtro perfecto.

Cuando tenía quince años sé que era un tío muy querido en clase, entre mis compañeros del club de remo, entre mis primos. Pero yo no era feliz.

Ahora, caigo bien a los que me rodean, pero los que me rodean son cada vez más elegidos por mí.

Llegado un momento, no estás por la labor de aguantar tonterías.

Yo sigo queriendo mostrar mi mejor cara, de forma sincera. Ofrecer lo mejor de mí siempre que pueda y querer de corazón.

¿Se es menos auténtico? Pienso que no tiene nada que ver. Uno tiene que quererse a sí mismo para ofrecer lo mejor a los demás, pero no comulgo con esa cultura extendida del tener un ego súper potenciado, un súper yo. Yo, yo y después yo para poder sobrevivir...

Es trabajoso, pero es mi estrategia vital.

martes, diciembre 08, 2009

Vividor

Sé que es una descripción que puede resultar en muchos casos pedante, pero a mí me gusta definirme como un vividor, en el sentido literal de la palabra.

Si miramos el diccionario encontramos la explicación a ese tono peyorativo, porque te habla de quien vive al máximo la vida... pero a expensas de los demás.

Tendré que recurrir por tanto a otro término para describir mi actitud ante mi propia existencia y la del mundo que me rodea.

La vida es compleja y dura, el mundo un valle de lágrimas para gran parte de una humanidad que sufre, se desespera, padece; sometidos a hambrunas, injusticias, ilegalidades, represiones, miseria, despotismo, maltratos.

Sé, también, que no todo es dolor.

Soy consciente de dónde vivo y trato de que mi paso por este mundo sea coherente.

¿Cómo encontrar esa coherencia definiéndome como vividor, si trato de exprimir la vida al máximo, si no renuncio a una buena cena, un viaje largo, una ópera, un libro de Auster, un vino, una excursión, una casa confortable...?

¿Cómo hay que enfocar realmente la existencia humana?

Sé que dejo muchas cosas por hacer, reconozco que no soy un héroe, ni siquiera una persona comprometida con causas mayores. Tranquilizo mi conciencia con donativos mensuales a ONG's que se lo curran, votando a los partidos que más se acercan a mi ideal de sociedad.

Trato, simplemente, de ser una persona buena, un demócrata convencido, respetuoso con el entorno en el que vive, teniendo como guía de vida los principios éticos fundamentales.

Podría ser mucho más feliz, seguro, abandonando todo y yéndome a las misiones de Nigeria o Bolivia, compartir mis conocimientos y mi esfuerzo con los más desfavorecidos. Sé que no debe existir mayor felicidad que dar a los que no tienen.

Pero no soy así de fuerte.

Mi fortaleza está en saber posicionarme, encontrar el punto crítico para buscar mi lugar en el mundo, reconocer mis flaquezas.

Trabajar con responsabilidad, dar todo el amor posible a la gente que me rodea, ser consecuente con mis pensamientos políticos, tratar de construir una sociedad sana a partir de mi voto.

Todo eso, sin embargo, no debe estar reñido a mi entender con el querer disfrutar al máximo. Tratar de buscar la belleza del universo en las pequeñas y grandes cosas, satisfacer mi curiosidad por visitar otras culturas, ciudades y paisajes, compartir mis mejores ilusiones en cenas o paseos con los míos, emocionarme ante las canciones que hablan de amor, amar a la persona que eligió vivir a mi lado.

Buscar la felicidad es nuestro derecho, casi nuestra obligación. Sintiéndose uno completo hace la vida más agradable al círculo más cercano y eso, en sí, ya es dar sentido a nuestro caminar.