Los segundos suelen utilizar los argumentos de que prefieren el deporte de equipo, que el hecho de correr es aburrido, de cobardes o que, sin más rodeos, no les gusta dar un palo al agua; los primeros, en cambio, entendemos la carrera como un dificultoso placer inexcusable.
A mí, que me gusta pasar grandes ratos corriendo, me ocurrirá como a buen número de personas, que encuentras diez mil motivos para no lanzarte a la calle, pero esa lucha la acaba ganando muchas veces la voluntad de tomar las zapatillas de deporte y ponerte a ello.
Es duro correr. Es un ejercicio en el que lo mental tiene mucho que ver. Eres tú contra ti mismo y ésa es su principal virtud y perversión. Es difícil, sin embargo, no alegrarse de haberlo hecho una vez que te has dado una ducha tras haber cumplido con el reto.
Es un deporte que te pone frente a frente con tu naturaleza, que te permite reencontrarte con tu capacidad de sufrimiento pero que, al mismo tiempo, transforma el esfuerzo en algo placentero. En uno está la habilidad de conseguir pasar esos minutos utilizando la mente de forma inteligente, no dejando que ella te convenza, a partir del sufrimiento que el cuerpo le transmite, de abandonar, reducir, aminorar o no cumplir con tu objetivo. Y la mente, cuando se pone villana, te llama tonto, te dice repelente, te ofrece pasteles, cervezas y sofás inmensos donde ver películas, te muestra lugares blancos con aire acondicionado y manjares suculentos para hacerte claudicar.
Correr te permite cuidar tu cuerpo, sin duda, y un cuerpo sano es sinónimo de vitalidad; pero además te ofrece, cada vez que te enfrentas al espacio abierto de los kilómetros por recorrer, un desafío de empeño, retándote a no sucumbir.
Es, por igual, sufrido y reconfortante, pero gana el resultado final, la satisfacción del esfuerzo.
En mi vida me he cruzado con mucha gente y, a día de hoy, puedo afirmar que el entusiasmo por este deporte viejo como el hombre no es contagioso: Si no te gusta, no hay nada que hacer.