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lunes, octubre 31, 2022

Pedir perdón

Tanto creo en la capacidad de perdonar como en la virtud de pedir perdón, algo tan sencillo esto último que sorprende que haya personas con la reputación por los suelos que no se digne a hacerlo. No tienen más que ganar si se deciden a confesar que cometieron errores, que se les fue la cabeza, que les pudo la avaricia, que dejaron de lado sus obligaciones, que se enrocaron en su desidia.

Hubo un tiempo en el que tuvimos un rey que hizo monárquicos a republicanos. Campechano, sonriente, conciliador, parecía un buen representante de nuestro pueblo, daba una imagen amable del país, se mojaba por nosotros.

Qué gran chasco nos llevamos.

Próximo a recorrer sus últimos días, podría conceder una entrevista, explicarnos qué ocurrió, decir cómo fue equivocándose, qué le hizo defraudar a nuestra Hacienda, aceptar regalos de dictaduras, mantener un matrimonio roto, enriquecer a su amante, gastar a expuertas en un país que sufría un empobrecimiento galopante.

No lo perdonaríamos, no. Pero siempre es una virtud pedir perdón. Hacerlo a pleno pulmón, lamentar haberlo estropeado todo, decirnos que no todo fue mentira.

Se le acaban las oportunidades de ofrecer su corazón y, luego, será demasiado tarde para siempre.

viernes, mayo 20, 2022

Credibilidad

Qué mal es hacer las cosas mal.

Y faltar a tu palabra.

Me he equivocado, y no volverá a ocurrir nos dijo.

En plena crisis económica, con más de cinco millones de parados, se fue a cazar elefantes a Botswana, insensible a los padecimientos del pueblo al que le dimos la oportunidad de representar.

No sé si soy monárquica, pero soy juancarlista le escuché a mi madre, cuando yo era un enano.

La avaricia arrasa con todo, cuando no se tienen principios. Esa necesidad de acumular fortuna, con una máquina de contar billetes en la Zarzuela, comprando el amor de la amante a base de millones de euros obtenidos como comisionista.

¿Se puede hacer peor?

Ahora vemos a un pobre hombre, viejo, perdido, consciente de haber dilapidado el capital humano que ganó cuando apostó por un estado democrático para nuestra querida España. Se acostará con elefantes en la cabeza, con fajos de billetes saltando como ovejas para coger el sueño, con la condena adelantada de saber que un día se le quiso de corazón y que esos tiempos no volverán, ya maldito para siempre.