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lunes, febrero 10, 2025

Cabarets

En mis años locos en París conocí a un canario.

Mayor que yo, terriblemente apuesto, cultivado, vividor, este hombre era un abogado que compartía vida con un francesito esmirriado, guapísimo, que actuaba en cafés con espíritu de cabaret.

Allí iba yo, y a la ópera, y a su casa, y a visitar exposiciones de arte contemporáneo. 

Cada día trabajaba más en Bruselas, con lo que se hacía más difícil quedar, hasta que un día me di cuenta que nos habíamos dejado de ver. Nuestras vidas eran tan intensas que tardé tiempo en echarle de menos.

Ahora no sabría cometer el error de volver a él, porque lo que significó para mí ya no funcionaría hoy.

sábado, noviembre 12, 2022

Estrés

Sonará pretencioso, porque quizás lo sea, pero cuando el estrés me agarra por el cuello me pongo a escuchar ópera en youtube.

Coloco la Casta Diva interpretada por Anna Netrebko, con su espectacular vestido de oro, y me sumerjo por completo en la fantasía de la belleza más absoluta, lejos del aquí y del ahora, con los vellos erizados durante diez minutos.

Son viajes a lo inmaterial que el hombre ha conseguido crear a base de revelarse contra la muerte. De burlarse de ella a través de la más hermosa de las invenciones, la música. Aunque sea por diez minutos, nos permite trasladarnos a un espacio donde no hay miedos.

Cuando no es tanto el estrés, sino la melancolía la que me invade, entonces tecleo a Montserrat Caballé y su Sposa son disprezzata de Vivaldi. Con las luces apagadas y a todo volumen, observo directo a los ojos de la Caballé, que me canta a mí desde un espacio atemporal y eterno en el que siempre hay esperanza.

viernes, diciembre 11, 2020

Turandot

Cuando viví en París conocí a gente interesantísima. 

Entre otros a un canario del que no recuerdo el nombre. Un abogado apuesto que me sacaba unos diez años y aparecía en escena cuando le apetecía. 

Una noche me invitó a la ópera junto a su novio, actor, y una amiga danesa judía de pelos muy rojos. Los tres, maravillosos.

Era en Bastilla y se trataba de Turandot.

Yo iba con el corazón abierto, dispuesto a rendirme al espectáculo.

Por entonces no sabía nada de esa ópera y mi única experiencia había sido ver la Cenicienta de Rossini en la Garnier, una obra cómica que no llegó a cautivarme.

Con esas premisas nos sentamos en una de las primeras filas. Me dejé llevar por una princesa china que cantaba con un hula-hop fluorescente bailando en su cintura, como en el principio de la Guerra de las Galaxias, sin enterarme de nada pero entregado del todo.

¿Turandot es un país? pregunté a la danesa, ingenuo, en el entreacto, mientras degustábamos un vino blanco.

¡Es el nombre de la princesa! exclamó en un inglés agudísimo.

A la vista de mi azoramiento me aclaró que podía leer la traducción en simultáneo justo arriba del escenario.

Vibré inmensamente con las tres preguntas que le hace la princesa a su futuro pretendiente. Casi me ahogo de la emoción cuando cae la noche y Calaf tiene que soportar la presión de la venganza de su amada, que busca por todo Pekín con el ejército movilizado alguien que lo delate.

Nos fuimos a cenar justo después y yo no podía soportar la impresión.

Estoy seguro de que ellos tres, a quienes nunca volví a ver, alguna vez habrán comentado, entre risas, que nunca verán a nadie más turbado ante una representación artística que al sevillanito que esa dulce noche se les unió.

martes, noviembre 10, 2020

Pesimista

El optimismo no es un arma naif, sino trabajada.

En mi caso, es una opción elegida conscientemente. Argumentada intelectualmente, sostenida sobre la experiencia propia. He sufrido el dolor y conocido la fragilidad del ser humano desde bien joven. He debido gestionar una sexualidad diferente en tiempos que no eran estos. Como todo hijo de vecino he sentido traiciones, desengaños y frustraciones.

Entregarse al sinsentido era una posibilidad extrema, pero recrearse en el dolor era torpe.

Tal vez sea de inteligentes ser pesimista, asumir todo el peso de la existencia y visibilizar de lejos los nubarrones futuros; pero no es práctico.

Y la vida es práctica, no teoría.

Que todo es efímero ya lo sé, nadie tiene que explicarme cómo de imprevisible es la salud, ni me caigo de un guindo al pensar en la naturaleza humana. Que todo lo material puede irse al traste. Que el mundo no gira redondo ni para todos igual. Que no se puede dar nada por hecho. Que todo lo mueve el azar. 

Ya lo sé.

Por eso me gusta volar, no agarrarme a ilusiones que se cuenten con dinero, salir de paseo para fotografiar la ciudad al atardecer, decir siempre que sí a planes nuevos, leer mucho, celebrar con vino las noches sin nombre, cuidar con disimulo a la gente que quiero, embelesarme con las historias de quien me puede enseñar, viajar a sitios que me vuelven loco, entrenar a diario para no dar excusas a ninguna enfermedad, buscar la emoción en óperas grabadas en Youtube, navegar por fotografías para acompañar mis textos, crear textos para crecer como escritor. Soñar los sueños de quienes amo. Amar por puro amor.

Que sepa encontrar el sol en cada estancia no quiere decir que no vea las telarañas ni los cajones a medio cerrar.


miércoles, julio 17, 2019

Aria

Escuchar 'Mon coeur s'ouvre à ta voix' en su representación de los años 70 en el Covent Garden de Londres, observar cómo Shirley Verrett se derrite de amor en los brazos de Jon Vickers suspirando por su ternura es de una emoción indescriptible. Un mecanismo barato y directo para levitar fuera del mundo propio.

Y en ese instante, cuando aún resuenan los aplausos, viajar a Italia y teclear Tiziana Fabbricini en Youtube y dejarse arrastrar por su porte de mujer madura, envuelta en gasa negra, para acompañarla hacia el culmen final de su 'Mamma morta', cuando casi llega a caerse de la pasión con la que canta su desgarro a un teatro de Novara que se deshace en aclamaciones, rendidos como yo ante tanta belleza.

La belleza de Anna Netrebko en Baden Baden, enfundada en un ajustadísimo vestido de oro para ofrecerme una versión magistral de la Casta Diva de Norma, apoyada en una descomunal capacidad de transmitir desde sonidos a capella hasta finales explosivos con la orquesta, tremenda, a sus pies.

Hay tardes, tontas, en que uno puede volar, sin aditivos, sin compañía, sin dispendios, sólo dejándose llevar por la grandeza de mujeres excepcionales que, de vez en cuando, se ofrecen a cantar para mí el placer de estar vivos, la grandeza de la música, el enorme derroche del ser humano por alcanzar el cielo prometido.

martes, octubre 09, 2018

Esperanza

Aunque me estrené con una ópera cómica de Rossini en el teatro Garnier, no fue sino hasta unos meses después, en la Bastilla, donde caí conmocionado a la belleza de Turandot.

No era posible conexión más hermosa con el alma humana, no cabía una emoción más incontrolable producida por un evento externo a mi vida personal.

Turandot aparece por todos lados en mis relatos, mis blogs, mis novelas, mis reflexiones acerca, sí, del sentido de la vida. Exagerado tal vez, pero un aria en un teatro de ópera es de los pocos momentos en que dudo acerca de la no existencia del alma humana. Si el hombre ha conseguido crear desde la sensibilidad más pura obras que llegan tan dentro, es que hay esperanza de que seamos más que carne con huesos.

Este pasado fin de semana de Rodríguez en Sevilla me sorprendió con la muerte de la Caballé, a quien no tuve la fortuna de escuchar en directo. Sin embargo apagué luces, rebusqué por la red y fui escuchando una a una todas sus arias, en escenarios de medio mundo. Su presencia rotunda, los enormes ojos negros, su risa infantil y ese llevarnos fuera de nosotros en prolongados pianísimos.

Hace nada que la enterraron en la tumba junto a sus padres, a la gran dama de familia humilde que nos maravilló gracias a su profunda sensibilidad. Ya descansa la niña catalana junto a sus padres, ya el final llegó al principio, pero nos deja, para romperlo todo, sus ojos negros mirando al infinito mientras canta a la esperanza con música de Vivaldi.

'La Esperanza'

jueves, agosto 25, 2016

Sumas

Por mucho que alguien se escape a un lugar idílico en un día laborable de cualquier mes del año, siempre encontrará gente allí disfrutando de una experiencia que para esa persona es excepcional. Si un día se pega un homenaje merecido en un restaurante de lujo, encontrará mesas llenas de comensales que charlan allí con toda naturalidad. Cuando vaya a un concierto majestuoso de ópera, acabará aplaudiendo emocionado entre una multitud entusiasmada y podrá preguntarse: ¿pero dónde he estado metido yo?

El ser humano, por lo general y de forma subconsciente, tiende a pensar que esos que viajan, se relamen con servilletas de seda y viven la dolce vita son todos los mismos y muchos más de los que son.

Si su equipo nunca gana una competición, uno llega a creer que es un desgraciado por no conseguir nunca nada, sin razonar que la inmensa mayoría de los clubs no ganan jamás.

Agrupan a los triunfadores en un 'todos menos yo' que los hace pequeñitos y provoca el efecto contrario al de sentirse privilegiados. Hacen sumas raras que suelen dejarlos en el escalafón inferior del disfrute.

Hay que guiñarle el ojo al que aplaude junto a ti o se baña en aguas cristalinas de un paraíso, porque ellos, como tú, sois triunfadores por entender que la vida está llena de momentos excepcionales para sentirse únicos; momentos irrepetibles que no todos saben aprovechar, creyéndose intrusos en un paraíso inmerecido.

sábado, noviembre 24, 2012

Belleza

En su más amplio sentido, la belleza resulta un motor potente de vitalidad.

Es, entiendo, una cualidad estrictamente humana ésta de valorar la belleza en sí.

El hombre podría optar por construir edificios con el fin básico de habitarlos, puentes para atravesar ríos o ropa para protegerse del frío, sin embargo existen Venecias con puentes Rialtos y disfraces exquisitos por el puro vano placer de provocar armonía en nuestras retinas.

A mí se me pasan las horas delante del ordenador contemplando extractos de óperas que investigo por youtube. La magnificencia de una Madama Butterfly esperando el barco de su amor mientras suena el coro a boca chiusa de Puccini provoca en mí tal emoción que da, de por sí y sin más razones, sentido a mi vida.

Y la belleza no construida por el hombre: una cordillera andina, una playa de arena fina al atardecer, la visión de un cielo estrellado en una noche sin luces en medio de ninguna parte. ¡Cómo no sentirse vivo simplemente de observar!

La más pura, cristalina y perversa de las bellezas nos la proporciona, sin embargo, el propio cuerpo humano. El cuerpo y la cara que nos embelesa, nos seduce, condiciona y revuelca por el simple hecho de su simetría, sus formas y colores.

Juntar belleza y ser humano es mezclar ingredientes que se buscan y autodestruyen.

Cuando sientes el secuestro de la belleza humana, del hombre y la mujer, estás perdido y no eres capaz de discernir qué parte de ella mueve el mundo, qué parte de ella es sana y cuál es pérfida porque tras de esa belleza ya no hay un puente, una montaña o una melodía, sino el mismo ser que ha inventado el propio concepto de lo hermoso.

domingo, diciembre 25, 2011

Ópera

Pocas cosas me hacen defender con más fuerza la espiritualidad del hombre que su capacidad para hacer música.

Es un don que poca gente atesora, pero casi nadie es insensible a ella.

Difícil encontrar un género que me desagrade, desde el pop al jazz pasando por la música electrónica, es sin duda -para mí- la ópera lo más grande. en cuanto combinación perfecta de todas las artes. La escenografía, la literatura, el teatro y, por encima de todo, la música.

De mis años en París me traje muchas cosas, pero dos fundamentales: el placer del vino y el amor a la ópera.

La primera vez fue una cómica, La Cenicienta de Rossini, en el templo de la música que es la ópera Garnier. Me dejé casi cien euros en poder sumergirme en ese ambiente mezcla de burguesía parisina y eclecticismo bohemio, contemplando los grandes frescos de Chagal o tomando la copa de champán en el entreacto.

Lo hice por experimentar, y aluciné.

Pero aún no había llegado Puccini y la ópera de la Bastilla, ni esa invitación que me hizo un amigo canario a acudir.

Quedé tan impactado que yo, de memoria fragilísima, aún recuerdo cada detalle, el escenario completo, la cena de después, mi interpretación de ese drama.

Sin embargo, por encima de todo lo accesorio estaba la música. La capacidad que alguien tuvo para enfrentarse a un papel y componer melodías que te emocionan, te elevan, llegan a tu última célula para removerla y hacerte sentir dichoso.

Son muchas las ocasiones en que llego a casa por la noche y me coloco delante del ordenador. Abro el youtube aún a sabiendas que no es el mejor método, y comienzo a buscar arias de distintas épocas: 'mon coeur s'ouvre à ta voix' en una interpretación difícilmente superable de Shirley Verret en el Covent Garden de Londres en 1975, o la 'Casta Diva' interpretada por Anna Netrebko en Baden-Baden, o 'La Mamma Morta' cantada por Tiziana Fabbricini en el Teatro de Novara...

La música te eterniza, te abstrae del hoy, te purifica, te hace mejor.

viernes, febrero 05, 2010

No tengo tiempo

Es la frase de esta generación: No tengo tiempo.

Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.

Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.

Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.

Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.

Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.

En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.

En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.

jueves, noviembre 19, 2009

Cyrano

Presenciar un espectáculo de ópera puede resultar snob, clasificarse de cultura elitista, minoritaria, de pijos, se puede calificar de tostón, de anticuado, de sibarita… Entiendo que es un lujo que no todo el mundo puede permitirse, pero yo sé dónde sí quiero gastarme los euros.

La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.

Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?

Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.

Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.

Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.

Venir del simio y llegar tan lejos.

Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.

¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?

Sí.

Que no te guste no implica nada, supongo.

Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.

A vueltas con mis prejuicios, seguramente…

martes, enero 27, 2009

La vida y la muerte

El pasado viernes me fui del trabajo, tras una jornada especialmente intensa de problemas técnicos junto a mi compañero Paco, al que aprecio y respeto, con la idea de que seguramente el lunes no vendría porque su mujer estaba a punto de dar a luz.

Esta mañana me he levantado con un mensaje suyo. Su padre había muerto, tras una larga enfermedad, un cáncer destructor.

Hoy mi mente estaba con él.

A un padre sólo se le pierde una vez en la vida, por muy prevista que esté su muerte. Tal vez a estas horas ya esté en el hospital con una nueva criatura en sus brazos. Es seguro que Paco no olvidará estos días.

En esto consiste todo, aunque pocas veces se nos presenta tan diáfano.

El otro día leía a la cantaora Carmen Linares. Hablaba de su madre, cómo con 84 años le dice que el tiempo pasa tan rápido que parece que todo ocurrió ayer.

Ante tal chaparrón de vida y muerte creo que la mejor postura es la más inteligente. Mucha vida. Vivirla con fuerza mientras la tenemos. Nos la pasan y la pasamos. Vivirla es el reto. Aprender del que se va, enseñar al que viene, compartir. La clave para enfrentar el chaparrón puede resultar muy cursi, pero para mí no es otra que el amor. Como diría Puccini en la escena final de Turandot.

He averiguado tu nombre. Amor.

martes, septiembre 23, 2008

Capillitas

El día de la presentación de mi última novela en la Fnac tuve un desliz. Metí la pata, vaya. Hablando de la Sevilla en la que yo transito, de alguna manera descalifiqué a la más tradicional. Definí a esa Sevilla que yo practico como inteligente, lo que podría dejar entender que pienso que la otra parte de la ciudad no lo es.

Mil excusas.

¿Es cierto que hay dos Sevillas?, ¿que hay derechas e izquierdas?, ¿puritanos e irredentos?, ¿laicos y clericales? A todo se puede contestar que sí, que no o que quizás.

Soy partidario de llamar a las cosas por su nombre y tomar posición. Es más incómodo. Seguro.

Tengo grandes amigos, amigos a secas y conocidos, hombres y mujeres, que se desviven por sus hermandades de penitencia. En muchos casos, además, son personas inteligentes, sensibles, en el mundo, agradables en el trato, racionales, fieles en su sentido de la amistad.

Pienso en mi amigo Javi y su hermandad del Valle, en Sergio y la de los Caballos, en Víctor y Ana y la de la Sed… Recuerdo cuando pequeño cómo mi madre lloraba viendo pasar el palio de la Macarena… Salí hasta los catorce años como nazareno de la Soledad de San Lorenzo, y aún tengo un pensamiento para Pedro Jardi cuando llega el sábado santo…

Sé de lo que hablo y por eso me siento en el derecho de opinar.

Siento que la vida de hermandades, de cofradías, de besamanos, de triduos y quinarios, de besapiés, de coronaciones canónicas, de pasos de gloria… es un freno para Sevilla.

Mi racionalidad me hace ver en todo ello el cordero de oro, la antítesis de la espiritualidad, lo opuesto a la racionalidad y el progreso. Salvo excepciones no veo grandes valores en esa devoción extrema. Y sí mucha pérdida de energía.

Que una sociedad civil esté organizada en torno a organizaciones religiosas en pleno siglo XXI me parece un fracaso colectivo.

Llevo toda mi vida conviviendo con esa Sevilla, y sé que moriré conviviendo en armonía con ella, aunque la sienta extraña.

Quiero una ciudad laica, librepensadora, impulsora de reformas académicas, de proyectos industriales, de cultura con mayúsculas. Quiero una ciudad que se movilice por el desarrollo de los barrios, por los avances tecnológicos. Quiero más operaciones vanguardistas en el Virgen del Rocío, temporadas de Ópera más largas, más salas de teatro, más cine de autor. Quiero museos de ciencias, quiero conciertos de Madonna, de One Republic, de Chambao. Quiero setas en la Encarnación y más espacios peatonales. Quiero una ciudad donde las bicis nos coman y los tejados se llenen de placas solares. Quiero científicos sevillanos optando al Nobel o al Príncipe de Asturias, quiero universidades sevillanas rompedoras. Quiero muchos estudiantes extranjeros. Quiero gente negra, gente asiática, gente americana en mi ciudad. Quiero que las mujeres se paseen vestidas de flores cuando la vida le arrebata a sus maridos. Quiero más piscinas olímpicas, más canchas de tenis, quiero menos ombliguismo y más atención al resto del mundo. Quiero que Sevilla mire al resto del universo y se diga, ¿por qué no yo?