Cuando observo con atención a las palomas, entristezco.
No tengo más que abrir la ventana del salón para asomarme, de forma anónima, a su mundo: se han apropiado del tejado del convento sin vida que domino desde lo alto.
Me fijo en una, la de los dos puntos negros, y la sigo mientras me tomo el café, como un Rodríguez de la Fuente urbano. Compruebo entonces cómo llega la más barrigona y la expulsa de su rincón, para volar hasta la espadaña de la iglesia de Santa Clara. Allí donde el sol no la deja en paz. Baja entonces al borde del muro donde se asoma un naranjo, hasta que otras, grises, se le colocan al lado a bailarle danzas que ella no quiere soportar. Vuela hacia donde yo. Por momentos me mira.
Yo la invitaría a café.
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