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domingo, noviembre 01, 2020

No tocar

Mi familia es un amor, pero es seca.

Cuando hace diecisiete años empecé mi relación con Fran, cada visita a casa de sus padres era un festival de besos. Recuerdo una semana en la que estuvieron en mi apartamento cuando yo aún vivía en París. Yo me acostaba antes para madrugar al día siguiente y a través del muro de la pared escuchaba los achuchones.

'La familia Besos', la bauticé.

En mi casa, desde pequeños, de siempre habíamos criticado muchas películas americanas por ser 'pasteles'.

-Todo el día diciéndose 'te quieros' -decían mis hermanos, con cara de hartazgo.

Fran comenzó a llamarnos 'La Familia No Tocar', porque nos veía ariscos en el trato. Era cierto.

Ahora mi sobrino Iván, antes de irse cada noche a dormir, con diecisiete años, les dice un 'te quiero' a su madre y a su tía. Mónica me lo contaba con cara de sorpresa. Las imagino a las dos, viendo la tele en el sofá, con cara de espanto. Les ha salido un niño pastel.

Fran me ha enseñado a decir 'te quiero' con asiduidad. Porque lo quiero con toda mi alma.

Nos demostramos el amor cada día, en detalles puntuales, en la escucha sincera, en preocuparnos por que el otro se encuentre bien y se divierta.

Pero nunca sobra el verbalizarlo.

Como decía Benedetti, 'en el amor no hay posturas ridículas, ni cursis, ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno'.

Eso sí, cuando de higos a brevas uno de mis hermanos me dice que me quiere, en un arrebato de cariño, yo subo a la estratosfera.

domingo, julio 13, 2014

Fenómeno

Cada vez que tomó un café en la calle y el azúcar viene en forma de terrón, tomo éste con los dedos y lo aproximo hasta la parte superior de la taza para comprobar cómo se va poniendo marrón al subir el líquido por capilaridad y recubrirlo entero.

El fenómeno número 4, lo llamaba mi amigo Quino, con ese toque ingenuo e ingenioso que tenía para describir su mundo.

No recuerdo si tenía contabilizados otros fenómenos, pero sí es cierto que ese punto bromista al jugar con el terrón sobre el café en nuestras añoradas tardes de discusión universitarias ha perdurado de por vida en mi cabeza, de forma que la imagen de Quino, tras muchísimos años sin verlo, me viene cada vez que, sin previo aviso, me encuentro con un terrón de azúcar entre mis manos, como una magdalena proustiana específica y personalizada.

Si hay alguien de entre mis amigos que ha sabido buscarse la vida por medio mundo ése ha sido Quino. Tras trabajar no sé cuántos años en Alemania acompañado de su inseparable Maika y de sus niños, ahora sé que anda por territorio chileno haciéndose con un porvenir mejor.

Estas asociaciones visuales nos vienen como anillo al dedo a los que tenemos una memoria frágil, para traernos al presente gentes y momentos que fueron especiales un día en nuestra vida, o que lo son actualmente, pero de otra manera y a otro ritmo.

Tomar un zumo de pera me lleva a los campeonatos de España de remo en Mequinenza, oír hablar de Benedetti me acerca a Mariángeles, así como que siempre que estoy por Marbella envío un mensaje a mi querida Cristina, o Paolo surge cuando aparecen imágenes de faraones egipcios o de Kristian cuando es Harlem, o de Raquel si suena Fito y los fitipaldis, o de mi abuela si me hablan de los dos rombos...

A los desmemoriados como yo les viene muy bien tener cerca a gente que les recuerde, con cierta asiduidad, cómo fue nuestro pasado. Yo tengo la suerte de tener a esa persona a mi lado.

Quizás sea ésta una de las razones por las que empecé en el 2008 a escribir este blog... Para guardar en un cofre internáutico mi memoria y reflexiones.

Aunque no me acuerdo si fue ésa la razón de empezar a escribir por aquí...

sábado, mayo 23, 2009

Tiempos eternos

Leí a Benedetti por primera vez... no sé cuándo.

Tengo tantas citas tomadas de sus libros, que pueden llegar a atosigar.

Me siento cercano a él y pienso en su tiempo, en su experiencia vital. Lo siento cercano. Trato de parar el tiempo, eliminar escalas, referencias, ejes de abcisas y ordenadas.

Con Benedetti no hay tiempo. Él sintió, digirió, observó, masticó, acarició, razonó, expresó lo que el mundo, el suyo y el de los suyos, le ofrecía, y nos lo envió en forma de poemas sencillos, de novelas ágiles.

Yo quiero ser como él. Quiero ser bueno.

Me gustaría creer que hay posibilidades remotas de detener el tiempo, de darle marcha atrás y adelante, de pararlo y ver a Benedetti, oírle decir que sí, que otra vida es posible.

Sería hermoso no diferenciar edades, volar entre épocas, no ver en Cernuda el pasado, no verlo en Rimbaud ni en Maupassant, sentirlos cerca, humanos.

Benedetti nos habla desde el hoy y el ahora, para decirnos que otra vida es posible, mejor, más luminosa.