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sábado, febrero 28, 2026

Ramires

Los sábados que estamos en el Algarve nos gusta ir a comer al Ramires, en Gaia.

Es un establecimiento inmenso con un trasiego enorme en el que no hay carta: se come pollo. Puedes pedir una ensalada, un vino o unas aceitunas, pero ahí se va a lo que se va.

Lo más llamativo de ese restaurante, abierto desde 1964, es que dentro de su numeroso personal los que han sido elevados a categoría de encargados son mayoritariamente de origen indio.

A eso le llamo yo integración. Gente que viene a currar y, además, lo hace bien, mejor que la media.

viernes, mayo 12, 2023

Indio

Estaba terminando de rematar mi novela, recluido en el piso de mis suegros en Portugal, cuando los gritos de un crío me sacaron de la historia.

La luz entraba a raudales por el balcón, la brisa era perfecta, el momento final, tantas veces imaginado en mi cabeza, se acercaba. Iban a proponerle a mi protagonista algo que llevaba media vida esperando.

Pero fuera el niño empezó a jugar a la pelota. Él solo. Daba con el balón en la pared y gritaba a cada patadón.

Me asomé con cara de pocos amigos y allí estaba él, un chaval indio, hay muchos en el Algarve, de cinco o seis años, jugando consigo mismo. Me metí en el salón, y cerré la puerta del balcón. El niño, tal vez comprendiendo la situación, tomó la pelota, se sentó en un poyete y se calló.

Por fin pude escribir la frase, la emoción me subía por las piernas. ¿Le pediría o no mi protagonista a su amigo que no se fuera a Perú?

Puse el punto final a una historia en la que he batallado con muchos de mis traumas personales.

Me asomé al exterior, a través del cristal, y allí estaba el pequeño indio, callado, con la pelota abrazada a la barriga, mirando al escritor mosqueón.

jueves, abril 21, 2022

Conspiración

Vivimos asediados por el tufo de la conspiración. Una humareda que se extiende por la sociedad con tal fuerza que una gran parte de la población piensa que estamos siendo engañados, siempre, en todos los asuntos.

—A la prensa le interesa que ya no hablemos del covid —me decía un amigo mientras paseábamos por las playas de Portugal.

—¿Qué prensa? —le pregunté yo—. ¿Se ponen de acuerdo en una cueva siniestra los directores de La Razón, El País y El Mundo para decir que ya se deja de lado el covid?

—Pero, Salva, ¿no ves que ya todo lo ocupa la guerra de Ucrania?

—Porque la guerra de Ucrania es un asunto mayor, gravísimo, y porque, afortunadamente, las vacunas han hecho mucho bien por vaciar las UCI's del covid.

Soy un convencido de la libertad de prensa y de la posibilidad que se nos da por infinitos medios de informarnos, de contrastar, de ir a medios franceses, estadounidenses o de la India, de izquierdas y de derechas, para comprobar cómo se explican las cosas en otros sitios. No podemos dejarnos narcotizar por esa corriente que dice que los ciudadanos somos unos peleles y que nos llevan por donde quieren los poderosos grupos de comunicación.

Sí es cierto que hay un terreno donde me siento más incómodo y no es otro que el monopolio de cierta información de determinadas compañías digitales como Google, Facebook (espero que no borren este texto) o Microsoft. Éstos sí tienen herramientas mucho más peligrosas, más audaces, menos sanas, porque escuchan lo que hablamos, analizan lo que escribimos, investigan nuestros gustos y pueden hacer, si no se legisla de manera ordenada en favor del ciudadano, que a nuestros ojos se nos ofrezca sólo lo que nos interesa ver, hasta el punto de llegar a vivir cada uno de nosotros en el paraíso venenoso de nuestras supuestas convicciones.

Y yo no quiero que nadie decida por mí.

martes, diciembre 07, 2021

Paloma

Me voy a hacer un pequeño Félix Rodríguez de la Fuente.

Tengo una paloma que me distrae y me interesa por igual. Se coloca al otro lado del gran ventanal de mi salón, en un pequeño saliente que le permite caminar de un lado a otro.

Es muy cotilla. Se pasa las horas asomada a mi salón a través del cristal. Es muy estúpida, porque no deja que sus compañeras ocupen ni un centímetro cuadrado de su espacio. Es, además, escandalosa, porque hace unos ruidos que yo no imaginé que un animalillo así pudiera hacer, una especie de mugido de toro, apagado pero insistente. Es maniática, porque cada cierto tiempo esconde una de las patas bajo el plumaje. Y se hincha cada dos por tres. Como un pavo real. Quizás porque es la más coqueta de entre todas las que se asoman a mi ventana. Tiene un plumaje azul y unos ojos verdes que encandilan.

Hasta hace poco no sabía si siempre era la misma, pero le he encontrado una mancha, un punto negro en la barriga, que la delata.

A mí me gustaría saber qué le pasa, si tiene algún dolor, si se protege de algo, si está tramando alguna venganza o si le gusta el suelo de mi casa, porque no deja de mirarlo.

Yo me siento a teletrabajar, con toda mi concentración puesta en el informe que tengo que realizar para una fábrica en la India y, de golpe, me veo con los ojos grabados en mi amiga, con el pecho hinchado, la pata en alto y dando picotazos a mi ventana.

¡Qué querrá de mí!


viernes, mayo 28, 2021

Viaje

El director de la fábrica me llamó a su despacho:

Tengo una misión importante que encomendarte.

Se aproximaba el envío de nuestra nueva caja de cambios de Renault, producida en Sevilla, al mercado asiático. Era una prueba de fuego para nosotros y todo debía salir bien para garantizar el futuro. Nissan iba a mirar con siete ojos el nivel de excelencia de nuestro producto.

—Tú irás como responsable de Calidad —me explicó—. Acompáñate de alguien del departamento de Ingeniería —me insinuó un nombre—. Tenéis un mes para recorrer todas las fábricas del continente, establecer relaciones basadas en la transparencia, formarles en su uso y responder a todas preguntas que se les pasen por la cabeza.

El itinerario comprendía Corea del Sur, Japón, China, Indonesia, Tailandia y la India. Yo, responsabilizado y emocionado a partes iguales, fui a buscar a su despacho a mi futuro compañero de viajes.

—No sé, Salva, qué puedo aportar yo como valor añadido a esa misión.

Me quedé a cuadros. Te dan una oportunidad de vivir una experiencia de altos vuelos, nunca mejor dicho, y te planteas qué puedes aportar. 

¡Puedes aportarlo todo!

Yo ya sabía que no quería pasar un mes con alguien así, de modo que busqué por instinto a quien me pudiese acompañar: alguien con sangre en las venas.

Pablo y yo tomábamos días después un vuelo hacia Seúl para vivir una aventura apasionante durante unas semanas inolvidables de las que recuerdo, a pesar de haber pasado diez años, cada paisaje, cada comida, cada emoción.


viernes, octubre 29, 2010

La columna

La inmensidad, hablan de 16 millones de habitantes, y el caos de Chennai, en la India, nos hizo contratar un circuito de 3 horas con chófer para hacernos con las distancias de la ciudad y visitar sus puntos más emblemáticos.

Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...

Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.

A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.

Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.

Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.

Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.

Intenté salir, y de nuevo bronca.

Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.

Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.

Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.

Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!

Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:

'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'

Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.

Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.

jueves, octubre 28, 2010

India

El golpe brutal con la India ya lo comencé a recibir antes de pisar por primera vez su suelo. En el aeropuerto de Bangkok, esperando mi turno para el control de Inmigración, cuando yo era el primero de la cola, vi que un indio con gafas de sol y lleno de sortijas de oro se me colaba sin tan siquiera pedirme el favor. Pensé que perdería el vuelo... En la fila de embarque, cuando nos dirigieron al autobús para tomar el avión de la Thailand Airlines, los indios me pegaron empujones hasta en el carnet de identidad. Ya en el avión, eso parecía un manicomio. Todos haciéndose fotos sin atender a las peticiones de las azafatas para que dejaran los pasillos libres. Para cuando el avión ya había aterrizado, un azafato tailandés nos había explicado que temían los vuelos a la India por el cliente de ese país. La Thai da alcohol gratis a sus pasajeros con las comidas, y los indios tienen, según nos decía, muy restringido el acceso al alcohol en su país -por precios, por disponibilidad y por limitación de horarios de consumo-. Así que se montan en el avión y todo es Jauja. Cuando el avión aterrizó, aún iba circulando por la pista y medio pasaje -los indios- estaban de un lado para otro abriendo los compartimentos y hablando por el móvil. Las azafatas tailandesas, tan exquisitas, se miraban azoradas.

La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.

Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.

El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.

El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.

'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'

Hemos cambiado de hotel.

lunes, octubre 11, 2010

Asia

A unas horas de salir en una misión empresarial hacia el continente asiático, me siento como un Marco Polo del siglo XXI, lleno de emociones y con los ojos abiertos como platos con un día de adelanto.

Mi fábrica me envía en una visita más política que técnica para establecer relaciones con nuestros clientes de Nissan y Samsung, cada vez más inundados de nuestras cajas de cambio sevillanas, que tanto dinero y empleo aportan a nuestra ciudad.

Siempre que hagamos las cosas bien, con precios reducidos y niveles altos de calidad, Nissan no dedicará dinero a invertir en plantas de fabricación de cajas de cambio manuales cuando sus principales clientes las quieren automáticas. Ahí estamos nosotros a veinte mil kilómetros de distancia, luchando para venderles miles de órganos mecánicos cada semana, casi cada día, para que ellos ni se planteen otra cosa que comprar nuestros productos, garantizando el empleo de aquí.

Junto con mi amigo Pablo aterrizaremos en la tradicional Corea, en su puerto de Busán, la Barcelona coreana. Allí nos espera Hojin Lee, ya conocido de visitas anteriores a Sevilla, quien nos invitará a una barbacoa típica de su país. El sábado volaremos al imperial Japón, donde tendremos oportunidad de visitar la antigua capital de Nara y visitar la noche tokiota, en tanto esperamos para visitar la Central de la Ingeniería Mecánica de Nissan, algo que debe ser espectacular.

De Tokio volaremos a Cantón, la tercera ciudad de China, al sur. Otra megalópolis adonde llegamos con el nombre del hotel y la fábrica escrito en caracteres chinos para hacernos entender. Será impactante entrar en el país más poblado de la tierra y observar, como una hormiga más, la grandeza del ser humano, en un país donde aún queda mucho para poder sentirse cómodo, con un premio Nobel encerrado por criticar al régimen. Dos días duros de trabajo intentando entendernos con nuestros colegas chinos.

Será entonces el momento de acudir a la tropical Indonesia, en la poco agraciada Yakarta. A pesar de vacunas y prevenciones, un spray antimosquitos nos acompañará ya que tenemos un fin de semana para explorar las playas del Índico. Será una mezcla explosiva estar al mismo tiempo en un país asiático y musulmán. Inolvidable, con seguridad.

De Indonesia volaremos a Tailandia, a su capital Bangkok, la ciudad de los mil templos y las casas sobre el agua. Me dice Pablo que allí el calor es bochornoso y las calles están abarrotadas, pero no creo que mucho más que en Madrás, en la India, último trayecto de esta visita de trabajo al gran continente asiático.

Viajar allí donde existen civilizaciones milenarias, donde pensamos que todos son iguales porque nuestra cortedad nos hace ver sólo ojos rasgados, ridiculizando y metiendo todo en el mismo saco de 'los chinos'.

Llevamos miles de años girando en la misma pelota, compartiendo espacio con la diferencia de un giro de ocho, diez, doce horas... Tan lejanos estando en el mismo sitio, teniendo las mismas preocupaciones de seres mortales y pasajeros.

Voy por cuestiones de trabajo, lo que se convierte en contratiempo y ventaja. Porque no tendré libertad para organizar todo mi tiempo, pero podré convivir con habitantes reales de esos países; porque aún pasando momentos de tensión, mi misión tiene sentido para favorecer a mi empresa y la economía de mi ciudad. Porque no me sentiré una persona transparente sino integrada, aunque sea por unas semanas.

Quiero visitar templos budistas, tomar sake, comidas con curry, aprender de los símbolos de la gramática china, ir a karaokes japoneses, ver vacas sagradas en la India, oír a los almuhecines en la isla de Java, entrar en mercados de especias chinos, adentrarme en las calles de burdeles tailandeses, oler diferente, sentir la humedad, pisar calles de barro y subir a rascacielos de cristal.

Estoy a 24 horas de pisar suelo asiático y sólo pienso en lo afortunado que soy.