x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

Mostrando entradas con la etiqueta Playa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Playa. Mostrar todas las entradas

miércoles, septiembre 03, 2025

Ahogarse

Que de jovencito estuviera a punto de ahogarme junto al Faro de Trafalgar hace que, a día de hoy, le tenga un miedo atroz al agua. 

Ese día de verano de un sol abrasador nada hacía pensar que el agua me arrastrase como lo hizo hacia una zona de olas de la que no podía escapar.

Llegado al punto en que perdí el control de la respiración por el pánico, me hablé a mí mismo, con cariño:

—Borete, respira... Borete, tranquilo.

Sabía que si no hacía nada no podría salir de allí, así que me lancé hacia la ola más tremenda para que me sacara a revolcones de allí.

Da igual que el mar esté como un plato y que yo te sonría. Te estaré engañando, porque meterme en el mar desata todo mi terror de juventud.

viernes, agosto 22, 2025

Playa

Me horrorizan las playas llenas de gente, lo que hace que las visite poco o que, cuando lo hago, me pegue caminatas kilométricas por encontrar un hueco en el que pueda oír el sonido del mar y no se me meta en la cabeza las charlas de las toallas que me rodean.

Menos mal que la gente es perezosa por naturaleza y clava la sombrilla en cuanto ven un hueco.

Yo me he reconciliado con el mar a un par de días de acabar las vacaciones. He conseguido una ruta, que no contaré ni bajo tortura, para encontrarme a cien metros de cualquier ser humano viviente. Es tal el placer entonces, del roce con la arena, del arrullo de las olas, del sol tremendo sobre mi cabeza, que tardo en ser consciente de lo placentero de ese privilegio.

¡Que viva la pereza de los demás!

lunes, mayo 19, 2025

Pasado

Despertaba con placidez el domingo sin despertador y conseguía entrelazar imágenes de mis sueños, en los que corría, entre risas, por la orilla de la playa de mi infancia, perseguido por mis amigos. No me podían pillar.

Antes de abrir los ojos, viajé, ya consciente, a esos tiempos de sol y luz.

Sí, descubrí que había risas de dolerme la barriga que ya no aparecen en mi presente, como también había mucho miedo a ser desplazado por mi pandilla, a esa nariz tan grande que no paraba de crecer, a no saber qué estudiar, a perder a mi madre. Miedo al despertar sexual. Miedo al mundo.

No me cambio por ese chaval que fui. Ahora las risas son otras. Menos dependientes de los otros, más elaboradas por mí.

jueves, noviembre 07, 2024

Zuzto

Jugaba, hace años, con el hijo de un amigo en la orilla de la playa. 

Era la primera vez que veía el mar.

Apenas sabía decir dos palabras, pero cuando llegaba una ola y le mojaba los pies, me miraba y gritaba:

-¡¡¡Zuzto!!!

Así, con dos zetas. Yo lo agarraba y lo llevaba tierra adentro, pero a él le iba la marcha y volvía de nuevo en busca de la ola. Cuando le llegaba, de nuevo levantaba las manos pidiendo ayuda.

-¡¡¡Zuzto!!!

A mí se me quedó tan grabada esa escena que la integré en el niño que hay en mí, de forma que cuando me encuentro en situaciones desagradables en las que no sé si indignarme o llorar, mi crío interior grita dentro de mi cabeza: 

'¡¡¡Zuzto!!!'

lunes, junio 10, 2024

Armaçao

Me asomaba este fin de semana al atardecer de un paseo por la playa, tras una larga caminata.

Apoyado en la barandilla del paseo marítimo, observaba el jaleo de los críos jugando a la pelota, en una escena ya lejana para mí, en aquellas jornadas eternas de verano en las que se nos hacía de noche dando patadas a un balón hasta bañarnos, exhaustos, con el último rayo de sol.

Los miraba y me decía, no saben que son tan felices, no se dan cuenta de que esos tiempos de tardes infinitas no serán eternos, que muchos de esos amigos imprescindibles se difuminarán.

Los adultos solemos olvidarnos de los miedos de cuando éramos jóvenes y nos decíamos, ¿conseguiré un trabajo? ¿Tendré alguien que me quiera? ¿Sabré vivir la vida?

Tengo mucha más paz interior ahora, viéndolos jugar al balón, que cuando era yo el que daba esos patadones y me moría de la risa con cada balonazo en las barrigas de mis amigos.

miércoles, febrero 14, 2024

Izaguirre

Tomaba una sardinas en la playa con mi padre y sus amigos.

Alguien que no lo conocía bien, le llamó Boris, en vez de Bori, que es como lo conocíamos.

—¿Cómo Boris Izaguirre? —preguntó a mi padre.

—¡No! Que yo no soy maricón.

Tal como lo dijo, se dio cuenta de que tenía a su hijo homosexual a su lado, con una cerveza.

Horas después vinieron a buscarme mis hermanas para decirme lo mal que se sentía por haber soltado esa frase. Que le daba incluso vergüenza hablarlo conmigo.

Le dije que le dijeran que los homosexuales llevamos toda la vida siendo insultados..

Y que sabía que no había maldad en él.

viernes, agosto 04, 2023

Playa

—Ya estoy harto de playa —me dice Fran, mientras saca la sombrilla, la silla y las toallas del maletero.

—¿Nos vamos? —propongo yo.

—Vámonos.

Y volvemos a meter las cosas en el coche.

No es una, ni dos las veces que nos hemos ido de la playa en pleno mes de agosto antes de pisarla. 

Ese calor húmedo, ni un hueco visible en la arena, los gritos de los niños.

Es de las verdades menos compartidas, los días de playa en verano son un auténtico coñazo. Lo único que los salva son los chiringuitos, siempre que no estén inundados de grupos escandalosos con más tinto de verano en el cuerpo del que los demás podemos soportar.

De ahí que huyamos en cuanto podemos, a disfrutar de esos lugares a los que nadie va cuando el país se paraliza.

Hay días en los que llegamos a tender la toalla, en los que Fran se coloca en su silla y yo abro mi libro, incluso puede que nos bañemos, pero no podemos cruzar las miradas entre nosotros.

—¿Nos vamos?

—Mucho estamos tardando.

domingo, diciembre 04, 2022

Ahogadilla

Le había hecho tanto daño en el pasado que no podía mentirle de nuevo.

Alejados durante años, sin hablarnos, contactamos por correo para darnos una oportunidad de ponernos al tanto de nuestras vidas. Ella había estado profundamente enamorada de mí y yo la quise con todo mi corazón.

Eran nuestros primeros años de universidad, para ella y para mí. Yo salía de copas los viernes por encontrarme con ella, con anteojeras para no querer ver lo que estaba escondido debajo de la alfombra. El alcohol nos llevaba a abrazarnos, los abrazos daban paso a los besos y luego nos metíamos las manos por debajo de la ropa. 

Yo siempre desaparecía y la volvía loca.

—Me gusta hasta cuando te veo estudiar —me decía ella, ante mi impotencia por decirle que mi cabeza era una explosión de contradicciones.

La relación, no podía ser de otra manera, terminó mal.

Muchísimos años después nos encontramos en la playa. Cada uno habíamos hecho un camino en la vida, los dos trabajábamos, a los dos nos había ido bien. Ella me habló de su amor, un bibliotecario de la facultad de Químicas. Yo no podía hablarle de nadie, porque no había nadie. Sólo sabía que no podía engañarle otra vez.

Nos tumbamos en la arena, nos bañamos, nos volvimos a tumbar, seguimos hablando de aquellos tiempos y nos volvíamos a tirar en las toallas. No encontraba el valor, el momento, la fortaleza para decirle lo que creí que ella sabría o podía imaginar.

Fue en el agua, que nos llegaba por la cintura. Decidí que sería justo tras darme el chapuzón. No había vuelta atrás. Así que me metí en el agua.

—¿Sabes? —Le pregunté al salir—. Ya le dije a mi hermana Mónica que soy homosexual.

Ella se quedó callada y se fue a su toalla. Fue un rato largo, larguísimo sin hablar.

Hoy es mi mejor amiga.

jueves, septiembre 01, 2022

Digestión

Que los niños no podíamos bañarnos hasta dos horas después de comer era un dogma.

—Se os corta la digestión.

No sabíamos muy bien lo que eso significaba. Yo imaginaba que desobedecer esa orden implicaría que nos entrarían convulsiones hasta ahogarnos. Siempre he sido muy dramático.

Existía un truco. Bañarse justo tras terminar la comida. Entonces la maldición desaparecía.

Había una familia, sin embargo, que estaba liberada de esa condena divina. Sus padres les habían dicho que podían bañarse sin problemas después de almorzar, que no había regla ninguna, que lo podrían hacer en cualquier momento. Entonces, bajo el sol abrasador del verano, el resto de la pandilla los veíamos bañarse, pegados a la orilla, sin mojarnos los pies, como perrillos que ven un hueso tras un cristal.

Ahora puedo imaginar la indignación entre los padres con esa familia, porque les desbarataba la autoridad, hacía plantearse a sus hijos si esa orden no era una excusa para dormir la siesta tranquilos, sin tener que andar moviendo el cuello vigilando a los niños en el agua.

lunes, octubre 18, 2021

Varilleros

Descubrí la maldad, en mayúsculas, siendo muy chico.

Mi madre tenía cierto problema con los oídos, desde que recuerdo. Y recuerdo que era algo que le preocupaba.

Una mañana de verano, yo era realmente muy pequeño, ella conversaba en la orilla con sus amigas en la orilla de la playa. Yo, siempre atento a todo, escuché la conversación.

-Fui al otorrino y le dije que sentía como si tuviese un tapón en los oídos.

Por el tono en su voz, sabía que a la escena le había dado mucha importancia.

-Es como si los tuviera atascados -le contaba a su amiga-, y entonces me respondió que llamara a los varilleros que se dedican a desatascar las alcantarillas.

Recuerdo el fuego en mi interior. Entendí la rabia de mi madre, el maltrato del médico y la capacidad del ser humano para hacer el mal por diversión.