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miércoles, octubre 02, 2024

Pistacho

Una feliz tarde de verano paseábamos en familia por Turín.

Había antojo de helado, así que entramos en un local clásico, donde quedaban tapados los colores y texturas tras tapas metálicas a modo de farmacia antigua.

Me decidí por el pistacho y continuamos el paseo.

No había caminado más de dos manzanas cuando me deshice de la tarrina en una papelera, tras apenas dos cucharadas. Ya había saciado mi capricho.

Hago igual, en lo posible, con todos los pecados que me tientan. Una Coca-cola, un croissant de chocolate, unas patatas fritas, unos churros. Me los pido muy de vez en cuando, los disfruto, en la dosis necesaria para satisfacer mi deseo, y me deshago de ellos sin necesidad de rematar.

Quiero cuidarme sin renuncias talibanes.

lunes, junio 03, 2024

Churros

Tener en cuenta principios básicos de una buena nutrición no es solo algo obligado para con uno mismo, sino para con los demás.

Todas las enfermedades y achaques que tengamos serán aguantadas por la gente que nos quiere. Qué menos que cuidarnos.

Lo que sí tengo claro es que no debemos ser talibanes y permitirnos alegrías de vez en cuando, para que no se nos retuerzan los cuernos.

Así que hay días en los que decimos, ¡hoy, churros!

Pero, eso sí, no puede ser aprisa y corriendo, sin buena compañía, ni con un vaso de agua.

Ya que pecas, ¡peca bien!

sábado, marzo 11, 2023

Radical

—Hay que huir de los radicalismos.

Esa era la conclusión de nuestras reuniones en la cafetería de la universidad. Cada uno pensábamos diferente, pero sabíamos escucharnos. Nos sentábamos durante horas a arreglar el mundo con veinte años. Éramos tres amigos inseparables que compartíamos aula en la escuela de Ingenieros de Sevilla.

Yo, por entonces, estaba en plena ebullición. Tras estudiar en un colegio de curas hasta los dieciocho, entrar en la universidad me abrió las puertas a un mundo inmenso donde todo era posible. Una vez pasada la peor parte del duelo por la muerte de mi madre, yo solo quería vivir, encontrar mi sitio, descubrirlo todo.

Ellos dos estaban ennoviados, lo que no evitaba que saliésemos los tres de cervezas cuando acababa la semana. Con poco más de veinte años, trabajaba en mi interior la manera de hacerles partícipe de algo que necesitaba compartir. Decirles que era homosexual.

Sin embargo, una noche, cuando paseábamos cerca de un bar de ambiente gay en Sevilla, uno de ellos dijo, señalando el local:

—Contra eso sí que hay que ser radical.

A mí se me heló la sangre. 

Retrocedí en un segundo varios años hacia atrás en la aceptación de mi homosexualidad. Me metí para dentro, integré que nadie nunca sabría nada, rechacé mi naturaleza como algo sucio. Tardaría casi una década en confesar a alguien de mi entorno mi condición.

Esa amistad se desvaneció al terminar la universidad, pero veinte años después el destino volvió a unirnos. Asistió a la presentación de una de mis novelas en su ciudad. Tras el acto, se acercó a mí, emocionado. Yo ya no escondía mi amor por Fran.

—Salva, siento mucho haber dicho barbaridades en el pasado.

Yo acepté las disculpas. No quise decirle cómo de inmenso fue el dolor que me provocó en su momento y los años de juventud que perdí por personas como él, como las que en su día fue él.

A día de hoy ese hombre tiene una hija lesbiana, nacida en esos nuestros años de universidad, de la que no se puede sentir más orgulloso. Como no puede ser de otra manera.

miércoles, diciembre 14, 2022

Vegano

Era un restaurante vegetariano y allí casi todos eran veganos, menos yo.

Estábamos convocados para comentar una magnífica novela de Susana Martín Gijón, Especie, que trata sobre ese mundo, el de la gente que no come ningún producto animal.

Al estar en su salsa, todos se aplaudían entre sí cuando reflexionaban en voz alta. 

Yo me permití opinar.

—Soy omnívoro —dije—, pero estoy dispuesto a que me convenzáis de que hay que comer menos carne. Por evitar la muerte de animales, por nuestra salud... Aunque sé que me gusta mucho como para abandonarla del todo. Las miradas eran poco amigables.

—No nos vale —decía la líder—. Hay que acabar radicalmente con el consumo animal.

—Pero, si conseguís convencer a un porcentaje de la población de las bondades del veganismo y reducimos un diez por ciento la matanza de animales, ¿no es también un reto motivador? Si reducimos un diez por ciento los mataderos, ¿no es una victoria importante para vosotros?

Todos negaban con la cabeza. O blanco o negro. No valían posicionamientos híbridos.

Me comí el menú vegano, riquísimo, pero sentí que estaba en un lugar aislado del mundo, con pocas ganas de convencer al resto de la humanidad, con argumentos suaves, de sus ideales.

La radicalidad, casi siempre, acaba destruyendo metas loables.