sábado, marzo 21, 2026
Alhóndiga
domingo, marzo 15, 2026
Remo
domingo, abril 28, 2024
Tribus
Hace unos días, en el funeral de mi querido tío Yiyi, coincidimos casi todos los primos, hijos de los ocho hermanos de mi familia materna.
Con la emoción del encuentro con personas a las que no veía, en algún caso, desde hacía más de veinte años, tuve tiempo de analizar el influjo que ejercen los padres en sus hijos.
Porque encontraba un cierto ramalazo de cada uno de mis tíos en sus niños, ya adultos.
Quienes se han convertido en más clásicos, en más sociables, en menos encorsetados, en más cariñosos.
Somos también, querámoslo o no, producto de aquellos que nos criaron.
martes, marzo 26, 2024
Yiyi
A veces, suena muy novelero cuando se dice eso de que alguien no ha muerto, por el hecho de que sigue vivo en nosotros, pero en el caso de mi tío Yiyi es muy fácil de explicar.
Cuando apenas tenía 13 años, un niño enclenque en un colegio homófobo y ultracatólico, fue él la primera persona que me vio en el agujero y tiró de mí hacia fuera.
—Borete, tú te vas a apuntar a remo con mi amigo Anchoa.
Convenció a mi madre y no me dieron opción.
La semana siguiente, nervioso como un perro chico, me planté en ese club deportivo y allí estuve entrenando a diario hasta que entré en la universidad.
Descubrí que había otro mundo, hice amigos, aprendí valores nuevos, comencé a formar un cuerpo de hombre, salí de la ratonera de mi habitación, ¡respiré!
Si Yiyi no hubiera tirado de mí, yo sería hoy una persona mucho menos interesante.
Él se nos fue el viernes pero, con el tanatorio abarrotado para despedirlo, seguro que seguirá viviendo en muchos de los que estábamos allí.
lunes, febrero 12, 2024
Yiyi
Nosotros somos cuatro hermanos, pero, de pequeños, en las fotos, siempre aparecíamos cinco.
Mi tío Yiyi, el pequeño de la familia de mi madre, estaba más cerca de nuestra edad que de la de sus hermanos mayores, así que, cada vez que hacíamos una excursión, se venía con nosotros.
Largo, de piernas inacabables, él nos iba abriendo camino. En su habitación de la casa de la abuela nos ponía canciones de Pink Floyd y los cuatro nos quedábamos embobados. El día en el que se echó su primera novia se rompieron muchas rutinas con él.
Cuando murió su hermana mayor, nuestra madre, él debió sentir un desconsuelo más de hijo que de hermano. Supo de nuestro inmenso dolor y nunca dejó de acompañar a esos chavalillos huérfanos, en plena adolescencia, que éramos los cuatro.
Ese hombre vital, culto y chistoso, hoy, tan joven, está viviendo una situación crítica, inesperada, de salud, y los cuatro hermano-sobrinos que tiene no hacemos más que pensar en él, en nuestro tío preferido, el más divertido, el que siempre estuvo a nuestro lado cuando más lo necesitábamos.
Lo queremos sano y fuerte, y él lo va a conseguir.
sábado, enero 14, 2023
Mequinenza
No sé qué propiedades podría tener, pero cada vez que llegábamos allí compraban zumo de pera.
Entré a hacer remo por complicidades entre mi madre y mi tío Yiyi para sacarme de casa, de mi timidez. Hablaron con Anchoa y, a los trece años, me vi metido en una dinámica diaria que me hacía mucho bien, pese al miedo inicial.
Todos los días entrenábamos duro y eso le venía muy bien a un enclenque como yo. Entre el grupo de chavales conocí, además, todo tipo de situaciones y clases sociales que se me escapaban de mi colegio elitista de curas. ¡Descubría el mundo!
Si intensos eran los entrenamientos, más lo eran las charlas tomando palmeras de chocolate al salir del club.
Yo me esforzaba en remar con la mejor técnica, porque no tenía la fuerza de mis amigos para hacer avanzar el bote, y el premio ya llegó el primer año, cuando me llevaron a los campeonatos de España en Mequinenza, un pueblo zaragozano rehecho tras quedar sepultado el original bajo el enorme embalse donde íbamos a competir. Mequinenza era el sueño dorado de todos los que entrenábamos.
Los desayunos cuando llegábamos allí, con los nervios de las regatas, eran intensos. Siempre con zumo de pera.
Esta semana me acordé y busqué entre las estanterías del Carrefour hasta dar con él. He desayunado todos los días bebiéndolo y no me hacía falta sino cerrar los ojos para volver a esos tiempos al aire libre en los que, de puro nervio, se me abrían las puertas de la vida.
sábado, agosto 07, 2010
Zapatazos
No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.
Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.
Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.
El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).
El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:
¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!
Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.
Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.
La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:
¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!
Jeje.