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miércoles, abril 08, 2015

Intenciones

Perderse una mañana soleada en el Museo de Arte Contemporáneo al aire libre de Montenmedio, entre Barbate y Vejer, es una de las mejores recomendaciones que se le pueden hacer a un buen amigo; aun más, acompañarlo a perderse por sus senderos para compartir sensaciones al enfrentarse con obras enormes integradas en terreno boscoso, amablemente provocadoras y disfrutar con sus reacciones es una apuesta ganadora.

Eso hicimos el pasado domingo con Nuria. Sin prisas, con la plenitud que da el saberse con tiempo para caminar, conversar y abrir los pulmones mientras zigzagueábamos entre champiñones amarillos que nos iban marcando el camino a seguir.

Ya hambrientos, decidimos almorzar allí mismo, en el edificio central de aquel complejo hípico, lúdico, hostelero y bien cuidado que conforma la enorme finca. Dudamos si quedarnos al ver el restaurante vacío, pero quien parecía un camarero avispado nos quitó la duda al entregarnos la carta con una sonrisa y preguntarnos por la bebida.

Tras abrirnos las cristaleras hacia el patio para recibir el fresco del mediodía, ese mismo joven nos transmitió su entusiasmo cuando narró cómo ese espacio, por el que habían pasado varios restauradores, había acabado en sus manos tras un último intento fallido de la empresa por reconvertirlo en japonés. 

'Ahora soy yo el encargado' -nos dijo, humilde, con indisimulado orgullo.

Nos habló de las futuras noches de verano con la piscina abierta para los clientes, sus ganas de incorporar productos de la tierra, especialmente el atún, a la carta de su cocina y lo hacía con tanta ilusión en la mirada que nos hizo meterlo en nuestra conversación de sobremesa para alabar la fuerza que transmite una persona emprendedora.

Los platos, sin embargo, llegaron tan tarde, y la pierna de cordero de Nuria tan quemada, que la alabanza tornó en ganas, tremendas, de siesta y bostezos varios.

viernes, enero 16, 2015

Patría

Hay un restaurante al que me unen los buenos recuerdos, como tantos otros, que me resultaría imposible encontrar a la primera.

Escondido entre las colinas de una pedanía de Vejer, un joven matrimonio danés lo montó hace unos años tras comprar una casa de campo que remodelaron para convertirla en un rincón calentito en pleno invierno, resguardado del levante, con grandes cristaleras, cuando sopla fuerte, desde el que se puede otear el Atlántico, y Conil, como si nadie más en el mundo existiera.

Llegamos el pasado sábado tras varios intentos, se ve que la familia vuelve a Copenhague por navidad, y nos adentramos por las carreteras secundarias en plena noche hasta dar con él. Iba conduciendo tan relajado y en mi mundo, siguiendo las instrucciones de Fran, que cuando apareció un perro gordote por mitad de la calzada, entre la niebla, creí ver un pato caminando por ese paisaje idílico.

-¡Baja de la nube, Borete!

La carta del restaurante es escasísima, pero deliciosa. La dueña, rubia, alta y estilosa, con un español más que aceptable y sonrisa perenne, y auténtica, nos atendió como siempre, con dulzura. Terminamos con unos quesos y un vino de Ronda recreándonos en la delicia de los lugares mágicos.

Ya de vuelta, de copiloto obligado por el alcohol, la niebla se había hecho aún más intensa. Yo recordaba mi primer viaje a Dinamarca e imaginaba sus vientos racheados de duro invierno cuando, de golpe, se nos cruzó un galgo.

-Mira, Borete, ¡un cisne!

lunes, febrero 17, 2014

Armonía

Patría es una pedanía de Vejer enclavada en una zona de montes ondulados, muy verdes, desde la que se ofrecen miradores privilegiados desde los que disfrutar, a varios kilómetros de distancia, de la grandeza azul del Atlántico bañando las extensas playas vírgenes de Conil.

En ese lugar de difícil acceso encontramos hace años un restaurante del mismo nombre, Patría, en mitad de la nada.

Una casa blanca de planta baja, encalada, con una enorme barra abierta y escasa decoración, te recibe. Es un lugar para ir en invierno, precisamente porque el local lo regenta un joven matrimonio danés que sabe bien lo que es proteger un hogar del frío, la lluvia y la humedad.

Hace años que solemos ir allí, siempre de noche y en días en que el clima invita a no salir. Una vez que llegas te dejas llevar por la potente calefacción que empaña las grandes cristaleras que permiten adivinar, a lo lejos, las luces de Conil.

Tienen una carta corta con un cierto toque nórdico que se adivina en las salsas y los ahumados, aprovechando la calidad de los productos de la tierra gaditana.

¡Y son tan amables!

Ella, alta, rubia y de sonrisa perenne, va preguntando en un exquisito español de fuerte acento cómo se desarrolla la cena, y el estar en un lugar perdido ayuda a sentirte en un cuento. Un escenario perfecto para escabullirse de la agresividad del día a día.

Este sábado estábamos tan bien, habíamos degustado con tanto placer cada plato, un aperitivo de remolachas y frutos secos, una crema de zanahorias, mango y canela y un solomillo insuperable de carne retinta en salsa de vino tinto, que cuando Fran pidió una tapa de queso para culminar y nos dimos cuenta de que el queso no había quien se lo comiera... decidí metérmelo en el bolsillo de la chaqueta para dárselo más tarde a los animalillos del bosque y así hacer sentir a nuestra danesa plenamente feliz con sus comensales perfectos.

Hay noches en que la armonía absoluta, organizada a tu favor y sin previo aviso por una conjunción de todos los astros, no la puede estropear un mal queso.