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lunes, agosto 19, 2024

Zeeland

¿Eres la dueña del negocio? le pregunté anoche a la mujer, amabilísima, que nos atiende en el restaurante del Algarve que ha sido el descubrimiento del verano.

¡No!

Resolutiva, preocupada por cada mesa, simpática, nos contó que dejó su restaurante de toda la vida en Holanda para pasar su jubilación en el sur de Portugal.

Pero hicimos mal las cuentas y, calculo, que me quedan 5 años de trabajo aquí.

Su marido, de 62 años, diez más que ella, sí hace ya vida de jubilado.

Lo quiero matar cuando viene aquí con su bicicleta y se pide una cerveza me dice, entre risas.

¿Cómo te llamas? le pregunto.

Flor...

Ya con las últimas mesas por recoger, Flor se nos acerca para contarnos que su madre, con alzheimer, le reprocha haberse ido tan lejos, que a sus hijos, estudiantes en los Países Bajos, los echa enormemente de menos.

Se le nubla entonces la mirada.

¿Cómo os llamáis vosotros?

Qué hermoso es romper muros.

Yo soy Salva, él es Fran.

lunes, agosto 05, 2024

Remordimiento

Nos hemos educado en una cultura gastronómica que agudiza en nuestra madurez un continuo remordimiento.

No tomes pasta, azúcar, no pruebes el vino, la cerveza, atención al pan, no tomes helados, cuidado con el café, el arroz que sea integral, no pongas mantequilla ahí, olvida el chocolate, deja de merendar, cena pronto, ni se te ocurra un zumo, nada de bebidas light, peligro con los embutidos, las calorías de los frutos secos, los congelados, olvida las aceitunas, no pongas sal...

Qué sensación de estar siempre haciéndolo mal.

Ayer pasaba junto a un cartel publicitario de una conocida marca que contenía, al menos, diez pecados mortales en su propuesta.

¿Por qué no se legisla para no llenarnos los ojos con comidas y bebidas prohibidas? ¿Por qué no nos enseñan desde pequeños?

Quizás sea ya tarde para expulsarnos de nuestros pequeños paraísos.

sábado, julio 22, 2023

Amigos

Cada cierto tiempo me planteo si estoy cuidando a mis amigos como se merecen y me entra un ataque de mensajes y llamadas telefónicas.

Puede que haya una chispa que provoque ese incendio en mí, algún objeto, un recuerdo, un lugar por el que paseo que me haga traer a la mente a alguien a quien llevo tiempo sin ver. Ocurre que, en cascada, se me van apareciendo nombres y me digo que eso no puede seguir así.

Las amistades sinceras no necesitan de recordatorios, ni de una frecuencia mínima de llamadas. Hay personas que sé, con el corazón en la mano, que siempre estarán por mí. Y yo por ellas.

Sin embargo, aparece en una conversación su nombre y me entra la angustia por preguntarle, en los treinta segundos siguientes, 'oye, ¿tú cómo estás?'

domingo, abril 09, 2023

Anonimato

El anonimato es el arma de los cobardes, de ahí que nuestros tiempos, plagados de sitios donde esconderse, sean su época dorada. 

La época de los miserables que se escudan en espacios que no se inventaron para ellos, sino para la creación, el libre pensamiento, el diálogo, la propuesta.

Aprovechan cualquier resquicio para escupir, arrojar piedras y esconder la mano. Personas con la piel muy fina cuando les contestas, aunque estés respondiendo a un nombre inventado con una foto sacada de una película de hadas.

Están por todos lados, agazapados, amargados, ávidos de carne, para pisotear a todo aquel que se mueve con libertad, a pecho descubierto y desnuda sus verdades, que serán ciertas o no, pero son las suyas. Disparan contra lo vivo, lo que se mueve, se ensañan contra el que ríe, insultan desde las tripas.

No soportan la felicidad de los otros.

No soportan, ni siquiera, la tristeza de los otros.

Son personajes con una característica común: la envidia. Esa serpiente que les corroe por dentro por no tener el valor de ser ellos mismos, ese veneno que les impulsa a destruir a aquellos que representan lo que un día quisieron ser y no pudieron.

Quieren arrasar con todo lo que esté vivo y arroje luz, para así habitar sin remordimientos en sus catacumbas de mediocridad.

martes, enero 17, 2023

Desganas

Convivimos mal con nuestras desganas.

Nos martirizamos sin saberlo con las mañanas en las que suena el despertador y no encontramos la motivación para salir de la cama, los días en los que se nos hace un mundo pensar qué hacer de comer, los fines de semana que llegan y no nos apetece salir de casa.

No sabemos perdonarnos, admitir que trabajar es muchas veces un coñazo, que las tareas rutinarias no llenan el alma, que la pereza forma también parte de nosotros.

Cuando transformas ese principio de remoridimiento en asunción de tu propia naturaleza humana comienzas a sentirte mejor, porque no hay nada peor que forzarte continuamente a ser quien no eres, sin aceptar que nacemos y vivimos con debilidades propias de todo ser humano.

¿Que mañana suena el despertador y no tienes ganas de nada? Eso es que estás vivo.

Ya vendrán, seguro, días de luz.

lunes, octubre 01, 2018

Pereza

Hay dos sentimientos que me repelen y se cruzan en mí de forma contradictoria: pereza y remordimiento.

No sé si porque en el fondo de mi sustancia soy una persona que se bate contra una parte remolona que suspira por una vida simplona como objeto de bienestar inalcanzable, sin saber distinguir qué es lo adecuado para considerarme plenamente realizado en este mundo complejo.

No son pocas las veces en que observo con envidia el ritmo ralentizado, y no por ello menos digno, con que algunos manejan sus vidas, abiertos a tardes de sofá desprovistas de argumentos para justificarlas.

No entiendo las horas sin rellenarlas de contenido y sé que eso me hace ser quien soy, ávido de vida revolucionada, consciente al mismo tiempo de que hay otros horizontes posibles sustentados en dejarse ir hacia pulsiones más relajadas que, al mismo tiempo, me atraen sobremanera.

En libros que leo o películas que veo deseo para los héroes una vida campestre como trofeo victorioso.

A pesar de que sé que soy, más o menos, quien quiero ser, la vida es elegir; aunque no son pocos los días en que me subleva esa pereza que sé potente en mí, tanto como me cabrea el remordimiento que me provoca rechazar el abandonarme al placer de no hacer nada.

Quisiera ser más fácil.


jueves, febrero 01, 2018

Chií

Al entrar en la mezquita principal del Gran Bazar de Teherán, Hamid quiso explicarme el sentido de una vieja fuente que aparecía tras cruzar la puerta.

-Kerbala es una ciudad iraquí que es santa para los chiíes. Allí murió nuestro tercer mártir, torturado por el enemigo. 
Al mártir lo mataron de deshidratación y los chiíes colocan una fuente en cada mezquita, a la que nunca puede faltarle el agua. Entendí, ya en ese momento, que el enemigo era el suní. Más que el cristiano o el judío, el enemigo siempre es el más cercano.
Ya dentro del templo, nos quitamos los zapatos y él tomó una especie de pastilla de jabón dura, marrón. Dudé si coger una… Ya fuera le pregunté el sentido de esa pieza, tras ver que chocaban su frente contra ella al inclinarse sobre la moqueta.
-Los chiíes, Salvador, no podemos tocar la moqueta sagrada con la cabeza. 
Por si no me quedó claro, prosiguió:
-Los suníes sí la tocan-
Una vez en el museo islámico, mostró interés en llevarme a la sala de los manuscritos, preciosos libros amanuenses de colores, hasta dar con el libro buscado.
-Es del siglo XII –comenzó, se trataba de un mapa-. ¿Conoces el conflicto acerca del nombre del Golfo?
Lo preguntó con tal rotundidad que me avergonzó reconocer que no.
-Sí, ellos dicen que es el Golfo Arábigo –los suníes-, pero aquí está bien claramente escrito –en persa- que ése es el Golfo Pérsico –asentí, entregado a la causa chií.
Fue entonces cuando nos acercamos a la vitrina con el original de uno de los más famosos cuentos persas, el del príncipe Rostám.
-¿Quieres que te lo cuente?
Moría por escucharlo.
‘Rostám era un príncipe famoso por su fuerza y valor, ya mató un elefante de pequeño. De joven, aventurero, cruzó a caballo la frontera con territorio turco y se enamoró de la princesa enemiga, con quien tuvo un hijo, Sohrab. Con el tiempo volvió a territorio iraní, abandonando a su familia. Y llegó la Guerra con el vecino del norte. Las fuerzas estaban tan igualadas que acabó interviniendo él, montado a caballo y con armadura. Frente a Rostám, sin poder imaginarlo, estaba su  hijo. Sohrab lo hirió primero, sin saber que era el padre, que se repuso. Entonces cargó contra el turco, sospechando ya que pudiera ser su hijo. Lo malhirió. Pidió, angustiado, que le quitaran la coraza. Se derrumbó al ver la cara de su hijo repudiado. Gritó ayuda a los suyos, medicinas… Pero murió en sus brazos antes de que pudieran llegar’.
Me dice Hamid que hay un proverbio iraní para lamentar las oportunidades perdidas. ‘Son las medicinas de Sohrab’.
Sohrab era turco, pero pudo ser suní.