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viernes, abril 29, 2022

Resines

He visto varias veces un anuncio de Resines que me parece desafortunado.

Aparece en una peluquería y dice todo lo que le sobra, entre otras cosas un disco de jazz francés, la decoración del local y el uniforme del peluquero.

—Yo vengo a cortarme el pelo, y punto —sería el resumen del anuncio—. Que no me cobren de más (que no me toquen los huevos, le falta decir)

Sí, hay mucha gente que tiene el dinero justo para ir a cortarse el pelo. Y existen las peluquerías low-cost. Faltaría más.

Sin embargo, si todo lo hiciéramos tal como él define, simplemente Resines no trabajaría como actor, ¿para qué sirve un actor? Ni le habrían pagado para hacer ese anuncio, porque no lo conocería ni su padre.

Tampoco existiría el jazz, ni la decoración, ni las empresas que se dedican a elaborar uniformes.

Me parece sibilino, además, lo de ponerle el adjetivo de francés al jazz, para hacerlo más ajeno. Quedaría peor decir un disco de flamenco andaluz.

El anuncio, como tantas cosas en estos últimos tiempos, me parece populista. Rancio. Pensado con las tripas, de puro chuleo. Una gracieta sin gracia. Muy de machito perdonavidas encantado de haberse conocido.

Afortunadamente la vida es más sutil, y yo sí quiero que existan profesiones que no sirvan para nada. Gente que cante, que decore, que interprete, que ponga color a la vida. Quiero que haya una flor en la mesa del restaurante, que suene buena música en el taxi, quiero leer novelas por el puro placer de leer y viajar aunque no gane nada físico con ello, quiero visitar exposiciones que no son necesarias para sobrevivir y sí, quiero escuchar jazz. Francés. Me ha creado una necesidad. Jazz francés por un tubo.

Si tuviera más pelo, iría a esa peluquería con los ojos cerrados.

No volvamos a las cavernas.

miércoles, febrero 16, 2022

Farruquito

Fran dice que llevo un 'tablao' flamenco desplegable en el bolsillo.

Lo utilizo poco, pero me gusta tenerlo ahí.

Llevaba años asistiendo a una reunión en la que uno de los integrantes no hacía sino provocar con su mal rollo. Hubo un día en el que se me fue la olla, noté que perdía el control. Lo mandé callar a voz en grito y mis compañeros se quedaron de piedra. Yo, el más prudente de la fábrica, había patinado. Noté el corazón a cien y pedí disculpas.

Son contadas las ocasiones en las que he perdido los papeles, pero los he perdido.

Esos momentos en los que, según Fran, sacó el 'tablao' portátil, lo tiro al suelo y me pego un 'zapateao' a la salud de los presentes.

Tal vez sea la consecuencia de ser tan contenido, de tratar de ser siempre amable y considerado, que llega un día en que me tocan las palmas y tiro el 'tablao' al suelo.

—Ahí está mi Farruquito —diría Fran.

miércoles, diciembre 12, 2018

María Emilia

Mi querido José Ibáñez alabó hace años que este blog encabezase cada reflexión con una sola palabra. Me agarré a ese piropo hasta que ayer conocí a María Emilia.

Ya la crucé antes del verano con una cerveza. Recién terminaba la presentación de un libro, salió del bar de enfrente cabreada.

-¡La mujer del bar me ha destratado!

Entonces supe que era uruguaya, de vida nómada y que hablaba como los ángeles.

Anoche, en una cita a cuatro organizada por mi amiga Marisa, caí definitivamente rendido. Nos hizo viajar varias veces de su Uruguay natal a la Suecia de la que acababa de aterrizar para contarnos cómo en su juventud fue apresada por la policía política argentina, maltratada, vejada y encapuchada para conseguir tiempo después, allá por los 70, asilo en el país nórdico, donde reharía su vida y tendría a sus hijos, Felipe y Sofía.

-Mi hija nació dando bocados al aire -nos contaba con emoción a Marisa, a Machuca y a mí.

Yo jugaba con la información privilegiada de saber que encandilaba, pero pregunté todo al no conocer nada. Empecé por interesarme por su relación con Sevilla.

-Aquí murió mi hijo Felipe, Salvador -a mí se me heló la sangre.

Él tendría treinta y tantos años, y fue hace no mucho. Siguió a su hermana pequeña, Sofía, bailarina enamorada del flamenco, y acabó aquí cuando ella, once años después, decidió volver a Estocolmo. Un Felipe de corazón frágil desde pequeño rendido definitivamente al Sur. Ella, Sofía, estrenó durante la bienal un espectáculo homenaje a él. 'Pulso'. El pulso del corazón de su hermano.

-Él llegó a asistir al estreno de su hermana, ya muy malito -nos contaba su madre.

De arrugas bien marcadas, pelo rojo y figura esbelta, anoche María Emilia flirteaba con el buen trato del camarero que nos atendió.

-No sabes el bien que me hace que me traten con cariño.

Negoció con el casero quedarse un tiempo con el apartamento de su hijo en el barrio de las Golondrinas. Necesitaba estar a solas acá donde vivió él. Patearse Sevilla y adentrarse por los recovecos del Virgen del Rocío, por la UCI, las salas de espera, los pasillos donde no hace mucho se le iba la vida esperando un trasplante que no llegaba, una operación que no terminaba nunca.

-Cuando me dijeron que no podían cerrarle el pecho supe lo peor.

Entre copas de tinto y con gafas empañadas nos confirmó que ella no pensaba que Felipe siguiera presente.

-Felipe no está ya en ningún lado, pero yo sí, y necesito saber que estoy viva.

Aguantó varios días tras la operación, inconsciente, rodeado de hermana y madre. María Emilia le hablaba, esa vieja tupamara valiente que no se conformó nunca con el mundo que le tocó vivir. 

-Deja de luchar, mi hijo -le agarraba el puño-. Deja de luchar y vete tranquilo.

Anoche conocí un ángel de pelo rojo y tomé una píldora de vitalidad de efecto inmediato.