miércoles, septiembre 27, 2023
Anécdota
lunes, enero 24, 2022
Fracasos
La historia de cada uno está lleno de fracasos que hay que asumir
No admitir esos desengaños es pudrirte por dentro y la podredumbre tiende a extenderse en cuanto uno se despista.
—¡Todo el mundo me dice lo mismo!
Yo no hacía más que intentar aclararle que la médico no le había encontrado nada grave, que tenía que hacer un esfuerzo por levantarse de la cama. Moverse.
Cada pregunta, cada ofrecimiento, cada palabra de aliento se volvía contra mí, porque Antonio no quiere vivir, no quiere abandonar una cama en una habitación fría y húmeda como la muerte. Lleva meses prostrado y yo no saco ni una triste anécdota de su pasado, aunque me documente sobre la época en que era joven y le pregunte por sucesos que ocurrieron por entonces.
—Que te he dicho que no me acuerdo.
La química, si la hubo, se rompió hace semanas. Cada vez que lo llamo me dice que está peor. Cada vez que lo visito siento que molesto.
Podría escribir sobre eso, sobre como una persona terriblemente sola se deja morir poco a poco, pero no me ofrecieron este proyecto para describir cómo Antonio se apaga.
—Salva, déjalo. No ha salido bien. No te agobies. Hay una señora de ochenta años, actriz, que vive en la calle Feria y está deseando relatarte su historia.
Yo iré, claro que iré, con mi libreta. Escucharé con atención cómo fue su vida, a apenas cien metros de la cama, helada, de un Antonio al que llegué tarde.
miércoles, diciembre 01, 2021
Frío
Estas tardes que estoy pasando junto a Antonio, el hombre de quien estoy escribiendo una historia de vida, son duras para mí. Lleva tres semanas metido en la cama sin querer salir.
—No tengo ganas de nada, Salva.
En una casa pequeña y fría, con la única compañía de una radio y de paquetes de galletas, yo me siento a su lado y le propongo cosas.
—¿Te traigo la tele del salón? ¿Quieres que te busque un edredón?
Me da frío tan sólo de verlo. Un frío que se me mete dentro.
No quiere hablar de su vida, porque no tiene ganas de vivir.
—Estoy hecho una basura.
Yo le dejo quejarse, que tire por dónde quiera con su conversación e intento orientarle hacia una risa, hacia una confesión, hacia un recuerdo desde el que tirar, pero siento la maldita impotencia de no saber cómo convencerle de que se levante y dé de comer a sus pajaritos.
—De eso se encarga la muchacha que viene por las mañanas.
Nos dedicamos a mirarnos. Él observa al escritor que hay en mí, yo al viejo que un día seré. Cada dos frases me dice gracias.
—Vete ya, que hace mucho frío aquí.
No paro de pensar en él.