x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas

martes, mayo 11, 2021

Prensa

Soy lector habitual de El País desde que tengo uso de razón.

Me gusta leerlo en papel y, a ser posible, con un buen desayuno.

Internet trajo la posibilidad de que saliésemos de nuestra madriguera informativa, de que nos asomáramos a otras editoriales, otros puntos de vista, otros idiomas sin salir de casa. Yo disfruto como un niño leyendo la prensa francesa, El Mundo, el New York Times, La Vanguardia o cualquier periódico local cuando una noticia afecta a un determinado territorio.

En estos tiempos, sin embargo, volvemos atrás. Cada diario quiere financiarse a partir de sus incondicionales. Ya parece que la publicidad no da el ingreso suficiente para mantener su actividad y la venta en papel ha caído a cifras desconocidas por la fuerza de Internet.

Otra vez al rebaño. Otra vez a leer lo que queremos escuchar, a sentirnos cómodos con unos artículos que transitan por los terrenos que nos gusta pasear.

Yo no quiero volver a ese juego, ni gastarme un dineral en tener acceso a la prensa mundial de cualquier ideología. Quizás acabe siendo una persona menos informada, menos culta, menos tolerante. Otro tonto feliz.

Internet te abre ventanas, te muestra mundos de posibilidades, que luego te cierra en tus narices.

Todo es dinero.

jueves, noviembre 21, 2013

Arisco

Hay veces en que uno se queda estupefacto cuando analiza su propio comportamiento ante situaciones imprevistas, momentos en que no da tiempo a utilizar el raciocinio y te delatan tus instintos.

Veo pocos placeres similares a tomar una bici las mañanas de los sábados, pasearme la ciudad aletargada con el sol temprano de primera hora hasta el VIPS de República Argentina, comprar El País, pedirme un batido de chocolate blanco -insuperable, artesanal- y un croissant tostado con jamón york y queso (¡sin bechamel!) y saber que durante un determinado tiempo éste no existirá, flotando en la nebulosa de dejar de ser yo para viajar a las preocupaciones de otros países, meditar reflexiones de intelectuales acerca de nuestro mundo político o bucear en la biografía de algún escritor admirado que, sin estarlo previsto, se vuelve una necesidad de lectura futura.

En esas estaba yo, en el instante previo en que comenzaba a adentrarme en esa cueva personal de felicidad total, cuando al sentarme en mi sillón de eskai para pedir el goloso desayuno me encontré, de bruces, con un antiguo compañero de la fábrica, ya jubilado, con el que compartí muchísimas horas de trabajo en el pasado. Un hombre que ni me cae bien ni mal, que leía la prensa a tres metros frente a mí.

Como un gato, fui levantándome fijando mi mirada en él, que seguía con su lectura -seguro que en su propio túnel atemporal- sin levantar la cabeza.

Como una serpiente, sin hacer ruido, fui rodeando su mesa hasta conseguir escapar de allí y situarme, de espaldas, en mi propia trinchera.

Cuando ya estaba a salvo, con toda la parafernalia montada en mi cuartel general provisional y daba el primer sorbo al batido, me planteé cómo un tío tan mayorcito puede llegar a ser tan infantil y arisco.

jueves, enero 03, 2013

Clínex

Sin planteamiento previo, con el paso de los años he ido dándome cuenta de que en mis desayunos de fin de semana, donde tanta fiesta hago a un periódico de papel mientras tomos unas tostadas en casa o en alguna de mis cafeterías preferidas del centro, he ido pasando de leer dos diarios, uno sevillano y otro nacional, a quedarme con un solo ejemplar de El País.

En mi modesta opinión la prensa sevillana va a rebufo de las inquietudes más básicas de la población menos inquieta. Que la población quiere fútbol, toma fútbol. Que el pueblo quiere hermandades de Semana Santa, ración doble todo el año. Que a los sevillanos les gusta saber cuántas farolas hay rotas semanalmente, ahí tenéis vuestro informe.

Es una caricatura, sí.

Una misión que no debe olvidar el periodismo, entiendo, es la de crear opinión e incluso provocar una evolución de ésta a partir de informaciones contrastadas, complejas y tendentes a no solo informar, sino formar.

Prefiero mil veces saber cómo transcurren los acontecimientos en una Siria que se desangra o los últimos avances en investigación médica en Estados Unidos que no el parte diario de besamanos en las iglesias sevillanas.

Pero no habría que ir muy lejos para que yo volviera a caer en las redes de la prensa de mi ciudad. Bastaría con que me provocasen contándome historias de la Sevilla real con la profundidad que nos merecemos o artículos de opinión de cómo va el mundo, del que no somos ombligo, con el punto de vista de nuestro carácter andaluz.

Llevo años observando la sonrisa casi nunca correspondida de los negros que abarrotan las principales avenidas del extrarradio de la ciudad vendiendo clínex. Son personas que habitan a mi lado, que no creo que puedan vivir de esa miseria. Quiero saber quiénes los organizan, qué comen, dónde duermen, de qué países vienen, cuánto tiempo se quedan de media, cuántos se integran, cuántos regresan. Quiero saber si se casan con gente del lugar, cuáles son sus sueños, hasta qué puntos están atendidos sanitariamente, qué es de sus familias.

A cambio encuentro, más veces de lo que mi estómago es capaz de soportar, fotos de señoras aristocráticas con pelo de peluquería vendiendo muebles antiguos en rastrillos benéficos.

Periodismo de investigación, moderno, no entrevistas hechas con rejillas del siglo pasado.

Necesito riesgo, aventura, inconformismo, innovación, propuestas, provocación... pero la encuentro en otros periódicos que no son andaluces.

La pena es que sé que todo es ponerse y romper.

lunes, julio 02, 2012

Himán

Sé por amigos del gremio que el negocio periodístico está especialmente tocado por la crisis, necesitando reinventarse para conseguir que los menores ingresos publicitarios que genera internet no destrocen la parte del pastel que es financiada por inversores privados, más ahora que las instituciones públicas están cerrando el grifo en cuanto a introducción de información pública o compra masiva de ejemplares se refiere.

A todo ello se une que las fuentes informativas se socializan. Es difícil que ocurra algo en cualquier lugar del mundo donde no haya un móvil, y algunos de alta calidad fotográfica, para grabarlo. Además la gente, el lector, cada vez tiene más ganas de expresarse, hay más criterio y más fuentes donde comparar, por lo que la proliferación de blogs, páginas informativas, algunas de ellas tremendamente especializadas y de calidad o enlaces a los medios de otros países suponen un reto aún mayor para la prensa, radio o televisiones clásicas por las que nos hemos dejado guiar desde que tenemos uso de razón.

Hasta los lectores más empedernidos, como yo, que buscan siempre el hueco para disfrutar de un buen periódico en papel en una cafetería tranquila un fin de semana cualquiera, sin que haya relojes que perviertan, entramos sin querer en la dinámica de la prisa, el café rápido y la mirada acelerada de los titulares de cuatro o cinco cabeceras para palpar el pulso a la actualidad.

Todo esto implica que hay menos dinero y, consecuentemente, las empresas del ramo tienen que recortar. ¿Cuál es el trozo más grande del queso? El personal. Eso provoca un estrés intrínseco en el profesional del periodismo, que en muchos casos acaba aceptando peores condiciones laborales, menos sueldo y más horas, para trabajar en un perímetro mayor del que no llega a controlarlo todo.

No hay que ser muy avispado para comprender que esa tensión que pone al periodista en el ojo del huracán implica, estadísticamente, una merma en la calidad del producto ofrecido y, por ende, una disminución de la confianza del lector.

El otro día leí un titular en El País, periódico que ha sido y es una de mis referencias, referido a un asunto deportivo en el que venía a decir que 'el portero era un 'himán' para los balones'.

Escandalizado por el error garrafal no tuve tiempo de ser el primero. Había múltiples comentarios criticando ese despiste mayúsculo. Aún así, y siendo una noticia de primera plana, el periódico tardó horas en corregirlo.

Sí, han eliminado a los más bajos del escalafón, los correctores ortográficos. Y los segundos serán los que vigilan por el buen uso de la página web. Después vendrán los fotógrafos menos 'brillantes', los comentaristas menos 'polémicos', y se empezará a mirar con lupa cuántas entradas provoca tal o cual articulista para sacarlo de la nómina o proponerle un tres por dos.

Ante situaciones así no queda otro remedio que pensar a lo grande, buscar alternativas diferentes y asegurar una actividad que siempre va a ser necesaria.

¿Dónde está la solución?

Mi opinión es que la calidad atrae al público y perdiéndose ésta se entra en un círculo de caída a los infiernos.

¿Cómo compaginar calidad y falta de recursos?

Con buenos gestores que sepan optimizar la oferta y adecuarla al lector. No se puede informar de todo, a todas horas y a cualquier precio.

Es fácil opinar y difícil llevarlo a cabo. El reto es apasionante, seguro.

Los que confiamos en la profesión periodística deseamos con ansia que ésta recupere su sitio a costa de una política inteligente, no miserable, de quienes tienen el poder de decidir.

domingo, mayo 16, 2010

Otros argumentos

En una brillante conferencia de Obama en la universidad pública de Michigan, éste ha lanzado un mensaje fuerte a los recién licenciados animándoles a diversificar sus fuentes de información para hacerse más íntegros, tolerantes con el otro y, por qué no, para defender con mejores argumentos las posiciones propias.

Como lector fiel de El País, con cuya línea editorial me identifico en muchas ocasiones, creo en ese ejercicio de leer otros desarrollos intelectuales que me puedan llevar a entender el porqué gente muy cercana piensa de forma tan diferente.

Pasó, afortunadamente, el tiempo de la distinción casi omnipresente entre fachas y marxistas.

Todo se puede discutir, aunque las tripas a veces se te revuelvan con argumentos basados en, al entender de uno, verdades parciales o axiomas que sabemos inexistentes.

Descalificar sin escuchar es mucho menos inteligente que rebatir habiéndote interesado por los razonamientos de tu interlocutor.

Leo El País del mismo modo que salgo de cervezas con los amigos que elegí, porque me siento mejor en mi piel. Eso no impide que entre mis favoritos de internet también estén otros diarios, no sólo españoles.

Me gusta, lo reconozco, polemizar con quien piensa distinto, con la pasión de creer en la fortaleza de mis reflexiones, pero siempre dispuesto a integrar otras formas de ver el mundo.