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miércoles, junio 14, 2017

Riñones

Francófilo como soy, llegué muy tarde por vez primera a Londres. Tenía 30 años, vivía una relación sentimental desastrosa y acepté una invitación de mi prima Bele para pasar unos largos días allí. Todo Londres me gustó, lo viví con la ilusión de un adolescente y me integré sin las angustias del turista que quiere visitar cada rincón. Hay una escena recurrente en mi cabeza de esos días, subido al tejado de la casa de mi prima, al anochecer, con mucho alcohol, en el clásico suburbio británico donde vivían, observando a la gente pasar. Chispazos de felicidad.

He vuelto varias veces, siempre entregado. Tengo con la ciudad el romance propio de quien la ha conocido sin las tonterías propias de la seducción forzada por la ingenuidad. La paseo siempre sin rumbo, como se hace con las ciudades que sientes propias.

Ahora aterrizo aquí, en una ciudad convulsionada por el terror y expulsada a su pesar de Europa, con ganas de integrar de una vez el mapa visual de su estructura en mi cabeza. Hacerme con las distancias y los barrios como en mi amado París. Tengo tiempo y ninguna prisa.

En una de mis últimas visitas, deliciosa, con Mariángeles y mis hermanas, de pintas de cerveza y museos a toda prisa, hubo una noche en que, de vuelta al hotel, mi amiga se asustó al ver que nuestro taxi, de conductor paquistaní, cruzaba el Támesis. '¡Pero si Gloucester Road está al otro lado del río!'. Mis hermanas se morían de risa con sus gritos de mujer 'sabelotodo' y yo me planteaba que no conocía los parámetros de la ciudad. '¡Reíd, reíd!', nos decía, incluso al taxista del turbante, que también reía sin saber de qué, 'que este hombre nos está llevando a cualquier sitio para sacarnos los riñones'.

Ése podría ser mi máximo objetivo de estos días, un viaje romántico al Londres más cosmopolita para aprender a cuidar de mis riñones.

martes, noviembre 12, 2013

Whatsapp

Hacía tiempo que no veía a Patty.

Las cervezas, con la rapidez de quien quiere contarse todo en poco tiempo, sirvieron para confirmar mi admiración por esta mujer de agallas que un día escapó buscando una nueva vida que supo encontrar muy lejos de lo fácil.

Me habló de Andrius, del eterno gris de Londres, de sus decisiones laborales, racionales y contundentes, de María, de Mariángeles, de la gente que se ha cruzado por nuestra vida. Se interesó por mis proyectos, con esa mirada de quien sabes que te escucha de corazón.

Fran le pidió anotar algo, en ese tiempo precipitado, proponiéndole enviarle información por...

'No tengo Whatsapp'.

De hecho lo tuvo y prescindió de él. Le agobiaban los mensajes acumulados que implicaban la necesidad de respuesta, los compromisos adquiridos sin iniciativa propia, la carga de obligaciones contraídas y las llamadas por realizar.

Patty te lo decía así, sonriendo, reivindicando una libertad que es distinta de la de tantos...

La vi tan linda como siempre, con su carilla infantil, la fuerza de su empuje, cierta melancolía del sur...

Y ligera de equipaje.