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domingo, abril 12, 2026

Sello de la Reina de Inglaterra

—Borete —mi padre se asomó a mi habitación—, un sobre con el sello de la Reina de Inglaterra.

Yo ya sabía quién me escribía.

En mi adolescencia, cuanto más me iba metiendo en mí mismo, más creaba un mundo paralelo de protección. En ese universo estaba mi música. Y dentro de ella, 'Everything but the girl', un grupo londinense que ponía letras al amor, a la nostalgia, a la soledad.

"Nos ha encantado tu carta", me decían. "Un día iremos a tocar para ti en tu maravillosa ciudad".

—¿Quiénes son? —preguntó mi padre.

—Una banda de música, papá.

domingo, diciembre 08, 2024

Albufeira

Hay una ciudad preciosa del Algarve portugués a la que me resisto a ir cada vez que Fran me lo propone, Albufeira.

Pese a su ubicación privilegiada, las calles encaladas y su playa de arena fina, integrada en la trama urbana, esta localidad se ha convertido en una franquicia de lo británico.

Toda la cartelería en inglés, pubs transmitiendo fútbol de la Premier, grupos de borrachos venidos en tropel desde Londres, comida propia de otros territorios donde lo que predomina es la hamburguesa, los fish & chips y las patatas fritas.

No hace mucho leí un artículo de un rotativo londinense que pedía que en España no dieran de cenar a las siete para los turistas. 'Cuando vamos a España, queremos ir a España y sentirnos en España'.

La portuguesa Albufeira, como tantas otras españolas, ha preferido prostituirse y plantar un decorado falso para hacer dinero fácil.

Con lo bonito que es viajar para no encontrarse con lo que ya tienes en casa.

miércoles, mayo 10, 2023

Crown Tavern

Había ido varias veces a Newcastle, en el norte de Inglaterra, por trabajo. 

Siempre solo.

La ciudad, fría y húmeda, es coqueta. De un tamaño accesible para ir a pie a cualquier lado, me gustaba pasearla las tardes al salir de la fábrica que Nissan tiene allí cerca.

Mi amigo Kiko me insistía:

—Tienes que ir a la Crown Tavern, Salva.

Me enfadaba saber que había perdido la oportunidad de conocer esa taberna en los tiempos en los que visitaba frecuentemente la ciudad. Había cambiado de puesto y los viajes se habían reducido.

Pero la ocasión llegó y, además, me acompañaría Fernando, más amigo que compañero de trabajo.

Por cuestiones logísticas tuvimos que tomar dos vuelos diferentes. Yo llegué por la mañana y ya me paseé por la acera de la Crown Tavern. Fernando llegó por la tarde y, en cuanto se duchó, nos fuimos para allá.

¡Nervios!

Fue abrir la puerta de la taberna, nosotros que íbamos maqueados para la fiesta, y nos encontramos con el hogar del pensionista. Allí dentro el más joven tendría 70 años. Todos se giraron para vernos.

Nos miramos Fernando y yo y decidimos quedarnos.

—¿Dos pintas de cerveza?

—¡Venga!

Qué buen rato pasamos.

Ahora que lo escribo, pienso... vaya guasa que tiene Kiko.

sábado, mayo 06, 2023

Coronación

¡Qué hermoso y qué anacrónico!

Qué desconectado de la realidad de las cosas, de las gentes.

Liturgia de coronación para conectar al rey con Dios, en los tiempos que corren. Suena ridículo y majestuoso. Roza lo cómico y lo dramático. Esperpéntico. Colosal.

Esa hilera de obispos enfundados en túnicas de colores con caras de sabueso, a la espera del momentazo en el que tienen que bendecir con su palabra la sabiduría del representante en la tierra de la iglesia anglicana.

Ese Carlos III con cara de póquer, con su pensamiento oscilando, seguro, entre la mamarrachada de su indumentaria y la grandeza de sentirse heredero de una tradición milenaria.

No sé si a la monarquía le viene bien que se retransmita a los cuatro vientos lo alejada que está del pueblo, a sabiendas de que hay una parte del pueblo que idolatra ese juego de tronos.

Hace siglos, eso no lo veía la plebe. Hoy lo ven por televisión mientras se preparan una cerveza en la cocina. No creo que tarde el día en el que no se soporte tanta contradicción.

Ese hombre con esa corona de diamantes en la cabeza.

Esa ridícula majestuosidad.

martes, enero 31, 2023

More

Hay una canción de mi grupo favorito, los Everything but the girl, que me eleva el alma. 'Five fathoms'.

Tal vez porque es mi lema de vida.

Esta banda, de exquisita poesía en sus letras, tiene temas tan llenos de vida que me agarré a ella desde que tengo veinte años. Incluso les escribí una carta con esa edad, para decirles que no podían gustarme más. Incluso ellos me respondieron desde Londres, para decirme que vendrían a Sevilla a actuar para mí.

―Borete, hay una carta con el sello de la Reina de Inglaterra para ti.

¿Y qué repite esa canción en su estribillo? I wanna love more. Quiero amar más.

Esa es la clave, querer amar más. No pasar por la vida ocultándose, sino exponiéndose. No mirar hacia lo que nos rodea sin interesarnos. No hibernar, que ya habrá tiempo.

La estrofa repite una frase después. Tengo un río en mi cabeza. Ahí está la fuerza de la poesía. Yo también tengo un río en mi cabeza, que no para de fluir.

I wanna love more. There's a river in my head.

Quiero amar más.

jueves, septiembre 08, 2022

Isabel

Qué duros son los finales.

Ayer nos enfrentamos a la muerte de Isabel II, una reina que permanecía ahí desde siempre, porque nuestra vida es todo lo que tenemos y no hubo momento en ella en que esa mujer no estuviera presente.

Da igual lo monárquicos que seamos o la afinidad que podamos tener con el pueblo británico, escuchar acerca de la desaparición de esa señora es morir un poco. Son estos eventos los que nos hacen comprender la grandeza del vivir, con toda la tristeza asociada a la certidumbre de saber que no es para siempre. Nada lo es.

No importa cómo de simpática fuese ni la vida que llevase, estaba ahí, como una abuela distante de la que nunca dejamos de oír. Bregó con un país, una familia desastre, una humanidad cambiante en tiempos convulsos.

La imagino en su lecho de muerte, rodeada de los suyos, y se me agarra la emoción a la garganta.

lunes, abril 19, 2021

Queen

Sentada en un banco de madera, sola, de riguroso luto, la reina de Inglaterra acompañaba el féretro de su marido.

Me ha producido una enorme compasión.

No porque ella merezca más pena que cualquier otra persona que pierde a un familiar, más incluso cuando éste había vivido bien y rozaba los cien años, sino por lo que representa esa imagen.

Era compasión hacia el ser humano en su complejidad.

Compasión por nosotros mismos.

Un fogonazo de ternura por lo que somos.

No hay oropeles, ni fortunas, ni liturgias que puedan consolar a quien pierde a un ser amado.

Una persona frágil, anciana, perdida en su soledad, llora en un banco de caoba de una iglesia monumental, llena de banderas, de obispos, de futuros reyes, a quien le acompañó toda su vida.

No hay corona que pueda con la muerte.

El dolor es el mismo.

Agudo e inconsolable.


domingo, junio 18, 2017

Abadía

Volando de vuelta a casa tras unos maravillosos días en Londres, traigo un regalo especialmente valioso en la maleta, intangible como todo buen tesoro, y no es otro que las horas pasadas en la Abadía de Westminster.
Soy de los de regurgitar recuerdos en mis sueños para aderezarlos con especias de irrealidad que los aderecen hasta llevarlos a la combinación perfecta con la que disfrutar de ellos en el futuro.
Aún frescas, y vírgenes, mis imágenes de ese templo habitado por reyes muertos, inquilinos de tumbas de madera reblandecida, no son sino un fogonazo de la grandeza del pueblo británico por retener a sus héroes adormecidos en el susurro de la eternidad, con piedras que se acumulan con formas humanas retando a la certidumbre de la muerte.
Dickens, Haendel, Newton, Lord Byron... dormidos para la posteridad entre escudos de armas, codeándose con los que no tuvieron más mérito que nacer reyes, humanos con el poder de crear un recinto mágico de piedra y cristal en la que derretir su carne como la madera para que ciudadanos de un tiempo futuro pudiéramos incluir en nuestros sueños las batallas cruentas entre la fama del hombre audaz y el designio feroz de un porvenir maldito.

lunes, abril 17, 2017

Vivir

Mi trabajo, del que tan orgulloso me siento, como no podía ser de otra forma, me ha dado muchas oportunidades de crecer como persona; entre ellas, una que no tiene precio, la de conocer mundo. Visitar una fábrica de Renault en Brasil, Eslovenia o Turquía, o una de Nissan en Japón, México o Inglaterra no es sólo practicar tus conocimientos de inglés, francés o escuchar otra forma de recitar el español, ni comprobar diferentes maneras de afrontar la misma política de empresa. Viajar por cuestiones de trabajo es una forma diferente de conocer mundo, uno se quita el traje de turista y se siente integrado como uno más, aunque sea por unos días, en otra sociedad distinta; tomas cafés en máquinas donde se habla de temas comunes; ves cómo otros te integran en su forma de afrontar tareas encomendadas similares a las tuyas.

Son oportunidades, también, para compartir horas de charla, cenas, aeropuertos y paseos con compañeros de trabajo. Tengo en mi cabeza momentos memorables, como cuando fui con mi amigo Rivo a París y me tiré las copas de bourbon por encima con un resbalón, o el accidentado viaje con Elisa a Eslovenia en que entramos en Venecia sin saber que era carnaval, o el divertidísimo con mi tocayo Salva, recién casado, a Japón, cuando nos llevaron a un bar de alterne y él no hacía más que tocarse su anillo recién estrenado, o el mes circulando por todo Asia con Pablo, comiendo serpientes en China y untándonos de pintura en la India.

Hay una persona con la que, especialmente, resulta divertido viajar. Se llama Fernando. De hecho, es una bendición trabajar con gente que siempre tiene una sonrisa en la boca y predisposición a solucionar los problemas que se presentan sin plantear excusas.

En el último viaje con él, hace pocos días, me vino a decir que había cosas que no le gustaban de mí como jefe, que no me quiso contar, aunque yo las intuya. Sin embargo, sí insistió en decirme qué admiraba de mí. Yo, azorado, le pregunté qué era.

-Tus ganas de vivir, Salva.