miércoles, abril 12, 2023
Brasil
lunes, diciembre 07, 2020
Sensibilidad
Yo tenía una amiga extremadamente sensible.
Llena de complejos por desprecios sufridos en su infancia, nos encontramos cuando el mundo adulto se nos venía encima sin remedio.
Mujer independiente, culta y curiosa, necesitaba amistades unívocas, de estar tardes a solas y conversar largo, y las buscó en mí, ávido por entonces de juntar amigos diversos y hacer pandillas.
Un día, cuando las redes sociales apenas se adivinaban, escribí un texto de alabanza a lo que ella me ofrecía. Su amistad era un regalo precioso, extraño, peculiar. La forma de relacionarnos era de novios sin sexo. De escucharnos con pasión.
—¿Podría utilizar ese relato que me has dedicado para ligar? —me preguntó, por instinto, tras leer mis palabras en internet.
Horas después me pedía que lo borrase. Que no tenía derecho. Que su vida era sólo suya.
—Bórralo, Salva, por favor.
Y borré de las redes, para siempre, ese canto a nuestra mundo compartido, lleno de inocencia y amor.
Era una mujer fuerte de material frágil. Como seda a punto de rasgar, porcelana fina de base endeble.
Hubo, en tiempos posteriores, dos momentos torpes en que no supimos estar a la altura. Yo no supe manejar tanto sentimiento a flor de piel en ella, ella no supo admitir que yo era de otra forma, más disperso. Al primer encontronazo nos buscamos para arreglarlo, al segundo nos perdimos para siempre.
Éramos de sangre caliente.
Cuando, hace años, estrené mi largometraje de 'No te supe perder', ella estaba en la sala de cine. Hacía una eternidad que no nos veíamos. Nos besamos y cruzamos dos frases. Los dos sabíamos que lo nuestro, tantos tiempo después, ya no era reconducible.
Es duro romper cuando no se quiere.
Ahora ya no existen hilos de los que ella pueda tirar para decirme que borre nada. Este texto quedará, para mí y para siempre, en un rincón del pequeño cielo digital de mis escritos.
Para decirle que siempre la querré.
domingo, abril 15, 2018
Arándanos
Estaba en casa de mi amiga La Polemique hace unos años, en los tiempos en que me invitaba a comer a su casa, donde almorzamos un plato exquisito del que sólo recuerdo lo importante que era tener un colador muy pequeño para prepararlo. Nos dimos dos besos tras escucharle la receta y confesarle mis ganas de siesta; pero yo había olvidado algo en su casa y ella me llamó minutos después de salir para advertirme. Debió oír jaleo al otro lado de la línea a una hora en que me suponía a punto para dormir. No pude evitar sentirme delatado entre los pasillos de El Corte Inglés:
-¿Ya estás comprando el colador?
Si me hablan de los tapices de la dama y el unicornio en París, de una novela arrolladora de un argelino, del local de copas más divertido de Nueva York, de una pequeña capilla de azulejos en Portugal o de una taberna de tapas elaboradas en Sevilla y me llama mínimamente la atención, no hay impedimento que pueda con mis ganas de comprobar el disfrute de vivirlo en carne propia.
Hace pocos fines de semana en Portugal mi hermana Raquel me habló de las ventajas para la salud de comenzar el día desayunando tostadas con aguacate, y ya no hay día en que no lo haga, encantado de empezar con energía la mañana. No hace mucho mi querida Mariángeles me habló de la potencia anticancerígena de los arándanos. Yo le dije que me parecían ácidos. Ella me insistió.
Desde entonces me salen los arándanos por las orejas.
lunes, noviembre 23, 2009
La princesa Leia
A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.
Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.
El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.
Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.
Así que pasamos a Star Wars.
Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.
Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.
¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.
Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.
La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.
Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.
Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.
Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.
Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.
Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.
Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.
Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:
Que ella era La Princesa Leia.