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martes, julio 29, 2025

300

Apenas estuvimos un rato, la música sonaba altísima, proyectaban un partido de béisbol y Pablo me explicaba las reglas.

Nos costó llegar a ese barecillo de Tokio, en pleno barrio de Ginza, y nos echó para atrás comprobar que dejaban fumar dentro, algo impensable hoy en día.

El caso es que nos pedimos un gintónic. Y dos. El caso es que escuchaba las explicaciones sobre el bateador y el que corría tras la pelota, sin entender ni angustiarme por no entender. Yo ejercía de periscopio asomado a las cabecillas de japonesitos que bailaban rock.

No sé por qué, de vez en cuando vuelvo al 300, ese pub japonés lleno de humo, y me recuerdo absolutamente feliz.

Tenemos todo el derecho del mundo a idealizar nuestro pasado. A agarrarnos a él. A manosearlo.

viernes, febrero 14, 2025

Funerarias

'De gintónics a funerarias'.

Ése es el mensaje que me envié. Es así como trabajo mi mundo interior para dar pie a mis textos de cada tarde. Voy mandándome a mi propio WhatsApp sensaciones que luego, en la calma de casa, me dedico a poner en pie.

Así, voy observando el mundo, y mi mundo, con los ojos bien abiertos, tanto respecto a lo que me toca de lleno como a lo que siento que afecta a los demás.

Lo que ocurre es que hay veces en que lo hago de forma tan críptica, que no entiendo las pistas que yo mismo me lancé.

¿De gintónics a funerarias? ¿Qué me quise decir?

viernes, junio 03, 2022

Gintónic

Me contaba Isaac que su tía, en sus últimos años de vida, terminaba siempre con la misma pregunta su visita al médico.

—Pero, ¿me puedo seguir tomando el gintónic antes de dormir?

—Claro que sí —le respondía el médico.

¿Cómo nos vamos a prohibir la felicidad de los pequeños momentos en busca de la eternidad?

A mi padre, con los días ya contados, se le entristecía la mirada cuando le traían esa pechuga de pollo sin sal del hospital. Una de sus últimas noches mi hermana Raquel se sacó del bolsillo una servilleta y le echó unas escamitas de remanguillé.

No más allá de dos días antes de morir, le propuse.

—Papá, ¿nos tomamos una cervecita en el Jamaica?

Fue un paseo larguísimo de cinco metros desde el coche hasta la silla preferida de su restaurante. Pero allí estaba él. Con su cerveza, la gorra puesta como un señor y levantando la mano para saludar a quienes no vería nunca jamás.

jueves, junio 02, 2022

Muerto

Ayer vi a mi segundo resucitado.

No son cosas que me pasen a diario ni que se puedan prever, aunque el fenómeno se suele intensificar con la edad y el despiste.

Hace muchos años me comentaron que un compañero del colegio había muerto en un accidente. Me produjo una pena proporcional a la edad que yo tenía, un período de la vida en el que los amigos no se mueren. Aunque llevaba toda la carrera sin verlo, su imagen la retenía claramente, la cara de papa, los ojos pequeños, los dientes de conejo. Una semana santa de muchos años después, mientras caminaba entre la muchedumbre, el muerto se apareció. Precedía precisamente a un paso de Cristo y me sonrió con su gran dentadura.

—¡Hombre Salva!

—Hola Andrés —le respondí, con un abrazo en el que no me llegaba la camisa al cuerpo.

Desde entonces me pregunto, ¿qué Andrés se mató?

Ayer asistí a la presentación de 'Las agujas de la noche', un novelón de mi querido amigo Fernando Repiso del que pronto os daré buena cuenta. 

A pesar de ir con tiempo, el acto estaba abarrotado, así que encontré como pude un hueco desde el que disfrutar de la capacidad de Fernando para engatusarnos. De pronto, hubo un momento confuso, a un camarero se le cayó la bandeja, se recolocó la mesa de presentación y apareció mi segundo resucitado.

Un hombre divertidísimo de mi época más golfa, con quien había terminado más de una noche de gintónics hasta el amanecer. Dejamos de vernos como se dejan de ver las simpáticas amistades cuyo nexo de unión no es sino el viernes por la noche y las ganas de reír.

—Tú sabes, le dio un síncope —me dijeron, con el tiempo.

Anoche, sin embargo, el del síncope apareció. Justo tras las bambalinas, en pleno escándalo de las cervezas reventando contra el suelo, el de la risa floja de los viernes por la noche, con mucha más barriga y menos pelo, apareció.

Se lo curra mucho mi amigo Fernando para crearle atmósfera a sus lanzamientos editoriales.