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Mostrando entradas con la etiqueta Berlín. Mostrar todas las entradas
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martes, marzo 31, 2026

Memoria

Mariángeles es mi memoria.

En todos los momentos especiales de nuestras vidas, hemos estado allí. Los tres: ella, su memoria y yo.

En Nueva York, Berlín, París, Londres, Lisboa. En su Huelva, en mi Sevilla.

Me vienen chispazos de un pasado feliz y ella lo dibuja con sus recuerdos.

Eso ocurrió el 14 de diciembre del 2013, tú llevabas un polo rojo y acababas de volver de Japón.

No sé dónde almacena tantas fotos sin papel, cómo enlaza una historia con otra, hasta saber qué comimos ese día, de qué hablamos.

Fogonazos de una vida que ella caza para mí.

jueves, marzo 26, 2026

Berlín

Yo iría cada cierto tiempo a Berlín para recordar la brutalidad de la guerra.

Es más, de poder hacerlo, enviaría a colegios enteros a visitar lo que fueron los campos de concentración, a entender lo que supuso el muro, a observar los restos de la iglesia conmemorativa del káiser Guillermo.

Entender cómo todo se puede ir al precipicio por el horror de lo peor del alma humana.

Yo llevaría allí a Trump y lo dejaría una semana, a solas, en el horror de Sachsenhausen.

miércoles, enero 07, 2026

Obrigado

Cuando viajamos a Estambul, Marrakech, Palermo o Berlín, nuestros primeros agradecimientos siempre son en portugués:

Obrigado.

Porque para nosotros, acostumbrados a nuestros fines de semana en el Algarve, estar fuera de España es estar en Portugal.

Los que nos escuchan, con nuestro fuerte acento castellano, dirán: ¿de qué país son estos dos?

martes, agosto 19, 2025

Faro

Recogíamos a un amigo que venía a visitarnos al Algarve y, entrando en Faro, me topé con varios carteles electorales de Chega, el partido hermano de Vox en Portugal.

«Tornar Faro grande outra vez» (Hacer Faro grande de nuevo). Un eslógan al más puro estilo trumpista para las inminentes elecciones municipales.

Al llegar a casa me puse a investigar el pasado de Faro. El reciente y el lejano. No más allá de 1900 apenas era una pequeña ciudad pesquera y agrícola de 10.000 habitantes. A día de hoy roza los 70.000, tiene un aeropuerto internacional con una enorme actividad, una universidad puntera en ciencias marinas, biomedicina, quíimica, artes y comunicación. Su tasa de paro no llega al 5%.

¿Tiene problemas? Seguro. Muchos están relacionados con la gestión de su principal fuente de ingresos, el turismo, que aboca a condiciones difíciles para encontrar vivienda. Sorprende, por otro lado, la cantidad de inmigrantes de origen indio en sus calles, pero son personas que te sirven el café, recogen la basura, ponen los ladrillos de las nuevas construcciones, a pleno sol. Con un nivel de paro al 5%, el Algarve no se podría sostener sin la mano de obra extranjera.

Con todo este panorama, la ultraderecha aboga por un Faro «grande otra vez». ¿A qué juegan? Tal vez quienes los voten lo hagan pensando en cómo de felices eran de pequeños, cuando la vida les abría sus puertas. Votan con las tripas. Les da igual que su voto vaya a un partido racista que quitará recursos a la sanidad pública, que reducirá impuestos a los ricos, que quitará derechos adquiridos, que hará la vida imposible a los inmigrantes.

El voto del amargado de empatía cero hacia su sociedad. Si a mí me va mal, que reviente el sistema.

No hay nada más grave que cuando el pueblo humilde vota contra el pueblo. 

Vengo de un Berlín que tardó décadas en sanar las heridas de políticos que prometieron grandeza sustentada sobre la raza y el odio al extranjero.

sábado, agosto 16, 2025

Impacto

Desde que llegué de Berlín no dejo de ver documentales para entender cómo el hombre puede ser tan cruel.

Tan retorcido.

Veo uno tras otro reportajes sobre la Segunda Guerra Mundial, la caída del muro, el holocausto nazi o el Tratado de Versalles para buscar algo de una luz que no me termina de llegar.

Lo más complejo es pensar que no somos nadie para criticar otros tiempos mientras permitimos, todos, la tremenda barbaridad que está ocurriendo en Gaza.

No hay perdón para Hitler, nunca. Tampoco para Netanyahu. La historia lo juzgará, nos juzgará, con severidad.

domingo, agosto 10, 2025

Yonqui

El tipo, muy colgado, justo frente a mí, me gritaba, malhumorado, mientras me tomaba un café junto al Spree.

Que el hombre no tuviera cuerpo ni para ponerse en pie, de la cogorza que tenía, y que yo estuviera acompañado por Fran, Mariángeles y Martín, hizo que aguantara el chaparrón sin inmutarme.

Yo apuraba mi magdalena de chocolate antes de empezar nuestra ruta vespertina por Berlín. El hombre volvía a la carga, con los ojos inyectados, en un alemán casi militar. ¿Qué me estaría diciendo?

Cuando las palabras no se entienden, no se nos puede herir.

Niños

Berlín no es una ciudad para niños.

De hecho, de no arrastrar toda la carga emocional que los adultos identificamos en cada rincón, sería una ciudad más. 

Sí, tiene rincones preciosos, pero muchos menos que otras ciudades europeas de su tamaño. Aunque la reconstrucción ha sido brutal y el nuevo urbanismo te muestra una arquitectura innovadora, la guerra la destrozó. 

Para un crío el museo judío que visitamos ayer sería un peñazo, o el Checkpoimt Charlie una casetilla enana en medio de dos calles.

Lo tremendo de Berlín es lo que no se ve.

viernes, agosto 08, 2025

Amanecer

Qué pronto amanece en Berlín.

Al menos, qué rápido lo hace en estos días veraniegos en los que tengo el sueño cambiado de caminar durante horas sin rumbo para reconectar con lo mejor de mí.

Son las cinco de la mañana y ya entra una rendija de luz por entre las cortinas negrísimas de una ciudad hecha de ventanas enormes que ansían una luz que se ofrece escasa.

Qué bonito es buscarse, salir de lo previsto, caminar por el placer de hacerlo. Entre amigos. 

Ahora sé que quedaré dormido, que buscaré el pie de Fran con el mío para contagiarme de su sueño. Tenemos cita en la catedral católica a las 9h.

Qué pronto amanece en Berlín.

jueves, agosto 07, 2025

Berlín

Como joven curioso que siempre fui, con 22 años cogí un tren y me planté, con mi mochila y un saco de dormir, en un Berlín que acababa de tirar su muro.

¡Había tanta gente! ¡Tanta emoción!

No conseguimos plaza en ningún camping y acabamos durmiendo al raso frente a la Puerta de Brandemburgo, hasta que al amanecer un grupo de policías nos invitó, amablemente, a desaparecer de allí.

Yo atravesaba de un lado a otro por las rendijas abiertas, comparando los dos mundos recién reencontrados, mientras me cruzaba con alemanes del Este, distinguibles por sus indumentarias, caminando con televisores bajo el brazo desde el otro lado de la frontera reventada.

Media vida después vuelve a Berlín aquel joven curioso de entonces, ya hecho un señor con hotel donde dormir, a disfrutar de lo conseguido desde esos tiempos de ensueño.

lunes, julio 05, 2021

Escudos

Cuando viajé por primera vez por Europa, nada más llegar a Burdeos, descubrí el mundo de los escuditos.

Piezas de tela bordadas con el símbolo de cada ciudad. 

Solían comprarlo los mochileros para coserlo en su petate y así dar muestra de los sitios por donde habían ido pasando.

A mí me encantaba coleccionar, así que me llevé todo el viaje a la caza y captura de los escuditos. París, Bruselas, Gante, Brujas, Ámsterdam, Copenhague, Berlín, Zurich, Ginebra... Lo recuerdo como si fuese ayer. 

Mi mochila era prestada, así que, al no poder coserlos, decidí guardarlos en una caja.

Me llevé veinte años obsesionado con tener el máximo número de ellos. No valía que nadie me los regalase al viajar. Debía ser yo, siempre poniéndome retos. Pero el radio de acción se ampliaba, y en América o Asia esos souvenirs no eran fáciles de encontrar, para mi disgusto.

Con el tiempo me fui dando cuenta de lo tonto que puede ser querer almacenar recuerdos en una caja de metal.

Las experiencias no se miden en escuditos ni viajar es una competición por ver quién recorre más kilómetros.

Los escudos están en el corazón.

domingo, julio 02, 2017

Araceli

La otra noche me desperté sobresaltado. Soñaba que dormía, solo, en casa de mis padres. Me levanté a beber agua y oí un ruido de cerradura. Descalzo, en silencio, me acerqué a la entrada. La puerta se abrió y apareció Araceli. No olvido su mirada al ser descubierta por mí. Me desperté de un grito.

La habitación aún estaba a oscuras. Acelerado por la visión, traté de conciliar el sueño, con la imagen clavada de Araceli siendo descubierta al entrar de madrugada en una casa que pensaría vacía.

Buceé por los años de juventud y di con el intenso viaje que hicimos con mi Clío por toda Europa. Rafa, ella y yo. Cómo tuvimos que refugiarnos en el camping de La Molina el mismo día en que una avalancha causaba una catástrofe en el de Biescas; la discusión con un policía en las calles de París por un semáforo que yo no reconocía haberme saltado; los planos del viaje volando por los aires camino de Bruselas; su petición comedida de que no dejara el volante, 'me da miedo cómo conduce Rafa'; las tardes largas paseándonos los fríos parques de Copenhague; el sol fuerte por las calles de Berlín y los huevos fritos que nos preparaba una 'froilán' anciana en un bucólico camping a las afueras de Zurich.

Se me venía su risa contagiosa mientras trataba de volver a dormir. Inseparable de mis hermanas, leal y tranquila. Dulce. Tal vez entraba en casa de mi padre a buscarlas y se dio de bruces conmigo.

No olvido la llamada de Raquel a mi despacho de París. 'A Araceli le han detectado un cáncer'. Desde 2000 kilómetros de distancia le envié un ramo de rosas. Las más rojas. No tardó en responderme.

Estaba guapa con su pañuelo en su cabeza, dando tumbos entre la esperanza y el horror. Al final no pudo. No sé hace cuántos años ya... Pero esa noche me la encontré. Sonó la cerradura y la descubrí. Maldigo haberme despertado, no haberle podido ofrecer un abrazo, aunque fuera sólo un abrazo de sueños inventados, aunque lo que me contase fuese lo que yo quisiera oír. Que todo iba bien. 

miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

domingo, marzo 01, 2015

Tarragona

Tengo infinitos recuerdos de mis viajes por interrail de la época universitaria. Tal vez no me acuerde de lo que hice el martes pasado, pero sí tengo muy vivas las escenas de cada una de las ciudades que visitamos, la gente que se cruzó por nuestro camino o las anécdotas con que se iba nutriendo nuestra mochila cargada de latas de conserva.

Esta mañana, comiendo con mi familia, recordé a mi amigo Quino y su eterna inocencia.

Acabábamos de llegar a Berlín en una de nuestras últimas escalas. El dinero escaseaba, y por tanto la comida. Nos tomábamos de forma solemne pastillas de Micebrina para reducir el gasto en sandwiches. Pero éramos felices.

El día era caluroso y caminábamos ya sin rumbo en busca del camping a través de los inacabables alrededores arbolados de Berlín. No había GPS, ni móviles, ni forma de localizar información y estábamos exhaustos.

Apareció entonces un coche con matrícula de Tarragona y Quino vio el cielo abierto.

-¡¡¡Compatriotas!!!

El coche frenó en seco. Iba una pandilla de gente joven, como nosotros. Y preguntaron:

-¿Catalans?

Entonces fue cuando Quino se giró hacia mí y, con cara descompuesta, me preguntó:

-¿Pero la T no era de Toledo?