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Mostrando entradas con la etiqueta Conil. Mostrar todas las entradas
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lunes, diciembre 15, 2025

Lluvia

Me gusta escribir cada tarde con música clásica, salvo cuando llueve.

Si viviera junto al mar, quizás lo haría en silencio cada tarde, con la sola compañía del rugido de las olas.

Fue hace tiempo cuando tuve esa revelación. Corría por la arena, casi al caer la noche, entre Conil y El Palmar. La playa para mí. Escuchaba música cañera por mis auriculares y, de pronto, pensé en cómo sonarían esas olas al correr.

La lluvia me mete aun más dentro de mí.

sábado, octubre 18, 2025

Vivienda

Entre la gente que conozco con dinero el denominador común es su inversión en vivienda.

Acumular pisos para vivir con tranquilidad.

Esa espiral lleva a que, al ser una opción apetitosa para ganar capital, el precio de los alojamientos suba, con lo cual más atractivo se hace meter los ahorros ahí.

Nadie es un villano por hacerse con más propiedades, villano es el sistema que lo hace apetitoso.

¡Hay que romper esa dinámica!

Porque el que realmente necesita un sitio para vivir se encuentra en un mercado hiperventilado por la ambición de gente que no los necesita.

Nosotros tenemos un piso en Sevilla y un apartamento en Conil. Estaría más que de acuerdo en que me subieran los impuestos por la segunda vivienda. Y que me frieran a impuestos si me comprara una tercera. Y me metieran más caña por una posible cuarta. ¡No digo ya a partir de diez, de veinte o de cien!

Me parece lógico que quien tenga dinero lo quiera mover para que no se lo coma la inflación, pero que lo hagan con un elemento de primera necesidad es condenar a muchos compatriotas a vivir en la miseria.

¡Compren oro!

sábado, junio 01, 2024

Bogavante

El crío estaba en la mesa de al lado, en un chiringuito en Conil, con la mirada puesta en su tablet, con un plato de arroz bajo su barbilla en el que, como un autómata, de vez en cuando metía el tenedor.

Nosotros nos debatíamos entre un calamar a la plancha o un arroz negro, cuando un camarero pasó con un bogavante gigante, vivo, en un plato, para enseñarlo a clientes que estaban unas mesas más atrás.

Al pasar junto al niño, los padres le pidieron que enseñara el animal a su hijo.

Se lo puso literalmente en la cara, el crío miró apenas una décima de segundo y siguió con su maquinita.

¿Dónde está el mundo real de esa criatura? 

miércoles, febrero 28, 2024

Carrefour

Recién llegados a Conil, nos fuimos a un supermercado para rellenar la nevera con los básicos.

Ya en la cola para pagar, mientras hablaba por el móvil, vi cómo Fran ayudaba a una cría que colocaba la compra en la cinta, cómo le acercaba el carro de cestas para que depositara la suya.

La niña, de unos diez años, siguió para delante sin mirar a los ojos a Fran. 

La madre, a su bola, se enzarzaba en una conversación con la cajera.

Dejé el teléfono y lamenté.

—No se educa en dar las gracias.

A lo que Fran respondió con un 'qué pena'.

lunes, noviembre 06, 2023

Cerebro

No era un camino muy largo, una reciente mañana de sábado, entre dos preciosos pueblos de Cádiz, Conil y Arcos de la Frontera. Yo iba de copiloto y coloqué el teléfono en la guantera.

Me tentó mirar en el móvil dónde estaba el pueblo de Naveros, donde se cultivaban los garbanzos que comimos el día anterior en Venta Melchor, al ver su señal en la carretera. Me contuve. Quise saber quién era la mujer que cantaba una balada en portugués. Hice por abrir la guantera, pero me resistí. Me acordé de un artículo sobre Palestina que había leído al desayunar y quise leérselo a Fran, lo que obligaba a buscarlo en el teléfono. No lo hice. Atravesamos Paterna de Rivera y quise saber cuántos habitantes tendría. Evité la tentación de mirarlo. Vi nubes negras a lo lejos y me prohibí mirar el tiempo. Fran me preguntó si había un parking cerca del centro y le dije que no lo iba a mirar.

-Estoy intentando llegar a Arcos sin tocar el teléfono.

Él me miró con cara de conocer mis experimentos sociales.

Ya subiendo las cuestas de esa maravillosa población me confirmé una teoría, el móvil se ha convertido en una prolongación de nuestro cerebro que provoca síndromes de abstinencia. Controlables. De momento.

lunes, noviembre 07, 2022

Caldito

—En la nevera tienes un caldito para la cena.

Andábamos remoloneando, tras un día de paseos y comida, en nuestro apartamento de Conil. Mi hermana Raquel, con nosotros este fin de semana, aprovechaba una de sus múltiples conversaciones telefónicas con Mónica, mi otra hermana, para explicarle qué había en la nevera de su casa de Sevilla para la noche.

Han tenido relaciones y trabajos diferentes, pero nunca se han dejado de tener la una a la otra, conviviendo, casi siempre, de casa en casa, hasta llegar al piso de nuestra infancia, donde cuidaron de mi padre hasta su muerte.

No tienen nada que ver entre la dos, la extrovertida Raquel y la Mónica más metida para dentro, pero se cuidan mutuamente como no hay amor que lo consiga. Se cuentan todo, organizan su futuro, salen juntas, se pelean sin enfadarse, como un matrimonio perfecto.

Entre las dos se ocupan de Iván, al que se le saltan las lágrimas cuando, muerto de risa, imita a su tía Mónica en su día a día de potingues, cursos de inglés y ejercicios gimnásticos.

Iván nació con dos madres, Raquel y Mónica, que se convirtieron, desde que él nació, en sus dos ángeles de la guarda.

Si una está tristona, la otra está allí para tirar.

domingo, marzo 28, 2021

David

La noche en que mi madre dio su último suspiro yo le tomaba su mano en la mía, mis hermanas la besaban y mi padre le decía palabras hermosas:

—Rubia, descansa, todos estamos bien. 

Pero David no estaba ahí.

Un chavalito rubio de 14 años que se encontró con el pastel cuando vio bajar por las escaleras del hospital a su padre y sus hermanos en estado de shock.

El niño. 

No le dimos ni siquiera el derecho a ese último beso a su madre. 

'Era muy chico', nos dijimos.

El rubio cayó por un precipicio en los años siguientes. Se rebeló contra el mundo, contra él, mientras la familia se adaptaba como podía a la tragedia. Lo probó todo, lo abandonó todo. La lio mil veces, se perdió otras mil.

Hubo un día en que él solo se fue a buscar ayuda, sin decirnos nada. El hombretón en que se había convertido el rubio se reinventó. Encontró su lugar en el mundo.

Aún mis hermanas lo llaman a diario para ver cómo va.

Él vive en su casa prefabricada en la costa de Cádiz, con su perro. Pasea libre por la playa al amanecer, se conoce todos los caminos de tierra con su bici, vive con lo justo. No quiere más.

Fran y yo nos lo llevamos a cenar cuando bajamos a Conil. Él nos escucha atento, se ríe con todo y transmite paz.

El niño.

Cuando las cosas se complicaron en estos años, más de una y más de dos veces, yo lo buscaba para hablar con él.

—Echo mucho de menos a mamá, Borete.

sábado, octubre 15, 2016

Silencio

Soy un apasionado del silencio. Lo busco y protejo los espacios donde lo encuentro.

No renuncio a nada por ello, sigo siendo una persona sociable a la que la comunicación le parece esencial. Me gusta la calle, el jaleo, la música, la charla y, sobre todo, la risa contagiosa.

El silencio no debe, a mi entender, circunscribirse a los minutos previos a conciliar el sueño. Estoy convencido de que es necesario enfrentarse a él a menudo, con todos los sentidos, y regodearse; tenerlo como compañero de paseo, en el sofá, frente al ordenador, haciendo deporte, cocinando.

Hace tiempo que no corro por esas inmensas playas de Conil con auricular. Escuchaba canciones escogidas de entre mis listas de favoritas, pero me perdía el sonido de la naturaleza, el rugir del mar, el viento siempre presente en Cádiz. En casa, a determinadas horas de la tarde, mientras escribo, se escuchan las golondrinas a través de la ventana.

Nunca existe el silencio absoluto, ése dicen que sería insoportable, pero sí podemos elegir el silencio de la introspección, nuestra dosis diaria de clausura, el dejar venir los fantasmas y sudarlos, el soñar la consecución de nuestros proyectos y sonreírnos, el pensar en la vida de los que queremos, con calma, dedicando horas a sentir como sienten ellos; encontrar el espacio para imaginar el mundo entero o a trozos.

Bucear hacia dentro para sincronizarnos con la naturaleza a la que pertenecemos y entender, aunque sea por ínfimos instantes preciosos, esa parte de nosotros que es inmortal.

miércoles, septiembre 02, 2015

Hinchable

Alquilamos una furgoneta para llevar muebles a nuestro piso de Conil tras la pequeña obra que le hicimos este invierno. Al volver a casa para cargar decidimos meterla en la plaza de garaje para no interrumpir el tráfico. Yo fui dirigiendo la entrada por la rampa desde fuera hasta darme cuenta, tarde, de que iba a quedar encajonada.

-¡¡¡Para!!!

La furgo se quedó a medio camino. Pusimos el freno de mano y estudiamos la situación a sabiendas del movimiento continuo que tiene nuestro garaje. No había más remedio que tirar hacia arriba marcha atrás.

Justo cuando arrancaba, yo, desde fuera, veía como se hinchaba, hacía un ruido enorme y volvía a clavarse contra el techo del garaje.

-¡¡¡Para!!!

Aquello olía a humo de neumático y desesperación.

-¡La furgo se hincha!

Fran me miraba como quien mira a un loco.

-¿Cómo que se hincha?

-Que se infla. En cuanto le das hacia atrás la furgo se hincha.

Volvimos a intentarlo porque lo ocurrido no tenía lógica, mientras yo pensaba en la dificultad de meter una grúa en esa ratonera para tirar del muerto hinchable. De nuevo el humo y el ruido.

-¡¡¡Para!!!

Así hasta tres veces. Nos plantamos e intentamos razonar, pero no hay lógica que sirva cuando te atenazan los nervios, de modo que a la cuarta decidimos tirar hacia detrás arrasando con todo. A fin de cuentas la habíamos alquilado con seguro a todo riesgo. El ruido fue de los que se quedan grabados y el techo de la furgoneta se quedó hecho cisco.

Ya con la cerveza en la mano Fran dedujo:

-Creo que el freno de mano tenía más recorrido.

jueves, agosto 13, 2015

Melilla

Cruzábamos desde nuestra casa hasta el centro de Conil hace muchos años, con Mariángeles y su por entonces pareja, Agustín, que se quedaban a pasar unos días con nosotros. Acortamos por la estrecha y destartalada calle Ceuta en esa noche veraniega, buscando la plaza del Arco. Justo al terminar la calle perpendicular que enlazaba con la de Ceuta nos encontramos con un azulejo roto por la mitad que indicaba su nombre, del que sólo podíamos leer '…illa'. Agustín, siempre en su mundo, se preguntó en voz alta cuál sería el nombre completo. Mariángeles se plantó en seco con los brazos en jarra -quien la conoce puede imaginarlo bien- para gritarle:

-¡Melilla, Agus! ¡Melilla! No ves que acabamos de dejar atrás la calle Ceuta.

Días después, volviendo de la playa por un camino distinto al habitual, nos apercibimos del azulejo colocado al otro extremos de la calle ¡Zorrilla! No hicieron falta más que carcajadas.

Algo que me repito cada vez que me aventuro por la calle Ceuta es que no hay que dar nada por supuesto.

viernes, enero 16, 2015

Patría

Hay un restaurante al que me unen los buenos recuerdos, como tantos otros, que me resultaría imposible encontrar a la primera.

Escondido entre las colinas de una pedanía de Vejer, un joven matrimonio danés lo montó hace unos años tras comprar una casa de campo que remodelaron para convertirla en un rincón calentito en pleno invierno, resguardado del levante, con grandes cristaleras, cuando sopla fuerte, desde el que se puede otear el Atlántico, y Conil, como si nadie más en el mundo existiera.

Llegamos el pasado sábado tras varios intentos, se ve que la familia vuelve a Copenhague por navidad, y nos adentramos por las carreteras secundarias en plena noche hasta dar con él. Iba conduciendo tan relajado y en mi mundo, siguiendo las instrucciones de Fran, que cuando apareció un perro gordote por mitad de la calzada, entre la niebla, creí ver un pato caminando por ese paisaje idílico.

-¡Baja de la nube, Borete!

La carta del restaurante es escasísima, pero deliciosa. La dueña, rubia, alta y estilosa, con un español más que aceptable y sonrisa perenne, y auténtica, nos atendió como siempre, con dulzura. Terminamos con unos quesos y un vino de Ronda recreándonos en la delicia de los lugares mágicos.

Ya de vuelta, de copiloto obligado por el alcohol, la niebla se había hecho aún más intensa. Yo recordaba mi primer viaje a Dinamarca e imaginaba sus vientos racheados de duro invierno cuando, de golpe, se nos cruzó un galgo.

-Mira, Borete, ¡un cisne!

lunes, febrero 17, 2014

Armonía

Patría es una pedanía de Vejer enclavada en una zona de montes ondulados, muy verdes, desde la que se ofrecen miradores privilegiados desde los que disfrutar, a varios kilómetros de distancia, de la grandeza azul del Atlántico bañando las extensas playas vírgenes de Conil.

En ese lugar de difícil acceso encontramos hace años un restaurante del mismo nombre, Patría, en mitad de la nada.

Una casa blanca de planta baja, encalada, con una enorme barra abierta y escasa decoración, te recibe. Es un lugar para ir en invierno, precisamente porque el local lo regenta un joven matrimonio danés que sabe bien lo que es proteger un hogar del frío, la lluvia y la humedad.

Hace años que solemos ir allí, siempre de noche y en días en que el clima invita a no salir. Una vez que llegas te dejas llevar por la potente calefacción que empaña las grandes cristaleras que permiten adivinar, a lo lejos, las luces de Conil.

Tienen una carta corta con un cierto toque nórdico que se adivina en las salsas y los ahumados, aprovechando la calidad de los productos de la tierra gaditana.

¡Y son tan amables!

Ella, alta, rubia y de sonrisa perenne, va preguntando en un exquisito español de fuerte acento cómo se desarrolla la cena, y el estar en un lugar perdido ayuda a sentirte en un cuento. Un escenario perfecto para escabullirse de la agresividad del día a día.

Este sábado estábamos tan bien, habíamos degustado con tanto placer cada plato, un aperitivo de remolachas y frutos secos, una crema de zanahorias, mango y canela y un solomillo insuperable de carne retinta en salsa de vino tinto, que cuando Fran pidió una tapa de queso para culminar y nos dimos cuenta de que el queso no había quien se lo comiera... decidí metérmelo en el bolsillo de la chaqueta para dárselo más tarde a los animalillos del bosque y así hacer sentir a nuestra danesa plenamente feliz con sus comensales perfectos.

Hay noches en que la armonía absoluta, organizada a tu favor y sin previo aviso por una conjunción de todos los astros, no la puede estropear un mal queso.

viernes, noviembre 15, 2013

Miguel

Ayer al mediodía celebrábamos el primer añillo de Ricardo y Manuela.

Sus padres, Nuria y Miguel, nos invitaban a una comida en El Gallinero para festejar el placer que les ha supuesto, nos ha supuesto, la llegada de estos dos críos.

En un momento dado del almuerzo, Miguel contó otra vez una historia, aderezada de emoción, que a mí me enorgullece especialmente oír de sus labios.

No hacía mucho que acababa de romper con la historia de amor que le trajo a vivir a Sevilla, años que hicieron que este portugués surfero y sensible se integrase en nuestras vidas como alguien imprescindible. Era verano. Cada uno de vacaciones en nuestros rincones, él se había ido con su familia a Oporto.

Miguel no contaba, sin embargo, con que se acercaba mi cumpleaños. Yo no contaba, por mi lado, con la idea que rondaba en su cabeza de no volver a Sevilla.

Le envié un mensaje conciso a su móvil:

'Cuento contigo para mi cumple, Miguel'. Lo celebraba en Conil.

Ayer narraba Miguel cómo ese mensaje le hizo olvidar cualquier estrategia de resignación. Tomó el coche y bajó directamente desde Oporto para presentarse en mi fiesta.

'De no ser por Salva, no hubiera vuelto a Sevilla'.

Le gusta contarlo y a mí me sigue entrando un cosquilleo al oírlo. Porque luego vino Nuria, otra delicia de persona que se ha hecho enorme en nuestras vidas, y esos dos pequeños que son fruto, me hace mucho bien pensar así, de ese mensaje de móvil.

'Cuento contigo, Miguel'

viernes, agosto 17, 2012

Dos perros

Vi desde muy lejos a un hombre paseando a dos perros cuando iba corriendo por la playa que une Conil con El Palmar, al anochecer, en ese momento en que el cielo se ha puesto rosa al tragarse la mar el sol y el inmenso arenal se convierte en una gigantesca pista de atletismo natural.

Al no haber apenas nadie en la playa, centré mi vista en los juegos de ese hombre con los perros, que se veían saltar por la orilla buscando piedras que el dueño les tiraba. La visión en esas situaciones es espectacular, sea cual sea, porque la arena húmeda refleja las imágenes de los paseantes como si de un espejo se tratara, una suerte de alucinación sahariana.

Llegando a la torre de Castilnovo, el hombre se sentó mirando al infinito y uno de los perros, el más pequeño, salió corriendo hacia Conil, a una velocidad endiablada. Yo estaba tan lejos que me resultaba imposible avisar al propietario, por lo que tras ver que no conseguía frenar al perrillo, aceleré la carrera para alertar a ese hombre que se quedaba sin un perro.

Exhausto por el cambio de ritmo, pegué un grito cuando tuve fuerzas. Fue gracioso porque el hombre se asustó, como si yo viniese a atracarle.

-¡Se le ha escapado el perro!

El hombre, sin moverse del sitio, me espetó:

-Ese perro no es mío.

Y miró para adelante, tirándole una piedra al que, supongo, sí era suyo.

-Perdone, los vi jugando desde lejos y pensé...

Metí la quinta marcha, y seguí hacia El Palmar.

Cuando estaría a unos doscientos metros del hombre, oí un silbido reiterado. Me giré sin parar de correr y el viento, siempre rebelde, me permitió escuchar un ¡gracias! venido, con retraso, desde ese hombre tirador de piedras.

Seguí más contento que unas pascuas y razonando que, aún en las cosas más nimias, no hay acto que dé más satisfacción en este mundo que el ayudar a los demás.

¡Aunque te equivoques!

martes, agosto 10, 2010

Paisaje nocturno

Salvo los domingos, todos los días de estas vacaciones de verano estoy consiguiendo tener la fuerza para buscar las zapatillas de deportes y lanzarme, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol cae, a correr por la playa casi desierta que une Conil con el Palmar.

En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.

Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.

Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.

A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.

De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.

Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.

¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?

Me niego a tomar partido.

sábado, agosto 07, 2010

Zapatazos

Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.

No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.

Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.

Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.

El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).

El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:

¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!

Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.

Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.

La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:

¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!

Jeje.

sábado, mayo 22, 2010

Silencios

Golpetea el levante contra la ventana de mi dormitorio de Conil.

La escena de mis de recuerdos tiene a Bárbara de copiloto en mi antiguo clío, llevándola a su casa de Los Remedios. Día soleado. Ella apoya los pies descalzos en el tablero de bordo del coche y mira por la ventana, callada. No imagino imagen más hermosa del silencio, cuando dos amigos se acompañan sin tener que justificar el tiempo juntos con conversaciones innecesarias.

Pocas personas con las que haya llegado a esa extrema confianza de comunicación sin palabras.

Esta mañana, en el trabajo, tuve que sustituir a mi jefe en una reunión 'importante'. En las pausas la gente me hablaba por rellenar el silencio de vaguedades, tal vez por temor a verme aislado.

Silencios cómplices, silencios compasivos.

Cuando decidí irme a vivir, solo, a París, pensé en tardes eternas en que el techo se me caería encima, sin nadie al lado y el terror de sentirme náufrago. Ninguna terapia, en cambio, pudo hacerme mejor bien que esas tardes de soledad francesas.

No soporto la gente que no escucha, que se impacienta por interrumpirte para decirte que él más, que él mejor, que él más lejos...

Vivir es escuchar silencios, dejarte llevar por los golpeteeos del levante sobre tu ventana.

viernes, febrero 05, 2010

No tengo tiempo

Es la frase de esta generación: No tengo tiempo.

Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.

Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.

Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.

Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.

Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.

En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.

En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.

lunes, noviembre 23, 2009

La princesa Leia

Desde hace unos días mi hermana Raquel me había pedido quedarme a cargo de Iván este pasado sábado. Ella y Mónica tenían boda, era el fin de semana que le tocaba a su hijo y sabía que yo estaría encantado de pasar el día con él.

A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.

Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.

El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.

Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.

Así que pasamos a Star Wars.

Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.

Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.

¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.

Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.

La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.

Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.

Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.

Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.

Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.

Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.

Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.

Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:

Que ella era La Princesa Leia.

viernes, agosto 22, 2008

JK5022 - Respuestas al sinsentido

Tras aterrizar en el aeropuerto de Sevilla el pasado 20 de agosto, proveniente de Gran Canaria, donde he pasado parte de mis vacaciones, me llegó la noticia del accidente ocurrido en Barajas en un vuelo que iba precisamente al aeropuerto que yo acababa de dejar horas antes.

Al día siguiente, cuando las imágenes aterradoras de familiares con caras desencajadas habían pasado repetidas veces por todas las televisiones, dando un largo paseo por las playas de Conil en un día soleado, reflexioné sobre el dolor inmenso, insoportable, de la pérdida de un ser querido, más aún en circunstancias tan trágicas, en gente joven, con tanto horror de fuego, de cuerpos rotos, de gritos de ahogo. Pensar en tu hijo, tu hermano, tu pareja… en esos segundos en que el corazón estalla de miedo al ver que el avión se estrella.

Frente a ese dolor un día espléndido de playa. Bañándome con los ojos en el horizonte de las costas de África traté de buscar algo positivo en tamaña crueldad. Veía a la gente jugando a las paletas en la orilla, a niños con tablas de surf, a familias enteras con sus neveras y no entendía nada.

Hoy los periódicos reflejan historias concretas. Una madre que exigió a quien vino a socorrerla que se olvidara de ella y se ocupase de su hija, mientras se retorcía entre hierros quemados. Unos bomberos que acudían a ver a una niña al hospital tras rescatarla horas antes de entre la chatarra. Cientos de socorristas, bomberos, enfermeros emocionados por lo vivido. Psicólogos tratando de dar un consuelo imposible.

Me quedo con la madre entregando a su hija.

En este sinsentido de la vida, el ser humano siempre da lecciones de cómo es posible vivirla con gallardía y dignidad.

Que nunca olvide esa niña lo que su madre hizo por ella. No puedo imaginar nada más hermoso. Ella se llamaba Amalia Filloy Segovia, salmantina.

En ese instante de generosidad ella me ofreció la respuesta a las preguntas que yo me hacía bañándome en la playa.